Antonio se despertó en una incómoda cama. Aún sentía el insoportable pinchazo en la sien. Se incorporó lentamente y se frotó la cabeza.
¿Dónde estoy…? – musitó, confundido
Trató de enfocar la mirada y se topó con uno de los oficiales españoles. ¿Qué hacía él allí?
Señor – dijo haciendo una pequeña reverencia con la cabeza – Conseguimos llegar a tierra. Hemos sufrido numerosas bajas, pero al menos pudimos traerle sano y salvo
Numerosas bajas… - repitió - ¿Se ha hecho ya el recuento?
Hemos perdido 22 navíos, señor, y hemos tenido bajas de más de dos mil muertos, además de una importante cifra de prisioneros por parte de los ingleses.
Dos mil muertos… - repitió, llevándose las manos a la cabeza, abatido. Dos mil viudas, dos mil hijos que quedarían huérfanos de padre, cuatro mil padres que habían perdido a sus hijos. Y que no tendrían ninguna tumba a la que ir a llorar, puesto que sus cuerpos se habían perdido en el frío océano
Antonio miró al oficial. Este llevaba una gruesa venda en la cabeza, con manchas marrones. La Armada…arrasada. España, huérfana, deshonrada, avergonzada. Antonio apretó los puños, tratando de reprimir la rabia.
Por favor, ¿Puedes decirle a Isabel que venga?
El hombre retrocedió. Antonio le miró sin comprender. El hombre miró al suelo, temblando. No. Antonio se levantó de la cama y agarró al hombre de las solapas de su chaqueta
¡¿Dónde está mi hermana? – le espetó -¡¿Dónde está?
¡E-ella…. Ella iba en aquel barco inglés!
¡Eso no es verdad! – replicó - ¡La vi subir a nuestro barco!
Regresó a donde vos estabais, con… explosivos…
De pronto recordó. Aquella masa roja…incandescente… el barco. ¿Eso significaba…que Isabel?
¿… ha muerto? – musitó, desgarrado
No podemos confirmarlo, capitán, pero… - tragó saliva – Es…es lo más probable
Una furia inusitada, fruto del dolor desgarró su pecho. Antonio cogió una silla próxima a la cama y la estampó contra la pared, sobresaltando al hombre.
¡¿Por qué? – rugió - ¡¿Por qué, maldita sea? ¡Isabel, idiota! ¡¿Por qué me desobedeciste?
Señor…cálmese – dijo el hombre, asustado
¡¿Cómo puedes pedirme que me calme? – replicó, fuera de sí – Isabel, mi hermana ¡Mi hermana! ¡Muerta! – se llevó las manos al rostro, arañándose con desesperación - ¡Ha muerto!
Su muerte… nos permitió huir y ponerle a salvo… - dijo el hombre, apenado ante el dolor de su capitán – Dio su vida por nosotros…
No… - Antonio se sentó en la cama – No tenía que haber sido así ¡No tenía que haber sido así! ¡¿Dónde está Francis? – rugió, poniéndose en pie - ¡Quiero verle!
¡Él no está aquí! - le detuvo – De hecho… sus barcos no aparecieron…
Maldito traidor – masculló Antonio – Me las pagará… - La primera lágrima rodó por su mejilla y su voz se quebró - ¿Puedes… puedes dejarme solo por favor?
El hombre asintió y cerró la puerta cuando salió. Antonio golpeó la pared con el puño. Sus nudillos comenzaron a sangrar, pero aquello no podía compararse con el dolor que le atenazaba el cuerpo y se había apoderado de su ser. Isabel. Sus ojos verdes, tan llenos de alegría, ahora vidriosos y vacíos. Su pelo, tan parecido al de aquella grandiosa reina católica, ahora húmedo y enredado entre las algas. No podía ser así, era imposible. El joven cayó de rodillas al suelo. Estaba todo perdido. Era su fin. La desgracia había caído sobre aquella nación llamada España
