5
Quitando máscaras
XXIV.
La imagen de la fotografía del permiso de conducir de William Mack estaba en el monitor derecho del escritorio de O`Connor. Y, en dos de los tres que él tenía a su disposición, habían varias ventanas abiertas con todo tipo de información en documentos.
Omagi y Ríos estaban sentados a unas sillas, tomando café ella y té frío él y comiendo galletas; a la vez, miraban sin mirar la información. Ambos parecían estar cansados. La agente tenía una cola alta desarreglada y cabellos cayéndole en el rostro, y Omagi se había desajustado la corbata y quitado su saco.
O`Connor tragó de la galleta y dijo:
—William Dagobert Mack, 47 años de edad. Nacido en Mississippi y residente de ahí hasta hace tres años y dos meses. Tengo más información, pero lo importante es esto: Su esposa Amy Mack, nacida Adams, con la que estuvo casada diecisiete años, fue a parar a emergencias seis veces en los últimos cinco años de su vida por heridas de cierta gravedad. Todas esas veces, argumentó que sus heridas eran a causa de accidentes, pero cuando murió por una «caída» —y O`Connor hizo las comillas con las manos— los familiares de Amy y vecino del pueblo de Tutwiler en Mississippi creyeron que su esposo la había matado a golpes.
—¡Vaya! —dijo Omagi, que hasta ese momento parecía estar más concentrado en su té y galletas.
Ríos solo se había adelantado un poco en la silla, tratando de leer del informe que O`Connor tenía, con una mirada brillante, seria y tristona a la vez.
—¿Pero no hay alguna queja por violencia doméstica, verdad? —Lo dijo con un tono casi que desesperado por encontrar alguna salida a la evidencia.
El rubio negó.
—Pero tampoco es que sea raro que hayan casos de violencia sin denuncias. Como sea, los familiares y vecinos insistieron en que lo investigaran. Sin embargo, no encontraron nada, o no buscaron más porque el… ¡RAYOS! ¡DIOS!
Eso último lo exclamó mientras cerraba los ojos, se encorvaba sobre sí mismo y llevaba una mano a uno de sus ojos. Se le había metido una basurilla en el ojo, y como llevaba lentes de contacto, le dolía más. Pero Omagi y Ríos no se impresionaron mucho por eso. De hecho, el agente especial se levantó de la silla y, mientras la morena intentaba hacer que O`Connor alejara las manos para soplarle en el ojo, miró un poco la información.
Finalmente, después que O`Connor decidió quitarse los lentes de contacto, ponerse sus gafas de montura gruesa y le diera las gracias a Ríos, Omagi preguntó:
—¿Por qué estás viendo lo de la admisión de la universidad de Susan Mack?
O`Connor se rascó con la mano un ojo, y volvió a tomar posesión de su espacio corriendo de esa manera a Omagi del lugar.
—Para una teoría que todavía no fundamento… —el criminalista dejó de rascarse, medio abrió el ojo, sorbió por la nariz y volvió al tono emocionado típico de él cuando informaba algo— Como iba diciendo; los de la policía no buscaron más en el caso porque no habían grandes pruebas forenses pero, sobre todo, porque su testigo presencial era Susan y ella nunca cambió su testimonio: su madre se cayó de la azotea. Por las fotos de los golpes del cuerpo, no me lo creo mucho. Pero después de meses de investigación, los detectives cerraron el caso como accidente y los Mack se vinieron a Boston.
—Creo que un tipo como ese debe tener manos más grandes que Donahue —decidió Omagi después de unos segundos en silencio.
—No nos precipitemos… Aún falta ver todo de la computadora y el teléfono celular que recuperamos desde las manos voraces de los vecinos de Latterly —insistió Ríos, poniéndose en pie.
Mientras ella buscaba el saco que había puesto en el respaldo de la silla y se lo ponía, O`Connor la miraba con una expresión de «Pobreinocente» y Omagi le decía:
—El instinto de la jefa ha hablado —como si fuera el más aceptado de los argumentos.
Ríos puso los ojos en blanco y los dos se sorprendieron mucho por eso.
—Yo lo entrevisté, y mi instinto no me habló.
—Sí, pero el tuyo no es el instinto de la jefa.
—Lo siento, Diana —le apoyó en el argumento O`Connor.
La agente especial miró de uno a otro con cierta indignación. Luego de ver que los dos parecían muy seguros de sus posiciones, tomó una resolución casi que impulsivamente, mientras volvía a hacerse la cola alta.
—Pues bueno, no digo que no sea él… pero me parece que no debemos cerrar las opciones. Iré a hablar con los compañeros de trabajo de Latterly, que no me creo eso de que no tenía expediente.
—¡No creo que llegues antes de que cierren! —le dijo Omagi, mientras ella iba hacia la entrada.
Ríos solo caminó más rápido hacia la salida.
—Novatos —dijo el agente especial, negando.
O`Connor se devolvió a ver los monitores mientras volvía rascarse el ojo.
—Debí decirle que justo cuando Rivers trajo a Mack a interrogación, Borin simplemente lo miró y luego me dio la mirada de: «Buscatodosobreél»…
—No quiero estar en los zapatos de Mack estando con esos dos a la caza, más si resultara ser inocente.
—¡El instinto de la jefa ha hablado! —le recordó O`Connor, extrañado de oír el condicional en esa oración.
—Yo no sé… me parece que algo de instinto poseerá la mujer que ha tenido nombres falsos toda la vida.
—¿Cuánto quieres apostar?
Omagi lo miró con una sonrisa en el rostro, creyendo que era una broma… Luego, vio en el semblante de O`Connor que era en serio, y se pensó la apuesta.
XXV.
—¿Esto durará mucho? Quiero ver si puedo quedarme en la sala de espera interna del hospital. No quiero dejar a mi hija sola en la noche.
Rivers, Borin y el señor Mack estaban sentados en el comedor de la CGIS. Los dos hombres se encontraban en el sillón para tres, y la pelirroja en uno individual. Aunque había un vaso y una botella de agua en la mesita de té, no habían sido usados, pero al menos quedaban solo migajas en el plato de las galletas.
La voz de Borin era baja y comprensiva.
—Lo entiendo, claro. Esto debe ser difícil para usted. Los dos son bastante unidos, ¿no, señor Mack? —le preguntó, con una expresión tranquila en el rostro.
El hombre asintió vehementemente. Luego, suprimió una carcajada de humor negro mientras decía:
—Y yo que creí que sería difícil cuando se fuera a la universidad… Ahora, lo que me preocupa más es que no vaya a la universidad, más que todo por lo del bebé. —Miró a Borin y Rivers y trató de compartir con ellos son indignación—. ¿¡Pueden creer que hoy en la tarde se filtró a los medios lo del embarazo!
—No lo sabíamos, lo sentimos en verdad. Su hija tiene derecho a su la privacidad, más en éstos momentos. —siguió Borin.
Rivers la miró y le sonrió apenas. Luego, se puso serio cuando se dirigió al interrogado:
—Como tienen el derecho de pedir una prueba de ADN. —Mack abrió mucho los ojos, al parecer sorprendido. Rivers le explicó—: Si Latterly es el padre del bebé, puede que proceda una demanda contra la Guardia Costera.
—¿Ah sí? —el hombre carraspeó y luego, dijo más tranquilo— No lo sabía… tendré que hablarlo con Susan.
Borin, que no dejó de mirar su reacción, le acercó la botella.
—¿Un poco de agua? Esas galletas en verdad estaban secas.
—¡No! No gracias.
Hubo un intercambio de miradas entre los dos agentes, y mientras ella sacaba su teléfono celular, al parecer para ver un mensaje; Rivers dijo, con un tono mucho más gélido del que había usado antes.
—¿Por qué está tan nervioso?
—¿Nervioso?
—Me parece que está nervioso —sonrió, pero no le llegó a la mirada—. Es el mal de tener una placa en la mano. La gente se siente culpable con solo saber que somos agentes especiales. A veces es útil, a algunos culpables con solo eso se le viene a su mente el delito y solo con verlo a los ojos, sabemos...
Sobra decir que en ese mismo instante, Rivers lo miraba directamente a los ojos. Casi que se pudo sentir el alivio de Mack cuando Borin habló de nuevo mirando a su compañero como si lo estuviera regañando.
—Pero no estamos aquí por eso. Como le dije, solo se trata de una entrevista de procedimiento —se concentró en el señor Mack—. Entonces, decía que ustedes dos eran muy unidos.
—Sí, lo somos… —cambió de parecer al instante— éramos. No sé. Con lo de Latterly, últimamente ella no era la misma. —miró hacia la pelirroja—. ¿tiene hijos, agente Borin?
—No, pero puedo imaginar que no debe ser fácil criar a una adolescente que acaba de perder a su madre.
—No, no fue fácil.
—Usted intenta hacer todo por ella. Hasta le da una nueva vida en otro estado, la envía a una escuela privada y, aunque no tiene excelentes notas, consigue una beca por resaltar en la natación. Pero ve que su hija se le sale de las manos aún así.
Mack la miró un instante, como si la estuviera analizando. Finalmente, asintió.
—Y lo peor de todo, es que aunque ella es la víctima aquí, en el colegio juran que su hija era una chica… alegre. —siguió Rivers, con un deje en la última palabra que decía que la había cambiado en vez de decir algo más fuerte.
El hombre movió los hombros y resopló mientras Borin decía:
—Usted solo intenta protegerla, claro, hablar con Latterly sobre lo que él había hecho.
—¡Sí, exacto! —le dio la razón, exaltado.
La pelirroja siguió hablando, como si él no la hubiera interrumpido:
—… pero él de seguro dijo que con la reputación de su hija, nadie le creería. Y por supuesto que usted no podía permitir eso, es totalmente entendible que por proteger el honor…
Mack entendió a donde quería llegar ella y se puso en pie, negando hasta con movimientos de los brazos.
—¡No, no, no! ¡Yo no lo maté! Susan les dijo que…
—Usted protegió su honor, son unidos… —Lo interrumpió Borin, un poco más enérgica— Susan muy bien pudo haber protegido a su padre. En un juicio eso pesará, señor Mack. Nadie siente empatía por un pedófilo.
—¡Yo no maté a nadie! —exclamó, a punto de perder los estribos.
Rivers se puso en pie por inercia para posicionarse entre el hombre y Borin, por más que ella miraba al señor sin una pizca de nervios.
—¡Pruébelo! Denos una muestra de ADN. —lo retó Rivers.
El hombre miró de uno a otro y negó:
—¡No les daré nada! —los indicó amenazadoramente, totalmente rojo de la ira—. Y la próxima vez que hablemos, será en presencia de un abogado.
Frente a la mirada de los dos agentes especiales, él salió del comedor con brío.
Después de unos segundos en que pensaron un poco lo recién sucedido, River dijo:
—Bueno, lo pusimos nervioso —como si tratara de ver el vaso medio lleno.
—Y aunque no tenemos el ADN, sí tengo una foto de sus manos y el anillo.
—¡Demos gracias a dios por la cámara silenciosa y sin flash de tu teléfono celular!
Borin empezó a salir mientras le mandaba la imagen a O`Connor y, luego, lo llamaba a él. Al ver que Rivers acercaba la oreja, prefirió ponerlo en altavoz.
—¿Qué me tienes?
—¡Oh,estotevaaencantar!
XXVI.
—¿Qué más nos tienes? —dijo Borin, entrando al cubículo donde también estaba O`Connor, usando la computadora de Ríos.
Rivers se sentó en su sitio y esperó una respuesta de cualquiera de los dos. Como Omagi estaba hablando en el teléfono fijo, el criminalista habló:
—Además del oscuro pasado de Mack, está lo del agua a la que le puse atención cuando fui la segunda vez a la escena del crimen. —dejó de ver a la pantalla, donde estaba trabajando sobre la imagen del anillo de Mack que Borin había fotografiado, en contraposición a la marca encontrado en el cuerpo de Latterly, la que era producto de un puñetazo en el estómago—. Tiene la misma concentración de cloro y otros químicos que la de la piscina del colegio. Sé que es pensar muy fino, pero como Mack no le dio ni tiempo de ir a cambiarse a su hija antes de irse a "casa", —él mismo hizo las comillas con las manos—, puede que ella estuviera en la escena y el agua escurriera de su cuerpo al suelo.
—Pero Susan dice que se fueron a casa —dijo Rivers, mirando hacia el suelo con las manos cerca de su boca, pensativo—. ¿Hay algo en los videos cercanos al colegio?
—No. Lo siento. No hay cámaras cerca de la otra entrada al colegio.
—Pero aún así, con que los anillos de Mack concuerden con los del cuerpo de Latterly, más lo de la pelea anterior entre ellos de la que tenemos testigos… —empezó a decir Rivers, mientras prendía su computadora y hablando como para sí mismo.
—Será suficiente para una orden de ADN. —zanjó Borin lo que el otro quería decir y, luego, preguntó—. ¿Dónde está…?
Omagi, que había dicho "Gracias" con una sonrisa antes de colgar al teléfono, la interrumpió sin darse cuenta:
—¡Mack canceló la entrega! —dijo, alegre, y miró a O`Connor—. ¡Tenías razón! Susan Mack fue sacada de la universidad de New York antes. Su padre llamó para cancelar la colegiatura no después de lo del intento de suicidio, como se podría comprender, sino el día antes de que Latterly fuera asesinado.
—¡No lo puedo creer! —O`Connor miró a Borin—. Fue solo una idea que tuve cuando vi que Mack no había hecho depósitos para la colegiatura de su hija, por lo que no iba a ser admitida en la universidad si no lo hacía pronto. Mientras, Latterly hacía navegaciones en Internet en busca de departamentos cerca de esa universidad y también papeleo para un préstamo con ese fin.
—Susan y Latterly… ¿Iban a huir juntos? —preguntó Rivers, sin creerse lo que decía.
—Eso parece —respondió el rubio, aún sorprendido.
—¡Bien O`Connor! Omagi, ve a tu casa que creo que terminamos por hoy…
—¿En serio? ¡Gracias jefa!
—Rivers, has todas… tus cosas de abogados para este caso. Por favor —ella sacaba su arma, placa y esposas de su escritorio—. Y si encuentras a tu novata, dile que la espero como refuerzos para detener a Mack.
Y salió con una sonrisa del cubículo.
XXVII.
—Elmovimientodelacuentabancariafuehechahaceunos25minutos,ysellevótodossusahorros.—la voz de O`Connor se oía apresurada y urgente.
Borin cerró la puerta del auto más fuerte de lo necesario. Esa vez, la entrada de la casa de Mack estaba totalmente desierta. Oscurecía, casi era de noche, y un auto pasó al lado del de Borin, lo cual fue la única señal de vida en la calle.
La agente especial caminó con energía y fuerza hacia la entrada. La puerta de la casa estaba abierta y, en el espacio de estacionar, un 4x4 tenía la cajuela abierta, donde había ropa tirada sin cuidado. Borin miró hacia ahí con el ceño muy fruncido.
—Por eso no estaba en el hospital… —dijo, como para sí.
—… Vaaescapar—terminó la idea O`Connor, oyéndose su voz desde el teléfono celular de ella.
—Que Rivers tenga todas las órdenes firmadas —le replicó Borin, antes de colgar sin despedirse.
Después de guardarse el teléfono celular en el pantalón, subió los pocos escalones de la casa con toda la intención de entrar en ésta sin llamar antes. Sin embargo, apenas Borin empezó a alargar la mano para empujar más la puerta, la misma se abrió y apareció el señor Mack, con un arcón de madera en las manos y dos maletas sujetas en sus muñecas. La mirada sorprendida del tipo al verla ahí incrementó cuando ella le enseñó su placa y empezó a decir:
—Agente especial Abigail Borin de la CGIS. William Mack, está usted arrestado por…
Pero ella tuvo que dejar de decirlo, porque en ese instante el señor Mack dio un rugido de furia y, con toda la fuerza de sus potentes brazos, le aventó el arcón de mediano tamaño al pecho y, luego, dejó caer las maletas al suelo.
Borin dio un gemido de dolor y trastabilló, casi se cayó, al suelo. Eso fue suficiente para que el señor Mack tuviera tiempo de correr hacia su auto. Al oír el rugido del motor de la 4x4, la agente especial se olvidó del golpe, sacó su arma y le disparó a la camioneta, mientras ésta daba rápidamente un movimiento hacia atrás y a un lado. De la cajuela aún abierta se salieron varias de las ropas, más cuando chocó con el auto oficial de la CGIS por la parte de atrás.
Borin corrió hacia él y disparó dos o tres veces, determinada a no dejarlo ir. Los disparos dieron con la carrocería y, uno, le quebró un lado de la ventana en la puerta del conductor. Sin embargo, el señor Mack se recuperó rápidamente del susto, pasó totalmente de Borin e inició el camino hacia la salida de la urbanización.
La pelirroja fue hacia su auto diciendo una maldición, frustrada. Pero, cuando miró hacia el carro rojo que llegaba rápidamente por la carretera, decidió seguir afuera y correr, siempre con el arma al frente, los metros que la separaban del auto.
Los vecinos empezaban a mirar por las ventanas, muy interesadas por saber qué estaba pasando afuera.
El new Beatle dio un bandazo y, casi que chocando con el auto de Mack al ponerse de lado, paró totalmente, haciendo detenerse con un frenazo al sospechoso que escapaba. Cuando el señor Mack intentó rodearla por la derecha o izquierda del auto, el New Beatle rojo se movió atrás o adelante por unos dos metros apenas, para no dejarlo salirse con la suya.
Para ese entonces, Borin ya estaba a la par de la puerta del conductor y con la pistola firme en su mano, apuntaba a la cabeza de Mack. Fríamente le dijo, casi furiosa:
—Tal vez no me di a entender. William Mack, está detenido por el asesinato de Kendall Latterly.
El hombre había estado golpeando el volante con las manos en plena rabieta, por lo que Borin abrió la puerta con mucha fuerza y tomó a Mack de la camisa para hacerlo salir. Con la otra mano guardaba el arma y buscaba las esposas.
—Tiene derecho a mantener el silencio. —Borin lo hizo dar la vuelta con rudeza y lo estampó en el auto con ella a su espalda—. Todo lo que diga puede ser usado en su contra en un juicio. —siguió diciendo, mientras le ponía las esposas con rapidez—. Tiene derecho a tener un abogado. Si no puede pagar ese abogado, el estado le dará uno. ¿Entiende sus derechos?
Mack se mantuvo en silencio, por lo que Borin le repitió la última pregunta. Él asintió y un «sí» muy bajito salió de sus labios.
Borin se dio por satisfecha con eso y miró a Ríos, que salía en ese momento de su auto rojo, con una mano en el arma por si acaso, mirando fijamente al señor Mack. Éste se estaba dejando hacer, con la mirada baja y, al parecer, derrotista.
La pelirroja lo hizo caminar, siempre con ademanes rudos, hacia el auto oficial de la CGIS. Ríos los siguió, en silencio.
—Llegaste en buen momento, pero tarde —hizo entrar al hombre en el auto, miró un instante la pequeña abolladura en éste, y de nuevo a Ríos.
La interpelada bajaba la mirada y cerraba los ojos, asestando el golpe mientras contestaba.
—Lo siento, estaba haciendo unas investigaciones por mi cuenta en la oficina de Latterly.
Borin asintió, como sin importarle mucho lo que dijera. Fue hacia el asiento del conductor y, antes de sentarse en éste, le preguntó:
—¿Qué encontraste?
—Nada —respondió, casi sin abrir la boca, como sino quisiera decirlo.
Borin negó, y se metió en el auto mientras decía:
—Aprende a buscar la información pertinente, novata.
Mientras el auto arrancó, Ríos la miró ir y luego vio hacia un lado, entre indignada y con mal humor.
XXVIII.
—… Es decir, no sé como es que no sentí nada. Dios sabe que he conocido personas perversas a lo largo de mi vida. ¿Por qué no sentí eso con el señor Mack? —decía Ríos, con un toque de obsesión en sus palabras.
Omagi, Rivers y una joven de quince años, cabello negro, piel morena y ojos verdes oscuros estaban de pie cerca de ella, oyéndola. Por la forma en que iba la muchacha, con un vestido rosa claro y muy elegante y una tiara en el cabello peinado con un moño; era fácil entender que ella era la homenajeada en la celebración.
En ese lugar, al aire libre, la fiesta era todo un éxito. Para cuidarse de posibles jugarretas del clima, estaban bajo una carpa blanca iluminada por el sol, había flores (gladiolas) de diferentes colores decorando y alegrando todo el lugar. Varias mesas en los costados, música latina y personas bailando en la pista central, algunas otras comiendo en las mesas plegables, y unas más hablaban de pie cerca de la entrada a la casa, como en el caso de los tres agentes especiales de la CGIS y la quinceañera.
—Creo que tiene que ver con que tu censor estaba más ocupado sintiendo a Latterly —dijo Rivers.
—No era santo de mi devoción, pero parece que él realmente creía que estaba ayudando a Susan, y según lo que ella dice, su relación, aunque ilegal, fue consensual. —Ríos negó, indignada consigo misma—. Al que realmente debía verle lo maligno, era a Mack.
Rivers le acarició el antebrazo y le recordó que habían dado con el asesino rápidamente. Pero lo que dijo Omagi a la vez, fue a lo que más le pusieron atención las mujeres:
—Eso que el padre del bebé terminara siendo el señor Mack… —en vez de decir lo que pensaba, Omagi negó y tomó de la cerveza.
La hermana menor de Ríos miró al asiático con los ojos muy abiertos, casi que horrorizados. Se acercó a ella y la apartó unos pasos de los hombres, mientras le «gritaba» susurrando agudo y hablando las dos, desde ese momento, en español:
—Di, ¿recuerdas? ¡No trabajo! Y menos cuando el trabajo fue taaan… —expresó su emoción fingiendo un fuerte escalofrío.
—Lo siento, lo siento… —le respondió Ríos— En su defensa, debo decir que el jueves de la próxima semana, tiene cita con el psicólogo de la Guardia Costera.
Anna, la hermana de Ríos, abrió de nuevo mucho los ojos. Se abstuvo de mirar hacia atrás y, con la voz más baja, preguntó:
—¿Por qué?
Su hermana vio como ella reaccionó y hasta rio un poco, con la boca cerrada, antes de explicarle:
—¡Solo bromeaba! No es nada de lo que puedes estar pensando. Omagi es el tipo más equilibrado que he conocido en mucho tiempo. Pero tiene cierta mala suerte. En este caso, uno de los sospechosos lo quiso estrangular.
Anna tomó aire, hizo a mirar a Omagi que hablaba tranquilamente con Rivers, y comentó:
—Por eso el cuello de tortuga, esa como leve ansiedad y mal humor, y la voz apretada. Yo que creí que estaba empezando a enfermarse o algo así.
Diana la abrazó con fuerza e iba a decir algo más sobre la pequeña espía haciéndose grande; cuando otra mujer, también morena pero de unos 55 años, abrazó a Ríos por el otro lado, diciendo también en español:
—¿Qué tanto secretean por aquí?
—No nada. Cosas de trabajo —dijo Anna. Luego, tomó la mano de su madre y empezó a alejarla de ahí—: Di se sigue vengando de los tantos años en que no pudo hablar del trabajo.
—¡La pobre! Pero bueno, al menos haces las historias interesantes, cariño.
—Gracias mita.
Ríos las vio ir hacia la pista, mientras su hermana decía:
—Creo que ya es hora del vals, ¿no, má?
—Creo que hace una hora o más era hora del vals… —miró por encima de su hombro para decirle a Ríos, que se había devuelto con sus compañeros—: ¡Titi, un amigo tuyo está en la entrada!
-o-
Mientras Rivers la molestaba, diciéndole con cierta vocecita «Sí, Titi, ve donde tu amiguito», y Omagi lo miraba como diciéndose «y este es mi superior»; Ríos fue hacia la entrada del lugar. Pero apenas iba a salir, O`Connor entró. Los dos se sonrieron, se saludaron y ella le pasó la mano por un brazo, codo con codo, para hacerlo entrar a la fiesta mientras le decía muy alegre:
—¡Le encantó!
—¿Ya lo abrió?
—¡Claro! Como te decía, es una… una… —lo miró, pidiéndole que le diera la respuesta.
—Otaku.
Ríos lo había acercado a la mesa de las bocas y, aunque había pocas, O`Connor sonrió el corroborar que quedaban de los de queso con jalea de guayaba.
—¡Sí! Otaku de closet. Le di sus orejitas que reaccionan a las emociones, que cierto criminalista milagroso me las encontró en Asia, hoy en la mañana. —O`Connor hizo un ademán de falsa modestia y ella siguió comentando—. Se puso tan feliz que creo que te hará un altar.
—Con que su hermana me cuente una historia, estoy más que satisfecho.
Ríos hizo un ademán mientras decía algo entre exclamación y carcajada.
—He pensando en como contártelo sin que te diga nada en verdad. Y creo que te parecerá una historia interesante. —Luego, mientras cogía un poco de refresco para él, le preguntó casualmente—: Creí que vendrías con Borin. —lo miró de una manera pícara que lo hizo sonrojarse y ver hacia otro lado.
—No vino… es decir, no viene… aún. —carraspeó mientras Ríos sonreía y negaba, pero al parecer muy interesada en hacerse un plato con boquitas—. Puede que venga más tarde. Dijo que tenía algo importante qué hacer.
XXIX.
La cripta era un corredor pequeño, todo en ella (desde el techo, pasando por las paredes y las lápidas empotradas) era de mármol blanco con vetas grisáceas. El sonido de los movimientos hechos por un trabajador del lugar era aumentado por el eco. Le estaba poniendo una sustancia gris a la entrada del hueco en la pared donde el cuerpo de Latterly descansaba para, luego, poner la lápida.
Solo estaba Kendra ahí. Ni siquiera el cura se había quedado hasta el final de la ceremonia. La doctora miraba hacia el suelo, tranquila pero tristona, hasta que unos pasos enérgicos, aumentados por el eco del lugar, se acercaron a su altura. Y eso la hizo sonreír, porque sin mirar siquiera a la persona que recién se había posicionado junto a ella, susurró:
—Gracias por venir, Abby.
Borin solo asintió y, junto a ella, miró como el hombre terminaba de poner la lápida de Latterly y lo vio irse del lugar.
Justo cuando la doctora Kendra hizo un amago de salir, Borin le tomó suavemente el antebrazo. Ella la miró, esperando con paciencia. Entonces, recibió de manos de la pelirroja que, aún en silencio, le tendió lo que había tenido en sus manos todo ese tiempo.
—Hice el marco.
La doctora Kendra miró por unos segundos el cuadro, con un marco de madera simple pero bien hecho y la fotografía de Latterly dentro de él. Era algo antigua, y salía vestido con el uniforme de la Guardia Costera. Ambas sabían que era para «la pared», donde ella había estado colgando las fotografías de todas las personas, adscritas a la Guardia Costera, que habían pasado por su morgue.
—Gracias. Ha quedado precioso.
Empezaron a caminar hacia la salida.
—¿Lo pondrás? —preguntó después de unos segundos en silencio.
—Sí, bueno. —la doctora Kendra miró discretamente hacia la sepultura—. Aunque no era todo lo que esperamos de alguien como él, quiero creer que hizo lo que pudo para ser buena persona… —decidió mejor cambiar de tema—: ¿Hay prensa allá afuera?
—No. Están ocupados haciendo polémica sobre el aborto en menores de edad…
La doctora Kendra negó, apesadumbrada:
—Pobre joven. Todo lo que ha tenido que sufrir. Esperemos que en Massachusetts, Susan pueda encontrar un poco de privacidad y verdadera ayuda.
Borin sonrió y negó, como diciendo «TanKendraNdiaye».
XXX.
La baja mujer, de espaldas, iba entrando a la casa mientras Ríos le decía, medio viendo hacia adentro:
—Sí, Indira, al fondo a la derecha, la segunda puerta… Sí, ahí.
Se devolvió para entrar de nuevo al lugar debajo del toldo blanco, cuando una persona, más allá en el patio, llamó poderosamente su atención. Su primer instinto fue volver el rostro, pero se dio cuenta de que ese hombre iba caminando directamente hacia ella.
Cogió su celular, aunque parecía que no sabía bien para qué. Luego, tomó aire y, con el paso más seguro que pudo hacer en ese momento, fue hacia él. Lo tomó del antebrazo y lo hizo caminar hacia el otro lado del jardín.
—¿Qué haces aquí? —le susurró a la vez.
El hombre le tomó la mano con suavidad e hizo que lo soltara justo antes de sonreírle con cierto humor sarcástico:
—Hace unos dos meses mi hermano menor Alexei, fue asesinado —le dijo, en un susurro apenas controlado, al parecer estaba airado y ansioso—. Y según mi tía Anna, fue asesinado por alguien de la CGIS de Boston… Dime que no lo asesinaste, Sofía. ¿O, debería decir, Diana?
Ríos asestó el golpe con valentía. No dejó ver una emoción en su rostro más que la quijada fuertemente apretada… y un dedo marcando un teléfono.
—No deberías estar aquí.
—Responde mi pregunta —le pidió, acercando más su rostro a ella.
—Estoy llamando a los Marshall… Vete de aquí ahora mismo.
El hombre pareció considerarlo un segundo y luego, como en contra de sí mismo, empezó a ir hacia una salida en la valla lateral. No sin que él se sorprendiese, Ríos le dijo, alzando solo un poco la voz y aún dudando de hacerlo.
—Hago ejercicio en el Gimnasio Ruby`s hoy a las 8. Te lo explicaré ahí.
El hombre sonrió un instante, y salió del lugar. Ríos bajó la cabeza y canceló la llamada. Respirando para tranquilizarse, se pasó las manos por el rostro y se devolvió a la celebración, justo para la llegada de Borin y la doctora Kendra.
FIN CAPÍTULO DOS
