Sus manos ejecutan, algo inseguras, las pisadas sobre el instrumento. Teme equivocarse, haber olvidado la melodía que solía ser su favorita antes de que todo sucediera. Antes de que la muerte le golpeara el rostro dos veces, arrebatándole lo más preciado; lo único que había aprendido a reconocer como constante en su agitada y solitaria existencia desprovista de calidez familiar.
Es esa la primera pieza complicada que aprendió completa, y su esfuerzo había impresionado incluso a la tía Aloy, quien solía convocarlo al salón durante las reuniones, alejándolo de la zona de los niños, para que entretuviera a sus aristocráticos invitados.
Sin embargo, en aquellos lejanos días no temía equivocarse tanto como teme hacerlo en ese instante. Y tal cosa se debe a que en verdad desea ejecutar a la perfección el tradicional himno a la vida en la planicie: un complicado solo compuesto por su tío segundo, quien fuera gaitero mayor del laird hasta el último día de su vida.
Los recuerdos lo invaden, alejando su aprehensión y dando a sus dedos y aliento la fluidez necesaria para que la melodía se transforme en algo más que música y lleve también, como regalo intangible, una parte de su alma a aquella silenciosa acompañante con quien comparte el dolor de la ausencia y el desconcierto por la tragedia inesperada que ha cambiado sus vidas.
Hace dos años que ambos acuden al mismo sitio, ambos al mismo tiempo, cada cual permaneciendo en el lugar elegido mientras la tristeza fluye desde sus corazones hacia la tumba; una tumba que, bien saben, jamás ha contenido ningún fragmento del ausente, pero que ha sido erigida como evidencia indiscutible de su absurda partida.
Ella no puede saber que él sabe que se encuentra ahí, vigilándole desde la rama del roble, semioculta por el espeso follaje, pero visible de cualquier manera. El cómo ha reunido ella el valor para trepar a ese árbol tan enorme es algo que siempre le sorprende en demasía y al mismo tiempo le intriga. No es cosa corriente verla demostrar tal coraje y decisión. Sin duda, es una mujer fuera de lo común; tal y como aquélla con quien aún sueña en ocasiones.
El siente también la magia presente en la brisa. Y, desde el lejano roble, las vibraciones llegan hacia él, hablándole de la resolución que se ha apoderado del alma femenina: es tiempo de dejar partir lo que ya no está; es hora de retomar el ritmo jubiloso de la vida. El comprende, ahora por fin, el mensaje que su hermano se ha empeñado en transmitirle desde el cielo: debe recorrer su propio camino antes de alcanzarle ahí. Curiosamente, es la primera vez también, que comprende a cabalidad, el mensaje de su melodía escocesa favorita.
Su tío tenía razón: si dejas a tu alma seguir a la música, ella te conducirá hasta donde se encuentra tu verdadero hogar.
