¡Hola Gente!

Pues aquí estoy, subiendo el siguiente capi de esta historia. INFINITAS GRACIAS A LadyK por pasarse, pero especialmente a Aglaiacallia, que es un solsito y cuanta cosa suba por aquí, ella le da una revisada… ¡Y claro! A Sara_fenix_black por ser mi beta!

A lo que vinimos!

Disclaimer: Los personajes Borin y Omagi son propiedad de los productores de NCIS, Shane Brennan, Gary Glasberg y el guionista de ese capítulo: Lee David Zlotoff.

2

Dimes y Diretes

VII.

En el monitor de la computadora de Borin, siendo concentradamente visto por la agente especial y su jefe, se podía ver a un hombre de edad, blanco y con rostro severo diciendo en una conferencia de prensa:

»—… No puedo confirmar ni negar algo respecto al caso. Solo puedo asegurarles que nos estamos haciendo cargo del caso, y si en la investigación se confirmara que ha habido una relación fuera de lo común entre Latterly y la señorita Mack…»

—Abby, dime que… —tuvo que decir Paulsson al instante, con tono de apremio.

—Rivers se hará cargo de Mack. Estamos en el caso. —lo cortó al instante Borin, y cerró la página de Internet que estaban viendo, para volver a su trabajo.

Paulsson pareció querer decir algo más, pero no lo pudo hacer, no solo porque la agente especial parecía despedirlo al concentrarse tanto en su trabajo, sino porque lo llamaron por el teléfono celular.

—Paulsson… sí, sí. Tengo al mejor equipo en eso… —Tapó el auricular y se volvió ella— Ya sabes como es esto, Abby. Están detrás de mi trasero, yo estaré detrás del tuyo.

—Sí, resultados, lo sé. —Lo miró con seguridad y una leve sonrisa confiada.

—Como te enseñé, Abby.

Paulsson se fue un poco más tranquilo, mientras seguía hablando con su jefe. Sin embargo, cuando Borin se devolvió a su puesto, la mirada confiada había cambiado por preocupación. Sacó su teléfono celular y en el discado rápido, al segundo tono, una voz le contestó.

Jefa —le dijo O`Connor, solícito.

En el laboratorio, el último grupo de tres personas se estaban yendo. Una de ellas, una joven y delgada chica de grandes lentes, le susurró:

—Está procesando la sustancia. Como en una hora está.

Mientras Borin decía:

—¿Tienes algo?

—Como no se encontró el teléfono celular ni videos, proceso la evidencia física. Lo siento, las huellas digitales que el asesino dejó en el cuello de Latterly están muy superpuestas, creo que en medio de la discusión tuvo que recolocar varias veces la mano por el forcejeo de Latterly; por lo que no lo pude procesar. Pero estoy a una hora de tener algo, o no. No sé. —y le dijo a la joven que se iba a la entrada, mientras tapaba el auricular—. ¡Gracias Hester, hasta mañana!

La mujer dejó la bata en un perchero del lugar, le dijo un «hasta luego» y se fue. Apenas cerró la puerta, O`Connor puso a su jefa en altavoz, se puso en pie y se estiró a los lados, como si estuviera tomando posesión del lugar.

¿Sobre qué puede que consigas algo? —Le preguntó Borin, con un tono impaciente, después de darle unos segundos para decirle por sí solo la información.

O`Connor se dio su tiempo para tomar de nuevo el teléfono celular.

—Un polvo blanco encontrado en el bolsillo del pantalón de Latterly. La doctora Kendra limpió el cuerpo, y me dio sangre, cabello, la ropa y demás accesorios de la víctima antes de irse.

Ya se fue —lo dijo con cierta desilusión. Los tecleos de la computadora de Borin se oían a la vez por el teléfono celular.

O`Connor sintió venir el término de la llamada, por lo que le dijo con rapidez:

—Sí. Jay está enfermo. Pero dice que a primera hora de la mañana, hace la autopsia. Por mi parte, conseguí el tipo de sangre del sospechoso con las muestras de debajo de las uñas. AB positivo, como el 3,4% de los estadounidenses. No está mal para comparar.

—Bien. —Y Borin colgó.

Estaba muy concentrada en lo que había conseguido sobre el historial de Latterly, y después de otros tecleos y uso del mouse. Con lo que leyó, se puso más seria y la mano sobre su boca, pensativa. Negó lentamente.

—Se ve mal —dijo, susurrado, solo para ella misma.

VIII.

La imagen estaba borrosa, pero aún así, no había otra posibilidad. Ahí, en una fotografía de las competencias intercolegiales de 1990 en natación, y a un lado de un joven con tres medallas de oro en el cuello; estaba un joven Louis Rivers con un gran copete de cabello hacia arriba.

Ríos y Omagi, lo miraban como hipnotizados.

—Tiene que tener por lo menos 20 centímetros de altura —dijo al fin Omagi.

Y los dos empezaron a reír con la boca cerrada y tratando de no caer en unas carcajadas en toda regla.

—¡Debía durar unas dos horas haciéndoselo! —inició Ríos.

—¡Y varias docenas de idas al baño para retocarlo!

—¡A que alguna vez tuvo una sobredosis por laca!

Se dijeron en una rápida sucesión, y entre risas. Aún sí, trataban de mantener la compostura al solo susurrárselo entre sí y controlar su cuerpo de dejar ir la gran carcajada.

—La verdad, me dio una urticaria en el cuero cabelludo que creo que me la hizo la laca.

Les dijo un Rivers que había ido hacia ellos desde un lado del pasillo, sin que se dieran cuenta, mientras se guardaba de nuevo su teléfono celular en el pantalón.

Al verlo y con la nueva información, Omagi y Ríos no aguantaron más la carcajada. Su jefe inmediato simplemente negó, sonrió un poco y les hizo un ademán con la mano, dándoles permiso.

—Está bien, está bien. Déjenlo ir... —luego miró hacia la foto— No puedo creer que la tengan en este colegio. ¡Si quedaron en segundo lugar ese año! —Tocó con los dedos la imagen de él y su hermano, su expresión se volvió melancólica y dijo más para sí—: ¡Cómo pasa el tiempo y cómo cambiamos!

Los otros dos agentes, mientras tanto, habían hecho todo un gran esfuerzo por recomponerse y lo lograron al fin, después de varias respiraciones acompasadas. No les fue difícil mantenerlo así aunque vieran a su jefe, porque Rivers había dejado su expresión amena, por la del agente especial y abogado. Y había algo en su expresión profesional, aderezada por su mirada de ojos totalmente negros, que hacía imposible para cualquiera no mantener la seriedad frente a él.

—Me comuniqué con Borin. La historia de Mack se ha filtrado a los medios de comunicación, donde se dice que, en resumen, la Guardia Costera tiene pedófilos yendo a reclutar jóvenes. Además, ella encontró que el padre de Latterly ha entrado y salido de prisión por crímenes sexuales, y está segura que nuestra víctima fue uno de las personas que padeció esos "tratos" de su padre.

—Vaya —se le salió decir a Omagi, como sino terminara de entender del todo las implicaciones.

Ríos asintió, apesadumbrada, pero cambió rápidamente su expresión por una seria y combativa, como lista para la batalla. Rivers los vio a los dos, se contagió de la expresión decidida de su novata y siguió:

—Aún no lo saben los medios, pero si lo hacen, la Guardia estará en un lío… ¡En resumen!, que Paulsson quiere que terminemos pronto con el caso antes de que sea un peor circo mediático.

—Entonces, ¿a la casa de Susan? —preguntó Ríos, mientras se hacía una cola alta, como con necesidad de hacer algo, lo que fuera.

Rivers les enseñó un papel y los tres se congregaron alrededor de él.

—La orientadora dice que Latterly discutió con Michael Donahue en la mañana.

—Y Michael Donahue es —siguió Omagi— el entrenador de natación de los varones, el que según uno de los adolescentes que entrevisté, tuvo una discusión con Latterly antes de las competencias.

Rivers asintió.

—¡Sabía que mandarte a por los chismes no era una pérdida de tiempo! ¿Y qué más te dijo el adolescente?

Omagi buscó en su tarjeta, leía y explicaba a la vez:

—Discutieron a puertas cerradas en la oficina de Donahue, los del equipo no podían oírlos, pero parecía que Latterly amenazaba al entrenador. Deseaba que lo estuviera poniendo en su lugar porque las prácticas eran más duras de lo necesario… Solo eso.

Ríos y Rivers lo veían interesado y luego, el silencio necesitó que alguien lo rompiera para continuar la conversación.

—De acuerdo, tenemos dos posibles sospechosos que discutieron con Latterly esta mañana. —Ríos hizo un ademán con la cabeza y la boca, como si dijera que estaba bien con la idea.

Rivers siguió comentando:

—Aquí tengo la dirección de sus casas. En buena teoría deben estar ahí. Entonces, ¿Cuál quieren? ¿Mack o Donahue?

—Donahue —dijo al instante Omagi.

—Mack —lo coreó Ríos.

Su jefe sonrió mientras partía en dos el papel.

—Vaya, por primera vez no tenemos que echarlo a la suerte.

—Estoy muy de acuerdo con eso —dijo Omagi.

Éste empezó a caminar hacia la salida, sacó de su bolsillo las llaves del auto de servicio y se las enseñó con el brazo en alto. Aunque no les vio el rostro porque les seguía dando la espalda, una sonrisa taimada se había abierto en su rostro.

Rivers y Ríos lo vieron irse, de cierto mal humor.

—Esperemos que tengan otro auto disponible —comentó, haciéndose a la idea, Rivers. Sacaba a la vez su teléfono celular.

—Algo me dice que terminaremos en tu auto o el mío.

—Si es así, definitivamente será en el mío. No quiero ir a un asunto oficial en un escarabajo, por más moderno que éste sea.

IX.

—… Sí. Gracias. Espero a que lo llame.

Borin esperó un poco, mientras se tiraba en el respaldar de la silla y la movía de allá para acá. Luego buscó a ciegas, pero con gran puntería, su vaso de café. Al cogerlo lo movió a los lados y, al encontrarlo vacío, dio un resoplido de exasperación rayando el enojo. Justo en ese momento, le contestaron de mal humor:

Soy el comandante Douglas.

Borin volvió a erguirse y dijo:

—Llamo de parte de…

Pero Douglas no la dejó seguir, más bien su voz tomó un tono más amenazante:

Si usted es de parte de la prensa y mintió para poder hablar…

—Soy la agente especial Abigail Borin, de la CGIS —lo cortó la pelirroja a su vez, como si fuera tonto ponerla a ella en entredicho.

El cariz de voz del hombre se volvió hasta aliviado.

¡Por fin! Paulsson llamó hace un rato para decir que solo usted y otros tres, tenían permiso de tener la información que quisieran. No tiene idea de cómo nos han estado molestando con la situación. Empiezo a temer por mi unidad. ¡En serio que deseo que todo esto termine lo más pronto posible!

—Yo también lo deseo, comandante —dijo Borin, haciendo un ademán con la cabeza que le daba más fuerza a esa afirmación.

Su jefe insistió en que solo cooperando en terminar toda esta situación que trajo el asesinato de Latterly, lograremos salir incólumes —dijo entonces Douglas, con un acento de cierta urgencia y resignación— Por lo que, ¿En qué le puedo ayudar, señora?

Borin miraba hacia la oficina de Paulsson en el segundo piso, como dándole las gracias por eso. Luego se concentró en la llamada.

—Estuve viendo el expediente de Latterly, y además de una carrera ejemplar como sonar de Guardacostas, y los 11 años de reclutador, no hay algo más. Nada de su vida personal o de las relaciones entre las personas de trabajo.

Kendall era un soltero empedernido y… Francamente, señora, no creo que él sea… haya sido, lo que dicen en las noticias de él.

—Entiendo su confusión —dijo Borin, con amabilidad protocolaria. Rápidamente volvió al trabajo—. No encuentro el archivo disciplinario del señor Latterly electrónicamente. ¿Podría escanearlo y faxearlo a la oficina?

Él no tiene expediente —le explicó, perentoriamente.

Borin entrecerró los ojos y preguntó:

—¿En serio? —con velada sospecha en sus palabras.

¡Porque nunca se necesitó hacerlo! —Se defendió Douglas—. Vino a mi oficina sin expediente, y aquí no se le necesitó abrir uno. Kendall era… no le diré que era el ser más amable de la oficina, pero sí el más responsable y correcto. Sinceramente, señora, no puedo creer que justo a él se le estén imputando esos cargos.

—No se le está imputando ningún cargo, comandante Douglas. Estamos tratando de hacerle justicia encontrando su asesino… ¿Por qué dice que justo a él no cree que se le culpe de abuso sexual?

El tono del comandante Douglas volvió a tener un cariz defensivo y algo nervioso:

Porque Kendall era muy buen reclutador. A él le importaba los chicos, señora. Podía ser el peor dolor en el trasero por eso… si me permite la expresión. Parecía que la mitad de sus muchachos eran justo los más problemáticos en las piscinas. Y aún así, con varios de ellos, me asombro de sus grandes progresos en la Guardia.

Borin sonrió un poco, y luego se puso seria para preguntar:

—¿No tuvo problemas por eso, porque le importaran mucho?

¡Mire! Le digo que me cuesta creer mucho lo que dice la noticia, y sí, sabía que Kendall se metía a veces en problemas por los muchachos, ¡Pero no en ese tipo de problemas! —dijo al instante Douglas, a la defensiva e indignado—. Sé que desde su punto de vista, que le diga que Kendall estaba muy… cerca de los chicos, se oye mal; pero le aseguro que no era de esa manera. Él tenía un complejo de Superman o algo así. Si se encontraba un muchacho con problemas, ahí iba Kendall, a golpearse en la pared por cosas que no nos competían del todo. Si alguna vez tuvimos dificultades con él, fue por eso. —Al rededor de ese momento, del aparato empezó a sonar un pitido, lo que significaba que otra llamada estaba entrado. Borin lo dejó pasar, mientras seguía oyendo muy interesada—: Padres abusivos o muchachos en problemas que respondían mal a querer ser llevados al buen camino. Nada que fuera merecedor de abrir un expediente disciplinario, sino todo lo contrario.

Borin asentía, y escribió en su casi sin usar tarjeta unas notas al respecto. Cuando el comandante Douglas terminó de hablar, ella le dijo:

—Gracias por la cooperación. Le aseguro que hacemos todo lo posible por esclarecer el caso. Si necesito de nuevo de su ayuda le llamaré. Hasta luego —y colgó, para responder a la llamada entrante—: Borin.

Jefa. Habla Omagi.

—Sí, ¿de qué se trata?

Rivers me envió a interrogar al entrenador del equipo masculino de natación, que también discutió con Latterly en la mañana.

Borin se puso en seguida en pie y, con el teléfono celular entre el oído y el hombro, empezó a apagar la computadora. A la vez, preguntaba.

—¿Ríos y Rivers están donde Mack?

Sí, o van para ahí. Acabo de estar en el departamento del entrenador, y no estaba. Pero su novia me envió a donde cree que está.

—¿Lo estaba protegiendo?

No lo creo. Me dejó entrar al cuarto, fue más que transparente… creo que el tipo necesita más bien protección de ella. Estaba muy enojada con él según lo que me contó. —solo hasta el final, cambió el tono seguro y profesional que había estado usando, para darle un cariz divertido a su voz.

Sin embargo, Borin no cambio el acento de mando que ella solía tener con él:

—OK. Ven y recógeme…

Estoy esperando afuera de la oficina, jefa.

Borin sonrió, ya con su arma y placa puestas en sus lugares, buscando su saco.

—Bien, Omagi. Estoy en camino. —apagó el teléfono celular y salió caminando con rapidez hacia el ascensor del frente.

X.

Rivers estaba conduciendo en una carretera transitada de cuatro carriles. Su compañera miraba los rótulos mientras él paraba frente al semáforo. Era una noche despejada y fría, con transeúntes caminando, abrigados, por las aceras y varios autos en las calles. Seguía siendo hora pico aún, gracias a las personas que había salido algo tarde del trabajo.

—… Ya te puedo imaginar —decía Ríos, sin verlo pero con un tono juguetón—: capitán del equipo de natación.

—No. Pero sí su nadador estrella.

Ella lo miró, sonrió, y volvió a los rótulos de direcciones.

—Como sea. Que debiste ser de los populares. Imagino a las chicas suspirando por ti, al verte aparecer con tu tanga en la piscina. —todo lo dijo con una risa velada en las palabras.

Rivers sonrió, algo sonrojado.

—No fue tan así. Pero debo admitir que no tuve mala suerte con las chicas en esos tiempos. ¿Y qué hay de ti, Diana Ríos? Con tu personalidad, te imagino como la porrista buena. Ya sabes, la amiga de la tonta y la mala, que es amiga de todos, no trata mal a los parias…

Rivers seguía conduciendo por uno de los carriles del medio de la carretera, en un fluido tráfico, muy atento a las señales. Ella, como buena copiloto, estaba concentrada en la dirección.

Como él había interrumpido sus palabras con una entonación que animaba a contestarle Ríos, después de unos segundos en silencio, lo hizo:

—La verdad es que también te equivocaste. Solo era una adolescente con acné —le enseñó con el índice las marcas en la mejilla, distraídamente— que quería pasar desapercibida y sin problemas.

Él la miró solo un instante, antes de volver s concentrarse de nuevo a la calle.

—Me cuesta creerlo. Es que no… —no supo como decirlo. Ríos lo miró, esperando; por lo que él comentó, sin parecer del todo convencido que esas fueran las palabras correctas—: Cuando entras a un lugar, el ambiente simplemente cambia.

Su compañera hizo un ademán con la cabeza de pura ternura, y le dio un golpecito en el antebrazo.

—¡Eres un hombre muy dulce, Louis Rivers! —lo bromeó ella, enternecida. Luego de unos instantes, aún viéndolo como si esperara algún comentario de él además de su encogimiento de hombros con sonrisa, Ríos siguió diciendo—: Por más que no lo creas, en verdad que en mi adolescencia solo quería no meterme en problemas y… ¡A esta entrada, a la derecha!

Rivers frenó y esperó para poder entrar a donde ella le decía. Durante ese instante, no conversaron, pero mientras iban por la calle menos transitada y con más autos parqueados, él habló de nuevo:

—«No meterse en problemas». Eso se oye muy aburrido, tanto que en verdad no me lo creo, ex agente de la CIA.

—Sí, bueno. No estaba mal —le contestó, con cierta irritación—. No popular, no paria, buenas notas. Llevando una vida promedio, tranquila.

—¿Ni siquiera estabas en un club de algo? —le preguntó, como si fuera su última esperanza.

El auto iba lento. Los dos veían por las ventanas hacia los números en las puertas o paredes de las casas de suburbio de clase media, media alta. Casi todas eran de dos pisos y con jardines de césped cuidados al frente.

Ríos sonrió con cierta nostalgia cuando contestó:

—No, hasta que en el último año Mita me dejó entrar a uno. Estuve en el club de drama… Creo que es aquí, a la derecha… —Rivers asintió y enfiló el auto hacia ese lado— Hice de Titania en Sueño de una noche de Verano.

—¡Vaya! Fuera de la tiranía de Romeo y Julieta…

—… Pero aún en las manos de Shakespeare —le interrumpió ella.

—Siempre es mucho mejor una comedia que una tragedia, a mi modo de ver.

Rivers estaba dando la vuelta a la izquierda en la esquina, e iba a comentar algo, cuando la escena lo hizo callar.

Frente a una casa a la derecha, estaban apostados unas decenas de reporteros con sus cámaras, camiones de las emisoras y autos. Sin embargo, lo que más les llamó la atención a los agentes especiales, eran las luces azules y rojas de la ambulancia.

El bullicio era grande aún a metros del lugar, donde Rivers dejó el auto. Él salió primero mientras Ríos se quitaba la cola en que tenía recogido su cabello. Rivers fue directo hacia la casa, con la placa en alto y mirada y expresión que dejaba a las claras que no iba a dar declaraciones. Ella se acercó a la ambulancia, tratando de usar de nuevo el cabello y la gorra (que se estaba poniendo justo después de salir del auto), para que su imagen no saliera en las noticias.

Justo cuando Ríos llegó a la ambulancia e iba hacia el conductor, el bullicio de los periodistas se intensificó y fue justo hacia donde ella estaba.

—¡Abran paso, abran paso! —pedía con voz muy fuerte Rivers, yendo por delante de la camilla, que se dirigía hacia la ambulancia impulsada por la fuerza de dos socorristas. Aunque le pedían su declaración, solo tuvieron de él el pedido de espacio.

Ríos se movió hacia ellos, enseñando en alto también su placa y mirando al suelo, haciéndose paso entre la prensa. Los periodistas le dieron paso rápidamente, porque mientras la mayoría de las cámaras intentaban dar con imágenes del rostro inconsciente y muy pálido de la joven y rubia muchacha; los periodistas fueron en seguida hacia el padre.

—… Ese maldito, lo que le hizo a mi hija… —se oía entre el bullicio de preguntas y relatos de los cinco o siete periodistas que habían— Ella no hubiera hecho lo que hizo si él no… ¡Mi hija, mi niña! —Lloraba Billy Mack, el padre de Susan.

Había algo muy enternecedor en un hombre tan alto y robusto, parecido a un moderno vikingo, con su cara totalmente enrojecida por el llanto que apenas podía cubrir con las manos. Además, hablaba con una voz muy agudizada, irreflexiva y frágil.

Susan Mack, amarrada a la camilla, por fin entró en la parte trasera de la ambulancia y el socorrista que se había quedado abajo también lo hizo. Al instante, todas las cámaras estuvieron grabando el dolor de un padre que apenas podía caminar hacia el vehículo.

Rivers y Ríos se vieron un segundo, y solo con su expresión se dijeron que las cosas se habían complicado mucho más.

OoOoO

Y eso fue! ¿Comentarios? Cualquiera será más que bienvenido!