Arthur observó las velas. Una de ellas había sido atravesada de un cañonazo, siendo ahora totalmente inservible. Arrugó la nariz.

Malditos perros españoles ¿A dónde estaban apuntando?

¡Capitán!

Arthur se volvió, irritado. Uno de los oficiales se acercó a él.

¿Qué ocurre ahora? – gruñó

Señor, es sobre los prisioneros…

Ya he dicho que los llevéis al segundo galeón – replicó, aburrido – Y procurad que no muera ninguno. Dudo mucho que alguien pague un rescate por un cadáver. Por no hablar del olor que dejan en el barco…

No es eso señor – le cortó. Por ello, el hombre se ganó una mirada de antipatía – Disculpe mi señor… Es, que hemos encontrado otro español en el agua… vivo

¿Y qué tiene eso de especial? – rezongó - ¿Acaso no están vivos los otros seis mil?

Se trata de una mujer… - repuso con cierta petulancia

¿Una mujer? – repitió, sorprendido. Después una sonrisa se extendió por su rostro – Vaya, ¿Y dices que es española?

Al menos todas las maldiciones e insultos que dice lo son – repuso, atreviéndose a esbozar media sonrisa

Tiene carácter ¿eh? – Arthur se frotó la barbilla – Bien, entonces iré a hacerle una visita. Quizás esta tarde no sea tan aburrida como pensaba…

Tranquila, preciosa – dijo uno de los bucaneros cogiéndole de la barbilla – Con un poco de suerte quizás hoy tengas algo que comer. No todos los prisioneros tienen ese privilegio…

Isabel se revolvió y mordió al hombre, que trató de soltarse, profiriendo un grito de dolor. Pero Isabel, lejos de soltarle, apretó aún más los dientes, hasta que notó el sabor de la sangre en su boca. Otro hombre la pisó e Isabel se volvió, furiosa. Antes de que pudiera reaccionar, el bucanero le dio una patada en el vientre. Isabel se dobló de dolor y cayó de rodillas al suelo. Varios hombres se echaron a reír. El bucanero, humillado, cogió a Isabel del pelo y la obligó a mirarle.

Maldita perra española – escupió – Me las vas a pagar… Solo reza porque otro no te encuentre antes, porque sino puede que no pases de esta noche…

El hombre la arrojó de nuevo al suelo. Isabel comenzó a toser y se quedó temblando de dolor. Los hombres parecieron malinterpretar su reacción, porque otro se acercó a ella.

No tengas miedo – dijo uno con voz burlona, fingiendo compasión – Te trataremos bien… Aún tienes a toda una tripulación que conocer…

Empezando por el capitán ¿no crees, Robert?

El hombre dio un respingo y soltó a Isabel. Esta miró al recién llegado. Este, con una sonrisa siniestra se arrodillo para ponerse a su altura.

¿Tú eres el tesoro que hemos encontrado en alta mar? Déjame verte… - La cogió de la barbilla con delicadeza

Isabel frunció el ceño y clavó sus ojos verdes en los de Arthur. Este no retrocedió, pero quedó bastante impresionado al ver el rencor, odio y repugnancia que destilaban. Arthur sonrió. Esos ojos… los había visto antes.

¿Cómo te llamas? – dijo con voz dulce

Isabel no contestó. Arthur exhaló un suspiró de exasperación

¿Entiendes nuestro idioma, verdad?

Sí, perfectamente – replicó con sequedad

Ah, estupendo. Eso acelerará las cosas. Planteo de nuevo la pregunta ¿Cómo te llamas?

Isabel no respondió y apartó la mirada, airada. Arthur apretó los dientes, irritado. Este se puso en pie y desenvainó la espada. La colocó sobre el cuello de Isabel. Esta se limitó a mirarle con indiferencia

Dime tu nombre – gruñó

No veo por qué tendría que hacer eso – repuso con calma

Arthur lanzó un rugido de exasperación. Delante de sus subordinados, aquella mujer se atrevía a cuestionarle. Apretó la afilada hoja contra su cuello. Un fino corte comenzó a sangrar. Isabel apretó los puños, pero se esforzó en mantener la expresión de su rostro

Se quién eres, asquerosa salvaje – dijo con desprecio – Eres tan estúpida y terca como tu hermano – sonrió de forma peligrosa – Será interesante enseñarte algunos modales ingleses

Si ya sabías quién soy ¿A qué venía todo este teatro? – repuso con una sonrisa en los labios - ¿Qué vas a hacer conmigo? ¿Matarme? ¡Adelante! Pero ni por un instante pienses que voy a doblegarme ante ti, no eres más que un marinero de tres al cuarto, prepotente e inmaduro – miró tras él - ¿Oh, seguís aquí? Bueno, creo que esto no es nada nuevo para vosotros…

¡Cállate! – le espetó mientras le daba una patada - ¡Atadla! ¡Y amordazadla! Ya me ocuparé más tarde de ella… ¡Llevadla a la jaula!

Isabel intentó revolverse, pero era una batalla perdida contra aquellos hombres. Uno de ellos habría bastado para reducirla, teniendo en cuenta las condiciones en las que se hallaba. Aún así, Isabel siguió intentando liberarse hasta que el carcelero cerró la jaula con llave. Los ingleses habían hecho un buen trabajo con los nudos. Habían maniatado a la chica, y la mordaza resultaba asfixiante. Tuvo vigilancia durante lo que parecieron varias horas, pero tras eso, al comprobar que Isabel apenas se movía del suelo de la jaula, se marcharon.

El capitán se enfadará si ve que la hemos dejado sola – dijo uno de los hombres

Está dormida, ¿no lo ves? – replicó el mayor – De todas formas, no tiene mucho que hacer, atada y amordazada. Volveremos un poco antes de comer y luego iremos a la proa a cenar.

Cuando Isabel dejó de oír a los dos hombres, abrió los ojos y observó su prisión. No eran más que varios metros cuadrados encerrados bajo rejas de acero. Y estas parecían demasiado sólidas, por lo que Isabel descartó el romperlas. En la pared, no muy lejos de la jaula, había un ojo de buey. Isabel se puso en pie a duras penas y trató de observar por la pequeña ventana redonda. Desde allí era capaz de ver el cielo, por lo que supuso que no se encontraba en una de las zonas más profundas del barco. ¿Podría escapar por allí? Sería bastante arriesgado, pero si estaban lo suficientemente cerca de la costa, podría llegar nadando. Isabel calculó que aguantaría unas cinco horas de nado. Aunque claro, para ello, tendría que buscar algo de comida… Cayó de rodillas sobre la paja sucia del suelo, hambrienta. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que cayó al agua? ¿Días? ¿Horas? Quizás semanas… No estaba muy segura. De su atentado contra el barco inglés conservaba unos recuerdos muy difusos… Ni siquiera sabía cómo habían conseguido sacarla de allí. Lo único claro que sabía es que aquella mañana la habían despertado lanzándole un cubo de agua fría, y que su pelo aún estaba húmedo y olía a pescado. La joven se estremeció. Necesitaba una ducha. Inspiró hondo y sacudió la cabeza

Ahora lo primero era buscar la forma de escapar de allí

Antonio se marchó de la iglesia antes de que concluyera el funeral. No podía estar allí un segundo más. Bajó el acantilado que daba a la playa y se sentó en la arena. Las campanas repicaron, levantando una bandada de gorriones. Antonio enterró la cabeza entre sus manos, totalmente destrozado y perdido. Además del sabor amargo de la derrota, quedaba el vacío que había dejado su hermana. Y además ahora tendría que afrontar los gastos que supondría rescatar a los prisioneros. España estaba arruinada. Tendrían que trabajar durante años si quería recuperar a los suyos. Y no tenía la garantía de que los ingleses quisieran fijar un trato sensato. Ellos se limitarían a hundirles aún más en la desgracia y la miseria. Antonio suspiró y miró el mar. El mar donde su hermana se encontraba.

Isabel consiguió soltar la mordaza con los pies. Por suerte, estaba sola, ya que había resultado un espectáculo más bochornoso que ingenioso. Solo quedaban esas asquerosas cuerdas de las muñecas. Los ingleses habían hecho las ataduras a conciencia, y hubieran resultado perfectas para cualquier prisionero, pero no para Isabel. Sus muñecas eran demasiado finas y tras varios minutos mordiendo las cuerdas, consiguió mover un par de centímetros las sogas, lo suficiente como para extraer las manos. Isabel se frotó las muñecas y las mejillas y observó mejor el ojo de buey. El cristal parecía resistente a los golpes, pero tenía varios arañados importantes. Si conseguía rajar el cristal, quizás pudiera salir…

Miró los barrotes de la jaula. Estaban demasiado juntos como para intentar escapar por los huecos, pero… algunos de ellos estaban oxidados. Quizá alguno estuviera incluso suelto. Fue probando uno a uno, sacudiéndolos suavemente y procurando no hacer ningún ruido que pudiera delatarla. Finalmente, uno de los barrotes de la esquina cedió. Isabel esbozó una amplia sonrisa de satisfacción. El hueco que dejó seguía siendo pequeño, pero no era una misión imposible. Tardó cerca de media hora en lograr salir. Si aquel plan no daba resultado… podría darse por mujer muerta. Era imposible entrar de nuevo en la jaula y fingir estar atada si sospechaba que los ingleses venían. Lo único que podía hacer era trabajar rápido y rezar porque no se les ocurriera volver antes de tiempo. El sol aún se filtraba por el cristal sucio, por lo que calculó que le quedaban al menos un par de horas antes de que volvieran los guardias. Miró a su alrededor, buscando algo que pudiera rallar el cristal. Encontró varios alfileres y un espejo.

No soy supersticiosa… no soy supersticiosa… - murmuró mientras tiraba el espejo al suelo con los ojos cerrados

El espejo se partió en varios trozos afilados. Isabel cogió el más grande de ellos y guardó uno pequeño en la bota que conservaba. Siempre podría usarlo como arma. Arrimó con cuidado un barril a la pared del barco y subió a él. Inspiró hondo y comenzó a rascar el cristal

Arthur bostezó, aburrido. Llevar la cuenta de prisioneros, heridos y muertos no era una actividad lo que se dice muy amena. El capitán se puso en pie y paseó por la sala. El escribano le miró un instante y luego prosiguió con su labor.

Así que contamos con siete mil prisioneros ¿no es así, Sebastian? – dijo Arthur, mirando por la ventana

Siete mil trescientos cincuenta y dos, señor – precisó el anciano – Si conseguimos que todos permanezcan con vida, podríamos obtener una cuantiosa suma con lo que nos pague España por rescatarlos

Tienes razón, Sebastian – sonrió Arthur – Pero hay uno de ellos que creo que podrá ofrecernos más que varios miles de españoles moribundos. ¿Has apuntado a la mujer?

Sí señor – dijo agachando la cabeza – Pero no tenemos ningún dato sobre ella. Nos será difícil que la reconozcan si no…

No te preocupes por eso – atajó exhibiendo una amplia sonrisa – ¿Quieres datos? Yo te los daré. María Isabel Cayetana Fernández Carreiro, no mucho mayor que su hermano, Antonio Fernández Carreiro. Debido a la alianza de España con Francia, esta entregó sus tropas, con tan mala pata que ni siquiera consiguieron divertirnos.

¡¿Fernández Carreiro? – exclamó el escribano - ¿He…hemos capturado…?

Parece demasiado bueno para ser cierto ¿verdad? – dijo esbozando media sonrisa, divertido – Si hubiera sido su hermano, hubiera sido mucho más interesante, pero bueno… - rió – Tampoco me quejo de este resultado

El informe está listo, capitán – dijo el escribano – Todas las listas de prisioneros están listas. Faltaría tomar declaración a la señorita Fernández para evaluar a los posibles avales, pero, si usted desea podemos obviar ese paso y enviar las listas.

Seamos estrictos con el protocolo, Sebastian – repuso con calma – Yo iré a tomarle declaración. Eso sí, manda el resto de las listas. Quizás me entretenga un poco

Isabel se limpió el sudor de la frente. Estaba totalmente agotada, pero ya estaba cerca de conseguirlo. Solo un poco más. Las palmas de sus manos estaban llenas de cortes, pero realmente no eran más que un mal menor. La hendidura en el cristal era de varios centímetros y no faltaban más que un par para atravesarlo por completo. Volvió manos a la obra. Estaba cansada, sí, pero ya tendría tiempo de descansar… En casa, con Antonio y los demás.

Una voz le sobresaltó. Además, no se trataba de una voz cualquiera

¡El capitán! – exclamó.

Se tapó la boca rápidamente y siguió rayando el cristal, esta vez con una urgencia casi demencial. Apenas quedaban unos milímetros. Isabel guardó el trozo de espejo en su bota y golpeó con el puño el cristal. Tras varios envites, este cedió con gran escándalo y se precipitó al agua. No tardó en oír a los guardias llegar. Isabel no perdió el tiempo. Dio un salto y pasó el tronco por el estrecho agujero. Una gran ola embistió el barco, empapando a Isabel. Esta comenzó a toser y a boquear. Sus ojos comenzaron a nublarse. Ahora no podía permitirse desfallecer, ya casi estaba. Apoyó los brazos en el marco del pequeño ventanuco y sacó las piernas. Se preparó para recibir el impacto del agua cuando algo tiró con violencia de ella. Isabel se volvió, aterrada, y vio el rostro del capitán inglés, contraído en ira. Este había conseguido agarrarla del tobillo, y ahora Isabel se encontraba suspendida sobre el agua, corriendo el riesgo de ahogarse con cada ola que lamía el barco.

¡Suéltame! – gritó Isabel - ¡Suéltame!

¡Perdóname, señorita! – dijo esbozando una sonrisa salvaje - ¡Pero no me es posible cumplir sus deseos!

Isabel rugió y extrajo de su bota el trozo de espejo y se abalanzó sobre Arthur, hundiendo el cristal en la muñeca de este. Arthur hizo una mueca de dolor, pero hizo aún más tenaz su agarre. Isabel intentó atacar de nuevo, pero esta vez Arthur la cogió de las muñecas. Con media sonrisa, tiró de ella hacia dentro del barco. Isabel luchó desesperadamente por soltarse, pero una desafortunada ola la golpeó, estampándola contra la superficie del barco. Isabel cayó como una muñeca desmadejada y fue entonces cuando Arthur consiguió introducirla de nuevo. Isabel se dejó caer al suelo, derrotada y ya sin fuerzas. Arthur sonrió ante su triunfo y soltó a la joven. Tras esto se encaró a los guardias.

¡¿Cuáles fueron mis órdenes? – les espetó con fiereza

…..Señor…yo…nosotros – balbuceó uno

¡¿Cuáles fueron?

Vi-vigilar a la prisionera, se-señor – dijo el otro, temblando

¿Y las acatasteis tal y como debíais? – preguntó, con voz peligrosamente suave

Los dos hombres miraron al suelo.

¡Contestad!

Estos negaron con la cabeza. Uno estaba al borde del llanto.

Veo que no contestáis… - dijo con el mismo tono peligroso – En tal caso, creo que vuestras lenguas son inútiles si no sois capaces ni hablar ni cuando se os ordena ¡Vosotros! – dijo dirigiéndose a varios hombres que habían acudido -¡Cortadles la lengua! ¡Y las orejas, puesto que parece que de poco les sirve! Hacedles un bonito collar de regalo… - dijo, sonriendo

Los hombres comenzaron a disculparse y pedir piedad, pero Arthur hizo oídos sordos a sus súplicas. Los hombres se llevaron a aquellos dos infelices, dejando solos a Isabel y Arthur. Este se volvió hacia ella, que seguía tirada en el suelo, respirando de forma entrecortada y con dificultad.

Has demostrado ser una buena adversaria – dijo sonriendo mientras la cogía de la barbilla – Bastante mejor de lo que me esperaba, he de admitir. ¡Tirarse al mar! ¿Qué pretendías, regresar a nado a casa? – se echó a reír de forma cruel - ¡Al menos tengo que admitir que tienes agallas! En vez de esperar que vengan a rescatarte, intentas rescatarte tú misma… Eres una princesita en apuros bastante interesante…

No soy ninguna princesa… - musitó Isabel con odio – Por lo que no tengo que esperar ayuda de nadie. No conseguirás lo que quieres, maldito bastardo. Ya me encargaré de que sea así

Arthur se echó a reír, divertido. Miró los ojos de la chica. Se asemejaban a dos carbones encendidos. Jamás había visto algo así, solo una vez, pero jamás habría esperado encontrarlo en una mujer. Se arrodilló, aún sosteniendo la cabeza de la joven

Entonces, ¿Eso significa que no te rendirás? – dijo, con su característica sonrisa

Nunca… - replicó con voz ronca

Perfecto – dijo lamiéndose los labios

Antes de que pudiera reaccionar, Arthur la besó. Isabel abrió los ojos, pillada por sorpresa. Haciendo acopio de fuerzas, se apartó, asqueada. Le gustaría haberle gritado, patearle hasta que suplicara compasión, pero sus músculos no reaccionaron. Isabel emitió un gruñido de desesperación y trazó de ponerse en pie, pero las piernas le fallaron. Arthur rió.

No tan rápido, guerrera – dijo mientras se marchaba – Te buscaré algo de comida antes de que hagas otra estupidez

Isabel le vio alejarse, sintiéndose humillada y sucia. Sentía repugnancia de su propia persona. ¿Por qué se le nublaban los ojos? ¿Eran lágrimas? Isabel se apresuró a enjugarse los ojos. No iba a llorar. Menos por ese impresentable. Pero ¿de verdad era por él? No, aquellas lágrimas eran de derrota, de vergueta, de tristeza. Quería volver a casa. Miró el agujero que había quedado en la pared del barco. Podría intentarlo de nuevo. Moriría. Moriría ahogada. No importa. Cualquier cosa mejor que aquello, pensó mientras se arrastraba. Colocó de nuevo el barril haciendo un esfuerzo sobrehumano y se agarró a él. Intentó ponerse en pie y subir de nuevo, pero comenzaron a darle calambres en las piernas. Estirarlas era un verdadero infierno. Pero ¿quién sabía lo que le esperaba allí? Tenía que salir, tenía que salir. Esa era la única idea que se repetía casi de forma demencial en su mente. Tan obcecada estaba que ni siquiera fue consciente cuando sus ojos se cerraron y cayó profundamente dormida sobre el barril vacío.