Esta historia no me pertenece. Es una adaptación de la novela escrita por Kristin Gabriel, ni tampoco me pertenecen los personajes de Crepúsculo.
Bella Swan hizo una mueca al abrir la puerta del apartamento y oír el chirrido de los goznes. Entró y cerró con llave, que se guardó mientras debatía si encender o no la luz. No quería hacer nada que alertara a Edward de su presencia.
Por lo menos hasta que estuviera prepa rada.
La luz de la luna llena entraba por el ventanal y alumbraba el camino hasta la sala de estar. Un siseo rompió el silencio y Bella se llevó una mano al pecho. Pero era sólo Horatio, el siamés de su novio. Se agachóa acariciarlo con el corazón desbo cado todavía. Su reacción había sido más nerviosa que de miedo, aunque era la pri mera vez en su vida que hacía algo así.
El gato, que pareció captar su ansiedad, se apartó de ella y se metió debajo del sofá. Bella se incorporó y sacó del bolso la lista que había hecho en el vuelo desde Tempe. Las listas siempre la hacían sentir se en control y empezó a calmarse en cuanto tachó la primera línea.
1 Ir al apartamento de Edward.
Le había dado la llave una semana atrás, pero no había reunido valor para usarla hasta esa noche. En el largo recorrido des de el aeropuerto de Denver, la habían asal tado las dudas, pero había introducido una de sus cintas de motivación en el walkman y estaba preparada para la acción. O casi. Miró la segunda línea de la lista.
2. Desnudarse.
Se desató el pañuelo de seda que lleva ba al cuello con dedos temblorosos y lo dejó caer hacia la bolsa que transportaba en la mano. La tela vaporosa atrajo a Horatio, que saltó de debajo del sofá y se lanzó sobre ella.
Bella intentó quitársela, pero el animal clavó las uñas en el pañuelo y ella adivinó que era una causa perdida. Hizo caso omi so del gato y de su nuevo juguete y se quitó los zapatos, los pantalones y la blusa. Lo guardó todo bien doblado en la bolsa, sacó un camisón rojo y lo sostuvo ante sí.
La tela transparente y el diseño atrevido dejaban poco lugar a la imaginación, pero la vendedora de la boutique de Tempe donde lo había comprado le había asegu rado que a cualquier hombre le parecería irresistible.
Aunque quizá fuera mejor no llevar nada.
Descartó esa idea en cuanto se le pasó por la cabeza. Su cuerpo no era perfecto, tenía un pecho corriente y unas caderas anchas. Ésa era una de las razones por las que quería sorprender a Edward en la oscu ridad. El camisón no la cubriría mucho, pero sería mejor que nada.
Después de quitarse el sujetador de al godón, se metió el camisón por la cabeza. El borde acariciaba sus muslos y un estre mecimiento recorrió su piel desnuda. Res piró hondo, tomó el bolígrafo y tachó la segunda línea de la lista.
Se había ido de Denver la semana anterior, después de que Edward le dijera que quería que su relación avanzara hasta el nivel siguiente. Bella necesitaba tiempo para pensarlo antes de tomar una decisión final; había aprendido ya que actuar im pulsivamente solía conducir al desastre.
Horatio, aburrido ya con el pañuelo, se subió a un sillón y la observó mirar la tercera línea.
3. Perfume.
La minúscula pero cara botellita de per fume que había comprado en Tempe esta ba en el fondo de la bolsa, envuelta en va rias capas de plástico de burbujas. Según sus investigaciones, ese perfume en parti cular era el más popular del mercado. Bella se puso unas gotas detrás de las orejas y en las muñecas y el aire se impregnó de aroma a jazmín.
El gato estornudó, saltó del sillón y de sapareció en la cocina. Bella confió en que el perfume no le produjera el mismo efec to a Edward.
Llevaban tres meses saliendo, lo cual era casi un récord para ella. La mayoría de los hombres desaparecían en cuanto les dejaba claro que no se acostaría con ellos por el momento. La pasión a menudo volvía irracional a la gente y ella no estaba dispuesta a caer en esa trampa. Una tram pa que había destruido a su familia.
Sacudió la cabeza porque no quería que el pasado interfiriera con el presente. Su decisión de acostarse con Edward estaba ba sada en la lógica y el sentimiento. Le gus taba y parecía poseer las cualidades que ella buscaba en un hombre: estabilidad, sentido común y ética del trabajo. Si ade más resultaban ser compatibles físicamen te, podría empezar a considerar un futuro con él.
Pero lo primero era lo primero. Miró la cuarta línea de la lista.
4. Protección.
Sin duda Edward tendría preservativos, pero ella no quería dejar nada al azar. Ha bía entrado en una farmacia cercana al ae ropuerto y había comparado las distintas marcas durante veinte minutos antes de decidirse por una.
La sacó de la bolsa y vaciló, ya que no sabía si llevar la caja entera con dos doce nas de preservativos al dormitorio. Sacó uno y lo guardó en la cinturilla de su tanga nuevo de encaje rojo.
Sólo quedaba por hacer una cosa. Respiró hondo. Ahora que había llegado el momento, la asaltaban más dudas todavía. ¿Y si a Edward no le gustaban las sorpresas? ¿Y si no estaba de humor romántico? ¿Y si ella no le daba placer? ¿O no se lo daba él a ella?
Eran muchas las variables que no podía controlar, pero la única alternativa era reti rarse y eso lo había hecho ya muchas ve ces en el pasado. A sus veintisiete años, es taba preparada para aceptar algo en su vida aparte de su profesión. Había trabaja do mucho para pagarse la universidad y se había graduado con honores antes de ha cer un master en Bibliotecas. Ahora quería dedicar el mismo empeño a su vida perso nal.
Enderezó los hombros y avanzó hacia el dormitorio sin que sus pies descalzos hi cieran el menor ruido en la alfombra. Cuando abrió la puerta, la luz de la luna penetró un poco desde la sala en la oscuri dad de más allá, dejándole ver la forma del cuerpo de su novio en la cama.
Bella cerró la puerta con la boca seca. La oscuridad aterciopelada que llenaba la ha bitación la tranquilizó un poco. Soltó el pi caporte y avanzó a ciegas en dirección a la cama, guiada por el sonido de la respira ción suave y somnolienta de Edward.
Cuando sus pies chocaron con la cama, supo que había llegado a su destino. De sus labios escapó un gemido suave, segui do del sonido de Edward moviéndose en la cama. Se quedó inmóvil, confiando en ser tan invisible para él como lo era él para ella.
Porque algo le decía que, si se desperta ba y encendía la luz antes de que estuviera preparada, no podría seguir adelante con el último y más importante propósito de la lista.
5. SeduciraEdward.
Edward Cullen soñaba con la India y el aroma a jazmín impregnaba el aire mien tras bajaba en canoa por el río Alaknanda. Los majestuosos Himalayas se elevaban hacia el cielo azul cobalto y él se deslizaba por el agua mientras un aliento suave de mujer le acariciaba la mejilla.
La canoa se tambaleó y él se despertó lo suficiente como para darse cuenta de que no estaba en un río sino en su cama. El colchón se hundía con el peso de un cuerpo que se movía a su lado. Mantuvo los ojos cerrados, con ganas de perderse de nuevo en el sueño.
Hacía mucho tiempo que no iba a la In dia. Su calidoscopio de culturas, gentes y paisajes lo atraía mucho. Igual que lo atraía ahora la chica del sueño al rozarlo con una suave caricia.
Sólo que no era un sueño.
Edward abrió los ojos y unos dedos esbel tos le acariciaron el hombro y bajaron por el brazo. En la habitación reinaba una os curidad completa. Se volvió hacia la mujer que había al lado y el cuerpo femenino rozó el suyo. Ella dio un respingo y Edward se excitó en el acto al sentir sus curvas y la suavidad cremosa de su piel.
La oyó tragar saliva.
—Sorpresa, Edward —susurró.
Y, desde luego, era una sorpresa. Y en más de un sentido. ¿Quién era ella? No re cordaba haber vuelto a casa con una mu jer. Había hablado con varias en el bar, pero no recordaba sus nombres; de hecho, recordaba poca cosa aparte de la evidencia de que había bebido mucho.
Pero ahora estaba sobrio, con la mente y el cuerpo bien despiertos. Abrió la boca
Para preguntarle su nombre, pero ella lo besó en los labios y se colocó encima de él. Sus pechos le apretaban el torso, con sólo una fina capa de tela sedosa entre ambos. La sensación de la seda y la piel feme nina en su cuerpo alejó todo lo demás de su mente.
Su beso sabía dulce, inocente y leve mente desesperado, su boca se movía con torpeza en los labios de él. Edward le acari ció con gentileza las mejillas y rozó con los pulgares las comisuras de los labios de ella hasta que la sintió relajarse encima. Pro fundizó entonces el beso y aventuró la len gua al interior de la boca de ella.
En ese momento, supo que no había besado nunca a aquella mujer, porque, de haberlo hecho, recordaría su nombre. Pero el deseo superaba a la curiosidad y lo im pulsaba a actuar y dejar las preguntas para más tarde. Privado del sentido de la vista, los demás sentidos no tenían más remedio que agudizarse. La acarició, la besó, inhaló su aroma, una mezcla ele jazmín y mujer excitada, que encontró aún más embriaga dor que el alcohol.
La colocó de espaldas con gentileza, be sándola todavía, con intención de explorar
Sin prisa aquel territorio desconocido. La besó en la boca mientras acariciaba su cuerpo exuberante y frotaba los pezones a través de la delgada tela del camisón, hasta que empezó a oír gemidos profundos salir de su boca.
Ella se abrazó a su cuello, se puso de lado, besándolo todavía, y colocó los de dos en su mandíbula sin afeitar. Bajó des pués suavemente las manos para explorar su torso. Sus dedos bailaban por la piel de él con una caricia suave que lo volvía loco. Siguieron bajando por las costillas y el vientre y se detuvieron en la cinturilla elástica del calzoncillo, sin llegar a tocar la par te que él más deseaba que tocaran.
Edward colocó las manos en el trasero de ella y la apretó contra sí, disfrutando de la frotación del cuerpo femenino con tra su pene erecto. No sabía su nombre, pero en ese momento la deseaba más de lo que recordaba haber deseado nunca a ninguna mujer. La necesitaba inmediata mente.
Deslizó las manos debajo del camisón para jugar con su tanga, que rompió sin mucho esfuerzo.
—Espera... —ella dio un respingo y buscó con las manos la tanga rota en el colchón.
Edward lanzó un gemido y rezó para que no hubiera cambiado de idea. O peor, para que aquello no fuera un sueño y ella se desvaneciera de pronto en la niebla.
Notó que ella le ponía algo en la mano.
—He traído esto —susurró.
Él respiró aliviado al sentir la forma fa miliar del paquete metálico. Sonrió en la oscuridad. La chica de su sueño había ido preparada.
Se quitó los calzoncillos y se sentó en el borde de la cama. Cuando abrió el paque te, notó que ella se ponía tensa. Se volvió y le besó con ternura la boca y la garganta. Ella respiró suavemente en su oreja y se fue relajando a medida que los labios de él bajaban por su cuerpo. Gimió, se apoyó en la almohada y le introdujo los dedos en el pelo.
Los labios de él bajaron por su cuello hasta la parte de arriba del camisón, donde acariciaron un pezón a través de la tela. Cuando el pezón se puso duro, levantó la cabeza lo suficiente para quitarle el cami són y se inclinó de nuevo para meterse el otro pezón en la boca.
—Por favor —imploró ella, arqueando el cuerpo debajo de él.
—Hum —murmuró él, que compartía su ansia, pero estaba dispuesto a ir con calma. Quería disfrutar de sus gemidos de deseo y sus súplicas, del sabor único de sus besos calientes. Y lo que más deseaba era verla cuando llegara al clímax en sus brazos.
Se movió para encender la luz de la me silla, pero ella se puso encima antes de que pudiera hacerlo. Se sentó a horcajadas en sus caderas y su pelo le rozó el pecho cuando se inclinó para besarle primero la boca y luego la barbilla antes de pasarle la lengua por el pezón. Le agarró las muñe cas con las manos y le subió los brazos por encima de la cabeza.
Edward se esforzó por entregarle el con trol y dejarle marcar el ritmo. Estaba dis puesto a hacer lo que fuera con tal de que ella no dejara de tocarlo. No sabía si se de bía al hecho de hacer el amor en la oscuri dad con una mujer anónima o a la mujer en sí, pero estaba muy excitado.
Ella lo llevó hasta el límite con las ma nos y la boca, le inflamó todo el cuerpo hasta que él ya no pudo soportarlo más. Le agarró las caderas, la colocó encima de él y la penetró con un movimiento fuerte. Emitió un gruñido de satisfacción.
—Sí —suspiró ella.
Él cerró los ojos, casi mareado de de seo. No podía recordar el nombre de ella ni la última vez que se había sentido así, ni si se había sentido así alguna vez. Luego ella empezó a moverse encima y ya no pudo recordar ni su propio nombre.
La chica de su sueño se convirtió en una mujer salvaje, que se movía con un aban dono que ponía en peligro el control de él. Se adaptó a su ritmo primitivo y ambos se precipitaron juntos hacia el abismo, impo tentes para detenerse o para frenar.
— ¡Edward! —gritó ella, agarrándose a sus hombros.
Estaba a punto. Él le abrazó las caderas y se hundió todavía más dentro de ella. Ella echó atrás la cabeza y volvió a gritar su nombre. Él la siguió y se lanzó con ella a una caída libre al abismo con un grito ronco de satisfacción.
Cuando volvió a ser él mismo, la encon tró acurrucada contra su pecho. La abrazóy ninguno de los dos dijo nada. En aquel momento, él tuvo la sensación de que sus almas estaban tan unidas como sus cuer pos.
Una reacción ridícula, ya que no recor daba su nombre. Pensó que por la mañana recuperaría el sentido común y cerró los ojos.
Por el momento, prefería disfrutar del sueño.
Bella se despertó sonriente.
Estaba en los brazos de Edward, con la espalda apoyada en su pecho; la barbilla de él descansaba en su cabeza. La luz del sol penetraba, apagada, por entre las corti nas, y lanzaba sombras doradas sobre la cama. La sonrisa de ella se hizo más am plia y apretó su cuerpo desnudo contra el de él. La noche anterior había,sido más maravillosa de lo que imaginara. Edward era un amante perfecto. Tierno. Entregado. Sensacional.
Se ruborizó al recordar las cosas que ha bían hecho. Se había tomado tiempo para excitarla de un modo que no habría creído posible. Y ella nunca se había mostrado tan atrevida con un hombre; nunca se ha bía entregado así. Pero al menos ya sabía
Lo que quería saber: eran compatibles en la cama.
Su noche juntos la había hecho sentirse más cerca de él que nunca antes. Tan cerca como para contárselo todo sobre su vida, para compartir con él su secreto más doloroso. ¿Pero cómo buscar las palabras adecuadas?
Yo envié a mi padre a la cárcel.
Lo último que quería hacer era llevar el pasado a aquella relación. Pero Edward me recía saber la verdad. Que su madre había dejado a su marido por otro hombre y se había llevado a Bella, de doce años, con ella. Que su padre, Charlie Swan, se había vuelto loco al perderlas y había hecho algo terrible, algo que Bella todavía no com prendía del todo.
Charlie Swan había recogido a su hija para pa sar el fin de semana con ella poco después del divorcio y le había pedido que lo acompañara en una gran aventura. Ella ha bía aceptado, dispuesta a hacer lo que fue ra con tal de volver a ver sonreír a su pa dre. Y sin darse cuenta de que su madre se pondría histérica cuando ella no volviera a la hora acordada. Sin saber que una niña no podía arreglar un corazón roto.
Pasaron un mes y medio viajando de un estado a otro, sin permanecer nunca mu cho tiempo en el mismo sitio. Su padre se guía llamando a aquello una gran aventura, pero Bella echaba de menos a su madre, cosa que no podía decirle a su padre sin hacerle llorar.
Bella había llegado a creer que su padre la necesitaba más que su madre, pero no pudo evitar llamar a casa una noche, sólo para volver a oír la voz de su madre y para decirle que se encontraba bien.
Las autoridades localizaron la llamada y los detuvieron en Missouri. Los llevaron de vuelta a Colorado, donde su padre fue condenado a un año de cárcel por secues tro. Su gran aventura se había convertido en un gran desastre.
Bella cerró los ojos y suspiró, sabedora de que no podía seguir esquivando las preguntas de su novio sobre su familia. Cuanto antes le dijera la verdad, antes po drían seguir adelante con sus vidas. Esa noche habían comprobado que estaban hechos el uno para el otro, había visto que podía confiar en él.
Edward se movió a su lado y Bella sintió una sensación rara en el vientre al pensar en hacer de nuevo el amor con él. Lo esta ba deseando y, a juzgar por el bulto que se apretaba contra sus nalgas, él también.
Se volvió a besarlo... y se encontró con la cara de un desconocido.
Lanzó un grito de horror y saltó de la cama, arrastrando consigo la sábana de raso negro. La apretó contra su pecho con el corazón desbocado en el pecho.
— ¿Quién eres tú?
El hombre enarcó las cejas y se incorpo ró sobre un codo.
—Yo iba a preguntarte lo mismo.
No parecía importarle estar desnudo. Flexionó los músculos de los hombros y ella no pudo evitar notar las marcas del bronceado en la cintura y los muslos ni su impresionante erección. Levantó la vista con la cara roja.
Aquello no podía estar pasando. Lo ha bía planeado todo con cuidado. Pero algo había salido mal. Ese hombre no era Edward. Su prometido tenía pelo rubio y ojos azul claro y ese hombre era oscuro por todas partes, con pelo espeso moreno y ojos marrones que parecían atravesar la sábana con la que se tapaba ella.
Ciertas zonas de su cuerpo le recordaron lo que ese hombre le había hecho la noche anterior, lo que habían hecho los dos juntos. Lo miró a los ojos y supo que él pensaba en lo mismo. Tragó saliva y se retiró más todavía de la cama, hasta que su espalda chocó con la pared.
— ¿Ocurre algo? —preguntó él, con el ceño fruncido.
Ella respiró hondo.
—Ha habido un error terrible.
Él parpadeó, se sentó en la cama, se volvió de espaldas y se agachó para levan tar su calzoncillo azul marino del suelo.
—Es un poco tarde para arrepentimien tos, ¿no te parece?
¿Arrepentimientos? Él no podía saber hasta qué punto se arrepentía de lo ocurri do. ¿Cómo se lo iba a explicar a su novio? No la creería. Sobre todo porque los dos hombres eran físicamente muy diferentes.
La oscuridad le había impedido ver esas diferencias la noche anterior, pero debería haber sido capaz de palparlas. Ese hombre tenía el pecho y los hombros más amplios y el vientre muy musculoso. En su defen sa, podía decir que nunca había visto a su novio sin ropa y que no esperaba encon trarse a otro hombre en su cama.
— ¿Te importa decirme qué haces aquí?
— preguntó.
Él la miró como si estuviera loca.
—Vivo aquí.
—Aquí vive Edward Cullen —replicó ella. Reconocía los muebles de madera de roble del dormitorio, el arte africano que colgaba de las paredes y la alfombra persa de colores colocada encima de la moqueta beige.
—Yo soy Edward Cullen —él la miró a los ojos—. ¿No recuerdas que anoche me llamabas por mi nombre?
Ella no estaba de humor para recordar.
—Tú no eres Edward. Yo conozco a mi novio.
Él frunció el ceño, se puso los calzonci llos y se levantó. Era por lo menos diez centímetros más alto que su novio y pesa ría unos quince kilos más. ¿Cómo podía haber dejado que ocurriera aquello? Edward jamás la creería.
—Mira —dijo él—. No sé cuál es tu pro blema, pero yo soy Edward Cullen. Este es mi apartamento. Mi cama.
—Eso es imposible.
— ¿Quieres ver algún carnet? —pregun tó él. Se acercó a la cómoda, tomó su cartera y sacó el carnet de conducir y el pasa porte.
Allí estaban su nombre y su foto. Bella se preguntó si todo aquello sería una pesa dilla. Se volvió y salió a la sala de estar, donde sacó el pantalón y la blusa de la bolsa.
Él la siguió.
—Ahora dime quién eres tú y cómo en traste en mi apartamento.
Bella se tapó con la sábana hasta la bar billa y se vistió con rapidez. No tenía in tención de darle a aquel desconocido ni su nombre si ninguna otra información. Ya conocía demasiadas cosas de ella.
—Hay algo que no encaja —dijo, más para sí misma que para él—. Yo conozco este apartamento, conozco a Horatio, co nozco a Edward Cullen. Y no eres tú.
—Puedes llamar a mi madre si quieres —dijo él—. Te dirá que ése ha sido mi nombre desde el día en que nací hace treinta años. También te dirá que he pasa do cuatro meses haciendo fotos por Sudamérica. Regresé ayer.
Tenía que ser mentira. ¿Le habría,hecho algo a Edward? Terminó de vestirse y dejó caer la sábana al suelo. La blusa estaba mal abrochada, pero se hallaba demasia do alterada como para preocuparse por eso.
El hombre se acercó a ella.
—Creo que deberíamos empezar de cero.
Bella miró el bulto en sus calzoncillos. ¿A qué se refería exactamente con eso? No pensaba quedarse lo suficiente para descu brirlo. Tomó la bolsa y corrió hacia la puerta.
— ¡Eh, espera un momento! —dijo él.
Ella oyó sus pasos y estuvo a punto de tropezar con el gato, pero llegó a la puerta antes que él, la cerró de golpe y corrió al ascensor, situado en el extremo del largo pasillo.
Por suerte, las puertas del ascensor se abrieron en cuanto apretó el botón. Entró deprisa y se volvió a tiempo de verlo salir al pasillo vacío. Iba todavía en calzoncillos y su cara mostraba una expresión confun dida.
Pero la confundida era ella. Él afirmaba ser Edward Cullen. Y eso no tenía sentido.
Apretó varios botones en el panel del ascensor, sin importarle dónde terminara siempre que él no la siguiera. Quería alejarse lo más posible de aquel hombre y ol vidar lo ocurrido esa noche.
Pero cuando se cruzaron sus miradas en el último instante antes de que se cerrara el ascensor, intuyó que no sería fácil olvi darlo.
En consecuencia, tendría que confor marse con no volver a verlo jamás.
Espero que les gusta y tambien espero sus comentarios :)
FS-Twilight.
