Mansión de Xavier, futura escuela para jóvenes mutantes
- ¡Uau! ¿Esto es tuyo?
- Nop - Charles se giró para sonreír a Sean (Banshee) - es nuestro.
Era simplemente enorme. Grandes ventanales. Grandes parterres de flores. Grandes vistas. Sencillamente increíble. Y, cómo no, Erik hizo uno de sus comentarios que ya empezaban a ser habituales.
- La verdad, Charles, no sé cómo has sobrevivido viviendo en tal penuria.
Ambos cruzaron una mirada y Raven presintió que era hora de intervenir:
- Bueno, fue una penuria atenuada por mí - solo fue un instante, pero valió la pena que Charles la rodeara con el brazo y le besara el pelo. Si no fuera tan condenadamente paternal… - Vamos, os lo enseñaremos.
Siguieron a Raven que se había encaminado en dirección a la casa. Sean podía notar cómo le temblaban las piernas e incluso Alex se sentía indigno de aquel "extraño" honor. Moira no había abierto la boca desde que salieron y Hank la tenía demasiado abierta.
Charles podía percibir la satisfacción que emanaba la sonrisa de Raven cuando subieron las escaleras de la entrada principal.
- Bienvenidos a… - se giró con lentitud, para aumentar la tensión y el nerviosismo, una mano en la cintura y la otra apoyada en la puerta. De repente el león del picaporte abrió sus fauces pillándole dos dedos - ¡ERIK!
- ¿Qué? - el aludido se encogió de hombros. - Estabas tardando demasiado.
Todos rieron y Raven empujó la puerta fastidiada. Charles meneó la cabeza y decidió que luego hablaría con su hermana.
El interior de la casa estaba en penumbra, pero el olor era el mismo. Charles tragó con fuerza y dejó que Raven llevara la voz cantante.
- Os recomiendo que escojáis entre las habitaciones del primer piso, son las más accesibles y además, bueno, a mí me encantan - miró de reojo a Alex por si se le ocurría hacer algún comentario. Respiró tranquila. - Las escaleras llevan a los otros pisos, hacia la derecha están la biblioteca, la sala de música, un despacho la sala de estar grande…
- Un momento - Banshee la miró desconcertado - ¿Es que hay una sala pequeña?
Raven rió:
- Una dice… Hacia la izquierda habitaciones-museo, la sala de la televisión, el comedor, la cocina… En fin, tenéis mucho tiempo para divertiros e investigar. ¿Me equivoco, Charles?
- En absoluto.
- Bueno, chicos, cuando consigáis salir de vuestro estado de idiotez (que espero que no sea permanente) os recomiendo que vayáis escogiendo habitación, a menos que Charles tenga prevista alguna distribución.
Ni Banshee ni Alex esperaron la respuesta de Charles. Se lanzaron a la carrera hacia la escalera mientras se intentaban golpear el uno al otro. Los oyeron correr por el piso de arriba y luego los gritos ("Como ese chico no calle nos destroza los tímpanos" ):
- ¡Era mía! Yo elegí primero.
- A la mierda Banshee, y como no te calles te vas a quedar sin habitación y sin…
- ¡Eh! ¿Qué haces? ¿Pretendes utilizar tus…
Raven se giró hacia Hank:
- Vamos, creo que es hora de poner orden.
Cuando desaparecieron hacia el piso de arriba, Moira y Erik se dejaron conducir a una salita de recepción.
- Hum, supongo que está será la sala naranja, o algo por el estilo, ¿No?
- Casi - Charles sonrió a Moira - la llamamos sala africana, por los trofes y así.
- ¡Ug! - nunca era agradable darse de bruces contra una cabeza de tigre disecada.
- Síp, mi padrastro era un coleccionista empedernido, pero no te preocupes porque él no cazó jamás: los compraba.
...
En una calle cualquiera, un día de la semana cualquiera
- ¡May! Espera ¡May!
La muchacha castaña se giró al oír su nombre. La señora Anderson le hacía señas con la mano indicando que la esperase. May se mordió el labio al comprender las intenciones de la mujer. Su cincuentona y rolliza vecina la había escogido como próximo objetivo de sus quejas y en aquel preciso instante pretendía detener el tráfico de una de las calles más concurridas.
"Ay, Dios, que no la atropellen", aunque el pensamiento que más se ajustaba a la realidad era: "Que no se lleve a nadie por delante".
Era tal la decisión y determinación de la mujer que May tuvo que hacer un esfuerzo para reírse.
Bocinazos e insultos fueron la banda musical que acompañó la llegada triunfal de la señora Anderson.
- May, querida, qué loca es la juventud de hoy en día - dijo mientras se llevaba una mano al pecho, como para asegurarse que su acelerado corazón seguía allí y no había salido disparado y hacía May se sintiera como una vieja.
"¿Juventud? ¿Y yo qué soy?"
- Señora Anderson, de veras que no valía la pena que cruzara la calle para verme, tenía previsto pasarme por la tienda a saludarla esta misma tarde - "perdóname, Señor, por esta mentira".
- May, que amable eres…en fin, tú y yo sabemos que te convenía.
"¿Ah sí? ¿Desde cuando?". A su rolliza vecina pareció molestarle que May no formulara sus pensamientos en voz alta.
- Ya sabes, por eso de la otra noche.
- Lo siento, señora Anderson, me parece que no la estoy entendiendo - intercambió, incómoda, el peso de una pierna a la otra. Sabía demasiado bien a dónde la quería llevar la mujer, pero simplemente no iba a hablar de eso ahora.
La señora Anderson tenía una sonrisa comprensiva en el rostro, aunque sus ojos brillaban de impaciencia y por las ganas que tenía de cotillear.
- Sobre lo que ocurrió la semana pasada, en el pub.
- No sé… - lasensacióndeangustia,elaullidodeJared,eloloracarnequemada,elhumoquesalíadesusmanos.
Ahora fue la señora Anderson la que basculó el peso. La muchacha estaba siendo más lenta de lo que pensaba.
...
Mansión de Xavier
La puerta era de madera oscura y por eso casi no se le notaba el paso de los años. Charles inspiró y agarró el pomo dorado. El frío metal le hizo recordar, por un instante, la velocidad vertiginosa de los acontecimientos de su infancia. Todavía sentía demasiado cercanos el dolor y la indiferencia. Estaba seguro que…
- ¿Estás bien, Charles?
Moira McTaggert había aparecido en el umbral de la antigua habitación de la Sharon Xavier. Charles negó con la cabeza.
- Sólo estaba recordando viejos tiempos.
Moira sonrió. Charles era…¿Cómo decirlo? Realmente especial, no era un hombre como los demás que había conocido. Era un hombre bueno, amable, educado…los muchachos lo apreciaban a pesar de que hacía poco que lo conocían. E incluso Erik, que era bastante desagradable con todos, parecía que sabía valorar los esfuerzos Charles hacía para que todos se sintieran a gusto.
Y aquellos resplandecientes ojos azules…habían hipnotizado a Moira, que rezaba para que Charles no le leyera el pensamiento, a pesar de que probablemente aquello hubiera facilitado las cosas entre ambos. Moira se sintió culpable de aquellos pensamientos mientras tenía a Charles enfrente. Se despidió con una sonrisa y entró en la habitación que le habían asignado mientras Charles se daba la vuelta para enfrentarse a todos los recuerdos amenazantes.
...
En una calle cualquiera, un día cualquiera
- Sí, y la policía dijo que el fuego no había sido provocado por nada. No había ningún elemento combustible cerca ni restos de bomba ni nada de eso… Entre tú y yo querida - y al decir esto se acercó tanto que May pudo sentir su olor corporal mezclado con un perfume fuerte. La voz de la señora Anderson se volvió casi un susurró: - sé lo que eres.
May abrió los ojos con horror, buscando la mirada de la señora Anderson para asegurarse de lo que había dicho. Su vecina sonreía con suficiencia, aquella vez había conseguido causar el efecto deseado, la muchacha estaba asustada.
- Pero no te preocupes, tú secreto está a salvo conmigo - hasta que la joven desapareciera de su vista, entonces tenía previsto contárselo a su amiga Violet. - Vamos, cielo, ¿de veras pensaste que alguien se tragaría tú declaración ante la policía?
- No, yo no… - pero las palabras no iban a acudir a su boca.
- Casi matas al chico de los Hutton. Y supongo que no erais los únicos conocidos que estaban allí aquella noche. Mm, veo que no me equivoco - May había soltado el manillar de la bici y tenía ganas de llorar. La señora Anderson no comprendía que cada palabra que pronunciaba era como un cuchillazo en las entrañas.
-Yo no sabía lo que hacía, yo… - de nuevo le sobrevino aquella sensación. Sintió que la temperatura a su alrededor aumentaba sin para. Ahora ya no veía a la señora Anderson, de repente, todo había adquirido un color rojizo. Gritó al sentir que le ardían las palmas de las manos.
No oyó el grito de la señora Anderson, ni tampoco vio la explosión del banco cercano, ni cómo los semáforos de la calle empezaban a arder…
