Disclaimer: Los personajes Borin y Omagi son propiedad de los productores de NCIS, Shane Brennan, Gary Glasberg y el guionista de ese capítulo: Lee David Zlotoff.

4

No todo es lo que parece

XVI.

El hombre aún estaba vestido con la ropa para la pelea que tuvo el día anterior y, por lo menos, con sus heridas tratadas por un médico. Tenía los ojos fuertemente cerrados mientras mantenía las manos a los lados de su cabeza, como si se quisiera aplastársela.

Borin estaba sentada al frente, mirándolo tranquila y confiada, esperando.

La sala de interrogación se mantenía en silencio, pero aún así, Paulsson estaba muy pendiente de todo lo que pasara, de pie a pocos centímetros del vidrio en la habitación contigua. Tenía los brazos cruzados y tamborileaba con un dedo nerviosamente.

—… Ya dije que no… ¿¡Al menos no puede darme algo para el dolor de cabeza! —exclamó Donahue en un exabrupto.

—Lo siento. Lo que teníamos se lo dimos a Omagi por su dolor en el cuello. —respondió al instante, irónica. Luego, se irguió totalmente antes de seguir hablando—: Ayer, antes de las prácticas, Latterly llegó a su oficina para decirle que sabía de los esteroides, lo amenazó con denunciarlo y… él fue asesinado pocas horas después, de la misma manera como usted quiso matar a nuestro agente.

—Yo no… —parecía totalmente perdido, y de su desesperación pasó rápidamente a la frustración. El hombre golpeó la mesa con un puño y luego, volvió a ver a Borin, contrito.

—Lo siento.

Ella solo lo miró, esperando. Donahue empezó a hablar con nerviosismo:

—Ya le dije que tengo una condición… —se corrigió a sí mismo— algo como una adicción, y que los esteroides solo eran para mí. No le di a los muchachos, como él juraba y perjuraba, ¡Lo juro! Estaba ciego de ira, solo me quería arruinar el muy... —pareció recordar con quién estaba hablando, miró a Borin y se corrigió de nuevo—: Y también, ya le dije que yo no lo maté… ¿Dónde está mi abogado?

—Debe estar en camino… Si usted es tan inocente como clama, ¿por qué huyó de nosotros e intentó matar a un agente especial de la guardia costera?

El hombre intentó responder, pero parecía que ni él sabía la respuesta. Terminó negando y, intentando aguantar el llanto, mientras decía con la voz quebrándosele por momentos.

—No lo sé. Yo… los vi ahí, supe que eran los que investigaban lo de Latterly por las noticias y, sólo huí. Lo siento mucho por su compañero, en serio. No sé lo que me pasó. Le dije que tengo un problema, estuve limpio durante casi tres años y, no sé lo que me pasó. Le juro que si no hubiera tomado esas cosas, nada de esto habría pasado.

—¿A qué se refiere con eso?

Paulsson, desde la sala de observación, empezó a susurrar «Vamos, vamos, vamos», como si fuera un mantra para conseguir la declaración. Sin embargo, Donahue solo miró a Borin, cada vez más desesperado.

—¡Ya le he dicho que yo no maté a Latterly! ¡Me refiero a lo de Unagi!

—Omagi —Borin se puso en pie tan rápido, que el sonido de la silla moviéndose fue hasta estridente. El hombre volvió a sostenerse la cabeza, con los ojos fuertemente cerrados del dolor.

La agente especial fue hacia la entrada, cuando él volvió a hablar, desesperado.

—Mire, llame a mi psiquiatra al teléfono que le di. Ella le dirá que no soy capaz de matar, y que cuando estoy lleno de esteroides a veces, simplemente, no me puedo controlar.

Borin lo miró inquisitivamente y, luego, salió de la sala de interrogación sin decirle una palabra más.

XVII.

Pocos segundos después, estaba entrando a la habitación de junto.

—Creí que ibas a estar ahí hasta sacarle la confección. Está a punto de quebrarse —la regañó Paulsson.

—Ya confesó.

Pulsson la miró, con el ceño más fruncido.

—O yo me perdí de algo o…

—Él no mató a Latterly. —Como vio que su jefe esperaba una explicación, se la dio—. Llamé a su doctora, me dijo que estuvo más de una hora al teléfono con ella, en crisis porque se dieran cuenta en el colegio de los esteroides. Lo revisé esta mañana, y los dos estuvieron al teléfono mientras alguien más mataba a Latterly.

Paulsson la miró y le habló apenas controlando el tono:

—Entonces, ¿por qué sigues con él, Abby? Solo en esta mañana, el jefe y los periodistas…

—Pero los cargos por intento de homicidio de un agente federal y tenencia ilegal de sustancias controladas están ahí —siguió ella, como si su jefe no la hubiera interrumpido.

Él se pasó las manos por la calva de su cabeza, tomó aire y luego, le dijo lo más comprensivo que pudo:

—De acuerdo. Sé como es. Si dices que él no fue, no fue. Solo dime que no están en un callejón.

—No estamos en un callejón, jefe —respondió ella, con total confianza.

Paulsson cogió su teléfono celular y, mientras revisaba algo, le replicó con un tono de mando:

—Si ya no es sospechoso, le daré el caso a Richards y Melas y deja entrar al abogado de una vez.

Borin lo miró, indignada y casi que suplicante:

—Pero jefe, nosotros podemos…

—¿Enfocarse en el caso de Latterly? Claro que pueden. Lo que no pueden es aferrarse a un tipo que ya tenemos atrapado, por más que atacó a uno de tu equipo. ¿Acaso eso de enfocarse no era una de tus reglas?

—La cuatro. «Si aparece otro delito en medio de la indagación, se debe asegurar que éste no te desenfoque de tu investigación». —La pronunció, como si se rindiera ante ella más que ante su jefe.

—Muy bien. Sigue tu propio consejo.

Como él la miró esperando una contestación, Borin asintió casi que a regañadientes. Paulsson le sonrió y salió.

XVIII.

La luz de la mañana entraba a raudales desde el ventanal que había en el techo del edificio de la CGIS. Pero al fondo del cubículo del equipo no se beneficiaban totalmente de ello, porque estaban debajo del piso de la segundo planta. Sin embargo, a la luz de los bombillos en su techo y el monitor, Ríos hablaba por su teléfono celular mientras tecleaba lentamente.

—… Entonces, dentro de dos horas estarán ahí. Gracias. —apenas colgó la llamada, marcó un número de teléfono. Luego se lo puso en el hombro para tener las manos libres y, rellenando con rapidez algo que parecía ser un formulario, esperó a que le atendieran. Cuando lo hicieron, habló con entusiasmo y en español—: Ya hablé con los del vestido. Dicen que lo tienen para dentro de dos horas. ¿Vas a ir por él, verdad? —mientras mandaba al documento a imprimirse, oyó lo que le decían atentamente—. Sí, eso espero yo también… —al parecer, lo que dijo su interlocutor le hizo gracia— A menos de que quiera ir vestida con las cortinas, ese será el último arreglo. ¿Has pensando lo que hablamos ayer?

Mientras oía, se puso en pie para ir a esperar las hojas junto a la impresora común del equipo. A la vez, Omagi y O`Connor llegaban al lugar. El especialista forense se acercó a ella y el agente especial, se sentó a su sitio.

—… Mita, en serio. Creo que si Anna quiere las gladiolas, es mejor que nos ahorremos muchas discusiones y le demos las gladiolas.

Cuando ella se dio un momento para oír lo que su madre le decía; O`Connor, emocionado, le susurró:

—Dime que soy un genio… —ella no lo hizo, pero lo miró y alzó las cejas, muy interesada— ¡Ya viene en camino!

Ríos sonrió muy alegre y le agarró fuerte el antebrazo como intentando no abrazarlo.

—… Mita, tengo que irme. Trabajo. Hablamos en la noche… —No había ni terminado de hablar cuando exclamó—: ¡Gabriel O`Connor, eres un genio!

Él le hizo una reverencia algo nerviosa de lo entusiasmado que estaba, y luego le dio un papel.

—Toda la información que necesitas, aquí está.

Ríos cogió la hoja, medio la leyó y luego miró a O`Connor. Finalmente, le dijo con una feliz determinación.

—De acuerdo, te contaré una de mis anécdotas de la CIA —el forense hizo un ademán de victoria con el brazo dando un brinquito. Ella le habló, como si lo preparara para una mala noticia—. Pero, pero… ya sabes, todo con censura.

—No importa, con que no sea resumido es más que suficiente.

Ríos asintió, se guardó el papelito y sacó las tres o cuatro páginas de la impresora. Luego, miró de uno a otro y dijo como para volver al trabajo:

—Entonces... —se dirigió a Omagi—. ¿Las marcas en tu cuello no coincidieron con las del muerto?

—No —dijo el agente especial y se apoyó en la silla, desganado.

—La mano del asesino es, por lo menos, medio centímetro más grande que la de Donahue y usaba dos anillos, mientras que Donahue las tiene desnudas y sin marcas en los dedos de que usara anillos. Además, aunque no encontramos en ninguna base de datos el ADN del asesino, se compararon muestras de sangre del asesino de Latterly con la de Donahue, y ni siquiera el tipo de sangre concuerda.

Ríos le dada toda su atención mientras iba hacia el teléfono con fax y lo ponía en funcionamiento para enviar los papeles recién impresos a otro lugar.

—Junto a las nuevas muestras de agua de la escena que fue lo único que encontró O`Connor al ir de nuevo hoy, creo que no tenemos nada importante al día dos —comentó Omagi, con voz rasposa. Después de decirlo, carraspeó y se acarició la garganta por arriba del cuello de tortuga.

—O puede que nosotros demos con la clave. Borin me dijo: «Casa de Latterly. Con Omagi.» Apenas llegué con su café y ella se iba a interrogatorio. Por lo que faxearé esta pedido de orden para prisión preventiva de Donahue al juez Horowitz, como nuestro otro jefe me dijo, y tú y yo iremos a buscar en la casa de Latterly la nueva pista.

—¡Y yo! —dijo O`Connor, rápidamente y luego, los miró con ojos de súplica parecida a la de un cachorro en la lluvia—. ¡Por favor! Si no me necesitan, Kowalsky me va a pedir que ayude en la investigación de malversación.

Ríos lo consultó ocularmente con Omagi y éste, a las espaldas del forense, le negó. Ella miró al rubio, contrita.

—Lo siento O`Connor. Borin dijo Omagi y yo… ¡Pero mira el lado positivo! traeremos cosas de ahí que tú podrás investigar mientras Kowalsky sigue inmerso en números.

—O podrías sumergirte en números, con las finanzas de Latterly. —aconsejó Omagi.

—Ya llevo revisado ocho meses de nada. —O`Connor negó—. Espero que sus amigos, vecinos o su computadora personal nos ayude a encontrar más pistas.

—Puede que encontremos personas en el vecindario que hablaron o convivieron con él. —comentó Ríos, apagando el Fax. Luego se devolvió a su escritorio y cambió de tema—: y que encontremos el teléfono celular y su computadora portátil ahí.

—¿Y su oficina? —preguntó O`Connor.

—Si la jefa dijo «casa», vamos a la casa. Si luego nos dice que las oficinas, pues vamos a las oficinas. Yo creía que ella había cubierto eso, ¿o no?

—Abby no ha ido —dijo O`Connor a Omagi, muy seguro de sus palabras. Los dos agentes especiales lo miraron con expresiones entre pícaras e interrogantes. Lo que lo hizo sonrojarse y decir—: Es decir, la agente Borin no ha ido. Con lo de Omagi, ella no… Sí, bueno, Kowalsky me espera y… —Empezó a salir del cubículo diciendo—: ¡Ya saben como encontrarme! —dirigiéndose a las escaleras.

—¡Gracias por la ayuda! —le gritó Ríos. Él se volvió y le hizo un ademán con dos dedos en la frente. Luego, ella se volvió a ver al agente especial y le mostró el puño—. Entonces, Omagi. ¿A la caza de nuevas pistas?

—Sí. Pero primero, iré a hacerme otro té frío —dijo éste, casi sin voz y poniéndose en pie.

Los dos hicieron el «piedra, papel o tijera», y él ganó. Luego, Omagi cogió las llaves de una de las gavetas de Borin y mientras Ríos decía algo de que en el camino había una cafetería muy buena, le tendió las llaves.

—No tengo ganas de manejar. Nos vemos en la cochera. —y salió en busca del comedor.

XIX.

La puerta de la morgue se abrió rápidamente, impulsada por la fuerza de Borin.

—¿Qué me tie… —al ver a Rivers ahí, terminó diciendo— nos tienes, doctora Kendra?

La doctora se encontraba frente al cuerpo de Latterly, desnudo a excepción de un cobertor que le ocultaba a la altura de la cadera. Rivers estaba a la par de la doctora, y volvió a ver a Borin, sonriendo.

—Por primera vez llego antes que tú.

—Yo estaba en un interrogatorio.

—Sí, bueno, yo estaba compareciendo en corte. Encerraron al violador de reclutas de New Jersey, con la pena máxima.

—Felicidades —le dijo la doctora, muy amena.

—No tenía idea de lo de la corte… —comentó Borin, con un tono muy diferente al de la doctora Kendra, como si fuera una velada acusación, de la cual reculó al decir—: Pero felicidades.

—Gracias. Ahora que estoy aquí, volvamos a este caso. ¿Decías que no hubo sorpresas con la causa de muerte?

—Sí. Murió a causa del estrangulamiento. Estaba en muy buena forma, solo sus pulmones tenían trazas de nicotina, fumaba con regularidad, cosa que no es importante para el caso. Lo que sí puede ser importante, es que recibió en el estómago un puñetazo, que le dejó marcas en la camisa y el abdomen, más que todo es este lugar, donde laceró la piel. Gabe, cuando bajó con Omagi para ver las marcas del cuello, miró eso también y dijo que podía ser de la piedra de uno de los anillos del asesino que se incrustó en la piel.

Borin y Rivers sonrieron.

—¿Y quiere anillos de los sospechosos para buscar por sangre y ADN de Latterly de ellos? —hizo la pregunta retórico él.

—Exacto —dijo la doctora Kendra.

Hubo un silencio de varios segundos que hizo decidirse a Borin por empezar a irse, diciendo:

—Gracias, Kendra.

—Abby.

La pelirroja se volvió rápidamente cuando la doctora la llamó con un tono más íntimo. Rivers miró de una a otra y decidió:

—Creo que tengo que ir a ver qué están…

—No, no te preocupes Louis. De hecho, podrías ayudar. No ha venido nadie a reclamar el cuerpo del señor Latterly, ¿podrían buscarme algún contacto al que llamar para que preparen su entierro?

Borin y Rivers se miraron como decidiendo quién iba a hablar. Ella fue la que lo hizo.

—Latterly vivió más en el sistema que con sus familiares. Aunque llamáremos a los que tiene, no creo que se hicieran cargo de su funeral.

Kendra le asintió, con entendimiento, y luego comentó:

—Entonces tiene familiares. ¿Podrías darme una lista de ellos, por favor?

—No creo que quieran, doctora —dijo Rivers—. No era cercano a ellos por lo que sabemos, y con lo que es…

—¿Qué es? —preguntaron Borin y la doctora Kendra, a la vez.

Él las miró, como buscando una forma en que no saliera mal parado. Terminó bufando y diciendo:

—O lo que se dice que es. Y después de que Susan Mack se tratara de suicidar cuando trascendió la noticia, me parece que es muy posible que…

—Era un empleado de la Guardia Costera. Ni siquiera se le abrió un expediente disciplinario en todos los años que trabajó con nosotros —lo interrumpió Borin.

Rivers la miró, y habló con un tono que decía que si quería debatir, pues debatiría.

—Y el violador de unas reclutas que hoy encerramos era el orientador de la academia, también con expediente intachable.

—Lo que haya hecho ese hombre no tiene que ver con lo que hiciera Kendall Latterly —habló Kendra, antes de que Borin respondiera. Parecía querer frenar una discusión entre ellos, como si hubiera visto varias en esas semanas—. Y aún así, si él abusó de Susan Mack y otras personas, que no condono; no fue todo lo que hizo. Era un ser humano, y merece un entierro digno. —miró a uno y a otro—. ¿Me buscarán la información?

—Podríamos hacerlo, pero no creo que consigas tu cometido —le dijo Rivers, dejando de ver a Borin con hambre de discusión para mirar a la doctora.

La agente especial se encogió de hombros cuando la mujer volvió a verla, diciéndole «Lo siento» con los labios. Finalmente, la doctora Kendra cepilló con los dedos el cabello de Latterly y dijo como para sí misma.

—Tendré que llamar a mis contactos en las funerarias.

—Suerte con eso —le dijo Rivers, sinceramente.

La agente especial dio un paso hacia atrás para empezar a salir, pero se devolvió y preguntó:

—¿Cómo pasó Jay la noche?

La doctora Kendra sonrió de una manera tenue que le suavizó increíblemente su expresión.

—Durmió muy bien, aunque aún tiene fiebre. Jane tomó el día para cuidarlo. ¡Por cierto! Jane dice que acaba de conocer una persona que te va a…

Borin dio una leve carcajada de humor negro, que le decía a la doctora Kendra que mejor no fuera por ahí.

—Dile a Jane que deje de jugar a Cupido.

Rivers sonrió divertido y luego que la pelirroja le enviara una mirada que decía también: «pasa del tema», se volvió a la doctora Kendra:

—¿Algo más por aquí?

—Nada.

Él se dirigió entonces a Borin, con el mismo talante:

—¿Hora de conversación entre co-jefes mientras vamos a por la declaración de Susan Mack?

—Yo conduzco.

Borin le hizo un ademán con la cabeza a la doctora Kendra mientras se despedían, Rivers le dijo un «hasta luego» y cuando siguió a la pelirroja, le recordó la regla de «piedra, papel o tijera».

XX.

—Yo creo que, posiblemente, el asesino se llevó el teléfono celular con él —le decía Ríos a Omagi, mientras salían del ascensor.

Estaban en un condominio de apartamentos de buen nivel económico. De un lado, las puertas con los números 40 a 45, evidenciando que estaban en el cuarto piso. Del otro lado, una pared con cristales, como si antes hubiera sido un balcón, que luego le pusieran los vidrios para no perder la vista, pero sí el viento.

Omagi iba a la par de ella del lado de las entradas a los apartamentos, pero sin ver las puertas porque sabía a cual llegar.

—¿Por qué se lo llevaría?

—¿Para que no lo revisáramos?

—O`Connor encontraría la información de las llamadas y mensajes, más tarde, pero lo haría. —Carraspeó y tragó saliva. Su voz seguía estando ronca.

Ríos lo pensó un instante, y luego negó, sonriendo para sí misma.

—Tengo que dejar de pensar como CIA. Está bien, puede que lo hiciera porque…

Pero Omagi, prácticamente que por inercia, puso un brazo frente a ella y el otro sobre su arma.

—Lo único que me faltaba —susurró por lo bajo a sí mismo, y le dijo a su compañera luego—: La puerta está abierta.

Ríos, que ya había dejado de caminar y llevado la mano a su arma por el moviendo de Omagi, asintió.

Se acercaron al lugar con Omagi delante. La ventaba del departamento estaba quebrada desde afuera y la puerta a medio abrir. Apenas entraron, pudieron ver como el lugar estaba totalmente desbalijado. Solo algunas cosas quedaban; como revistas, comida, ropa… Aunque Ríos quiso parar ahí, Omagi le hizo señas para que vieran las habitaciones antes. De la misma forma, con las manos, le dijo que viera la cocina y una puerta a la derecha, mientras él iba hacia las dos de la izquierda.

Los «Limpio» se oyeron cuatro veces. Seguido por un:

—Ríos, mira esto.

La agente especial salió de la puerta, diciendo:

—Hasta el jabón del baño se llevaron, por lo que vi.

—Sí, pero dejaron algo.

Cuando ella entró a la habitación donde Omagi estaba, entendió lo que quiso decir éste. Aunque parecía que había desvalijado hasta la cama, sí habían dejado algo: Un gran letrero hecho con aerosol que decía «Pervertido».

—Yo llamo a O`Connor.

—Y yo a la jefa —secundó Omagi, mientras los dos llamaban por teléfono celular.

XXI.

—… debe ser un saqueo vecinal. No llames a O`Connor, busca entre los vecinos las cosas que nos interesa y llama a la policía. Si nos quieren incautar las cosas, mandamos a Rivers.

—Sí, creo que tengo un par de jueces y conocidos en la policía que podrían ayudar con eso… o llamamos a Paulsson por apoyo.

Los agentes estaban sentados en la sala de espera del hospital, con el teléfono celular de Borin entre las orejas de los dos.

De acuerdo —dijo Omagi—. ¿Algo más?

—Nada. Nos vemos en la oficina. —apagó el teléfono y miró a Rivers. Éste entendió la indirecta y se alejó de ella, hasta sentarse a un espacio de distancia.

Después de unos segundos, él dijo:

—Creo que tiendes a olvidarte de decirme ese tipo de información. Si Ríos me llama para decirme algo, yo siempre te lo hago saber.

Ella hizo un ademán, como si lo pensara pero no le pareciera de mucha importancia.

—Por eso siempre estás al tanto de lo que yo sé, porque te digo cuando me llamas. En cambio, algunas veces no sé ni qué estás haciendo para la investigación cuando no estás en la oficina.

—Sí, bueno. Puedes llamar y preguntarme, en vez de esperar que yo te diga.

—Creo que tú podrías hacer eso mismo, cuando estás en otros asuntos. Omagi siempre te dice cuando tenemos corte.

Se volvieron a ver, como tratando de saber quién seguía hablando. Pero decidieron darse unos segundos de silencio para no discutir, porque los dos habían subido un poco los tonos de voz al final.

—Está bien. Los dos queremos mandar y puede que el equipo te responda más a ti porque… bueno, eres tú. Lo entiendo, eres militar, has estado en Irak…

—Al punto. —se dio cuenta del tono en que lo dijo, y lo intentó suavizar—. Por favor.

Rivers tomó unas dos respiraciones antes de decir:

—¿Ves? Me dices que tras de que te llamo para darte información, y me des la que tienes, te tengo que llamar para darte mi itinerario… Como que se te olvida que no soy tu subordinado, Borin.

—Sé que no lo eres.

Rivers se le quedó viendo, esperando algo más de ella. La pelirroja se dio por aludida, así que dijo, encogiéndose de hombros y con tono que no estaba segura que esas fueran las palabras que él buscaba.

—No me meto cuando decides cosas de abogado y no dije nada por lo de piedra, papel o tijera o lo de tirar monedas.

—¿Sabes? Algo tiene tu tono que es ligeramente mordaz, aunque sé que no quieres que lo sea —le dijo él como si fuera algo interesante, no como si se sintiera insultado.

Borin iba a decir algo cuando un doctor joven, delgado y pelirrojo fue hacia ellos preguntando:

—¿Los agentes de la CGIS?

XXII.

Los dos lo agentes especiales seguían al doctor por un pasillo limpio, ancho y solitario. Las puertas tenían un vidrio en ellas, y parecían abrirse a habitaciones de pacientes.

—Ahora mismo está estable, pero emocionalmente delicada. Ustedes comprenden su situación. Tras de lo que ha vivido, ahora todo es un circo mediático con su dolor.

—Tenga por seguro que a nosotros también nos desagrada esta situación, y que haremos lo posible para conseguir la información lo más delicadamente posible.

Mientras Rivers decía eso, el doctor se apostó frente a una puerta de una habitación personal. Se quedó ahí por un segundo, viéndolos, por lo que Borin le preguntó:

—¿Hay algo que quiera decirnos, doctor Vossen?

—Susan, la señorita Mack, tiene tres meses de embarazo. Ella no lo desea, pero si consiguen una orden, podríamos hacerle una prueba de ADN para saber si…

Rivers había asentido y mirado hacia la puerta, como esperando poder entrar ya a interrogar a la presunta testigo de la cuartada de su padre. Borin, sin embargo, siguió viendo al joven doctor y, con lo último que dijo, frunció el ceño.

—No es necesario. Pero si llega a ser importante para la investigación del asesinato, se lo dejaremos saber.

Borin había usado ese tono de despacho, que el doctor bien entendió. Les dijo que volvería en media hora. Rivers abrió la puerta y le hizo un ademán con el brazo, invitándola a entrar galantemente. Ella lo hizo sin aspavientos.

XXIII.

Susan Mack estaba pálida, despeinada y mirando hacia un lado con una expresión ida y modorra en el rostro. No se había sentado en la cama, seguía con la cabeza apoyada en la almohada y la cobija hasta el pecho.

Borin estaba sentada delante de ella, del lado contrario hacia donde la joven miraba. En su rostro había una expresión tranquila y empática que pocas veces se veía en ella, pero que era natural cuando la tenía como en ese tipo de momentos.

—… Solo necesitamos saber qué hiciste ayer después de las competencias de natación.

Pero Susan se mantuvo en silencio, como si nada estuviera pasando.

Rivers estaba de pie, ligeramente recostado en una pared donde su presencia no era casi notada. En ese silencio que siguió a la pregunta de Borin, dejó de mirar a las dos mujeres y dirigió su atención al padre de Susan. Éste se encontraba afuera, desde la ventanita de la puerta se podía ver el cabello del hombre, estaba recostado a ésta.

—No estoy aquí para juzgarte, ni hablar de lo que has pasado ni el porqué estás aquí —insistió Borin entonces—, solo quiero saber qué hiciste ayer en la tarde, después de las competencias.

—Intenté quitarme la vida. —respondió Susan, con un tono ligeramente mordaz, y sin dejar de mirar hacia la ventana, en donde se veía un cielo azul y una rama casi ceca de un árbol.

Borin solo asintió, y Rivers se sorprendió que la muchacha hablara. Ya llevaban varios minutos intentando que se dignara decir algo.

—Lo sé Susan. No estoy aquí por eso. Dime, ¿qué hiciste después de las competencias de natación?

Una leve sonrisa nerviosa apareció en el rostro de la joven, junto a unas lágrimas tiñendo sus ojos.

—Yo no lo maté, si es a eso a lo que viene.

Susan miró por fin hacia Borin, pero su mirada pasó rápidamente de ella hacia la espalda de su padre. Con los ojos menos amodorrados que antes y más alerta, fijó de nuevo la atención a la agente especial.

—Estuve en casa con mi padre —dijo Susan entonces, con una expresión altanera—, ¿Feliz? Ya tiene lo que quería.

Borin se le quedó viendo un instante diciéndole con su suave expresión que siguiera hablando. La expresión de la muchacha se suavizó un poco, pero siempre la miraba como si le estuviera recriminando. La pelirroja dio un suspiro y le dio su tarjeta.

—Me puedes llamar cuando quieras y por lo que quieras.

Susan había vuelto a fijar su atención a la ventana, por lo que Borin le puso la tarjeta en la cama antes de ponerse en pie, darle las gracias, e irse. Rivers la siguió.

-o-

Apenas salieron, el señor Mack entró al instante a la habitación. Los dos agentes lo vieron entrar e intentar hablar con su hija, sentando en la silla que dejara Borin. Luego, empezaron a caminar por el pasillo.

—¿Qué crees? —fue la primera en hablar Borin.

—Creo que la coartada del padre es muy débil y que vamos a investigar a William Mack y su hija.

Borin asintió mientras respondía:

—Sé que es él.

Rivers la miró, sonrió y negó, ligeramente divertido.

—Yo creo que puede ser él. Pero si llegas a tener razón, lástima que la corte no admite como prueba tu instinto, Borin. Nos ahorraríamos mucho trabajo.