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De vuelta al colegio

II.

No había tecleos en el cubículo. Al menos en el de ellos, porque alguien de al lado estaba usando aquel teclado de 1984, ese que aún no había reemplazado por sí mismo como la mayoría en la CGIS hacía de cuando en cuando con el equipo que usaban.

Sin embargo, no les importaba el sonido. En ese momento, estaban muy concentrados como para estar atentos a los telefonazos, pasos o conversaciones que les llegaba a sus oídos desde la gran sala circular. Ese ruido constante y de fondo, era casi como el oleaje del mar cuando sus funcionarios llevaban algunas semanas ahí.

Por lo que ni Ríos, Omagi ni Rivers le pusieron atención a los golpes que alguien en el cubículo vecino le empezó a dar a su monitor, porque estaban muy concentrados en sus teléfonos celulares.

La morena se encontraba de lado a su gran escritorio doble de madera, pasando imágenes de adornos florales y pasteles con su dedo en la pantalla táctil. Tendió la mano hacia el lado en donde estaban los escritorios de Borin y Omagi, sin despegar la vista de la pantalla, y Rivers le devolvió la bolsa con galletas caseras. Ella la dejó en el escritorio, cerca de los dos y cogió una, mientras seguía ensimismada en las imágenes.

Omagi tragó la que estaba comiendo se irguió en su silla y, con una sonrisa, acercó el teléfono celular a Rivers, que estaba de pie al lado de él, esperando ese movimiento.

—… Y este es el último sonograma, ¡En tercera dimensión!

Rivers abrió los ojos y la boca de enternecida sorpresa, mientras el otro sonreía aún más. El orgulloso padre tocó una tecla y entonces, oyeron el sonido de los dos corazones de los bebes no natos de Omagi.

—¡Ya están tan formados! ¡Oh, y parecen que se abrazan! —dijo Rivers, con la voz muy emocionada.

—Sí —le respondió Omagi, con una gran sonrisa orgullosa—. El de la derecha, el más delgado, es Rajesh, y este… el que acaba de tocarse los ojitos, es Kim.

Rivers profirió algo parecido a un «aww» en ese instante.

Ríos por fin cerró su teléfono celular y los miró para comentar:

—¿No son una ternura esos bebes?

—Eso decimos nosotros —comentó Omagi después de dar un suspiro, mientras bajaba el celular cuando el pequeño video terminó—. Pero Indi dice que los dolores de cadera y espalda, la inflamación de los tobillos y sus constantes patadas ya la están hartando.

—Creí que lo que la hartaba y ponía de mal humor, era tener que quedarse en casa todo el día.

—No, eso es lo que está hartando a Omagi… —dijo la voz de cierta pelirroja justo detrás de Rivers, respondiendo al comentario de Ríos.

El agente especial y abogado dio un respingo y volvió a ver a Borin. Pero Omagi y Ríos empezaban a ponerse una maleta al hombro, pues la presencia de la doctora Kendra y O`Connor saludando en silencio detrás de la pelirroja sólo significaba algo: «Guardacostas Muerto».

—No, no es necesario. Es local —les dijo Borin, por lo que ellos simplemente se llevaron unos maletines en la mano—. Reclutador de la Guardia Costera encontrado muerto en el laboratorio de química de la George Washington Highschool… Rivers, O`Connor y la doctora Kendra van en el helicóptero. Nosotros, iremos en auto.

Omagi empezó a apagar su computadora tanto como la de su jefa mientras ella buscaba su arma, identificación y llaves en el cajón. Rivers, que les había sonreído con suficiencia al ser uno que iba en helicóptero, se alejó yendo detrás de la doctora Kendra. Ríos, sin embargo, se acercó al rubio y le preguntó rápida y apremiante:

—¿Ya conseguiste lo que te pedí?

—No… pero no te preocupes, lo haré —le respondió él, antes de correr hacia el ascensor, que acababa de abrirse para Rivers y la doctora Kendra.

Ríos se volvió hacia Borin y Omagi que estaban listos y esperándola. Ella puso el puño al frente, y los demás también lo hicieron. El piedra papel o tijera fue hecho en silencio. Borin ganó con tijeras. Mientras Omagi y Ríos se vieron con temor, la pelirroja se guardó las llaves del automóvil en el bolsillo y fue a esperar el ascensor con una gran sonrisa.

—Desde que le pusieron sirena al auto, siento que debería mejorar mi seguro de vida —comentó Omagi, con seriedad.

Y los dos fueron detrás de la jefa.

III.

El pasillo del colegio estaba lleno de personas cuando ellos llegaron al lugar. Los adolescentes y algunos maestros miraban lo que podían, detrás del acordonado amarillo, hacia la puerta abierta que franqueaba la escena del crimen.

Los teléfonos celulares en alto, intentando tomar fotografías o videos, y las habladurías de los chicos con disparatadas teorías; fueron lo que rodearon a los tres recién llegados.

—¿Qué tanto quieren fotografiar? ¡Si solo se ve la puerta abierta! no tienen ángulo para la escena —le dijo por lo bajo Ríos a Omagi, exasperada.

La morena bajaba la cabeza, cubriéndose con la gorra de la CGIS y el cabello suelto el rostro. Uno de los viejos e inconscientes hábitos de quién no quiere salir por accidente en ningún video o fotografía por internet.

Omagi simplemente se encogió de hombros y siguió los pasos de la jefa.

—Con permiso, con permiso… Agentes de la CGIS —decía Borin, con su característico tono seguro.

Los chicos les dieron espacio, mientras le tomaban fotos o videos. Uno preguntó más fuerte que la mayoría:

—¿Y qué diantres es la CGIS? ¿Por qué no nos enviaron a la caballería de verdad, como la CIA o el FBI? —terminó con sorna. Algunos le rieron la broma.

Pero el joven se quedó sin saberlo, aunque pareció muy complacido con el simple hecho de que las muy duras miradas de Omagi y Borin se dejaran de posar en él.

Rivers, que había estado hablando con un joven policía, fue hacia ellos y subió la cuerda amarilla con galantería, para que pasaran por debajo sin muchos problemas. Los tres lo hicieron con rapidez.

En la parte despejada del pasillo estaban sentados dos muchachos, muy juntos, hablando en susurros. Al parecer, el chico quería tranquilizar a la joven.

El policía con el que estuvo hablando Rivers se apostó en la entrada, mientras su pareja hablaba con un tono cansado a los curiosos del otro lado del pasillo.

—La policía fue la que nos llamó. No tendremos problemas con la jurisdicción —les informó en seguida Rivers. Leyó de sus notas escritas en una libreta—: Tuvieron una llamada al 911 a las 2:45 aproximadamente, de este día. Aquí Evans y Domínguez, —les hizo un ademán señalando al policía rubio y al otro que estaba a unos metros, tratando de hacer que los adolescentes dejaran de usar los teléfonos celulares—, atendieron a la llamada. Más o menos a las 3:50 llegaron los detectives y criminalistas. Cuando corroboraron de quién se trataba el cuerpo por su identificación, decidieron contactarse con nosotros.

—Ellos encontraron el cuerpo —dijo Borin, haciendo un movimiento de cabeza hacia los jóvenes.

—Sí —contestó Rivers, como si le estuviera respondiendo aunque ella lo había afirmado—. No han dicho mucho a la policía, solo que Kendall Latterly era el reclutador que venía todos los años a hablar con los del equipo de natación. O`Connor reprocesó las evidencias de los criminalistas y la doctora Kendra tiene ya una teoría tentativa de la causa de muerte.

Borin dejó de verlo con atención y miró alrededor. Luego, vio a Rivers sólo por un instante y, como no dijo algo, éste entendió que le estaba dando pie a que él hablara. Algo más allá, Omagi intentaba hacer que dejaran de tomar fotografías del otro lado del pasillo, donde Domínguez intentaba lo mismo, y Ríos simplemente miraba a los jóvenes testigos con cierta amabilidad.

—Entonces, ¿cara o cruz? —dijo Rivers, tratando de sacar una moneda de sus bolsillos.

Borin negó, miró hacia atrás y a un lado.

—¡Omagi, vamos! —le dijo sin más. Y entró a la escena del crimen.

Omagi dejó atrás al caos de adolescentes que insistían en tomar capturas y videos de lo que pasaba y, con expresión resignada, sacó de su chaqueta unos guantes y se los puso. Así iniciaba en verdad su trabajo.

Ríos le dio una palmada en el hombro a Omagi mientras éste entraba, y luego se acercó a Rivers.

—Entonces, ¿cuáles son las órdenes de la jefa? —preguntó, con cierto tono jocoso.

—La co-jefa.

—Sí, ajá, lo que tú digas.

Rivers la volvió a ver, entrecerró los ojos. Iba a abrir la boca para discutírselo (de nuevo) cuando mejor la cerró, y vio a unos de sus objetivos.

—Tú ve a por los jóvenes y yo iré por la orientadora, a ver qué me dice de Latterly. Nos toca los testigos…

—Justo lo que nos gusta —dijo Ríos, sonriente.

Rivers asintió, y fue hacia el lado donde además de jóvenes había profesores. Mientras los flashes de las cámaras tomaban sus imágenes, él preguntó por la Orientadora y cuando ella se identificó, la siguió a su oficina. Por su lado, Ríos consiguió que la pareja de jóvenes que encontraron el cuerpo, la llevaran a un lugar más privado, compungidos de tener que pasar por entre los varios compañeros de colegio.

IV.

Apenas Omagi entró y vio el cuerpo empalideció, atragantó y miró hacia otro lugar, muy interesado en el afiche de las partes de una planta al otro lado del salón.

O`Connor se rio por lo bajo y volvió a observar sus fotos en la cámara digital. Siempre le hacía gracia que Omagi no se acostumbrara aún a las víctimas. Aunque reconocía que el aspecto de este hasta a él lo sorprendió por un instante. Mientras tanto, Borin miraba también a esa zona del cuerpo de Latterly que todos notaban al entrar a la escena del crimen y luego, le preguntó a la doctora Kendra:

—Entonces, dado que está vestido, doy por hecho que esa erección es resultado del estrangulamiento que indican esas marcas de manos en su cuello.

La doctora Kendra, sentada al suelo junto al cuerpo, asintió.

—La causa de la muerte tentativa, a espera de la autopsia, es muerte por falta de oxígeno en el cerebro causado por un estrangulamiento.

—¿Y la hora de la muerte, doctora Kendra? —preguntó Omagi, apuntando en su libreta y con la mirada fija en el rostro de la mujer.

—Alrededor de hace seis horas… —luego, cogió de su equipo una bolsa negra y de plástico y se movió a un lado para desplegarla a la par de los restos de Kendall Latterly.

—¿Algo más? —preguntó Borin.

—Tiene piel y sangre debajo de las uñas. Imagino que intentó quitarse de encima las manos del atacante o golpearlo para defenderse.

—Buen Guardacostas —lo elogió Borin con cierta dignidad, mientras Omagi escribía el dato.

—Espero que tengamos el ADN en alguna base de datos —comentó O`Connor, dejando de mirar hacia su cámara para poder acercar la camilla en la que se llevarían el cuerpo. Lo hizo con movimientos nerviosos, tal vez porque cierta pelirroja se le quedó viendo como por inercia.

—Eso ya te toca a ti Gabe… Omagi, ¿me ayudas con el señor Latterly?

El aludido pareció pensar en algo que decir para excusarse de hacerlo, pero el ver el ademán de cabeza que le hizo Borin, que decía algo así como "¿A qué esperas?" asintió:

—Con todo gusto.

Se guardó la libreta y agachó para tomarle los pies. Veía siempre a un punto por arriba de la cabeza de la doctora Kendra, la cual seguía comentando:

—Triste que un simple hecho biológico, haga de los restos mortales del señor Latterly una excusa para la jocosidad. —dio un resoplido por el esfuerzo de levantarlo con ayuda del agente especial. Lo bajaron y el cuerpo cayó sobre la bolsa. Omagi le metió los pies dentro de ella—. ¡Oh, el taboo sobre la sexualidad en la humanidad!

Borin negó y una pequeña sonrisa divertida llegó hasta sus labios. Omagi y O`Connor se vieron para compartir una especie de mirada azorada. La doctora, sin fijarse en las reacciones de los demás a su comentario, metía los brazos y la cabeza del muerto dentro de la bolsa y la cerraba con rapidez.

Sin mediar palabras, solo bufidos ahogados del esfuerzo, los dos levantaron el cuerpo de nuevo y lo pusieron sobre la camilla.

Borin los miró acomodar el cuerpo, mientras preguntaba de improviso:

—¿Has encontrado algo tú, O`Connor?

El aludido, que le tomaba fotografías al lugar donde había estado el cuerpo, dio un leve respingo y contestó, compungido.

—Sí, pero nada de mucha ayuda.

—De seguro lo será más que el silencio.

O`Connor miró enseguida a la doctora Kendra que, sabiendo de qué se trataba, se puso en pie y fue hacia cerca de la entrada.

Omagi no estaba muy complacido de tener que asegurar el cuerpo a la camilla con las correas, pero lo hizo.

—… Así será más "evidente" —masculló—. Pobre hombre, la de fotos y videos que habrán de él en internet.

Pero nadie lo oyó, no solo porque habló bajo, sino porque la sonrisa, energía y seguridad con la que O`Connor se posicionó frente a la doctora, decía que se venía una de sus acostumbradas explicaciones/representaciones de lo que creía que había pasado en la escena del crimen.

—Entonces Latterly y su atacante, muy posiblemente varón por el tamaño de la mano que se infiere de las marcas en el cuello de la víctima; entraron por ahí de las 11 de la mañana de hoy aquí.

Empezó a caminar hacia adentro y Kendra, más resignada que entusiasta, lo siguió y paró cuando él lo hizo.

—Por "a" o por "b", empezó a estrangularlo y él a oponer resistencia contra el atacante… —Cogió a Kendra por los hombros y se movieron circularmente en el espacio entre un escritorio lleno de instrumentos químicos, sobre todo envases de vidrio; y la pizarra acrílica. O`Connor siguió hablando con una rapidez mucho mayor a lo acostumbrado a él, emocionado—: Eso se ve por las palabras emborronadas de la pizarra y que Litterly tenga manchas de pilot en la ropa. También, por algunos de los envases tirados y quebrados que se pueden ver aquí, cerca del escritorio y que la víctima tenga heridas en las uñas y no golpes que digan que pasó algo antes del estrangulamiento.

El sonido de la camilla levantándose, con necesidad de aceite en sus bisagras, los hizo volver a ver a Omagi que pidió disculpas por alguna razón. O`Connor ya tenía las manos puestas con el cuello de la doctora Kendra, y luego volvió a verla a ella, siguiendo con la pantomima.

—Entonces imagino que, cuando Latterly terminó perdiendo fuerza o desmayándose, lo dejó caer al suelo y —Kendra opuso resistencia a que él la llevara al piso, por lo que la soltó y siguió la pantomima solo mientras ella se hacía un lado— terminó de asesinarlo ahí.

Se puso en pie y miró a Borin para volver a decir:

—Nada de mucha ayuda.

—Pero sí mejor que el silencio.

O`Connor se sonrojó un poco y bajó la mirada.

Kendra fue hacia el cuerpo, agradeció a Omagi y empezó a sacarlo. Mientras Borin parecía repasar todo en su cabeza, el agente especial se acercó a O`Connor y le comentó:

—En serio, eres un poco escalofriante cuando haces del asesino de turno…

O`Connor iba a responderle, azorado, pero no pudo porque Borin dijo al instante mientras le daba las llaves del auto a Omagi:

—Coge la declaración de la policía, busca si hay videos de vigilancia por la zona y luego ve donde Rivers y ponte a sus órdenes. Volveré con la doctora y O`Connor a la oficina y buscaré la información de Latterly. Cualquier cosa… —le enseñó el celular como toda referencia, yéndose ya hacia la puerta.

O`Connor fue rápidamente por su maleta llena de evidencias para salir luego. Kendra ya salía con la camilla y el cuerpo, Borin iba detrás de ella y Omagi fue el último en salir y cerrar la puerta. El aula quedó totalmente solitaria.

V.

Borin iba frente a la camilla, pidiendo de nuevo espacio a la infinidad de adolescentes que tomaban fotos y videos del cuerpo como posesos. O`Connor estaba muy ocupado en arrastrar su gran maletín, y bajar la vista para que su imagen no fuera tomada. La doctora Kendra miraba con esa expresión entre neutra y escalofriante a las personas que no tenían respeto, mientras movía la camilla hacia la salida.

Omagi los vio ir y luego fue a por el patrullero Evans, que estaba junto a la puerta recién cerrada, para decir:

—Soy el agente especial Kyle Omagi de la CGIS.

—Sí señor —le respondió éste.

—Necesito que me de su declaración. Entonces, ¿cuándo recibieron la llamada por el cuerpo?

-o-

Ríos estaba sentada en un pupitre, frente a los jóvenes testigos que encontraron el cuerpo. Los habían movido para que estuvieran en círculo, a diferencia de los demás que seguían en filas.

En ese momento, la agente le preguntaba a la adolescente:

—¿Verdad que las rosas están mejores que las gladiolas?

Mientras él se tiró al respaldar dando un resoplido de fastidio, la muchacha pasaba las fotografías táctilmente en el teléfono móvil de Ríos y terminó mirándola socarronamente.

—¡Obviamente, las gladiolas!

Ríos se veía contrariada.

—Pero si las rosas van con el decorado y todo estará más elegante.

—Y viejo —sentenció—. No, no. Las gladiolas lo hará ver alegre, vibrante, chic.

Ríos miró las fotos de nuevo y después de dar un suspiro dijo como para sí:

—Ahora, hay que decírselo a Mita…

—Suerte con eso.

La muchacha le dio el teléfono celular a Ríos y ella se puso a buscar algo más en el aparato. El joven se irguió en la silla y, exasperado, carraspeó para hablar:

—Oiga, todo muy lindo y eso, pero ¿no era que íbamos a hablar del muerto? —le dijo, de mal humor.

Ríos lo volvió a ver y sonrió mientras se erguía también, con una energía alegre que se traslució en su voz al decir en confidencia:

—Me parece muy bien que ya quieran hablar. A ver, ¿cuáles eran esos chismes?

Por la expresión del joven, era palpable que no iba a hablar, pero su novia lo miró y pronto tomó una decisión.

—Kyle, de por sí, siempre lo van a saber.

El joven iba a decirle algo a su novia, pero Ríos lo interrumpió:

—Entonces, ¿de qué va el chisme?

Después de una guerra de miradas entre ellos dos, la chica volvió a ver a Ríos en un ademán altanero en contra de Kyle y le dijo con rapidez a la agente:

—Hoy a la salida de las competencias de natación, el marine…

—Guardacostas —la corrigió sin darse cuenta, pero le pidió que siguiera con un movimiento de mano y una sonrisa—. Lo siento, ¿decías?

—Bueno, lo que fuera. Él y el papá de Susan Mack discutieron apenas a unos metros de las graderías. —sonrió un poco, con picardía—. Si su tipo no le hubiera hecho un tipo de llave ninja, el viejo lo hubiera cocido a golpes. Se fue furioso y viendo a su guardacostas con odio, cuando los profes los separaron.

Ríos apuntó el hecho en seguida en su libreta.

—¿Eso como a qué hora fue?

—Como a las diez, diez y media de la mañana.

—¿Y el nombre del padre de Susan?

—No sé, Bill, Bob, algo así.

—¿Y a cuenta de qué discutían?

Como la muchacha estaba reticente a contestar, Ríos la volvió a ver con súplica en la mirada.

-o-

Rivers estaba sentado al escritorio de una oficina pequeña y llena de cuadros en las paredes: desde títulos y fotos de grupos con las que la mujer había trabajado, hasta bodegones. El escritorio tenía adornos de porcelana, gatos sobre todo. Hasta el membrete con el "Dra. Dinia LeFleur" era de un color blanco y azul muy alegre.

Sin embargo, la mujer frente a él no parecía coincidir con la imagen que esa oficina podía dar de su ocupante. Era baja, regordeta, de ascendencia negra y con una mirada penetrante, seria y un hablar autoritario que chocaba con su vestimenta floral.

Rivers se aclaró la garganta para seguir con el interrogatorio.

—¿Y sabe usted porqué el señor Latterly y el entrenador de natación de los varones discutieron en la mañana?

La mujer se encogió de hombros, con displicencia.

—No lo sé. Por su insistencia, le di una cita hoy mismo. Nos íbamos a ver después de almuerzo para discutirlo pero, por obvias razones, no nos vimos. Ahora que lo pienso, Michael Donahue, el entrenador, parecía aprensivo cuando me lo crucé en el almuerzo.

El agente especial se puso a escribir en la libreta mientras sonreía, como si pensara que era compresible estar aprensivo con una mujer de tanto aire de mando.

—Me podría dar los datos de Donahue para…

LeFleur abrió un archivero a la par de ella, movió unas carpetas, sacó una y se la dio, el expediente de Donahue.

—¿Algo más en que lo pueda ayudar?

Rivers se lo pensó un instante y la miró directamente a los ojos. El poder de su muy negra mirada hizo que ella fuera algo intimidada, aunque le preguntó amablemente:

—Me parece que no le caía bien Latterly, ¿por qué sería?

La orientadora resopló, apesadumbrada.

—Él me caía bien, durante años creí que era de los mejores reclutadores que nos visitaban; pero en vista de lo que dice sobre él en los pasillos, ya no sé qué pensar.

—¿Y esos chismes qué decían?

-o-

—No lo sé, estábamos al otro lado y solo llegamos para cuando tu guardacostas tenía al papá de Susan en la llave y le decía que cuando se calmara, lo soltaría. Pero se cree que el señor Mack lo atacó por lo que se dice hace semanas, que el muerto y Susan… —como no parecía encontrar las palabras a decir, terminó soltando—: ¡ya sabe! Se lo montaban.

Ríos abrió mucho los ojos, sorprendida.

—¡Vamos Dena! —la interrumpió Kyle—. El tipo está muerto y es de los suyos, y Susan Mack es una perra, todos lo saben.

Ríos frunció el ceño y miró al joven:

—¿Cómo dices?

—Pues eso, que el momento en que esa Susan lleva más ropa es cuando compite en la piscina, ¿si me entiende? Si ellos se acostaban, es porque ella quería.

—¡Kyle! —le recriminó la chica, casi horrorizada—. Mire agente Diana, eso es lo que dicen, pero no nos consta. Dicen que hasta Bulldog interrogó a Susan al respecto y…

—¿Bulldog?

—La orientadora LeFleur… —respondió ella, indiferente.

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—… y Susan seguía negando el abuso. No tenía pruebas contra él. Pero este día, cuando vi al padre de Susan discutiendo con el muerto, me decidí a decirle a su Latterly que se fuera del colegio y no volviera nunca, y a poner una queja formal con las autoridades.

La mujer asintió, antes de mirar a Rivers, esperando más preguntas. Él se puso en pie mientras cerraba la libreta.

—Imagino que la información de los Mack la encontraré en dirección.

—Así es. —la mujer se puso en pie junto a él y "lo acompañó a la salida", aunque esta estuviera a unos cuatro pasos—. Aunque muchos lo vimos irse de la escuela después de la escena que montaron.

—Por ahora estamos en los inicios de la investigación, no podemos dar nada por hecho. —rebuscó en su saco y sacó la tarjeta personal de un bolsillo interior—. Cualquier cosa que crea que pueda ser de ayuda, ahí está mi número de teléfono celular y de mi agencia. Gracias por su ayuda y…

Después de que la mujer viera la tarjeta, sonrió con sorpresa y lo señaló con un regordete dedo, interrumpiéndole:

—¿Tú no eres Louis Rivers, el nadador de la secundaria Everett high? —Rivers empezaba a asentir, sonriendo, cuando el siguiente comentario de ella lo puso serio—: ¿El hermano de Nathaniel Rivers, el que tiene aún los records escolares en todas las distancias a nado al estilo libre?

—Sí señora, ese es mi hermano. ¿Hacia donde está la dirección?

La mujer le indicó y Rivers caminó mientras cogía su teléfono móvil.

VI.

Borin agarró al segundo timbre de su teléfono celular, después de ver de quién se trataba.

—Qué me tienes Rivers.

Oh, esto no le gustará a Paulsson… —respondió el aludido, con cierto humor negro.

El aludido también se encontraba en el cubículo del equipo, detrás de su agente, que estaba sentada en su escritorio frente al monitor prendido. La máquina se mostraba conectada a la página en Internet de una televisora.

A un ademán malhumorado de su jefe, Borin bajó el teléfono celular y apretó un botón mientras decía.

—Te pongo en altavoz.

—Rivers, dime qué sabes del caso de Susan Mack.

Jefe, ¿cómo sabes…?

—Porque está en todas las noticias locales y el jefe de la CGIS lo supo aún antes que nosotros, al parecer —respondió secamente Paulsson.

En ese momento, la voz de la periodista de la BNTV decía:

»—Gracias Milly. Aunque el caso es muy alarmante, el Servicio de Guardacostas no ha hecho ninguna declaración…»

Y siguió hablando mientras en una cinta de palabras bajo ella rezaba: «Noticia de última hora: Guardacostas y posible violador encontrado asesinado en colegio local.»

Paulsson y Borin se miraron de idéntico mal humor mientras Rivers decía alguna mala palabra por lo bajo.

OoOoO

Y hasta aquí quedamos por hoy, vendré con más cada 15 días. Serán 6 entregas para terminar el "capítulo". Espero les esté gustando la historia y si leíste, NADA TE CUESTA COMENTAR!

Abrazos!