(La referencia de este mini es el episodio no. 93 del animé, Un cupido con arrugas. Soy fiel seguidora del manga, pero este episodio se me hizo muy cruel y aquí me desquito un poquito).

Una cita retrasada.

El flamante matrimonio Andrew era la sensación y al mismo tiempo, la envidia de Chicago. Sin embargo, la calma de los días sería interrumpida cuando los negocios de la familia enfrentaron problemas. En sus plantas acereras de Pittsburg había una amenaza de huelga.

La situación rebasaba las funciones de Archie y George y el consejo empresarial exigía la intervención directa del cabeza de familia. A Albert no le quedó más remedio que poner a su mujer al tanto.

- …por eso debo ir yo, pequeña...- le dijo mientras le ponía un par de rizos rebeldes tras la oreja.

- ¿Y cuando tendrías que irte? – la tristeza se reveló en sus ojos.

- …ya mismo, mañana.

- ¿cuánto tiempo? – indagó preocupada.

- …no lo sé… - dijo acercándose y pasándole los brazos alrededor de su levemente abultado vientre.

- ¿Vas a ir sólo? – preguntó Candy echando la cabeza a un lado para darle más espacio al tierno beso que él le depositaba en el cuello.

- No, George me acompañará.

-¿Y si voy contigo?- preguntó Candy suplicante, al tiempo que se daba la vuelta.

Albert abrió la boca y estuvo a punto de contestarle con una barbaridad, pero mantuvo el control suficiente para pensar en una salida racional.

Preguntémosle al médico, si dice que puedes… llevaremos a Dorothy. Y si sugiere que no… vas a quedarte… aunque no queramos.

Dos días después, Candy, Dorothy, Albert y George partían al amanecer. Ya en su destino Albert y George se entrevistaron con el encargado de las industrias que presentaban problemas.

Candy suplicó porque la dejara ir de compras en su ausencia. Albert aceptó renuente, no sin antes recitarle todas las precauciones posibles. Ya en las calles de la ciudad Candy caminaba distraída, maravillada ante las mil y un cosas que exhibían los aparadores.

Dorothy la seguía de cerca, de muy cerca, sosteniendo las bolsas de lo que habían comprado hasta entonces: ropa para el bebé, algún juguete y pañuelos flamencos que Candy no pudo evitar comprar para Albert.

Te voy a suplicar que no te despegues un segundo de ella.

Le había dicho por lo bajo el señor William antes de salir y Dorothy obedecía diligentemente. Candy caminaba delante, iba a doblar la esquina y justo en ese momento algo llamó su atención en un aparador de la acera contraria.

Quiso observar aquello sin dejar de caminar y chocó de frente con un hombre que avanzaba por la esquina en el sentido contrario. Sólo atinó a llevarse una mano a su vientre e intentó detenerse de una vidriera con la otra.

Dorothy gritó horrorizada y arrojó al aire las bolsas corriendo en pos de su señora, aunque no hubiera podido llegar a detenerla. Afortunadamente, en un esfuerzo extraordinario por no caer también, el hombre logró sostener a Candy, evitando que fuera a dar al suelo y la ayudó a incorporarse completamente.

Gra… gracias… - dijo ella aún aturdida…

Disculpe mi torpeza, señora. ¿se encuentra bien? – dijo una voz tras una bufanda y una gorra que impedía apreciar el rostro.

Esas manos, esa voz… - pensó Candy- ¡¿Terry?- el hombre levantó la vista asombrado - ¡Terry! – gritó Candy sonriendo y sin poder dejar de verlo.

¡Candy! –

Terry también la miraba de arriba abajo asombrad:, era ella pero no era ella. Era Candy, pero ya no era la Candy que él recordaba, ya no era la Candy de la que se había despedido en las escaleras del Hospital San José de New York. No era la Candy llorosa que entre el estupor del alcohol, vio en aquel teatrucho de Rockstown.

Esta Candy había cumplido la promesa de ser feliz. Se le veía en el rostro, su sonrisa era más amplia que nunca, sus ojos más luminosos de lo que recordaba, el pálido sol se reflejaba en sus cabellos y con ayuda del viento doraba aún más aquellos largos rizos que tanto anhelara ver de nuevo.

- ¿Qué haces aquí? – preguntó.

Dorothy también estaba asombrada, después del tremendo susto por el que había pasado. Pero respiró aliviada y regresó a recoger los paquetes, ayudada por otras personas. Cuando terminó se quedó a prudente distancia.

Estoy haciendo compras… con Dorothy – Terry saludó con una inclinación de cabeza que la chica contestó con una ligera reverencia - Albert… está de negocios y yo… vine a acompañarlo – dijo Candy un poco apenada.

No había vuelto a hablar con aquel hombre desde la triste noche nevada en que se separó de él definitivamente, hacía ya tanto tiempo. Ahora ella era feliz, le hubiera gustado abrazarlo, después de todo, siempre sería su amigo. Pero sólo se quedaron viendo.

¿Albert está aquí?

Si, bueno… está en nuestro hotel... Me encontraré con él para comer a las tres. ¿Y tú qué haces en Pittsburg?

Nada interesante… -Terry vio su reloj, era la una -¿Me dejas invitarte un bocadillo?

Candy lo miró, podrían hablar, pero ¿para qué? Con la mirada consultó a Dorothy, que sólo sonrió. Terry notó que dudaba.

Sólo para hablar con más calma Candy, para saber cómo has estado… y la tímida y el elegante…

Si… claro, Terry… a mi también me gustaría saber como han estado ustedes.

Vamos… conocí un buen lugar por aquí…

Antes de seguirlo, Candy se detuvo a pedirle a Dorothy que se adelantara al hotel con las cosas que habían comprado. Pero ella estaba decidida a cumplir las disposiciones del señor William.

No te preocupes Dorothy, llegaré a la hora convenida.

Pero… señora… ¿qué le digo al señor si lo veo antes?

Dile que… ¡que le tengo una sorpresa! – A Albert también le daría gusto saber de Terry, Candy estaba segura.

No muy convencida Dorothy obedeció, Candy y Terry caminaron unas cuadras hasta un pequeño café muy acogedor, tenía toldos y mesas en el exterior y ahí se sentaron. Ella sólo pidió un té caliente y retomó la pregunta de su estancia en la ciudad.

Pues…estamos de gira,… por hoy hicimos un descanso en los ensayos– contestó el actor.

Candy preguntó por Susana, Terry contestó que estaba en casa, con su madre, que estaba bien, su salud era frágil, pero sus ánimos eran muchos. Qué tenían diferencias, pero en general estaban bien. Candy preguntó si era feliz y él lo pensó mucho antes de contestar.

Estoy cumpliendo con mi parte, Candy.

Y luego la conversación recayó sobre Albert, sus múltiples sorpresas. Terry la miraba hablar. No cabía duda, se amaban. Pero quiso sacarse una inquietud que lo atormentaba, desde el día que todos los periódicos del país informaron con bombo y platillo la boda del cabeza de los Andrew.

La fotografía de la primera plana de sociales se quedó grabada en su memoria. Bastaba con pensar en ella para que se desplegara ante sus ojos: el velo, la tiara, el peinado, las flores del ramo, la flor en la solapa de Albert, sus radiantes sonrisas. Cada detalle lo tenía grabado y tenía grabado también el doloroso sentimiento con el que deseó buena suerte a sus amigos, con el pensamiento y a través de la distancia.

¿Lo amas? –

El tono de Terry era inquisitivo, su mirada fría y penetrante, aún así Candy advirtió un rastro de dolor en su pregunta.

Si, Terry.

¿Cómo a mí?

Lo último que Candy deseaba era lastimarlo, intentó una respuesta vaga.

Terry… de nada sirve atormentarse, el pasado…

¡Sólo contéstame, Candy! Te aseguro que sobreviviré.

Candy tomó aire, tuvo que bajar los ojos, porque intentó sostenerle la mirada, pero no pudo.

No, Terry… yo de verdad, de verdad te quise mucho y lloré mucho por tí… pero… Lo que siento por Albert,… lo que él me hace sentir,… lo que significa para mí… nunca lo había sentido antes… por nadie…Perdóname, Terry…

Faltaba más, Candy, no te preocupes. Sólo dime, por favor, ¿cuando empezó,… cuando fue que… me olvidaste?

Yo no te he olvidado, siempre te recuerdo… como un buen amigo, te llevo siempre en mi corazón…

Me refiero a ¿Cuando dejaste de quererme?,… ¿cuando te enamoraste de… Albert?

Son dos preguntas distintas, Terry… No sé cuando dejé de quererte, sólo sé que un día mi corazón estaba sanado y tiempo después completamente ocupado por Albert. Pero estoy segura que me enamoré de él la primera vez que lo vi, ni siquiera sabía quien era. Yo era sólo una niña, él un adolescente…mucho antes de conocerte a ti… o a Anthony… pero nunca lo olvidé… Aunque fue mucho después cuando supe que era él.

Yo… recibí una carta… y una invitación para tu boda… - Fue un alivio para Candy que Terry cambiara de tema, al menos aparentemente.

Si, Albert me contó…

Quise ir, de verdad que quise ir… por Albert… y por ti. Hice los arreglos necesarios pero finalmente no pude… no pude hacerlo. – Terry apretaba los puños.

Te entiendo, Terry,… Albert y yo lo entendimos…

El tiempo pasó muy rápido, Candy tuvo que despedirse apresuradamente y en cuanto llegó al hotel y Albert tuvo un momento libre le contó todo. No había nadie en el mundo en quien confiara más así que no tenía porqué ocultarle nada. Sin mayor dilación, Albert ordenó a George hacer espacio para poder cenar fuera con su esposa la noche siguiente e hizo enviar, con toda formalidad, la invitación a Terry.

Terry, como buen inglés, se propuso llegar un poco antes. Los Andrew entraron cuando él ya estaba colocado y al ocupar la mesa, Albert ayudó a Candy a quitarse el grueso abrigo.

Entonces Terry entendió todo: Entendió porqué le había parecido tan igual y a la vez tan distinta, porqué le parecía tan linda como siempre y al mismo tiempo más hermosa que nunca, porque su felicidad se irradiaba como un aura que la envolvía a ella y a lo que se encontraba a su paso: sus ojos descubrieron la aún discreta, pero evidente, curva de su vientre que se adivinaba bajo la tela del vestido.

Y entonces lo invadió una gran nostalgia y una enorme tristeza. Si, Candy lo había amado, pero de eso no quedaba más que el recuerdo.

Es su primer hijo, ¿verdad?

Si, Terry, será nuestro primer hijo. – Dijo Albert tomando la mano de Candy entre la suyas y dirigiéndole una dulce sonrisa.

La cena transcurrió entre anécdotas y bromas, mientras el corazón de los tres se tranquilizaba, viviendo esa despedida que en su momento no tuvieron, era una cita retrasada, pero afortunadamente los tres habían logrado llegar al fin.

Eran los últimos en el establecimiento cuando el camarero salió a conseguirles un coche, antes de abordarlo Albert se retiró un poco, para dejar que Candy y Terry se despidieran.

Cuídate mucho, Terry.

Tú también, Candy. Serás una madre excelente y muy hermosa…

Gracias. No dejes de visitarnos si pasas alguna vez por Chicago y dale mis saludos a Susana.

Terry asintió, al tiempo que extendió la mano, pero Candy no solo se la tomó, sino que le dio un sincero abrazo que el actor correspondió en la misma medida. Tras un breve momento la joven mujer se dispuso a subir al coche ayudada por Albert. Entonces fue el turno de ambos caballeros de despedirse.

Cuídala mucho, por favor.

No tienes ni que pedirlo.

Prométemelo, Albert. – había algo de súplica en esa petición - Que siempre estará antes que tu familia…

Ella es mi familia, Terry – declaró con firmeza - Ellos son mi familia…

…antes que tu fortuna…

Ellos son mi única fortuna… - sentenció.

Por la ventanilla trasera del coche, Candy vio a los viejos grandes amigos estrecharse las manos y darse un abrazo. Dijo adiós con la mano a Terry mientras Albert abordaba.

El coche se alejó, haciéndolos perder de vista al actor, que se quedó parado en medio de la calle agitando la mano. Candy se acurrucó en el pecho de Albert, que la abrazó con firmeza y ternura, como aquella otra vez en que se había despedido de ese joven.

Pero esta vez Candy no se estremecía ni lloraba. Sólo correspondía con fuerza al abrazo y sonreía dulcemente con sus ojos cerrados.

FIN.