Ella le escucha tocar la familiar melodía tradicional, perdida en la tristeza que aún embarga su alma de cuando en cuando. Por supuesto, él no sabe que ella está ahí, compartiendo su dolor, percibiendo el momento exacto en que su mente y su música conjuran al pasado a hacerse presente, transportándolos a ambos a instantes mucho más felices que el ahora.

Puede sentirlo, de la misma forma en que sus manos aferran el único recuerdo material que sobrevivió a la tragedia. Siente cómo él se transporta hasta el cielo y desciende en picada hacia la tierra; sin temor a la muerte, sin mayor preocupación que contemplar las nubes y el azul profundo del infinito horizonte que se extiende ante sus ojos.

¿Acaso es eso lo que jamás comprenderá? ¿Acaso es tal cosa, lo que aquel que ya partió siempre quiso decirle? Se pregunta, sintiendo cómo el familiar dolor de la soledad se apacigua al sonido de las melancólicas notas. Tal vez jamás lo sabrá, porque ella no tiene alas para volar.

Al menos, él posee la belleza de cada nota de la gaita para alcanzar el cielo y saludarle. Ella no. Y sabe que su llanto no puede subir demasiado alto, porque apenas alcanza para sollozar en el silencio de su habitación, lejos de testigos que no comprenden la melancolía que aún permanece arraigada en cada fibra de su solitario corazón.

Transcurren ya dos años desde el día en que la tumba fue grabada con el nombre que ambos recuerdan. Dos años en que, mes tras mes, ella le encuentra: siempre el mismo día, siempre a la misma hora, arrancando a la gaita plañideros sonidos que reflejan el dolor insuperable de la irreparable pérdida.

El no sabe que ella también está allí, porque permanece cada vez en la parte superior de la colina desde donde se avista el camposanto; mientras que el escondite perfecto que ella ha encontrado también tiene que ver con una cima algo diferente: la rama más alta del árbol, que le protege de ojos curiosos con su espeso follaje.

Inesperadamente la melodía cambia, haciéndose tan ligera como la brisa vespertina que hace crujir las pesadas ramas del roble que custodia las tumbas familiares. Los sonidos se transforman, como por arte de magia, convirtiendo la tristeza en serenidad y la congoja en esperanza. No sabe cómo explicarlo, pero es así. Nunca antes él lo ha hecho de esa forma. En ninguna otra ocasión sus notas han revelado otra cosa que ausencia y rabia. Sin embargo, hoy es distinto.

Ella siente entonces el milagro que el sonido conjura en su propio interior. Se descubre diciendo adiós a las sombras y recibiendo ansiosa la intensa e inextinguible luz que guiará su incierto caminar de cada día. Por primera vez en dos años su mirada se dirige al cielo sin temor, ni angustia y, por única ocasión consigue escuchar el póstumo mensaje conducido por la brisa: Él habita en ese cielo, y algún día, ella también podrá ir a donde se encuentra.