Un suave olor a lavanda le despertó, acompañado con un terrible martilleo en la cabeza, sintiendo como el mundo daba vueltas a su alrededor. Volvió a cerrar los ojos, intentando apaciguar el dolor que lo envolvía, esperó unos minutos hasta que su cuerpo logró serenarse un poco y ahora con mayor delicadeza observó que lo rodeaba.

El techo blanco que hacía juego con las desconchadas paredes se le hicieron totalmente desconocidas, al igual que las sabanas que le arropaban y aquel olor a lavanda, lo mareaba. Se sintió sofocado, ahogado entre la calidez brindada por las cobijas y quiso patearlas lejos, para que el aire volviera a los pulmones. Pero apenas intentarlo, descubrió que su pierna estaba totalmente inmovilizada por un yeso y al parecer también su brazo derecho.

Su respiración se agitó, sin saber que pasaba. Se palpó con la mano libre el rostro para descubrir una gruesa venda que cubría la mayoría de su cabeza, sudaba, subió nerviosamente la mano para acomodar sus gafas que habían rodado por el sudor, y para su sorpresa también descubrir algo.

Usaba gafas.

Se vio interrumpido por un joven rubio que entraba en ese momento, luciendo totalmente agotado y portando lo que parecía una taza de café. Su pose abatida le daba un aire solemne, resaltado por su ropa de riguroso negro.

Pero su expresión no duró mucho, apenas le vio sentado en la cama sus ojos se iluminaron con una extraña felicidad. Una mezcla de anhelo y esperanza, dejando sin ningún cuidado el café que antes había cargado y arrojándose sin miramientos sobre él, abrazándole con alegría creciente.

- Harry… - Su voz salía entrecortada, con los grises ojos brillando entre lágrimas no derramadas. – Harry, ¿me reconoces?

Le miró con expresión aturdida, ¿no se suponía que para reconocer a alguien primero había que conocerle?

:. FIN

Con amor,

E.