Como lo prometí, aquí está el nuevo capítulo. Avísenme si ven faltas de ortografía… Y eso…

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Cinco Años Despues.

Caminé por entre los pasillos de Hogwarts con el libro de transfiguración en las manos, evitando a los de primero y a los de Griffindor como la peste.

Habían pasado ya cinco años desde mi primera vez en el castillo y a estas alturas lo conocía por completo. Cada pequeño resquicio y hasta las rutas de vigilancia de los profesores. Demonios, incluso me sabía de memoria los pasillos escondidos en casa piso de este maldito castillo.

Entré en la biblioteca y saludé a la Señora Pince con una onda de mano a la vez que me senté en la mesa que al pasar lo años había llegado a denominar como mía. Deposité mi ligera mochila en la mesa y la abrí, sacando de ella el libro de pociones y guardando el de transfiguración.

Me dediqué a estudiar los hongos venenosos de América del Norte y sus curas, mientras que hacia una síntesis en un pergamino a mi lado.

Treinta minutos después hice una pausa y observé mi entorno. La bibliotecaria estaba atendiendo a una Ravenclaw en una mesa vecina, y justo al lado de ella, unos mocosos de segundo de Slytherin me miraban con burla.

"¿Cuan bajo había caído mi posición en la casa de las serpientes?" Fue lo que no pude evitar preguntarme al ver a los de segundo año Mirándome así.

A lo largo de mis seis largos años en Hogwarts (AN: Al que no le quedó claro: Alex tiene 16 ahora mismo. Lo siento pero deben entender que yo no iba a escribir los seis malditos años) me había logrado hacer una reputación de niño estudioso, antisocial y cuatro-ojos, pero todo eso era entendible ya que, después de haber pasado once años sirviendo en la mansión McAllister y ser negado de toda información posible, era normal que ahora que tenia libros a total y entera disposición, los leyera como condenado. Mi aspecto también era explicable: tenía un astigmatismo agudo y no podía ver bien. Lo único que había encontrado en la única óptica muggle que había podido visitar habían sido unas gafas horribles de marco grueso y cristal aun más grueso. Además nunca me había interesado usar mis túnicas lujosas en el colegio. Lo que yo no podía explicar válidamente era mi forma de ser tan antisocial. Pero eso en cierta forma no era mi culpa. Los mocosos de mi año eran unos malditos mimados, crecidos en cuna de oro que creían que el mundo era suyo. Ni muerto me acercaba a esos idiotas, capaz que se me pegaba su estupidez. De ahí venia mi yo anti-social.

Pero bueno, después de tantos años en la casa más odiada de Hogwarts habían fortalecido mi carácter, y ahora cualquier persona que me viera se lo pensaría dos veces antes de elegir molestarme.

Cerré de una el libro de "Hongos Mágicos y sus curas" (AN: Soy la única a la que esto le recuerda alguna droga?) y me marché de la biblioteca en dirección a la sala común.

Anduve por los pasillos encantados de Hogwarts mientras me reía para mis interiores de las locas ideas de los fundadores. Todas las mazmorras estaban encantadas de forma que de vez en cuando las paredes se movieran y confundieran a los alumnos.

Era bien conocido que Griffindor tenía un problema parecido, pero con las escaleras. Hufflepuff con las puertas y ventanas, y Ravenclaw con los retratos.

Llegué hasta el retrato de Pierre Bonaccord junto a los magos de Liechtenstein y le susurre "Los Duendes Oscuros". Se dejó ver atrás del cuadro un pasadizo por el cual entré sin demora para después de caminar unos segundos llegar a la sala común de las serpientes. La Luz tenía un efecto medio verdoso y habían sillones bien acolchados cerca de un fuego eterno para evitar cualquier alumno enfermo.

Pasé de largo a las acumulaciones de alumnos de diversos años excitados hablando en voz baja de alguna estupidez adolescente y suspiré internamente al ver un papel llamativamente pegado en el panel de la sala común. Me dejé llevar por mis pies hasta donde estaba el panel y leí con inusitado interés su contenido:

Estimados Alumnos:

He de traer a su atención que el día 10 de noviembre se presentara en Hogwarts una nueva iniciativa; habrá un baile de Disfraces.

El baile será en honor a los estudiantes Muggles…

Separé la vista del papel y me fui a paso lento en dirección a mi habitación. En Slytherin, los mayores de 15 años poseen habitaciones separadas. Para respetar su "intimidad".

Ya encerrado en mis aposentos y tirado sobre mi cama con edredón verde, mi mente empezó a trabajar.

Ya estaba harto de la gente burlándose de mi aspecto y de mi inteligencia. Según lo que había leído sobre costumbres mágicas, un heredero de familia como yo debía ser social y atrayente para poder formar alianzas con otras familias. Un heredero debía de ampliar el nombre de la familia, no bajarlo.

No debía juntarme solo con los dos perritos que se consideraban mis amigos. Debía de ir y juntarme con otras familias influyentes.

Aparte, a lo mejor ahora podía aprovechar la oportunidad y preguntarle a Nick Harrison si podría invitarlo a salir. Sí, todo sería perfecto así.

Pero lo primero era el cambio de look…

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