Esta historia no me pertenece. Es una adaptación de la novela escrita por Kristin Gabriel, ni tampoco me pertenecen los personajes de Crepúsculo.

Edward seguía mirando las puertas del as censor mucho después de que se hubieran cerrado. La chica de sus sueños se había ido. Y peor aún, debía de estar loca. También, en cuanto la había visto a la luz del día, se había dado cuenta de que no la conocía de antes.

Edward jamás olvidaba una cara. Y la de ella era única, con ojos verdes y pómulos altos y bien definidos. Él no la habría des crito como guapa, aunque sus labios llenos y la nariz pequeña añadían una dimensión interesante a una cara que despertaba su interés como fotógrafo.

Su modo de seducirlo la noche anterior despertaba su interés como hombre. Le hu biera gustado hacer de nuevo el amor con ella por la mañana, pero el miedo que ha bía visto en sus ojos verdes lo había conte nido. A pesar de su gusto por lo peligroso, Edward no perseguía a mujeres contra su vo luntad. Ni aunque estuvieran locas.

Volvió a entrar en su apartamento con un suspiro de decepción y un dolor de ca beza causado por las cervezas bebidas la noche anterior. Horatio lo esperaba al lado de la puerta moviendo la cola con impa ciencia.

—Podrías haberme avisado —murmuró Edward.

Sin embargo, a pesar de sus palabras, no lamentaba lo ocurrido con su misterio sa dama. Ella le había tocado el alma ade más del cuerpo, algo de lo que ninguna otra mujer podía presumir. Algo que él no había creído posible.

Abrió el armario para buscar comida de gato y se quedó inmóvil. Los estantes esta ban llenos de comida. Latas de sopa y ver duras, cajas de cereales, chocolatinas y bolsas de pasta. Y él había dejado los ar marios vacíos cuatro meses atrás.

— ¿Qué narices pasa aquí?

Horatio contestó con un maullido y se acercó a su tazón vacío. Edward lo llenó y de volvió la bolsa al armario mientras le cruza ban un montón de preguntas por la mente. ¿Cómo había entrado la chica de sus sueños en su apartamento? ¿Cómo sabía el nombre del gato? ¿Y cómo sabía su nombre?

Diez minutos después, estaba vestido y dispuesto a buscar respuestas. Llamó a la puerta del apartamento de enfrente del suyo con la esperanza de que la señora Clearwater fuera una mujer madrugadora. La mujer, mayor, se había ofrecido a cuidar de Horatio mientras Edward estaba fuera y éste, antes de marcharse, había hecho aco pio de comida de gato y arena para la ban deja y le había dejado una llave de su apartamento a la mujer.

Quizá ella pudiera explicarle cómo ha bía llegado tanta comida a su cocina. Y cómo había aparecido la mujer misteriosa en su cama.

Un hombre de edad mediana ataviado con una camiseta blanca rota y pantalón corto abrió la puerta. En la televisión se Veía un concurso y un olor a carne podrida impregnaba la atmósfera.

— ¿Sí? —preguntó el hombre.

—Busco a la señora Clearwater.

—Ya no vive aquí.

— ¿Desde cuándo?

—Desde que se cayó y se rompió la ca dera hace tres meses. Se fue a Florida con su hija y me realquiló a mí su apartamento.

La señora Clearwater había comentado a menudo lo mucho que echaba de menos a su hija; pensó que era una lástima que hu biera tenido que romperse la cadera para pasar tiempo con ella. Pero ahora tenía que pensar en otras cosas.

¿Y quién es usted? —preguntó al hombre.

—Clyde Buckley —repuso el otro con impaciencia. Inclinó la cabeza para inten tar ver el concurso de la tele.

— ¿Y qué hizo la señora Clearwater res pecto a Horatio?

Buckley hizo una mueca.

— ¿Quién narices es Horatio?

Edward señaló detrás de él con el pulgar.

—El gato de enfrente. La señora Clearwater se comprometió a cuidarlo mientras...

—Ah, sí —lo interrumpió Buckley—, eso formaba parte del acuerdo de realqui ler, pero el dueño volvió antes de tiempo.

Y menos mal, porque yo soy alérgico a los gatos.

Edward sintió un escalofrío de aprensión en la columna.

— ¿Qué dueño?

—El dueño del gato, el que vive ahí — repuso Buckey, rascándose la tripa—. Cullen. Recogió la llave y me dio veinte pa vos por las molestias.

Edward no quería creer lo que oía, pero Clyde Buckley parecía incapaz de inventar nada.

— ¿Le pidió que le enseñara algún car net?

— ¿Y por qué iba a hacerlo? Sabía cómo se llamaba el maldito gato. ¿Y se puede saber quién es usted y por qué hace tantas preguntas?

Edward apretó los dientes.

—Soy Edward Cullen. Le dio usted la llave al hombre equivocado.

Buckley sacó la mandíbula.

— ¿Ah, sí? ¿Y por qué no se identifica us ted?

Edward sacó la cartera por segunda vez aquella mañana y mostró el carnet de conducir y el pasaporte.

Clyde Buckley se inclinó para mirar mejor.

—De acuerdo, aquí dice que usted se llama Edward Cullen. Pero no se parece nada a él.

Todavía no eran ni siquiera las ocho y Edward quería ya una copa, pero el dolor de cabeza le hizo desistir.

—Creo que quiere decir que él no se parece nada a mí.

— ¿Eh?

Edward respiró hondo y procuró no per der los estribos. Buckley no tenía la culpa de que un imbécil intentara fastidiarle.

—Dígame qué aspecto tiene.

Su vecino de enfrente miraba de nuevo la televisión.

— ¿Quién?

—Cullen.

Buckley volvió la vista a él.

— ¿Pero no dice que usted es Cullen?

—Y lo soy. Me refiero al hombre que se hizo pasar por mí.

—¡Ah! —Buckley arrugó la frente—. No me acuerdo mucho. Sólo lo vi un par de veces.

—Inténtelo.

—Alrededor de un metro ochenta. Del gado. Necesitaba un corte de pelo.

— ¿Qué más? —Edward quería detalles específicos—. ¿El color de pelo, los ojos? ¿Qué coche conducía? Todo lo que recuer de.

—No sé. Yo no me fijo mucho en la gente.

— ¿Lo ha visto alguna vez con una mu jer?

Buckley se quedó pensativo.

—De vez en cuando llama una chica a su puerta, pero no me pida que la describa porque no vale la pena recordarla.

En ese caso, no podía ser la chica de sus sueños. Edward se maldijo interiormente por haberla dejado marchar. No sería fácil en contrarla en una ciudad con más de dos millones de habitantes y tal vez ella fuera la única que pudiera responder a todas sus preguntas.

—Tengo que dejarlo —dijo Buckley—. Me estoy perdiendo el programa.

Antes de que Edward pudiera decir nada más, le cerró la puerta en las narices. Vol vió a su apartamento con frustración.

Ya no había duda. Alguien se había he cho pasar por él. ¿Pero quién? ¿Y por qué motivo? Registró el apartamento con la es peranza de encontrar alguna pista sobre la identidad del suplantados Comenzó por el dormitorio, donde lo único que encontró que no fuera suyo fue un calcetín negro detrás de las cortinas.

Cuando entró en la sala de estar, miró las estanterías. Dos libros le llamaron la atención. Se acercó y vio que en el lomo tenían pegado un papel de la Biblioteca Pública de Denver. Los libros no los había sacado él.

Eléxitoacualquierprecio—leyó en voz alta el título el primero. Miró el otro—. Cómocambiartuvidaparasiempre.

En el cuarto oscuro encontró más prue bas. Había sido un dormitorio pequeño, que él convirtió en laboratorio de fotogra fía para poder revelar las fotos en casa. Va rios artículos estaban fuera de su sitio y fal taba una de sus cámaras viejas.

Siguió investigando y revisó los cubos de basura del baño y la cocina. Parecía cla ro que alguien había vivido allí reciente mente. Alguien que se había hecho pasar por él.

Entró en su despacho y abrió el archiva dor. Todos los archivos estaban en su sitio, pero eso no quería decir que el impostor no los hubiera examinado. Allí estaba des crita casi toda su vida. Cuentas bancarias y pólizas de seguros, contactos profesiona les, nombres, direcciones y números de te léfono de su familia y amigos de su ciudad natal de Pleasant Valley, en Colorado.

Edward tenía que saber lo que había he cho el impostor con esa información, para lo cual llamaría a Colé Rafferty, buen ami go e investigador privado, con objeto de enterarse de hasta qué punto le había es tropeado la vida ese tipo. Después llamaría a su editor de la revista Adventurery le di ría que tenía que retrasar el viaje a Nueva Zelanda. Porque no pensaba ir a ninguna parte hasta que recuperara su vida.

El lunes por la mañana, Bella entró en la Biblioteca Pública de Denver muy poco antes de que se abriera la puerta al públi co. Siempre puntual y profesional, notó que los demás empleados la miraban mientras corría a su escritorio. Sin duda to dos se llevarían una buena sorpresa si lle garan a descubrir que Isabella Swan había pasado el sábado por la noche en brazos de un desconocido.

Un hecho que ella no pensaba divulgar.

Pero tampoco podía olvidarlo.

Se sentó a su mesa, enderezó la placa con su nombre y el sacapuntas eléctrico y desenroscó el cable del teléfono. Tenía que volver a poner su vida en orden, pero para eso necesitaba respuestas.

Como bibliotecaria estaba habituada a proporcionar información a la gente sobre temas de lo más extraño. Y ahora era ella la que necesitaba información. Datos sobre Edward Cullen que le dijeran por qué había encontrado a un desconocido en la cama de su novio.

Antes de que terminara la mañana había descubierto lo suficiente para abrir una car peta, en la que metió números atrasados de la revista Adventurercon fotos suyas, y pa peles impresos con artículos de periódico que había encontrado en la página web de Pleasant Valley, Colorado, su pueblo natal.

Lo que no había encontrado aún era una foto de él.

Volvió a revisar los artículos del Plea santValleyGazette,un semanario que se centraba en las noticias locales del pueblo y en el que había encontrado varios artícu los sobre las aventuras del héroe del lugar, entre ellas la del rescate arriesgado de un gato siamés en Egipto.

Según el artículo, Edward se había criado en una casa en las afueras de Pleasant Valley y siempre le habían gustado los ani males, por lo que se había llevado al gato a Denver con él. Bella ya sabía todo eso porque se lo había contado Edward.

Pero no le había hablado nunca del hombre al que había encontrado en su cama el sábado por la noche. Y ella seguía sin saber quién era ni lo que había hecho con su Edward.

El día anterior había enviado varios co rreos electrónicos a su novio y lo había llamado un montón de veces al móvil, pero él no contestaba.

O no podía contestar.

Reprimió un escalofrío y se dijo que Edward tenía que estar a salvo. Ella no ha bría podido hacer el amor con un hombre capaz de violencia, ¿verdad? Y menos aún de disfrutar. Lanzó un gemido y enterró el rostro en las manos.

Nunca había tenido aventuras de una noche ni sexo anónimo. Prefería ir sobre seguro tanto en su vida personal como profesional. Y acostarse con un desconoci do era un riesgo que sencillamente no es taba dispuesta a correr.

Pero la noche que había pasado en bra zos del desconocido seguía en su cabezapor mucho que intentara olvidarla. Se ru borizó. ¿Cómo iba a poder explicarle aque lla noche a su novio?

Pero antes tenía que encontrarlo. Bella levantó la vista de la carpeta y vio al desconocido que quería olvidar entrar por la puerta.

Tomó una revista y la colocó abierta de lante de su cara con la esperanza de que él no la hubiera visto. Pero esa esperanza murió cuando oyó pasos que se acercaban a su mesa.

—Disculpe —dijo la voz familiar de él. — ¿Sí? —preguntó ella, detrás de la re vista.

Se dio cuenta demasiado tarde de que era un ejemplar de la revista de él. Su mi rada pasó de una fotografía aérea especta cular del Gran Cañón al pie de la página, donde se decía que Edward Cullen había hecho la foto desde un paracaídas. —Espero que pueda ayudarme. Bella bajó despacio la revista hasta que sólo sus ojos asomaron por encima de ella. — ¿Qué desea? Él dejó dos libros sobre la mesa.

—Esto estaba en mi apartamento y ne cesito saber quién los sacó.

—Quizá le ayuden en el mostrador — repuso ella, aliviada de que no la recono ciera.

Él vaciló y achicó los ojos.

— ¿No nos conocemos?

Ella lo miró, con media cara escondida todavía por la revista.

—No lo creo.

Él la miró a los ojos.

—Eres tú. Eres la chica de mis sueños.

—Difícilmente —bajó la revista y se en frentó al hombre al que habría querido no volver a ver—. Lo siento, pero tiene que pedir ayuda a otra persona.

Él sacó el pañuelo rosa de ella del bolsi llo de la camisa.

—Te dejaste esto en mi casa.

Bella estiró la mano y se lo arrebató, muy consciente de las miradas de algunos de los empleados.

—Por favor, baja la voz. Esto no es mo mento ni lugar para hacer una escena.

— ¿Esto te parece una escena? —sonrió él—. Sólo quiero hablar contigo.

—Aquí no —insistió ella.

— ¿Y dónde si? Tengo todo el día libre.

—Prefiero no hablar de eso en absoluto —le informó ella—. Los dos sabemos que fue un gran error, así que olvidemos lo que pasó.

—Eso no es posible —se inclinó, colocó ambas manos en la mesa y la miró con ojos ardientes—. Un hombre se ha metido en mi vida y me ha suplantado. Yo quiero saber por qué y, te guste o no, tú eres mi única conexión con él.

Estaba tan cerca, que ella podía ver los tonos dorados de sus ojos marrones y la pequeña cicatriz al lado de la comisura de los labios. La misma boca que había pro bado la suya, sus pechos, la piel sensible del interior de sus muslos... Por un mo mento le costó trabajo respirar.

—El Edward Cullen que yo conozco ja más haría algo así.

—Pruébalo.

Ella se levantó dispuesta a pelear. Aquel hombre parecía sacar la pasión que había en ella, una reacción que no le gustaba nada.

—Yo no tengo que probarte nada.

—En ese caso, no me dejas otra opción que ir a la policía.

—La policía —repitió ella, segura de ha ber oído mal.

Él asintió con la cabeza.

—Preferiría no hacerlo, porque querrán saber todos los detalles de lo que sucedió entre nosotros. Que entraste en mi aparta mento en mitad de la noche...

_Tenía llave —protestó ella.

_Que te desnudaste y te metiste en mi cama siguió él, como si no la hubiera oído—. QUe incluso traías un preservati vo...

— ¡Está bien! —gritó ella—. Hablaré contigo. Dime dónde y cuándo.

El hombre miró su reloj.

—Son casi las doce. ¿Por qué no come mos en el Spagli's de Bannock Street? Está cerca de aquí.

Bella no tenía apetito, pero necesitaba acabar con aquello lo antes posible.

—Muy bien. Nos vemos allí.

—Lo estoy deseando —sonrió él.

Bella apretó los puños y lo observó salir. ¿Cómo se atrevía a amenazarla con contar el momento más embarazoso de su vida? Odiaba que tuviera aquel poder sobre ella.

También ella había querido ir a la poli cía cuando él dijo que era Edward Cullen. Y la había detenido la misma razón que acababa de esgrimir él: que no quería verse obligada a contarles la noche que había pasado en sus brazos.

Además, antes quería hablar con su Edward. Tenía que haber una explicación ra zonable para todo aquel lío.

Se sentó en la mesa y respiró hondo va rias veces, consciente de los murmullos de los empleados del mostrador. ¿Cuánto ha bían oído exactamente? Era la primera vez que ella levantaba la voz en el trabajo, ya que presumía de controlarse incluso con el público más irritante.

Y ahora ese hombre que se hacía llamar Edward Cullen le hacía perder el control, no una sino dos veces. La primera el sába do por la noche, cuando se derritió en sus brazos. Y la segunda al amenazarla con sa car a la luz su noche juntos. . Y Bella no quería que hubiera una tercera.


Bueno solo hubo un comentario :( , pero no importa la historiaa no es mia, solo quiero compartir tan bella historia. Solo les comento que si USTEDES quieren vos a escribir un epilogo de la historia cuando esta acabe!, solo si quieren.

Espero que dejen mas comentarios esta vez!