"DESTINOS SELLADOS"
Por Afaya
Capítulo XIII
El frasquito de color ámbar
Se escuchó un suspiro. Samas se había puesto de pie y caminaba lentamente por la semi iluminada habitación; su ceño fruncido se distinguía apenas bajo su mano de largos y angulosos dedos que cubría la nariz y los párpados cerrados, presionándolos con mediana fuerza.
-si a pesar de las condiciones que te he impuesto deseas ir, hazlo entonces –soltó dejando caer la mano. Sus ojos color avellana que le miraron con firmeza, le dieron la sensación de que hacía las cosas a regañadientes.
A pesar de ser una buena noticia, una anhelada y esperada noticia, el hermoso rostro de muñeca que ella poseía no varió de ninguna forma. Hizo una inclinación respetuosa y dio la vuelta rumbo a la puerta de salida de la habitación.
- Febe –agregó su señor- no olvides que esto tendrás que hacerlo totalmente sola
Se giró levemente y afirmó con la cabeza. Claro que sabía a qué se estaba enfrentando, lo sabía muy bien.
Su mano se dirigía al pomo de la puerta cuando tuvo que cortar aquella imagen y volver bruscamente al presente, con el ceño mostrando un tenue fruncimiento. Detestaba todo aquello que rompiera su pacífico y valioso silencio, especialmente la voz aguda de los parlanchines guasones y la estridente de los inoportunos payasos… como aquel que acababa de llegar.
-¿y bien, cuál de todas es? –preguntó con desenfado. La presencia detrás de ella se paralizó, con una mano hacia adelante, a punto de tocarla, totalmente atónita.
-estuve a punto de pasar desapercibido –suspiró el recién llegado que bajó la mano desganadamente- quería darte un pequeño susto –ella no respondió. Su rostro era siempre calmado, impávido, así que no podía decirse que estuviera enfadada a menos que se analizaran cuidadosamente los cambios más sutiles en su expresión. Y él no solía molestarse en hacer eso a menos que se tratara de una victima indefensa llena de terror, así que no supo que lo mejor para él en ese momento era callarse -¿son útiles no? -soltó haciendo alusión a los binoculares que la joven rubia sostenía a nivel del rostro y a través de los cuales observaba la calle desde el techo de la casa donde se hallaban- tecnología de la nueva era, por cierto ¿qué tal va todo?
Febe despegó los prismáticos de sus ojos para dirigirle una mirada torva
-no quiero que interfieras, Hiperión. Ésta es mi misión
- había olvidado cuán orgullosa eras, hermana –sonrió el otro, divertido- Su Excelencia lo ordenó así, y sabes que no lo desobedecería. Sin embargo, el "Rey Sol" no sólo decidió que hoy era tu día de caza sino que uno de nosotros debía hacer de observador. Y tú lo aceptaste, a pesar de cuan humillante puede ser eso para ti. Pero supongo que hay distintos grados de humillación en tu escala.
-¿por qué no vino Cru?
Hiperión hizo un ruido curioso con los labios
-que sea nuestro líder no quiere decir que tenga que estar en todo –explicó acercándose a la orilla del techo, y junto a ella, de cuclillas como un niño vivaz, observó gustosamente la panorámica-. Además él dijo estar muy ocupado, supongo que el Rey Sol le deja varios trabajos… ¿acaso mi presencia te molesta?
La joven no contestó, sino que volvió a colocarse los binoculares sobre los ojos. Hiperión permaneció en silencio unos segundos, y luego levantó el brazo para señalar una calle no muy lejana.
-es ahí
De inmediato, Febe clavó la mirada en aquel punto. No había nada de anormal en la casa señalada, al contrario, el techo rojo, la pintura blanca de las paredes y la apariencia serena y brillante combinaba perfectamente con la paz que emanaba del resto de las casas de aquel barrio.
- ¿Febe? ¿a dónde vas? –exclamó Hiperión, abruptamente
- no está aquí –le respondió, asegurando los binoculares al ancho cinturón que pendía de su cadera
-¿hablas de esa niña? ¿cómo puedes estar tan segura?
-una chica rubia, con un peinado inusual, de quince o dieciséis años… nadie con esas características ha entrado o salido de esa casa –dijo saltando ya entre los techos polvorosos
-vaya –sonrió Hiperión, siguiéndola- ¿vigilaste todas y cada una de las casas de esa calle?
No hubo contestación. El rostro de su hermana seguía hundido en su infinita y seria imperturbabilidad pero sus ojos verdes mostraban algo muy diferente, inteligencia, sagacidad, penetración. Ella miraba a su alrededor con aquellos ojos que observaban puntos que él no lograba distinguir. Esa impresión que había tenido siempre de ella se reforzaba ahora mientras viajaba a su lado. La noche se había desplegado por completo, con su centenar de estrellas luchando por distinguirse entre la neblina oscura de smog que cotidianamente cubría la ciudad. Febe paró de pronto, bruscamente. Hiperión se detuvo también y siguió su mirada. En el cruce, dos calles más allá, en dirección oriente, se podían apreciar tres risueñas jóvenes que charlaban tranquilamente, caminando a paso regular. Una sonrisa socarrona frunció sus labios de pronto, y estuvo a punto de decirle a su compañera que su mirada de halcón había acertado, pero Febe habló antes:
-es ella –para Febe no había pasado desapercibida la sonrisa de él, que confirmaba su idea, así que aquellas palabras eran sólo de rutina. Pero no, ella nunca rompía el silencio voluntariamente si no había una buena razón para hacerlo. Su voz ansiosa no había podido evitar la emoción. Sí, aquella afirmación había salido por una de las mejores y más grandes razones que puedan existir: para saborearla. Hiperión confirmó esa idea cuando notó el resplandor repentino y anhelante en los ojos de su hermana.
- cuando la vi por primera vez me pareció que algunos detalles de su rostro me eran conocidos, pero no logré identificar de dónde –soltó él, mirando con especial atención a una de las jóvenes, la de cabello rubio peinado en dos curiosas bolitas- no le tomé demasiada importancia… hasta que dejó de ser una simple humana y se convirtió en Sailor Moon. Entonces entendí – las tres estudiantes habían cruzado una calle más y caminaban en su dirección, conversando abiertamente, acercándose paso a paso a ellos- Mis memorias de ella son borrosas, al igual que las de Cru y de los demás. La única que tal vez les recuerde a la perfección eres tú. El rostro de la persona que se odia es difícil de olvidar ¿no?
-¿y las otras dos?
Hiperión volvió la mirada a las tres chicas, ahora observando a la castaña, mucho más alta que las demás, y a la otra rubia de cuyo brazo colgaba un bolso grande pero en apariencia poco pesado.
-no sé quiénes sean, pero si no te interesan puedes dejármelas –dijo y sus ojos amarillos brillaron, deleitados, pero agregó al notar la mirada de su hermana que se clavaba en él con rudeza- sin embargo, aunque te deshicieras de tu orgullo y me dejaras ayudarte, yo sé que mi papel de observador me lo impediría, así que te lo dejaré todo a ti, Febe. Será un duro trabajo. Verás que aunque intentes atacarla sola, las demás vendrán como moscas atraídas por miel…
Volteó a ver el trozo de techo donde había estado parada su hermana. Ahora se encontraba vacío. Buscó a la chica con la mirada y la encontró en medio de la calle, aún lo suficientemente lejos de las tres chicas como para que éstas notaran su presencia, pero caminando hacia ellas decididamente. Sus labios se torcieron en una mueca alegre. Levantó las manos a nivel de la cintura, con las palmas hacia arriba. El repentino viento que se había soltado acariciaba dulcemente su frente y sus mejillas, erizaba con su alegre frescura la piel de sus brazos desnudos y ahora danzaba entre sus palmas abiertas. Reconocía perfectamente esas ráfagas artificiales de aire que a su vez parecían reconocerlo también, saludarlo con sus caricias. Eran como uno más de sus queridos hermanos.
-un ataque directo –murmuró para sí mismo- pensé que tendrías una mejor idea
Fue entonces cuando vio que su hermana se detenía, justo frente a las tres chicas que habían dejado la animosa plática para mirarla, pasmadas. Los labios de Febe se movieron apenas visiblemente:
-transfórmate, guerrera de la Luna
Usagi Tsukino no respondió, desconcertada, sin saber a ciencia cierta si había escuchado bien las palabras de la joven. Aún no salía de la sorpresa de verla ahí, parada como si nada frente a ella… tan diferente a la Akiko que conocía. El vestido color morado oscuro, liso y sencillo, de escote pronunciado, mangas largas y ajustadas, y largas aberturas verticales en los costados de las piernas, se deslizaba en completa armonía con aquel cuerpo casi perfecto y seductor, coordinando con singular gracia con el grueso cinturón que colgaba de su cadera y las zapatillas negras que momentos antes le habían dado a su andar un toque soberbio y misterioso. Su bello rostro, inusualmente grave, le recordaba aquella seriedad con la que se había presentado días atrás cerca de su casa para hablar con ella. Pero también había algo diferente, frío, casi tenebroso, especialmente en su mirada. Definitivamente aquellos no eran los ojos verdes con los que se había encontrado aquella vez. Ahora parecían huecos, profundos y oscuros como un par de estanques enmohecidos y peligrosos.
El viento arreció en ese momento, levantando un ancho círculo de polvo que giró con abrumadora velocidad alrededor de ellas, formando una elevada muralla giratoria. El resto de la calle y las casas a ambos lados desaparecieron a sus ojos, que las tres entrecerraron ante la polvorera.
-tu expresión me dice que no has entendido, guardiana de la Luna –escucharon que decía la exnovia de Mamoru- transfórmate
Entre la confusión, Usagi pudo sentir los movimientos oscilatorios bajo sus pies, como si el pavimento hubiera sido convertido en tambaleante gelatina; bajó la mirada un segundo y gracias a eso pudo ubicar el momento justo en que el monstruoso bloque de pavimento se levantaba frente a ella, a centímetros de rozarla, como una alta y deforme mole. Pero los sucesos siguientes fueron tan rápidos que apenas y pudo seguirlos. La nacida masa se movió con inaudita rapidez y atroz ferocidad apartando a Mina de un solo golpe y lanzándola hasta el muro de polvo y viento. Escuchó el horrible sonido del choque unido al grito lastimoso de su amiga al mismo tiempo que un sonido de choque, esta vez muy cerca de ella. Giró un poco la cabeza, en sentido contrario a donde había estado mirando, y se encontró con aquel rostro hermoso e impasible, aterradoramente cercano. Pero ella no había sido su blanco de ataque. Mako, con los dientes apretados y los tensos brazos en forma de cruz, justo a nivel del rostro, contenía apenas la pierna de la chica, extendida en lo que parecía haber sido una patada. Ahora la castaña bisbiseaba un "rayos" lleno de impotencia, mientras sus brazos temblaban, sin poder aguantar más la fuerza que Akiko continuaba imprimiendo.
Usagi no se movió, como si estuviera paralizada, repasando el hecho de que sus amigas hubieran sido atacadas en un par de parpadeos. Antes, cuando las chicas le habían contado del brusco cambio de Akiko en el encuentro anterior, no había podido imaginarla ahí, en medio de la batalla, golpeando brutalmente, despiadada, con un absoluto manejo de sus poderes y los de sus hermanos, pero ahora…
-¡Usagi, transfórmate! –gritó Artemis, sacando a nuestra heroína del aturdimiento en el que había entrado. La rubia asintió, aunque no llegó a ubicar el lugar donde se hallaba el gato.
Inesperadamente Febe interrumpió su ofensiva contra Makoto. Había visto por el rabillo del ojo aquella extraña lluvia de luces, aunada a un potente y decidido grito. Retrocedió con un movimiento ágil y grácil y clavó la mirada en la joven de chonguitos cuya vestimenta había cambiado notablemente. Usaba ahora un traje de falda corta, con corte de marinero y pequeños y femeninos detalles, unas largas botas rojas y guantes blancos protegiéndole desde los dedos hasta los codos. En la tiara sobre su frente destacaba el resplandor amarillo oro de una luna creciente.
Una espeluznante mueca parecida a una sonrisa, expandió los labios rosados de Febe. Su mirada fría se había derretido tras una resuelta llama de avidez centelleando en sus ojos verdes.
-¿eres tú, no es así Akiko? -dijo Sailor Moon aproximándose a Febe
-si fuera tú, no me acercaría a ella con tanta confianza, Sailor Moon – intervino una voz bien conocida por Usagi. Su cuerpo tembló inconscientemente. Hiperión descendía desde el hueco en la parte superior de aquel extraño cilindro con paredes de giratorio viento- La persona que tienes enfrente es una asesina, y tú eres su objetivo. No se detendrá hasta matarte, así que será mejor que pelees con todas tus fuerzas.
-es mentira –refutó Sailor Moon de inmediato con inigualable seguridad- ella no haría daño a nadie, lo sé… –y esta vez miró únicamente a Febe, a los ojos- A Akiko no le gusta lastimar a las personas.
-¿qué no le gusta lastimar a las personas? –repitió Hiperión con enorme diversión. Aquello le sonaba a chiste- ¿Qué te parece, Febe?
La aludida miró a Usagi con mayor penetración, un rayo de curiosidad había cruzado sus ojos; los labios, por el contrario, continuaban cerrados, como si pareciera decidida a ignorar la pregunta de su hermano.
-me han dicho que "Akiko" es mi nombre en este tiempo –profirió- ¿es que nos habíamos encontrado, antes de que recuperara mis memorias?
-¿memorias? –murmuró Makoto
-eres tan hermética que a penas y pudimos sostener escuetas charlas contigo, hermana –intervino Hiperión- Pero estás en lo cierto, ya se conocían. De hecho, hasta hace unos días tú protegías con gran bravura a esta jovencita. ¿Puedes creerlo? –sonrió burlonamente- ¡Hiciste todo lo posible por salvar la vida de la persona que deseas ver muerta!
Los ojos de la guerrera se achicaron, muy tenuemente, concentrando aún más la mirada. Por lo demás no hubo cambio en aquel rostro. Esta vez no ocurrió ningún temblor que alertara a Moon, sólo un rápido movimiento de la mano de Febe. Ni siquiera acertó a moverse cuando el suelo bajo ella se levantó formando una gigantesca mano amasada con tierra y roca que le apretó con firmeza, con sus dedos largos y gruesos de una oscura mezcla de terracota, gris y negro. Su cuerpo se había vuelto rígido bajo la presión de aquella fuerza feroz que le obligaba a mantener los brazos contra los costados. Se agitó, intentando zafarse pero los dedos se apretaron alrededor de ella con mayor ahínco, haciendo crujir sus costillas. Un sonido lento y rugiente le envolvía, pero no se percató de él hasta aquel momento. La mano se movía, descendía lentamente, se sumergía junto con ella en el suelo. La presión era demasiada esta vez, comenzaba a sentirse asfixiada. Sin más que hacer sus ojos siguieron a Febe que había parado el movimiento rápido de ataque de Makoto con una ráfaga de viento, seguramente igual a la que Hiperión había usado una vez con ella porque Mako se quedó tiesa, tan inmóvil como lo estaba ella en ese momento.
Sin más impedimento, la rubia se acercó parsimoniosamente hacia la manaza que la tenía atrapada. La insensibilidad y dureza presente en aquellos que asesinan a sangre fría, había estado impresa en cada acto de Akiko, escapando de todos sus poros, y se mantenía allí también mientras caminaba hacia ella, segura, orgullosa, firme. ¿Era ese su verdadero poder, tan terrorífico y aplastante? ¿Era en verdad Akiko aquella mujer fría y poderosa? Mientras la miraba, impotente, Sailor Moon comenzaba a comprender por fin porqué los hermanos de Akiko la habían buscado tan desesperadamente, invirtiendo tantos años de infructuosos resultados, porqué habían buscado separarla de Mamoru, porqué habían puesto tanto esfuerzo en educarla como una asesina: ella era su joya, su más poderosa guerrera. El hilo de aquel pensamiento se cortó cuando vio la pequeña y albina masa lanzándose con valentía sobre Febe. Pero ésta apenas y se movió en un gesto cruel y frío para lanzar al felino de un manotazo.
-al parecer ni los gatos te quieren hermanita- bromeó Hiperión y un levísimo signo de molestia se pintó en el rostro de la rubia
-A…Artemis… –murmuró Sailor Moon mirando la peluda masa que yacía herida en el suelo. Febe estaba a unos pasos de donde se encontraba ella, pero Sailor Moon no veía más de su rival que sus aún relucientes zapatillas sobre el extenso y negro suelo.
La tierra se cerró entonces sobre su cabeza, apagando la tenue luz nocturna y ahogando su último respiro de aire fresco. Después todo fue oscuridad.
Ami Mizuno, mirando por encima de los pesados libros que cargaba, se dio cuenta de que algo le estaba pasando a aquel chico, no sólo por la ausente y compungida expresión de su rostro sino por el hecho de que ¡aún no la veía!, aunque estaba frente a él, a sólo unos centímetros de tocarle.
-Yoshiki…-le llamó sin alzar la voz pero el chico saltó, sobresaltado, como si le hubiera gritado al oído.
-¡A...Ami! –exclamó, despegando la espalda encorvada de la pared y adquiriendo una posición menos lastimera- no esperaba encontrarte por aquí -mintió sabiendo que aquella respuesta era inverosímil. De hecho, estaba ahí porque sabía que ella había entrado a aquella biblioteca y que pronto podría verla salir rumbo al edificio de apartamentos con los brazos repletos de libros. A Ami aquella mentirilla le resultó dulce- ¿vas a tu casa?
-sí
-¿puedo acompañarte?
Ami parpadeó. Esa pregunta, por expresar con claridad y franqueza el deseo de él, era totalmente extraña. Durante esos pocos días que había frecuentado asiduamente la biblioteca, Yoshiki le había escoltado hasta su casa con frases como "me queda de camino" o "nunca dejaría que tú cargaras todos esos libros sola". Pero no dejó que ese pequeño detalle le mortificara. Pensó que tal vez se le habían terminado las buenas excusas para acompañarla y reanudó la marcha al lado de él. Intentó concentrarse en los planes del día siguiente y en las importantes palabras de uno de los libros de medicina –como hacía en todos los trayectos desde que supieron lo que le pasaba a Mamoru- pero de pronto su atención volvió a él. Habían dejado muy atrás la biblioteca y dado vuelta en una silenciosa calle. Yoshiki no le había dirigido una sola palabra desde que comenzaron a caminar. Le miró discretamente, y le sorprendió no encontrarse con su mirada. Por más que había tratado de negárselo a sí misma desde que lo conoció, Yoshiki parecía mirar únicamente dos cosas en el mundo: la medicina y ella. Así que se había acostumbrado a encontrarse siempre con los ojos de él, contemplándola gustoso cada vez que no tenían un libro de medicina en las manos, como si el rostro de ella fuera más hermoso y atractivo que todo lo demás que les rodeara, tan deslumbrante que no pudiera dejar de verla. Aquello la apenaba, y mucho, no obstante, había algo placentero en aquella mirada, un toque cálido y tierno que le despertaba una dulce alegría. Ni con todos sus conocimientos teóricos de química y de atracción física habría podido explicar aquel extraño fenómeno entre los dos.
Pero esa noche de primavera él parecía estar pensando en algo más. Yoshiki se había sumergido en profundos pensamientos, justo como hace un momento, cuando no se había dado cuenta de su presencia tan cercana. Ami había desaparecido a sus ojos nuevamente. Eso era lo que sucedía. Había surgido una tercera cosa en la cual pensar, una que rebasaba a la medicina, y a ella. La "chica genio" sintió una extraña punzada de dolor en el pecho.
-muchas gracias -dijo cuando llegaron a la puerta que daba entrada a su apartamento
Yoshiki pareció salir por completo de su abstracción para mirarla de nuevo con aquella expresión embelesada con la que la veía siempre.
-hasta mañana, Ami…-susurró acercándose, pero sus dedos se detuvieron cuando le acariciaba el rostro, dudando un instante antes de besarla. Ella abrió los ojos, le miró un instante, con sus pupilas de brillante espejo y sus iris profundamente azules; las mejillas furiosamente rojas. Y luego con lentitud, volvió a cerrarlos. Ami confiaba en que el beso llegaría… confiaba en él.
Yoshiki no titubeó más. La besó.
"Eres un ser sin sentimientos Yoshiki… sólo tú puedes besarla sin sentir algo por ella"
Sentir. Efectivamente, eso era lo que menos había deseado… ni pensado que sucedería, y si eso le hubiera hecho ganarse calificativos como insensible, cruel o inhumano, decididamente los hubiera preferido a… esto. Ese tormento continuo, esa inseguridad punzante y ese papel de doble cara que representaba. Porque no había duda de que la frase que Seiho le había escupido con ira aquel día era falsa –de lo contrario no tendría ese cúmulo de sentimientos y remordimientos-. Aunque lo había intentado, no había podido lograr que ella le resultara indiferente, que no se sintiera atraído por su fascinante inteligencia, por la concentrada expresión que ponía cuando leía detenidamente, por la forma en que se sonrojaba cuando él buscaba sus labios.
Él rompió el beso voluntariamente, pero en lugar de dedicarle una larga mirada de despedida, la estrechó entre sus brazos.
Cuando descubrió que Ami –la verdadera identidad de Sailor Mercury, la joven senshi a la que le había tocado "distraer"- compartía la misma pasión por la medicina que él, pensó que aquel trabajo que Threx les había encargado por lo menos le resultaría más o menos ameno. Pero había sido tonto evadir el certero hecho de que en aquel puñado de días, la convivencia con ella definitivamente había rebasado lo ameno. Había algo más aparte de la medicina que lo unía a ella. Podía negarlo a sus amigos, a Threx, a todo el mundo, pero no a sí mismo. Lo había intentado y había fracasado. La amaba con involuntaria fuerza. Ami se había alojado lentamente en su corazón demostrándole que podía vivir allí, junto con su amor por la medicina, sin estorbarle, sin chocar con ella; que incluso encajaban una con la otra con una armonía extraña e incomprensible… agradable. Más de lo que hubiera llegado a pensar.
Y también dolorosa. En esos días había llegado a la conclusión de que el amor era la peor peste humana que se hubiera dispersado por el mundo: conflictiva, lacerante, incluso mortal. Y él estaba infectado… terrible e irremediablemente. Pero esa mañana Threx le había extendido la medicina; la había dejado en sus manos. Lo liberaba de aquel compromiso. No más repartir su pensamiento entre nombres médicos y una fecha de cumpleaños, el nombre de una flor, la favorita de ella; no más pensar en qué sería bueno regalarle o a dónde sería bueno llevarla en lugar de ponerse a estudiar; no más horas desperdiciadas. No más Ami en su vida. El hilo de esos pensamientos le llevó a darse cuenta de que la esperada medicina era aún más dolorosa que la misma enfermedad. Y peor aún, que no quería ingerir esa medicina. Pero Threx se la daría forzadamente si no lo hacía por propia convicción. ¿Qué más podía hacer entonces? ¿había algún camino más aparte de la sumisa resignación como lo habían supuesto Seiho y Sotaro hace unas horas, tan llenos de esperanzas y de fuerzas que a él le faltaban?
"voy a hablar con Threx"
Seiho había sonado decidido al decir aquella frase. Se preguntaba si lograría hacer que su líder cambiara de opinión. Se dijo a sí mismo –de corazón- que esperaba que así fuera.
De pronto Ami se separó de él con inusual rudeza. Cuando la miró, notó que su expresión mostraba inquietud y cierta premura. Su mano apretaba la muñeca de la otra, justo donde debía estar…. El curso de sus pensamientos cambió con violencia de aquella repentina y ciertamente molesta interrupción a su deber como subordinado de Threx. Las amigas de Ami –las demás sailors- la estaban llamando por el intercomunicador que usaba de pulsera (la forma en la que se comunicaban cuando algo había sucedido). Así que pronto sus compañeros lo contactarían a él también, o él tendría que contactarlos para ponerlos al tanto de aquel acontecimiento. Lo que fuera primero.
-nos vemos –dijo él para finalizar la despedida, ahorrándole el tener que inventar una excusa para dejarlo.
Yoshiki pensó que a partir de ese momento su mente no podría estar concentrada más en aquellos conflictos amorosos. Conflictos amorosos. Las dos palabras unidas que aparecieron en su mente le sonaron cursis. La enfermedad del amor se extendía también en su pensamiento y en su vocabulario. No había remedio.
Había dejado atrás a Ami y se dirigía hacia el ascensor; al salir de él cruzaría la puerta y saldría a la calle en busca de un buen escondite desde el cual pudiera apreciar con claridad el momento en el que ella saliera, seguramente a toda prisa para reencontrarse con sus amigas. Entonces él la seguiría, convertido en el encapuchado de verde...
Por tercera vez –o cuarta quizá, la verdad es que estaba demasiado ansioso y preocupado como para llevar la cuenta- Threx marcó el número de teléfono que sabía de memoria. Los monótonos "bips" intercalados con breves silencios se escucharon de nuevo, imposiblemente largos y exasperantes, hasta que aquel sonido fue remplazado por la voz alegre y despreocupada de Sotaro. La contestadora. Demonios.
Colgó bruscamente, maldiciéndose a sí mismo por haber detenido el auto y realizar aquella llamada que suponía iba a ser infructuosa. Entró en el auto, encendió el motor y arrancó. El despampanante vehículo dio vuelta en una esquina con tanta rapidez que casi chirriaron las llantas. Sin transeúntes en las calles y sólo uno que otro automóvil circulando a baja velocidad, aquella era sin duda una noche tranquila, o más bien una madrugada, puesto que su reloj había indicado que ya pasaba de la media noche cuando abandonó decididamente el viaje que estaba a punto de realizar y volvió a Jubangai a toda prisa. Y de eso habían pasado por lo menos cuarenta minutos. Se preguntaba qué hubiera sucedido si no se decidiera a marcar al apartamento antes de abordar. En aquel momento se había acusado de compulsivo y ahora agradecía haberlo hecho. Aunque no había sido suficiente.
Apretó con mayor fuerza el volante. Madrugada y nadie contestando en el apartamento donde se suponía debía estar al menos uno de sus subalternos. No podía detenerse de nuevo y llamar, seguirse engañando con esperanzas ilusorias. Algo estaba mal, muy mal. Pero ya no haría ningún viaje, ni ese día ni en los subsiguientes. Ya vería cómo pero no se separaría de su princesa a menos que le mataran. Él se encargaría con sus propias fuerzas de que nada le sucediera.
El radio del auto sonaba quedamente en una estación de música en inglés cuyas melodías apenas interrumpidas por uno que otro anuncio comercial no había escuchado, asociando aquel sonido con los rumores bajos propios del automóvil. Probablemente de haberse percatado de su existencia, habría apagado el radio sin dudar. La música sólo era una molestia en ese momento. Ella, su princesa, posiblemente estaba en peligro, no, casi seguramente. ¿Quién rayos podría pensar en otra cosa con una idea como esa taladrándole en la cabeza?
Detuvo el auto ante un semáforo en rojo. En definitiva le había tocado uno de los peores y más duros papeles en aquella gesta. El del incubierto y leal protector que desde las sombras vela por su protegida, el que no importa cuanto intente no puede cuidar de ella como debiera. Suspiró, apoyando los codos en la parte inferior del volante. Pero también representaba el papel del amante callado, el que espera, el que finge, el que no puede expresar su amor por esa persona como quisiera. Una sonrisa melancólica se asentó en sus labios. A diferencia del otro, ese papel no le era del todo extraño, puesto que ya lo había representado antes…
Cinco canciones más tuvieron que transcurrir antes de que detuviera el auto fuera del edificio de apartamentos. Subió apresuradamente y al abrir la puerta del apartamento, su mirada ofuscada buscó con desesperación. La ausencia de sus cuatro guardianes era evidente, no obstante estaba seguro de que éstos le habían dejado algo, una nota por lo menos, que le informara lo que había sucedido. Así que cuando sus ojos se toparon con un papel blanco sobre la televisión casi se abalanzó sobre el aparato.
El teléfono sonó con lo que a él le pareció una poco común insistencia, al mismo tiempo que tomaba el papel con apresuradas palabras escritas en una orilla. Al descolgarlo seguía mirando la hoja en su mano, leyendo por segunda vez. Le contestó una voz agitada y llena de alarma que se tornó aliviada al escucharlo. Era Unkei.
-leí la nota –dijo con rapidez antes de que el otro dijera una palabra más- la cosa empeoró ¿cierto? Dime dónde están.
Lo primero que Sailor Moon percibió al recuperar la consciencia, fue un fuerte y monótono sonido muy cerca de ella. Intentó estirarse –como lo hacía por las mañanas, al despertar en su acogedora y cálida cama- pero un violento apretón sofocó su movimiento al instante. El dolor recorriendo su cuerpo despertó en ese momento, brusco, molesto, acompañado por una nueva sensación de desesperante hormigueo. Abrió los ojos. Estaba oscuro. Llovía. No podía verlo con claridad pero por aquella fuerza que obligaba a su cuerpo a mantenerse estático, debía seguir apresada por aquella masa informe que le había atrapado. Recordaba haber sido tragada por la tierra antes de desmayarse, pero definitivamente no estaba bajo ella. El aire frío y exageradamente húmedo poseía el olor fresco de la intemperie, sin embargo, lo único que podía apreciar a su alrededor era el movimiento de las gotas de lluvia, cayendo sin parar en pequeños y fugaces rayos oscuros. Todo lo demás era nada, como si una inextinguible y hambrienta oscuridad hubiese engullido el lugar entero.
De pronto un relámpago zigzagueó en el cielo. Su deslumbrante luz blanca rasgó las sórdidas sombras y le permitió ver las ramas bajas de dos ancianos árboles a su izquierda y una madeja de amplias y gruesas raíces a los pies de estos, sobresaliendo de la tierra en un entramado que se perdía en pequeños trozos de oscuridad. Fue sólo un segundo pero estaba segura de lo que había visto. Allí, medio camuflada entre la negrura del lugar, sentada en las raíces al pie de los árboles, se hallaba su captora.
-Akiko… -susurró, sin aliento
El momentáneo resplandor le había dejado ver poco de ella antes de sumirla nuevamente en las insondables tinieblas: un cuerpo inmóvil, una posición relajada, una expresión firme pero cansada. Los ojos verdes mirándola fijamente.
- insistes en llamarme así –habló la otra, con su voz clara llegándole desde la nada
Inesperadamente la presión de la manaza disminuyó a cero y Sailor Moon cayó a tierra, liberada, mientras la enorme y oscura mano de tierra volvía a formar parte del suelo.
- mi deseo no es que mueras de esa forma –agregó antes de que Moon pidiera explicaciones- sería demasiado simple
Su figura resplandeció ante un par de centellas abrumadoramente cercanas. Se había puesto de pie y sus ojos seguían clavados en Sailor Moon, como si no hubiera apartado la vista de ella desde la anterior chispa de luz. Esta vez Sailor Moon había podido mirar con más detalle a la chica, apreciando la piel intensamente pálida e inesperadamente lastimada de Akiko (raspones y una que otra cortadura aún sangrante tapizando pedazos de aquella piel nívea) y el vestido impecable cortado o desgarrado en varias zonas. En definitiva tenía la apariencia de alguien que había enfrentado una feroz batalla.
Repasó los confusos hechos sucedidos antes de desmayarse, tratando de armarlos en su mente, pero no importaba cuanto los repensara, sabía que ni ella ni ninguna de sus amigas habían tenido tiempo de tocar un sólo cabello a Akiko. ¿entonces por qué...?
Una pequeña y débil luz se encendió en ese momento como una puerta que se abre al final de un túnel oscurísimo y deja entrar una mínima y sutil esfera de claridad. Moon siguió aquel débil resplandor que se acercaba con calma.
-la princesa durmiente ha despertado… –susurró la voz de Hiperión, al cual vio aparecer conforme se acercaba a ella, aunque sesgadamente: una mano, un pecho medio difuminado entre la sombra y un rostro que lucía aún más siniestro de lo que ya era ante aquella titilante luz rojiza que brotaba de lo que pensó podía ser un encendedor. Al contrario de Akiko, parecía intacto, fresco y alegre
-¿qué es lo que le han hecho a Akiko? –reclamó al hermano de la joven, mirándolo de frente. Éste mantuvo la sonrisa
-sólo le devolvimos su sentimiento más preciado, contenido en las memorias de su vida anterior
Sailor Moon abrió los ojos con sorpresa, ¿vida anterior?
-pero has despertado demasiado tarde, Sailor Moon –agregó Hiperión, regresando el pensamiento de la sailor a aquella conversación- Te has perdido una batalla memorable.
-¿batalla?
-¿por qué no se lo muestras, hermana? –dijo Hiperión- Estoy seguro de que eso le caerá peor que cualquiera de las torturas que piensas aplicarle.
No hubo respuesta de la joven guerrera, no obstante la negrura que les rodeaba se abrió en dos de pronto como las cortinas de un telón cuando va a comenzar la obra. Fue hasta entonces que Moon lo descubrió. El lugar no había sido tragado por la completa nada, sino por una espesa neblina que ahora se abría obedientemente a la orden de su ama. Aún estaba oscuro, pero se trataba de la común oscuridad de una noche con luna, no tan penetrante como para que no pudiera percatarse del sinfín de árboles a su alrededor y del alto muro a espaldas de Febe. Éste se agitó con un sonido pesado y grave y se desmoronó prontamente, convertido en un millar de rocas deformes que cayeron pesadamente al suelo. Las pequeñas nubes de polvo que se levantaron flotando como cientos de sombras, se desvanecieron con más rapidez de la esperada. A sus ojos pasmados, quedó expuesta la naturaleza salvajemente destrozada en aquel ancho y desolado paraje, ahora iluminado por una luna menguante de apagado brillo blanco. Y en el centro de toda la catástrofe, cinco gigantescos remolinos giraban furiosamente. Vio movimiento dentro de ellos, figuras humanas que se incorporaban, algunas lentamente, como agotadas, y otras con rapidez, llamándola por su nombre. La neblina volvió a cubrir el cielo y el brillo de la luna con él. Se puso de pie y dio unos pasos hacia adelante, aunque con cierto trabajo pues sus piernas acalambradas parecían haber olvidado cómo moverse luego de permanecer inmóviles por tanto tiempo. Sus botas se hundieron en el lodo y sus cabellos se mojaron prontamente: un frondoso árbol de cerezo le había abrigado hasta entonces y ahora salía de sus protectoras ramas para enfrentarse a la tenue pero implacable lluvia. Avanzó más pero la oscuridad se había profundizado. No pudo distinguir rostros, sólo voces.
-Júpiter, Mars… -murmuró. Había una voz más, una voz masculina que no reconocía y que sin embargo le gritaba por su nombre y le pedía que huyera de ahí. Las demás personas dentro permanecían en silencio y sólo sabía de su presencia por sus siluetas entre los torbellinos. Entre ellas vio la pequeña y alargada de Artemis, cuyo pelaje blanco lo hacía destacar.
- llegaron hace pocas horas –soltó el hermano de Febe- Si se hubiera tratado de las sailors senshis de antes, Febe habría tenido que hacer uso de una incontable serie de artimañas. Pero fue relativamente fácil atraparles. Después de todo, ya había capturado a dos de ellas cuando te atrapó a ti, sin saberlo –dijo con una sonrisa llena de significado- ninguna de tus amigas ha muerto, no obstante ahora deben estarla pasando muy mal dentro de esos asfixiantes torbellinos. Pero ya que has estado dentro de uno de ellos debes saber muy bien lo que ellas sienten ¿no es así, Sailor Moon?
-¡para! –dijo la sailor con un repentino brillo de lucha en la mirada, al tiempo que los relámpagos en el cielo comenzaban un nuevo baile luminoso.
-¿piensas atacarme? -preguntó Febe y la luz de un relámpago sobre ella llenó de luz su contorno y sus cabellos rubios, pero mantuvo en las sombras su expresión calmada, al contrario de Sailor Moon, cuyo rostro, iluminado por entero, delató su pensamiento. En ningún momento, desde que supo el gran secreto de Akiko y su dolorosa historia, había pasado por su cabeza usar sus poderes contra ella y tampoco pensaba hacerlo ahora, aunque Akiko pareciera haberla olvidado por completo; tal vez ese era el mayor motivo que le impedía atacarla.
A los ojos de Febe el rostro de Moon pareció inmensamente amable, lleno de luz -y no precisamente por la brillantez de los rayos sobre ella-. Se veía fuerte, poderosa. Justo como…. Instantáneamente un rostro surgió en la mente de Febe acompañado de una ola de odio que se inflamó en su pecho y se extendió por todo su cuerpo; una explosión de coraje que no se traslució en su rostro. Había hecho salir del suelo un centenar de masas de roca que ahora flotaban sobre el suelo, esperando su orden y sabía que sólo bastaba un pensamiento, un sutil movimiento de su mano o de su cabeza para que se lanzaran sobre Moon. Se puso de pie y caminó hacia la sailor. Las rocas se le adelantaron en un sincrónico y rápido movimiento, que tendría su fin al impactarse contra el cuerpo de la sailor. Pero en el momento mismo en que daba la orden de avance, percibió el movimiento inesperado de aquellas puntas cortando la cascada de lluvia que caía sobre el lugar y supo que su ataque sería neutralizado. Se detuvo. Un atronador sonido había resonado al frente y el picor del polvo comenzó a mezclarse con el olor a tierra mojada.
-¿no te lo dije, Febe? –le recordó su hermano- son como moscas atraídas por la miel. No importa cuántas atrapes, seguirán apareciendo más y más.
Febe apenas y le prestó atención, concentrada en aquella nueva figura que había aparecido y que incluso para ella, era difícil distinguir entre las sombras. El atemorizante y hondo sonido de los truenos fue precedido por un quebrado relámpago. El rostro de Febe seguía pálido, frío e inmisericorde.
-no –replicó a su hermano y su respuesta casi fue ahogada por la serie de truenos- lo que ha llegado es más un cadáver que un hombre.
Sailor Moon, sin comprender por entero lo que había sucedido momentos antes en la oscuridad, levantó la mirada y por primera vez desde que despertara en aquel lugar, sus ojos temblaron con inigualable temor. Un gran número de las rosas rojas que habían parado el ataque de Febe se destruyó junto con las rocas, mientras que los pétalos de las sobrevivientes, clavadas en el suelo con una leve inclinación, caían seguidamente, arrancados por la lluvia que ahora bajaba en gruesas y lacerantes gotas del tamaño del granizo.
- ¿Akiko?
La voz del recién llegado sonó ronca y dificultosa. Los relámpagos que zigzagueaban en el cielo daban repentina luz a su desmejorada figura vestida de esmoquin negro, la cual temblaba, respirando agitadamente. Apretaba una mano contra el pecho, mientras que la otra, fatigada, había caído a su costado luego de lanzar el ataque de rosas. Más que el hecho de que él pareciera mantenerse en pie casi por milagro, a Febe le llamó la atención su semblante pálido que no ocultaba en lo más mínimo lo que había dentro de él: aflicción, ocasionada por un dolor evidentemente físico, y sorpresa, incredulidad; las mismas que habían teñido su voz un momento atrás.
-Nuevamente ese nombre…- pensó Febe con fastidio, clavando sus ojos retadores en los de él, pero al encontrarse con aquellos ojos azules que la observaban a través del antifaz blanco, con aquella mirada de inusitado vigor, su expresión cambió. Sintió que su cuerpo se estremecía sin razón aparente y bajó la mirada, aturdida por no haber tenido la fuerza suficiente para sostener la del enmascarado.
-es ella
Tuxedo Kamen apartó la vista de su amiga de la infancia y la concentró en Sailor Moon que se había acercado a él sin que se diera cuenta. Sentía el tacto tibio y amable de su mano enguantada sobre su brazo. La oscuridad era demasiada, así que no pudo distinguirla bien, ni mucho menos buscar en la expresión de su rostro el significado de aquellas dos palabras que había articulado en un tono tan peculiar e indescifrable.
- ¿eres tú el que ha sido tocado por las agujas de él?
Tuxedo Kamen volvió su mirada a Febe que nuevamente lo desafiaba con la mirada, pero esta vez con la misma cautela de quien camina en un terreno lleno de minas, y la contuvo abiertamente. Sailor Moon también la miró, sin comprender en un principio aquella pregunta soltada de la nada.
-hemos visto las heridas que causan esas agujas –explicó el hermano de Febe notoriamente entretenido con la situación- Al principio los que las sufren ignoran el daño que les pueden causar, son pequeñas y casi invisibles heridas. Conforme los días pasan crecen sin remedio. En la mayoría de los casos los afectados mueren por las continuas hemorragias o se quitan la vida de desesperación. No obstante, si se tiene la fuerza y el suficiente temple el afectado puede llegar a la fase terminal, lo cual siempre he pensado, es lo más estúpido que se puede desear. El avance se vuelve tan constante que el cuerpo queda paralizado de dolor. Y ahí, experimentando la cumbre del sufrimiento, viene la última hemorragia, la sangre fluye incansablemente fuera de las heridas hasta que el cuerpo termina completamente exprimido. Se termina muerto en medio de un charco de su propia sangre. Es una muerte sucia y poco digna, pero perfecta para los traidores y enemigos –concentró la mirada en Tuxedo Kamen- Hay agonía en tu rostro, y tu cuerpo grita de dolor con cada movimiento, ¿no será que te encuentras a un paso de llegar a esa fase? -sonrió con un brillo de maldad en sus ojos amarillos mientras notaba el terror reflejándose en la cara de Sailor Moon, repentinamente pálida a la luz de los relámpagos en el cielo-. Si es así, las próximas horas serán las más difíciles, créeme.
-¡por favor si saben cómo sanarlas…! -se apresuró a decir Sailor Moon
Hiperión sonrió, cerrando los ojos y recargándose en el tronco del árbol bajo el que se protegía de la lluvia.
-¿qué darías porque te diéramos el secreto, guardiana de la Luna…? –preguntó Febe inesperadamente, mirándola con fijeza
-todo lo que tengo –respondió sin dudar
-¿incluso tu vida?
Moon abrió los ojos, sorprendida por la pregunta pero inmediatamente volvió a ellos el destello de característica amabilidad que los había encendido antes, aunque esta vez medio opacado por un rastro de tristeza.
-si yo hiciera eso sé que dejaría mucho dolor en las personas que más quiero -murmuró Moon- y que a él le dejaría una carga de remordimientos, pero aún sabiendo eso yo…
-¿remordimientos? –le interrumpió sin atender aquellas últimas palabras- ¡que absurdo! Tu propia vida es lo más importante en este mundo. No importa quien muera, debes salvarla. ¿por qué habría él de sentir remordimientos?
-lo que has dicho –intervino Tuxedo Kamen mirándola con esos ojos profundos que lograban penetrar en ella e irritarla verdaderamente- sólo puede decirlo una persona que se ama únicamente a sí misma.
Febe sonrió. A diferencia de Sailor Moon, él ya se había dado cuenta de quién era ella. Se dijo que era suficiente. Había hablado más de lo que solía, así que era hora de terminar. En realidad no le interesaba hacer algún trato con Sailor Moon para salvar a aquel hombre, sólo había sentido un poco de curiosidad. Sailor Moon siempre daba respuestas que la sorprendían y divertían por su extravagancia. Pero eso era todo. Hizo un ligero movimiento con los dedos para que el viento atacara directamente a Tuxedo Kamen, sólo a él, y su maestría era tal que sabía que lo lograría. Solamente quería quitarlo del camino. Como Hiperión había dicho, muy acertadamente, no debía quedarle mucho tiempo de vida. Matarlo era desperdiciar sus poderes, así que en ese momento Tuxedo Kamen no era para ella más que un estorbo.
Recobró su buen humor. Había dado resultado. El remolino surgido de su mano había lanzado a Tuxedo Kamen hasta el tronco de un viejo árbol. Sailor Moon corrió hacia él pero ella reaccionó antes y la detuvo con su viento paralizador antes de que llegara con el enmascarado. Nuevamente tenía el control de la situación, como debía ser siempre. Ahora volvería a concentrarse en Sailor Moon y en su venganza. Sin perder tiempo transformó las gotas de lluvia a sus costados en hielo sólido, convirtiéndose en peligrosas navajas que se lanzaron sin dilataciones hacia Sailor Moon. La satisfacción estuvo a punto de pintarse en su rostro al percatarse de que darían justo en el blanco, pero la aparición de una mano jalando a la sailor y un cuerpo interponiéndose le heló la sangre.
-¡No!
Su mano se movió rápidamente sin su permiso e hizo que las cuchillas se detuvieran por completo; instantes después cayeron al suelo, nuevamente convertidas en agua. Ni una sola había tocado a Tuxedo Kamen que protegía a una inmóvil e impresionada Sailor Moon. Miró aquello sin creerlo, confusa, impresionada. ¿Por qué su propia mano había ordenado detener el ataque? Sobreponiéndose con rapidez, los ojos de Febe dejaron atrás la confusión y miraron amenazadoramente a Tuxedo Kamen. El ceño de Febe se frunció marcadamente, por primera vez desde que regresara a ser la guerrera al servicio de Samas. Su rostro cubierto de señales de cansancio, relucía ahora con la inusual vitalidad que da el enfado. Entonces el cielo retumbó y algo descendió fugaz y brillante, impactándose frente a Sailor Moon y Tuxedo Kamen con un sonoro estallido. Otra explosión surgió casi de inmediato y otra y otra sin interrupción alguna.
Sailor Moon cerró los ojos y se refugió en los brazos de Tuxedo Kamen que a su vez había asido a la sailor por los hombros para no caer después de su último esfuerzo de interponerse en el ataque de Febe. Moon se preguntaba de donde había sacado él las fuerzas para seguirse moviendo. Su mano, puesta ligeramente sobre el pecho de él, podía sentir la tela empapada de su camisa, pero prefirió no abrir los ojos y confiar en que se trataba sólo de agua de lluvia y no de sangre. Los estallidos sonaban en todos lados, el aire lleno de polvo se revolvía alrededor de ellos y cu cuerpo temblaba de sólo escuchar el sonido ensordecedor de los truenos cayendo a centímetros de ellos. El suelo había comenzado a moverse oscilatoriamente hasta el punto de hacerlos caer. Fue imposible dar un solo paso hasta que aquel remolino de furia desatada se detuvo.
Moon abrió los ojos. Había dejado de llover. Ahora la oscuridad era acompañada por una nube espesa y picante de polvo, un suelo seco lleno de agujeros y enormes grietas, y un sinfín de trozos de árboles totalmente quemados o aún en llamas, derrotados por aquella implacable fuerza. La calma y el silencio que se extendieron en esos momentos, luego de tanto movimiento y ruido, resultaban inseguros, casi peligrosos. Había tanto silencio que podía escuchar el corazón de Tuxedo Kamen y el sonido desacompasado de su respiración.
-he utilizado todos mis poderes y he convertido este lugar en un desierto –dijo la voz de Febe que sonaba cercana y aún más cansada que antes, pero Sailor Moon no logró ubicar a su dueña- He destruido todo, menos a ti; aunque has sido mi único blanco –Moon miró a su alrededor, percatándose de la veracidad de sus palabras. Todo había sido tocado por la voraz furia de Febe, excepto el pequeño círculo de suelo alrededor de ellos que estaba tan intacto como Tuxedo Kamen y como ella- He logrado matar a miles de soldados con un solo ataque y capturar a cuatro sailor senshis sin ayuda de nadie, y sin embargo no puedo acabar con un moribundo hombre. Debe resultares muy gracioso.
Tuxedo Kamen se separó de Moon, poniéndose de pie, con desequilibrio al principio pero logrando mantenerse, y caminó trabajosamente hacia la espesa polvareda. Sailor Moon tuvo el impulso de detenerlo pero lo contuvo, cerrando las manos en puños. Ahora veía a Akiko, parada a unos metros de ellos, con las cejas fruncidas en un gesto de incomprensión y la calma de su rostro completamente perdida.
-por más que trato no entiendo… -murmuró Febe, para sí misma, concentrada ahora en su honda y humillante impotencia- ¿por qué?
-porque en el fondo aún eres Akiko… -respondió la voz fatigada aunque amable de Tuxedo Kamen– tienes que recordar…
-¡No te me acerques! –exclamó ésta y Tuxedo Kamen se tambaleó en su sitio. Su mano, extendida hacia ella había sido rechaza con un manotazo que sonó brutalmente fuerte entre aquel hondo silencio.
Siguió otra larga pausa. La expresión aturdida de Febe había cambiado radicalmente. Su mirada se había despegado de Tuxedo Kamen con lentitud, y ahora miraba su propia mano que había hecho a un lado la de él. Una esperanza.
-eso es –murmuró dibujando una desesperada y diminuta sonrisa, como hipnotizada. El suelo había comenzado a vibrar- eso es…
Sailor Moon iba a dar un paso adelante, preocupada por Tuxedo Kamen, pero…
- ¡no te muevas! –exclamó él de inmediato, notando la cicatriz que se abría en el suelo y pasaba a su lado sin hacerle daño. La joven sailor paró en seco, casi por impulso, y justo a tiempo para impedir que la pared de lava que surgió en ese momento de la profunda grieta que se había detenido frente a ella la calcinara por completo. Instantáneamente sintió el violento golpe en el estómago venido de la nada que la lanzó varios metros lejos de Tuxedo Kamen, raspando su piel contra el áspero suelo. Aturdida, con el cuerpo inerte y un agudo dolor en el abdomen, levantó la mirada y se dio cuenta de que se había creado un pequeño cilindro de claridad entre el polvo, como antes la neblina se había hecho a un lado a una orden de Akiko.
Tuxedo Kamen se hallaba en medio del cilindro, con una rodilla puesta en el suelo. Había sido soldado al agrietado piso por una gruesa capa de hielo que congelaba su cuerpo de la cintura hacia abajo. Febe flotaba muy arriba, apunto de perderse en aquel cielo azul lleno de estrellas. Una de sus manos sostenía una especie de espada de afilada punta, transparente, de hermosos y relucientes brillos, creada con finos cristales de hielo. Parecía totalmente concentrada en Tuxedo Kamen. Para Moon sólo fue un segundo lo que tardó en realizar aquel examen antes de verla caer, en picada, enarbolando el arma sin despegar la mirada del caballero enmascarado, con la luz de la luna iluminando su blanca tez. Los ojos azules de Sailor Moon, llenos de angustia, se dirigieron a su novio y luego volvieron a Febe.
-no… ¡no, Akiko! –gritó, poniéndose de pie de un salto, ignorando el dolor que palpitó en su vientre ante aquel brusco movimiento. Sin embargo, se daba cuenta de que estaba demasiado lejos. Aún si corría con todas sus fuerzas, no podría llegar a tiempo, pero…
Febe sonrió, antes de dejarse caer. Aquel hombre estaba ahí, inmóvil, más indefenso que nunca. Su mirada, que hasta entonces no había hecho más que confundirla y trastornarla, no podía alcanzarla hasta esa altura. Ahora sabía que había una posibilidad de terminar con él siempre y cuando su ataque fuera directo, si lo llevaba a cabo con sus propias manos y no con las de la tierra o el cielo, al igual que había logrado rechazarle cuando él intentó acercarse a ella un momento atrás. Sí, ese fue el momento en el que supo exactamente lo que haría. Sus ojos chispearon de emoción cuando cayó, apretando el arma fuertemente. Vio el rostro de él con claridad y sus ojos cuando la distancia que los separaba se acortaba a gran velocidad, pero esta vez el hechizo de aquella mirada no surtió efecto, no retrocedió ni disminuyó la velocidad, al contrario se llenó de más fuerza. Esta vez lo lograría. Había sido terriblemente humillada en el pasado y ahora ese insignificante hombre había logrado potenciar ese sentimiento que inundaba su vientre con renovada violencia, acrecentándolo hasta la desesperación. Pero no volvería a humillarla. Estuvo a punto de perder toda su paciencia, de perderse a sí misma, pero ahora estaba segura de haber vuelto a ser la fría y tranquila guerrera. Sí, esa era ella. Era Febe. Casi era el momento. Estaba a punto de quitarse las argollas de esclavitud que se habían cerrado sobre sus muñecas inesperadamente.
-¡ahora!- pensó abriendo los ojos aún más, sujetando el arma con las dos manos, buscando darle más poder a su ataque y la dirigió al pecho de Tuxedo Kamen, en aquel punto que no había dejado de mirar; el lado izquierdo del pecho, el corazón que pronto dejaría de latir destrozado por su arma
-¡ ESTAS ENAMORADA DE ÉL!
El potente y desesperado grito resonó en el lugar sin producir eco alguno, perdiéndose en las paredes de partículas flotantes de polvo. Luego el silencio volvió, aunque mezclado con una tensión no prevista. Sailor Moon tenía los puños apretados y la mirada puesta en Tuxedo Kamen. Respiraba agitadamente, como si hubiera corrido hasta él con toda la velocidad que podían dar sus piernas. Pero lo cierto es que no se había movido de su sitio.
Febe volteó a verla, desconcertada. No había escuchado la voz de Sailor Moon que le había llamado desde antes, pero aquellas cuatro palabras inundaron sus oídos con plena claridad y sentido.
-¿qué cosa tan absurda has dicho?
La punta de la espada de hielo se había detenido tocando apenas el pecho de Tuxedo Kamen, y se mantenía allí, firme, esperando que su dueña la impulsara hacia adelante y acabara con la vida de él. Pero ella no hacía caso a su arma, sino a la joven sailor.
-yo sé porqué no has podido hacerle daño, ni siquiera con tus más poderosos ataques -comenzó a decir Sailor Moon tan inmóvil como Tuxedo Kamen y Febe-. No quieres lastimarlo Akiko, nunca has querido hacerlo. Fue por eso que te alejaste de él hace años, aún cuando lo amabas más que nadie. Tenías miedo de que esto sucediera, de que tú pudieras hacerle daño con tus poderes: de acabar tú misma con lo que más amabas en esta vida –la mirada de Sailor Moon era suplicante e inmensamente triste-. Y lo lograste Akiko, lo mantuviste a salvo. Así que, por favor, no permitas que los años llenos de soledad que pasaste sin él sean en vano, por favor, Akiko…
Tuxedo Kamen -que nisiquiera se había dado cuenta de que el hielo que lo apresaba se había derretido por entero- volvió la vista a Febe para mirar con cierto asombro las brillantes lágrimas, cual diamantes, que surcaron en ese momento el rostro de la joven de confusos ojos verdes. Las manos de Akiko continuaban sujetando el mango de la espada con todas sus fuerzas, pero la punta de ésta ya no era firme, sus manos temblaban.
¡Cadena de amor de Venus!
La larga cadena compuesta por luminosos corazones envolvió velozmente a la joven antes de que sus ojos llenos de lágrimas parecieran deshacerse de la bruma que los había cubierto.
-¡no, esperen! –gritó Tuxedo Kamen y Febe intentó levantar la espada pero una esférica energía surgió de entre el polvo y la arrastró lejos de él.
El cuerpo de la chica chocó contra el pecho de su hermano Hiperión –aparecido de la nada- que le sostuvo por los hombros.
-ha sido suficiente por el día de hoy –susurró Hiperión con una sonrisa, creando un remolino alrededor de los dos- me he divertido mucho, gracias.
Cuando el viento amainó los dos habían desaparecido.
En el desolado campo de batalla quedaron -además de Tuxedo Kamen y Sailor Moon- Artemis, Sailor Mars, Mercury, Venus y Jupiter, además de cinco encapuchados que se habían apartado de las sailors para atacar a Febe. Fue hasta entonces que Moon pudo ver los rostros cansados y llenos de preocupación de sus amigas que horas más tarde le explicarían cómo fue que, apenas los torbellinos desaparecieron, tuvieron que huir del lugar para no ser arrasadas por el ataque infatigable de Akiko y también cómo es que fueron salvadas por el encapuchado de dorado que había llegado justo a tiempo para cubrirles con su brillante luz antes de que un rayo les cayera encima. Gracias a eso y a su propia fortaleza y tenacidad a la hora de enfrentar a Febe, estaban apenas heridas, aunque sí enormemente exhaustas.
-¿vamos tras ella? -espetó el hombre de capa gris
-no, será mejor esperar a la próxima –respondió el encapuchado de dorado. Sailor Moon contempló a aquel hombre que no poseía la misma imagen desaliñada y agotada que los demás. Éste intercepto su mirada y se la devolvió con una gran sonrisa- me alegra que se encuentre bien, princesa.
Sailor Moon volvió a parpadear y estuvo a punto de mirar hacia atrás, segura de que aquellas palabras no podían estar dirigidas a ella. El encapuchado se acercó a Moon y con toda naturalidad le tomó la mano y la besó galantemente.
-ella no volverá a acercársele. La cazaremos por toda la ciudad si es necesario –dijo
-gracias, pero no necesitamos su ayuda –lo interrumpió Tuxedo Kamen que aún con el agotamiento, la debilidad y el aspecto cadavérico había logrado hacer que sus piernas respondieran y caminaran hacia Sailor Moon.
El encapuchado de dorado sonrió
-no creo que seas el indicado para asegurar algo así, apenas y eres capaz de mantenerte en pie, Tuxedo Kamen. Pero entiendo porqué lo dices. No deseas que esa guerrera del bando contrario sea herida por nosotros. Noté cómo la mirabas. Debes estar muy enamorado de ella -concluyó siguiendo la expresión de Sailor Moon por el rabillo del ojo, la cual se puso visiblemente incómoda por el comentario
-Akiko es como mi hermana –repuso Tuxedo Kamen con un extraño brillo lleno de enfado en sus ojos desafiantes- ¿no harías lo posible por ayudar a un hermano?
El giro que había dado la conversación turbó la faz segura del encapuchado de dorado, solo por un instante. Luego su sonrisa volvió tan radiante como siempre.
-es hora de que mis compañeros y yo nos vayamos -murmuró con una voz aterciopelada, dirigida a Sailor Moon- ha sido un placer volverla a ver.
Tuxedo Kamen frunció el ceño, conteniéndose para no alejar a aquel tipo, seguramente no con delicadeza, de Sailor Moon. Vaya desgraciado, tratar a Akiko como una presa a cazar, intentar sembrar inseguridades en Usagi y para colmo coquetearle justo en sus narices. Como ese sujeto no debía haber dos en el mundo, sería una calamidad. Pero se dio cuenta de que por desgracia si existía alguien más igual a aquél, y para su doble desgracia él lo conocía. Se quedó pensando en la palabra "igual", que había surgido entre el demás torrente de palabras. Una idea cruzó por su cabeza. Sus ojos se dilataron, dejando de observar a las cinco figuras encapuchadas que se perdían en la oscuridad para mirar dentro de sus recuerdos, concentrarse en las memorias que tenía de ese encapuchado y los pocos que guardaba sobre ese extraño amigo de Usagi, sucesos antes inconexos que ahora parecían encajar. ¿Era posible?
-Júpiter
La Sailor, en cuclillas, miró un segundo más los dos trozos de tela en el suelo, uno color gris y el otro rojo, ambos cortados al mismo tiempo, separados de las prendas a las que pertenecían por un ataque despiadado y tajante; sucios y casi deshechos habían sido abandonados en el suelo.
- debemos marcharnos –murmuró Sailor Mercury, acercándose aún más a su amiga. La otra tomó los dos pedazos de tela y los ocultó en su puño.
-uno de esos hombres usa un trajegris ¿cierto?
Sailor Mercury la miró un segundo, intrigada por la pregunta y por la expresión pensativa de su amiga y compañera.
-así es –dijo sin dejar de contemplar a Sailor Júpiter que hablaba con un inusual aire de misterio
-bueno, vámonos –exclamó Jupiter poniéndose de pie y sacudiéndose el polvo de la falda mientras el brillo de la luna iluminaba cada vez más el agujerado suelo, venciendo los hilachos de neblina que fue lo único que quedó de la feroz tormenta de esa madrugada.
Mamoru Chiba, con los ojos cerrados y un dolor difuminado pero intenso ardiendo en su piel y ahondando en su carne, vagaba lánguidamente entre la realidad y el sueño cuando escuchó la puerta abriéndose y casi de inmediato, el sonido de pasos acercándose a él. No abrió los ojos. Estaba casi seguro de que era ella: Usa, su novia. Cuando el sonido de pasos se detuvo cerca de él, el silencio volvió, inusual y largo. Ningún sonido, ningún movimiento. Todo había regresado a la tranquilidad de antes, como si los sonidos anteriores hubieran sido sólo una ilusión causada por la modorra. Enarcó una ceja sutilmente, aunque tal vez su sensación de que algo extraño ocurría ni siquiera se mostró verdaderamente en su rostro y aquel acto fue puramente mental. ¿Qué estaba haciendo ella? ¿Pensando tal vez? ¿Qué le había llevado a quedarse inmóvil? Llevado por la curiosidad estuvo a punto de ordenar a sus débiles párpados que se elevaran, pero se detuvo al percibir un nuevo peso hundiendo el sillón acolchonado a su lado. Aunque el dolor le había adormecido el tronco entero y gran parte de los brazos, su sensibilidad seguía intacta. Y lo agradecía. De lo contrario no habría podido sentir, con una claridad que incluso resultaba inusitada, el cuerpo cálido al lado suyo, apretándose contra su brazo. Salió completamente del sueño y regresó del limbo de agudo sopor al que lo había llevado el dolor de sus heridas, concentrado en ese calor que le devolvía la alegría y las esperanzas. Pero se quedó inmóvil y sus pensamientos dejaron de transitar cuando los delgados dedos de ella comenzaron a acariciarle el rostro, recorriendo sin prisa la línea de su mandíbula, deteniéndose largamente en su mejilla, rozándola con enorme delicadeza.
Entreabrió los ojos cuando la mano de Usagi dejó su rostro y volcó su calidez en la rigidez fría de las suyas que por más que había intentado no había podido calentar.
-bienvenida –susurró esforzándose porque su voz fuera audible y no tan lamentable. Se había topado con la mirada de Usagi y vagaba en ella con el mismo placer con el que había recibido las caricias de sus dedos.
-siento haberte despertado
Él sólo le sonrió como única respuesta
-¿pensaste que te dejaría solo? –dijo Usagi recargándose en su hombro- Estaba segura de que lograría escapar del castigo de mamá y papá, sin embargo, aún cuando no hubiera sido así, yo habría venido. Pero no fue necesario –agregó de inmediato como temiendo una réplica de su parte- papá y mamá se quedaron mudos cuando me vieron bajando de la escalera. No podían creer que hubiera estado ahí toda la noche mientras ellos me buscaban por todas partes. Pero tenía puesta mi pijama y fingí bostezar. Salí sin recibir grandes reprimendas porque nadie pudo explicar cómo había aparecido en mi habitación… Ellos se preocuparon mucho. Lo vi en sus rostros con ojeras. Mamá incluso me abrazó. Algún día les pediré perdón por todos los días que me marché en la noche mientras ellos dormían.
Usagi apretó suavemente la mano de Mamoru y los dos se quedaron en silencio. Había decidido que al entrar al apartamento no haría ni diría nada triste, sin embargo, aquellas palabras habían surgido involuntariamente, como una fuerte necesidad.
-¿siempre me acaricias cuando me quedo dormido?- espetó Mamoru y la sintió agitarse a su lado; al bajar la vista notó que las mejillas de ella se coloreaban con un tenue rojo.
-así que no estabas dormido –dijo ella inclinando la cabeza y cerrando los ojos para evadir la mirada de él que la hacía sentirse aún más avergonzada- Tramposo.
Él dejó ver una sonrisa sutil.
-sólo lo hago cuando parece que tus sueños no son muy tranquilos –explicó Usa luego de un breve silencio y Mamoru notó en su rostro que ella hablaba con sinceridad- Siempre te relajas cuando lo hago.
"como hoy" se dijo Mamoru, pensando que por más que lo intentaba ya no podía impedir que su aflicción se trasluciera en su rostro. A pesar de eso no se sintió agobiado. No tenía idea de que sus pacíficos sueños de aquellas pocas horas en las que caía dormido en el sillón por agotamiento, luego de estudiar arduamente, se debieran a ella.
-ya veo –susurró, con los ojos entornados llenos de ternura- Gracias
Usagi sonrió, con un nuevo tono de rojo en las mejillas, escuchándolo apenas. Una ola de bienestar se había desatado en su cuerpo cuando sus párpados le agradecieron que los hubiera dejado caer por fin. Hasta ese momento se dio cuenta de que se encontraba rendida. No había vuelto a dormir, ni siquiera cuando se quedó un rato en su cama esperando que amaneciera para volver con Mamoru, y el tiempo que había permanecido desmayada en manos de aquel extraño bloque de tierra –el cual no sabía aún cuánto había sido- no era lo suficiente para hacerle recuperar sus energías. Estaba segura de que, de encontrarse afuera, buscando cómo sanar las heridas de Mamoru tal como en ese momento lo hacían sus amigas, no sentiría el agotamiento que comenzaba a dominarla ni el fuerte sentimiento de impotencia taladrándole el pecho. Pero ella había decidido que no se separaría de Mamoru. Si Hiperión tenía razón, Mamoru la iba a necesitar mucho en esas horas y aunque se negaba a creer que fueran las últimas, quería pasar el mayor tiempo posible junto a él. Sin embargo, el tiempo transcurría con mayor velocidad, se les escurría de entre las manos junto con la vida de él, y Usagi no dejaba de pensar en que tal vez sería más útil afuera que ahí, donde no había hecho más por él que trasmitirle calor a sus dedos fríos.
Usagi intentó abrir los ojos pero sentía los párpados demasiado pesados. Comenzaba a sentir la pesadez de su cuerpo y la agradable sensación de introducirse lentamente en la inconsciencia. Hasta su preocupación y su impotencia comenzaron a atenuarse, a pesar menos.
Pensó de pronto en que las posiciones se habían invertido. La mano de Mamoru era ahora la que se sentía cálida, inmensamente en comparación con la suya. Se concentró en ello y luego en la brusca frialdad de su propio cuerpo. La noche era profunda, llena de nubes negras que se iluminaban momentáneamente por centellas blancas. Se frotó los brazos, estaba tiritando. El lugar era tranquilo y rebosaba quietud aunque la lluvia caía a borbollones. La capa que le cubría impedía que su piel se mojara pero no que el helado golpeteo de las gotas de lluvia traspasara la tela y le congelara hasta los huesos. Una nueva luz en el cielo, seguida de un ensordecedor estruendo reveló una figura a lo lejos, cubierta de pies a cabeza por una indumentaria negra. Caminaba a grandes zancadas, con decisión; hacia ella.
Sonrió.
Hubiera deseado echar a correr hacia él pero se contuvo. Después de todo era una dama, una futura reina. Esperó en su lugar apretando la palma de la mano contra el pilar níveo que le había protegido precariamente hasta ese momento. El corazón saltaba bajo su pecho de pura alegría
-Pensé que no vendrías –se levantó un poco el capuchón, tan blanco como sus propias manos. Tuvo que hablar en voz muy alta, pues un nuevo trueno había causado un estridente alboroto. La figura cubierta por un largo albornoz negro, se encontraba ya frente a ella.
-tuve algunos asuntos pendientes -dijo su acompañante. Su voz cautelosa era baja y se perdía fácilmente entre el estruendo de los truenos- lo siento, princesa
-¿princesa? ¿Por qué tanto formalismo? Este es el único lugar en el que podemos estar solos –le dijo con un mohín de disgusto mientras las aguas tormentosas del lago a su espalda chocaban contra el amplio y desértico recuadro de baldosas blancas en el que estaban parados.
-lo lamento –dijo aquella figura de voz masculina- estoy algo distraído. Debemos refugiarnos de la lluvia.
Pero ella no atendió sus palabras sino que le rodeó tiernamente por la cintura
-estás frío y tu voz es ronca. Me sentiría terrible si te enfermaras por venir hasta aquí
-resistiré –contestó él acariciándole el rostro con sus dedos, helados como un témpano de hielo
-¿me extrañaste? -preguntó sin despegarse
Él le respondió estrechándola con más fuerza contra su pecho. Tal vez dijo algo, pero el sonido de los truenos sofocó su respuesta.
-Han pasado meses desde que nos vimos la última vez –comentó ella- Cada vez que escuchaba que no podías venir me llenaba de tristeza y de angustia. Aunque he aprendido distintas formas de averiguar porqué se retrasa tu llegada, siguen habiendo ocasiones en que todos se enteran de lo que sucede contigo menos yo.
-sabíamos que sería así
-sí –dijo repentinamente triste- lo sabíamos
La mano de él le levantó el rostro por la barbilla y ella elevó la mirada, sondeando la oscuridad profunda bajo el capuchón, esperando encontrarse con su mirada brillante, pero daba la impresión de que no había más que un vacío oscuro e infinito. No obstante cuando éste se inclinó buscando su boca, sintió sus labios fríos, cándidos y anhelantes.
Fue ella la que cortó el beso segundos después, apoyando una mano sobre el pecho de él.
-sé que la lluvia es intensa, pero ahora por favor, levanta un poco tu capuchón -dijo con dulzura- durante todos estos meses me has privado de ver tu rostro… quiero admirar los ojos que me cautivaron desde que los vi.
Él le acarició el rostro brevemente
-querida Serenity, yo no podría negarte ningún deseo, no importa cuan imposible o doloroso sea –dijo con un aferrado y vivo ardor. Después sus manos apartaron por completo el capuchón color azabache y el cabello corto comenzó a mojarse bajo la lluvia. Aquellos ojos de tonalidad verde brillaban intensamente, completamente llenos de amor hacia ella.
-¡NO PUEDE SER!
Se incorporó, sobresaltada, y no reconoció dónde se hallaba hasta que contempló el rostro demacrado de Mamoru iluminado por los rayos de un sol intenso y seco que se filtraban por los amplios ventanales de la sala. El apartamento de Mamoru.
-calma -murmuró la voz cansada y ahora dulce de su novio que se había incorporado también- sólo fue una pesadilla
- una pesadilla –repitió ensimismada, mirándolo sin mirarlo, sintiendo aún el escalofrío que le había recorrido el cuerpo entero y que había dejado una estela de atenazador frío. Durante toda la semana se había esforzado por recordar al hombre que aparecía en sus sueños y ahora que había llevado a la realidad aquel rostro deseaba no haberlo recordado nunca. Si tan sólo ese hombre hubiera sido Endimión, como ella lo había pensado siempre, todo hubiera estado bien. Pero el rostro que habían mirado sus ojos a la luz de los relámpagos, en ese recuerdo de cientos de años atrás, no era el del príncipe de la Tierra; no era el rostro amado que veía en ese momento y que, aún cuando le faltaba color y energía, era el mismo que el del príncipe.
-aún te vez aterrorizada, como si siguieras dentro de la pesadilla
La mano que le acarició la mejilla lo hizo con muy poca precisión, temblando. Esta vez los ojos de Usagi se posaron en su novio con absoluta lucidez. El rostro pesaroso de Mamoru mostraba inquietud. Posó la mano sobre la de él.
-discúlpame, no sé cómo pude haberme quedado dormida en un momento como este
- no, lo comprendo –dijo él pero antes de que termina, ella ya lo había abrazado por el cuello, encajando los dedos entre el cabello negro.
Lo amaba mucho, mucho. Aún cuando su cuerpo débil ya no pudiera abrazarla, cuando sus manos temblorosas no pudieran tocarla, aún cuando su rostro hermoso dejara de serlo, aplastada la belleza por el agotamiento, el dolor y la uniforme palidez. Nada había podido cambiar sus sentimientos por Mamoru. Se aferró a esa idea, intentando tranquilizarse aunque las imágenes y los sentimientos de ese sueño volvían repetidamente, acompañadas de miles de preguntas que surgían de súbito en su cabeza, desbocadas, revueltas. ¿qué significaba ese sueño? ¿era verdadero? ¿Serenity en verdad había amado a otro hombre además de Endimión? ¿por qué no había recuperado esos recuerdos antes, junto con sus demás memorias del Milenio de Plata?
Trató de alejar aquellos pensamientos, ¡¿cómo podía pensar en esas cosas, estando él tan grave?
Simplemente no podía evitarlo. Usagi no se había dado cuenta pero se estaba desangrando con mayor rapidez. Y lo dicho por Hiperión no hacía más que empeorarle el panorama. En esas condiciones cualquier otro habría pensado en que la hora de su muerte se acercaba; uno muy optimista se habría dicho que era mejor disfrutar que llorar, y se habría dejado llevar por aquel placer que le envolvían junto con los brazos de su novia. Pero él pensaba en todo lo que dejaría pendiente en esa vida. Pensaba en el hombre con el dije en forma de sol, en Akiko, en los hermanos de ésta y en Sailor Moon peleando en una batalla final donde no estaría él. No se sentía triste al pensar en esta última parte, más bien despertaba su molestia. Porque no imaginaba a Sailor Moon únicamente con sus amigas, sino al lado del encapuchado de dorado; aquel hombre prepotente, arrogante e increíblemente dulzón cuando se dirigía a ella. El mismo comportamiento del nuevo amigo de Usagi, Threx. Los dos contemplaban a Usagi con infinito amor y hacían surgir en él una intrincada y desbordante maraña de sentimientos que nunca había experimentado y que por ello no sabía ni cómo nombrar. Intentando desenredarla, se dio cuenta de que no sólo sentía antipatía por los dos. Ellos poseían la misma mirada color verde esmeralda que despertaba su irritación y que le hacían sentir una ira incontrolada. Pero detrás de esto había otros sentimientos mucho más intensos y difusos. Cuando ellos estaban cerca de su novia sentía surgir, como un hervor, aquel terrible e ilógico miedo, un miedo insoportable, arrasador. Miedo a perder a Usagi. Pero había detectado además otro sentimiento aún más extraño, algo parecido a… a…
No pudo reprimir el quejido. Había sentido un dolor punzante, como si hubieran dejado caer sin piedad un pedazo de fierro ardiente sobre su pecho.
-estoy bien –dijo inmediatamente y se asombró del sonido extremadamente tenue, exhausto de su propia voz
Sabía que mentía. Hasta respirar le estaba causando un dolor inaudito. Vio que Usagi se levantaba de un tirón pero no trató de detenerla. No supo que ella lo había hecho para dirigirse hacia la puerta. El timbre había sonado pero él no lo había escuchado. Cerró los ojos. Ya no oía ni percibía nada, como el día en que cayó de lo alto del edificio, con Usagi en brazos o el primer día que se desmayó por el dolor.
Su novia abrió la puerta a toda velocidad, con los ojos azules brillando de esperanza. Esperaba encontrarse con los rostros de sus amigas. Ellas le dirían que sabían cómo sanar las heridas de Mamoru y que él ya no sentiría más dolor ni se debilitaría más, que no moriría sino hasta muchos muchos años después. Pero no había nadie frente aquella puerta ni a lo largo de ese pasillo vacío y silencioso. La desolación le golpeó con dureza y tuvo unas repentinas ganas de llorar. Fue entonces que notó el diminuto frasco puesto en el suelo frente a la puerta. Lo levantó notando que el color ámbar que lo distinguía no era una característica del vidrio sino de la extraña sustancia dentro de él. No había ninguna nota que explicara su presencia pero tenía un pequeño papel adherido a él en el que se podía leer, con letra críptica, una única y pequeñísima palabra: beber.
Aún no comprendía quien o por qué, pero pudo adivinar lo que la persona que había dejado el objeto le había querido decir. Corrió hacia Mamoru, aún dudando un poco, pero al verlo, todos sus pensamientos se detuvieron, al igual que sus piernas y el movimiento del resto de su cuerpo. Su novio seguía recostado en el sillón, como lo había dejado, sin embargo, su rostro ya no reflejaba el dolor de hace unos minutos, tenía los ojos cerrados, como si durmiera y su mente volara por sueños profundos y plácidos.
Sintió que caía en un oscuro vacío
Ya no sentía dolor. Intentó abrir los ojos pero no pudo, hizo el mismo esfuerzo vano en mover los brazos, las manos, pero todo el cuerpo estaba paralizado. Era una extraña sensación de estar dormido y despierto a la vez, vivo y muerto. Todo estaba oscuro, el manto de sus párpados lo hundía en un negro infinito ¿qué estaba sucediendo? ¿Era acaso que su alma, la cual se había resistido a desprenderse de su cuerpo, había quedado varada?
-no es así
Escuchó claramente aquella voz retumbando en sus oídos, pero extrañamente no parecía venir de fuera.
-¿quién eres? ¿qué es esto?
- eso no es importante, sino lo que tengo que decirte Mamoru Chiba –murmuró la voz de tono grave, varonil
Iba a preguntar cómo sabia su nombre pero el personaje le interrumpió. Hablaba con premura, como si tuviera prisa.
- ha despertado un aterrador poder que ustedes deberán afrontar. Usé mis poderes para dejar esta pequeña pizca de mi consciencia y advertirte.
-¿te refieres al nuevo enemigo?
-sí, las cosas se complicarán aún más a partir de ahora, pero es importante que no desistas en ningún momento. Aún cuando todo parezca oscuro, cuando no haya esperanza…
¡Mamoru! ¡Contéstame!
La suplicante voz de Usagi hizo que todo el lugar retumbara. La escuchaba, muy cerca de él, incluso podía sentir sus manos sujetándolo por los hombros.
-ya se acerca la hora en la que despertarás. Sé que este mensaje no podrá evitar lo que ya fue predestinado, sin embargo, no podía dejarle todo al destino.
-ha dicho que despertaré, entonces no voy a morir
-te podrás bien, seguro. Tu cuerpo esta absorbiendo el antídoto en este momento, pero ha sido la fuerza que hay dentro de ti y aquel anhelo de los dos por estar juntos lo que te ha permitido resistir hasta que la cura estuvo lista. Sólo recuerda que si ese anhelo desaparece todo lo demás también.
¡MAMORU! ¡No me dejes Mamoru!
-¿de que habla?
-las heridas del cuerpo sanan mucho más rápido que las del espíritu. Por eso debes recordar mis palabras cuando la persona que más amas te apuñale.
Sus párpados temblaron repentinamente y de pronto se sintió con el completo poder de abrirlos. Estaba a punto de despertar. Comenzaba a distinguir la luz del día
-¿por qué me ayuda?
-porque no quiero que te suceda lo mismo que a mí
-¡No se que voy a hacer sin ti!
La voz de Usagi se había hecho ronca de tanto gritar mientras abrazaba con fuerza el cuerpo exánime del chico que se empapaba con sus lágrimas. Tenía la ropa manchada de sangre, y las manos que se aferraban al pecho de él intentando torpemente detener el sangrado se cubrían del mismo espeso líquido color carmín.
¿Por qué? ¡¿Por qué no abría los ojos? ¿Había sido un error darle a beber aquel líquido? ¿Acaso se trataba solo de un engaño? ¿o es que se lo había dado a beber demasiado tarde?
-yo la habría dado, Mamoru -murmuró cerrando los ojos de los que no paraban de salir lágrimas-. mi vida para salvar la tuya, aún sabiendo que las chicas se enfadarían conmigo, aún si dejara a mis padres llorando, aún si eso te llenara de dolor y de remordimientos… Al final tú lo habrías entendido ¿cierto?
Un viento tibio entró por la mitad abierta del ventanal, agitando las cortinas de color claro de la sala donde el llanto entrecortado de Usagi rompía el silencio.
- ya me has dado demasiado, Usa
Usagi abrió los ojos llenos de lágrimas e inmediatamente se separó de él, aunque lo hizo con lentitud como si continuara asimilando lo que significaba el escuchar aquella voz. Levantó el rostro y observó los ojos de él, abiertos, mirándola dulcemente.
- no permitiría que además dieras por mi los latidos de tu corazón
Se abalanzó sobre él, mientras sollozaba, pero esta vez estaba feliz… muy feliz
-auch, no tan fuerte –le dijo él muy bajo- aún no deja de doler
-lo…lo siento -alcanzó a decir aflojando los brazos, y luego de un nuevo silencio lleno de alegría, añadió las siguientes palabras que aunque intentaban expresar inquietud sonaron más bien con tono de regocijo- Ya llamé a la ambulancia ¿qué les diré ahora cuando vengan?
Mamoru secó las lágrimas de la joven, pensando que era bueno que la ambulancia fuera en camino, porque aún cuando creía en las palabras de aquella voz que le había hablado mientras estaba en ese extraño estado de suspensión, no estaba seguro de que su cuerpo por sí solo pudiera sanar las largas grietas en su pecho.
-cuando lleguen, le pediré a Usagi que los deje pasar –pensó, sabiendo que si se lo decía ahora ella se preocuparía enormemente. Le sonrió. Definitivamente confiaba en las palabras de esa voz. Confiaba en que las cosas irían bien y se lo dijo con la seguridad impregnando su voz.
"Cuando la persona que más amas te apuñale"
Recordó esas otras palabras, de pronto, con un estremecimiento interno. ¿Confiaba también en que eso sucedería?
La persona que más amaba. Esa era sin duda Usagi.
La miró fijamente, notando la sonrisa alegre que se delineaba entre sus labios, la misma alegría que sonrosaba sus mejillas, nuevamente vacías de lágrimas; el hermoso brillo de sus ojos azules.
¿Acaso su relación tendría que enfrentar más pruebas?
No. Ahora que se encontraban juntos estaba seguro de que nada los separaría…
Nada
