Aclaraciones:
Naruto es propiedad de Masashi Kishimoto, pero aquí aparecen otros dos personajes al los que nombre Taro y Sora. La historia es una adaptación a SasuSaku, ya que la original esta escrita por Alice Morgan y se titula "Mascara de amor".
En este capitulo la única que narra es Sakura.
Advertencias:
CATEGORÍA: "M".
UA, LENGUAJE ALGO SUBIDITO DE TONO.
Importante:
En el capitulo anterior en el momento que di los avances de esté, escribí que el apellido de casada de Sakura era Hyuga, pero al final me decidí por cambiarlo, ya que no me gusto como quedaba con ese apellido. El apellido que tome prestado será Hateke, pero eso no quiere decir que aparecerá Kakashi.
Sin más que decir los dejo leer…:)
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Capitulo dos:
Sakura escucho con atención la pausada respiración de Sasuke. Estaba profundamente dormido y ella supo que era el momento de marcharse. Se incorporó para darle un brevísimo beso en los labios.
-Gracias, Sasuke, por haber aceptado ser mi compañero de esta noche. El olvido temporario y la satisfacción física fueron como un milagro. Dios me perdone por haberte utilizado de una manera tan vil –susurró con una voz apenas audible en el profundo silencio de la habitación.
Con cuidado de no perturbar el sueño de su fugaz compañero, se desprendió de los poderosos brazos que continuaban abrazándola de manera posesiva. Le cabrío el cuerpo desnudo con la sábana y luego, caminó hacia donde estaba su ropa.
Sakura estaba nerviosa y le temblaban los dedos mientras se apresuraba a ponerse el vestido. Se preparó para salir descalza, con las sandalias en la mano. Pero, sin poder controlar un repentino deseo, se dirigió hacia la cama para mirar por última vez el rostro de Sasuke.
No pudo reprimir las lágrimas que le rodearon por las mejillas al observarlo dormir. Lloraba de pesar, ya que su relación con ese hombre no podría durar jamás. Le dolía tener que conformarse con las devastadoras consecuencias de la ardiente pasión de Sasuke.
El movió los brazos como si la estuviera buscando, y lanzó un breve gemido. Sakura tomó su bolso y salió de la habitación con cautela, temerosa de que Sasuke se despertara y decidiera seguirla. Una vez segura en la intimidad del ascensor, respiró con alivio. El elevador se detuvo y las puertas se abrieron para dar paso al constante murmullo del casino. Sakura atravesó el vestíbulo con la cabeza orgullosamente erguida, tratando de desalojar de su mente el comportamiento irracional de esas últimas horas. La azotó el aire fresco cuando llegó a la puerta, y lanzó una mirada al cielo oscuro, apenas visible entre las innumerables luces que brillaban en la afamada calle de Las Vegas.
Llamó un taxi, que la condujo al Caesars Palace, el hotel donde se alojaba.
En unos pocos minutos, se encontró en su habitación y, por segunda vez en esa noche, comenzó a desvestirse.
Camino hacia el baño con el propósito de tomar una ducha. El agua fresca la apartó abruptamente de su ensueño. Cerró los ojos con fuerza para contener las lágrimas.
-Tu noche de amor fue perfecta… -susurró entre sollozos.
Respiró profundamente, tratando de dormirse. Pensó en los momentos que había compartido con Sasuke y se ruborizó. Aún tenía la piel sensible por las ardientes caricias de ese hombre. Se preguntó si le habría dejado alguna marca. Más tarde, tendría que enfrentase a las consecuencias de haber actuado tan apasionadamente frente a un perfecto desconocido.
Ansiosa por abandonar Las Vegas, salió de la ducha, se apresuró a secarse y regresó al dormitorio para vestirse. Guardó el conjunto negro en un bolso y se puso unos vaqueros desteñidos, un suéter de cuello alto, una chaqueta de cuero y zapatillas.
Un pañuelo de seda cubría completamente el brillante color de su cabello y unos enormes lentes oscuros ocultaban sus ojos llorosos cuando atravesó el vestíbulo del Caesars.
Se subió a un taxi y pidió al chofer que la condujera a la estación de Greyhound. Echó una mirada al reloj y suspiró con alivio. En quince minutos, se encontraría en el autobús, viajando de regreso a casa.
Excepto Sasuke, nadie sabría que había abandonado California y, menos aún, que había entregado su virginidad a un extraño.
-Aquí está su autobús, señorita –le anunció el soñoliento empleado, al tiempo que se preguntaba por qué viajaría a Las Vegas una muchacha que ni siquiera podía pagar el atuendo adecuado. Probablemente vivía allí, pensó, y, como la mayoría de los residentes, jamás entraba en los casinos, a menos que trabajara en uno de ellos.
Sakura le agradeció brevemente y se subió al ómnibus. Estaba repleto de gente y tuvo que caminar hasta el fondo para encontrar un asiento vacío.
Se sentó junto a la ventanilla y colocó el bolso en la butaca contigua, esperando que nadie se sentara a su lado. Lo último que deseaba en ese momento era iniciar una conversación con un bien intencionado pasajero. Las seis horas y media de viaje hasta Pasadena ya eran suficiente tormento como para que un extraño la molestara con su frívola charla.
El vuelo de Ontario a Las Vegas, en el que había viajado como una sofisticada castaña, sólo había durado cuarenta y cinco minutos; pero para asegurarse de que nadie podría seguirle el rastro, decidió que sería más sensato regresar en autobús como una transeúnte cualquiera.
Completamente exhausta, apoyo la cabeza contra el respaldo y cerró los ojos. El constante murmullo del motor y el movimiento del ómnibus la arrullaron hasta dormirla.
El penetrante llanto de un niño la despertó, y sus ojos se llenaron de lágrimas. El dolor que sentía por la pérdida de su bebé era intolerable.
Trató de controlar sus emociones mientras contemplaba el amanecer. Apoyó la frente contra el vidrio frío de la ventanilla y observó sin interés el paisaje del condado de San Bernardino. Después de una breve parada en Los Angeles, el autobús llego por fin a destino.
Sakura tomó el bolso y se dirigió directamente hacia el baño de damas para cambiarse. Con desesperación, recordó que había olvidado la peluca castaña en la habitación de Sasuke. Afortunadamente, su nombre no estaba inscrito en el interior como para ser identificada; aun así, había sido un estúpido error de su parte.
Volvió a ponerse el conjunto negro y empacó el atuendo informal en el bolso. Caminó hacia el estacionamiento, donde había dejado el automóvil la tarde anterior, antes de partir en taxi hacia el aeropuerto.
Con un suspiro de alivio, se acomodó en su moderno Porsche, cuyo color armonizaba a la perfección con el tono rosado de su cabello. Tenía todo el aspecto de una sofisticada joven, habituada a las comodidades que podía brindar la riqueza. El potente motor rugió cuando tomó la curva para entrar en el sendero de acceso que conducía a la imponente mansión de su padrino en Pasadena. Sakura estacionó el automóvil, ocultó el bolso detrás del asiento y caminó hacia la puerta de entrada.
-Buenos días, Kushina –dijo, para saludar al ama de llaves. Era una empleada nueva, que se había hecho cargo del manejo de la casa hacía sólo unos meses, pero parecía ser excelente.
-Buenos días, señora Hatake. ¿Pudo arreglar sus negocios en Marina del Rey?
Al observar la agradable figura de Kushina, enfundada en su uniforme amarillo, con su cabello largo y pelirrojo, su rostro delgado y sus delicados labios, Sakura se preguntó si alguna vez en sus cuarenta y seis años, la mujer habría sido tocada por la pasión. Recordó cuánto había cambiado ella de la noche a la mañana y deseó que el ama de llaves hubiera tenido ocasión de experimentar el tumultuoso poder de la sensualidad masculina. Quizás, los recuerdos podrían ayudarla a superar la monotonía se su actual estilo de vida.
-Si, Kushina. Todo resultó más fácil de lo que había pensado –mintió Sakura.
-Bueno no me sorprende, señora Hatake. Vender el condominio al socio de su marido debe de haber facilitado muchos las cosas. Quizás, ahora no tenga que regresar a la playa. Creo que es mejor mantenernos alejados de los lugares que pueden causarnos tristeza. Es terrible que haya perdido a su esposo y a su niña de una manera tan trágica. Y de eso hace sólo tres meses… Bueno, yo…
Sakura odiaba tener que discutir sus problemas con el personal, y decidió cambiar de tema abruptamente. Las miradas compasivas de todos y sus esfuerzos por reconfortarla no habían mitigado su pena. Valoraba la preocupación de sus empleados, pero prefería llorar la pérdida en la intimidad de su habitación.
-¿Dónde está Taro?
-Fue a La Jolla para buscar al coronel. Llamaron del hospital para decir que ya habían terminado de hacerle las pruebas y que creían que era mejor que regresara a casa. Como deseaba volver, ha estado causando problemas. La pérdida de su único hijo y de su nieta empeoró mucho su salud. –Al notar la súbita palidez del rostro de Sakura, el ama de llaves se apresuró a decir con voz dulzona: -Ay, querida. Lo siento mucho. Por favor, perdóname. La veo siempre tan serena y tan preocupada por la salud del coronel, que me olvido de su propia pena. Fue todo tan terrible…
-Está bien, Kushina –murmuró Sakura, tratando desesperadamente de reprimir las lágrimas-. Espero que el corazón del coronel no haya sufrido más daños. Tuve que insistir o nunca hubiera permitido que le hicieran una revisación general. –Se volvió ante los ojos curiosos del ama de llaves. –Me retiro a mi habitación.
Sakura atravesó la inmensa cocina y subió las escaleras que conducían a su dormitorio, ubicado en el ala oeste de la antigua casa.
Aseguro el cerrojo de la puerta, antes de arrodillarse junto a la cama matrimonial. Con la cabeza inclinada, hundió el rostro entre las manos y comenzó a llorar. El dolor se tornó intolerable, y descubrió que no podía detenerse. Por primera vez en veinte días, permitió que las lágrimas brotaran con total libertad y el llanto le resultó casi tan reconfortarte como las masculinas caricias de Sasuke luego de hacer el amor.
Imploró perdón por lo que había hecho. Consternada ante la tortuosidad de su precipitado ardid, tomó conciencia de que, en ese preciso instante, podría estar gestándose otro hijo en su vientre. Un hijo de su carne, que remplazaría al que había perdido. Un hijo que necesitaba con desesperación, para preservar su salud mental en los áridos años que le tocaría vivir.
La idea de un segundo matrimonio era inaceptable. El viaje a Las Vegas había surgido de una súbita inspiración: sólo se había tratado de un imprudente intento por concebir el reemplazo de una niña que le había sido arrebatada de una manera cruel.
Sakura sabía que, biológicamente, ése era el momento más favorable para quedar embarazada. No había duda de que Sasuke era capaz de procurar un hijo. Todo en él era pura sensualidad. Sin lugar a dudas, era un hombre enérgico y viril.
Transcurrieron varios minutos hasta que, por fin, logró serenarse, y se levantó para dirigirse al baño. Llenó la bañera con sus sales favoritas, y el agua tibia resultó ser un suavizante bálsamo para su piel.
Luego del refrescante baño, se cepilló el cabello y se renovó el maquillaje. Era la primera vez en varios meses que se sentía de veras relajada. Un cálido rubor coloreó sus mejillas cuando se percató de que todo se lo debía a Sasuke. Las tempestuosas caricias de ese hombre le habían llevado a aliviar las tenciones de los últimos cinco años.
Al conocer a Sasuke, por primera vez había sentido el placer que el tierno interés de un hombre puede brindar a una mujer. Él le había hecho conocer niveles inimaginables de sensualidad, antes de conducirla hasta el punto de máxima satisfacción. Ella sabía que jamás podría olvidarlo. Si su plan resultaba exitoso, daría a luz a un hijo de Sasuke: recordatorio constante de la imprudente aventura amorosa de una noche.
Vestida con unos pantalones tostados y un suéter amarillo, la muchacha se sentó a esperar la llegada de su padrino. Para ella, el amable anciano que la había criado desde los siete años no podía ser sino su padrino, aun cuando había pasado a ser su suegro a partir de su casamiento son Sai.
Oyó los fuertes ladridos del gran danés de la casa vecina. Desde la ventana de su dormitorio, observó la llegada del lujoso Cadillac por el sendero de acceso. La carrocería negra del automóvil brillaba tanto como sus cromados: a pesar de la antigüedad del rodado, Taro lo conservaba como nuevo. Era un coche confortable y el padrino de Sakura jamás había pensado en cambiarlo. Se rehusaba a viajar en cualquier otro vehículo. Y Taro, con su oscuro uniforme de chofer, conducía el automóvil con el mismo orgullo con que el coronel ocupaba el asiento trasero.
El anciano siempre se había negado a viajar en las pequeñas butacas del Porsche de su ahijada. Era el típico aristocrático con mente de acero, que jamás se echaba atrás una vez que había tomado una decisión.
Poseía la autoridad y la arrogancia características de un coronel retirado de la infantería de marina, y esas cualidades lo habían hecho un padre temible para su único hijo. No se había casado hasta la edad de cuarenta y cinco años, y la muerte de su joven esposa mientras daba a luz a su primer niño había dejado secuelas. Sai, su hijo, había recibido todo lo necesario para su bienestar; todo, salvo afecto. El muchacho había pasado de uno a otro colegio militar, y el coronel jamás se había resignado a aceptar el hecho de que su hijo no estaba interesado en la milicia.
Con la terquedad propia de su padre, Sai finalmente se había rebelado. Un abogado brillante, había logrado levantar una exitosa cadena de estudios jurídicos, en asociación con su mejor amigo, Naruto Namikaze, un antiguo compañero de universidad.
Luego de la muerte de sus padres, Sakura había quedado en manos de su padrino y había absorbido toda la ternura que el severo anciano era capaz de brindar. Ella lo adoraba y estaba resuelta a recompensarlo por cada una de las molestias que, sin duda alguna, le había ocasionado.
Sakura recordaba haber adorado a Sai desde pequeña, cuando él aún asistía al colegio militar y efectuaba esporádicas visitas a la casa de su padre. La joven solía tejer con sus amigas interminables historias fantásticas, que giraban en torno a su héroe Sai.
Puesto que él le llevaba diez años, la trataba como a una hermana menor. Sin embargo, Sakura siempre había estado enamorada del brilloso cabello negro y de los ojos, también negros, del muchacho.
-¿Cómo puede ser que sólo hayan pasado tres semanas? –susurró ella, al recordar al joven de figura delgada, mediana estatura, mente brillante y temperamento tranquilo-. ¿Hace apenas veintiún días que la policía vino a llamar a mi puerta? –El rostro serio, la voz vacilante y la actitud compasiva del agente le habían anticipado la trágica noticia.
Las palabras reveladoras de la muerte de su marido y de su hija le habían quedado grabadas en la memoria. Para cualquier extraño, el suceso no había sido más que otra fatalidad de la ruta. Ambos se dirigían a Pasadena para ver al padre de Sai: una visita rutinaria con un final improvisto.
Una fuerte gripe había obligado a Sakura a permanecer en la casa de Marina del Rey. Debido a los riesgos de la contagiosa enfermedad, ella ni siquiera había alcanzado a besar a su adorado bebé.
Los arreglos necesarios para el doble funeral y la preocupante salud de su padrino la habían mantenido ocupada durante la primera semana. La enfermedad del coronel la había forzado a controlar sus emociones frente al anciano. Más tarde, la inmensidad de su casa súbitamente vacía comenzó a tornarse deprimente, y estuvo a punto de entregarse a la autocompasión esperada por todos sus bien intencionados amigos.
Cuando la imagen de la habitación de su hija, los juguetes y los diminutos vestidos de la pequeña se convirtieron en una tortura inaguantable, decidió marcharse. Los condominios con vista al océano eran muy codiciados y Naruto Namikaze le había pagado un precio justo. Sakura sabía que él tenía sus propias razones para desear vivir allí. La transferencia se había llevado a cabo sin ninguna dificultad.
La precaria salud del coronel y un terrible sentimiento de soledad la habían impulsado a mudarse a la mansión de Pasadena durante algún tiempo. Volver a la antigua casa había sido como regresar a su infancia, aunque los años de ausencia habían dejado en ella una huella indeleble.
Sakura se había marchado como una inocente novia, para retornar como una esposa apesadumbrada, que acababa de perder a su adorada hija y a su joven esposo debido a la imprudencia de un conductor descuidado. La diminuta niña de increíbles ojos negros había sido el destinatario de todo su amor durante sus últimos cuatro años de matrimonio. La muerte de la pequeña había inspirado la decisión de viajar a Nevada.
-¡Señora Hatake! –gritó Kushina, al tiempo que golpeaba a la puerta del dormitorio de Sakura-. El coronel ya se ha instalado en su habitación y dice que quiere verla.
-Muy bien, Kushina –respondió la joven, y abrió la puerta para seguir al ama de llaves por las escaleras-. ¿Podría traernos unos emparedados y algo caliente para tomar? Aún no he comido y estoy segura de que el coronel está ansioso por probar una de sus deliciosas sopas caseras.
-Por supuesto, señora Hatake. Sólo me llevara unos minutos prepararles la vendeja de almuerzo.
Sakura se detuvo al pie de la escalera para sonreír al ama de llaves, que ya había iniciado su regreso a la cocina. Luego se volvió y encontró a Taro, que salía del cuarto del coronel.
Por la preocupación reflejaba en el rostro de Taro, Sakura adivinó que el coronel no se encontraba muy bien. Sumamente conmovida, apoyó una mano sobre el brazo del anciano.
-¿Cómo está el padrino, Taro?
Los ojos azules del mayordomo se llenaron de tristeza cuando sacudió su cabeza calva.
-No muy bien, señora Sakura. La muerte de su hijo parece haberlo afectado terriblemente. Como usted sabe, su salud ya era bastante precaria. Es… espero que pueda soportar esta doble tragedia.
-¿Te dieron algún informe en el hospital?
-El médico me notó preocupado y quiso tranquilizarme diciéndome que está tan fuerte como cualquier hombre de ochenta y dos años con una angina.
-Bueno, eso quiere decir que bastará con brindarle un cuidado especial, ¿verdad Taro? –dijo Sakura con tono alentador-. Con nuestras atenciones y la excelente cocina de Kushina, se pondrá bien en pocas semanas.
-Eso no es verdad y usted lo sabe, pero agradezco que intente reanimarme. –Frunció el entrecejo al observar el encantador rostro de la joven; un rostro bellísimo, pero con una profunda tristeza en los ojos… una tristeza que él ya había advertido varias veces en los últimos años, pero que, dada su condición de sirviente, jamás se había atrevido a mencionar.
-¿Hay algo más que quieras decirme, Taro? –preguntó Sakura.
-Así es. Creo que a quien más extraña el coronel es a su nieta. La risa y el amor de la niña nos había atrapado a todos. Su pérdida a dejado un vació imposible de llenar.
El comentario de Taro dejó a Sakura sin resuello. El fiel empleado quedaría tan sorprendido como su padrino, cuando ella pudiera informarles acerca de su embarazo. La llegada de un nuevo nieto sería el incentivo necesario para sacar al coronel de su extenuante depresión.
Nadie en el mundo llegaría a enterarse jamás de que ese niño no era hijo de Sai. Sakura protegería el secreto con su propia vida, si fuera necesario. Estaba segura de que Sasuke podía procrear un niño de cabello y ojos negros, un tipo suficientemente parecido a Sai y Sora como para no despertar sospechas.
Impulsivamente, Sakura besó la correosa majilla del mayordomo y luego, le sonrió.
-Todo va andar bien, Taro. Espera y verás que tengo razón. En pocas semanas, todos volveremos a la normalidad.
-Usted es un ángel, señorita Sakura. Al oírla hablar, nadie se atrevería a dudar de su palabra.
-Gracias, Taro. Creo que es hora de que entre a ver al coronel. De lo contrario, se enfurecerá y se desquitará contigo más tarde, en la partida de damas.
Sakura se volvió para caminar hacia el dormitorio de su padrino. Se quedó pensando en las últimas palabras de Taro. Pronto, tendría que convencer a mucha gente de que lo que afirmaba era verdad.
Golpeó dos veces antes de abrir la puerta. Sus ojos de clavaron en la endeble figura del coronel, tendido en la inmensa cama, con su cabeza gris apoyada sobre la almohada. El decorado de la habitación era sumamente sobrio, carente de todo toque femenino: un remanente de su anterior vida en la milicia.
Sakura sintió deseos de llorar al ver el cambio que se había producido en la salud del anciano a partir de la tragedia. Corrió a su lado para arrodillarse junto a la cama y cuando le besó una de sus rugosas manos, él abrió los ojos.
-Me alegra que hayas vuelto, padrino. Te… te eché mucho de menos –le dijo Sakura con inmensa ternura.
-Yo también, pequeña. Aquí es donde pertenezco y, ahora, éste es también tu lugar.
-¿Tienes hambre? Tienes que comer, ¿sabes? Estás pasando por un mal momento.
-¿Te refieres a la inmensa pena que me ha causado la muerte de mi hijo y de mi nieta, Sakura?
Ella se levantó para sentarse en el borde de la cama y sus ojos se llenaron de compasión cuando respondió.
-Si, pero incluso esa pena tiene que finalizar, Sai y Sora no querrían vernos tristes, ¿no crees?
-Es verdad, pero la vida me parece tan fútil ahora. Ya… ya nada despiertas mi interés. Es… estaba resuelto a presenciar la graduación de mi nieta en la universidad. ¿Por qué, Sakura…? Dime por qué.
-No lo sé, padrino, pero creo que siempre existe un propósito, todo tiene su razón de ser. Tuviste a Sai treinta y seis años y yo… ambos tuvimos a Sora durante cuatro. Nos podría haber tocado vivir sin ellos todo ese tiempo.
Un golpe en la puerta interrumpió la conversación.
-Pasa, Kushina –gritó Sakura, secándose las lágrimas subrepticiamente-. Espero que estés hambriento, padrino, o me veré obligada a terminar esta deliciosa bandeja sin tu ayuda.
El coronel echó un vistazo a los manjares preparados por el ama de llaves y, por primera vez desde el momento del accidente, soltó una breve carcajada.
-Eres realmente maravillosa, Sakura. Si me ayudas a levantar la almohada, te acompañare con un plato de sopa.
Estaba de veras famélica. Su última comida había sido en Las Vegas y la ansiedad provocada por la experiencia venidera no le había permitido tragar más que unos pocos bocados.
Le parecía increíble haber tenido un contacto tan íntimo con Sasuke, sin ni siquiera compartir antes una simple comida. Dos tragos, dos horas de charla, dos efímeros momentos de éxtasis y luego, la separación.
"¿Cómo pude? ¿Cómo pude ir a la búsqueda de un hombre con semejante frialdad?" Estos pensamientos la atormentaban, aunque, en lo más recóndito de su ser, sabía que no era su comportamiento absurdo lo que lamentaba, sino el hecho de no volver a ver a Sasuke. Pensaba más en ese extraño que en el hombre que había sido su marido, y no se atrevía a enfrentar las razones.
El coronel ya había comenzado a beber su sopa y, deseando que él no hubiera notado su actitud reflexiva, Sakura escogió un emparedado.
-Mmmm, mi favorito. –Echó una mirada a su padrino, mientras saboreaba un bocado de jamón, tomate y aguacates. –La crema de aguacates puede hacer que cualquier emparedado parezca un manjar de reyes.
-De veras has cambiado, pequeña. Antes la detestabas –le recordó el anciano con una sonrisa en los labios.
-Ahora la encuentro deliciosa. Últimamente, he cambiado mis gustos con respecto a muchas cosas.
-¿Pudiste llegar a un acuerdo con Namikaze? –preguntó él, cambiando abruptamente de tema.
-Sí. Ya está todo arreglado. El dinero ha sido depositado en el banco y, de allí en más, he quedado libre de toda responsabilidad. También me compró los muebles. Sólo necesite mis efectos personales.
-Bien. Nunca entendí por que Sai insistió en irse a vivir allí. En esta casa hay lugar para media docena de familias.
-Tú sabes por qué, padrino. No es bueno que una pareja de recién casados viva con… alguien más. Necesitan estar… solos. –"Dios mío, qué hipócrita soy", se dijo Sakura, tratando de no pensar en su relación con Sai.
El coronel dejó escapar un suspiro de cansancio y enseguida, hizo un ademán a su ahijada para que le retirara la bandeja del regazo. Ella recogió las cosas del almuerzo, besó al anciano en la mejilla y salió en puntillas de la habitación.
Se dirigió a la cocina y colocó la bandeja junto al fregadero. Agradeció a Kushina y caminó hacia su dormitorio. Una vez allí, cerró la puerta y se relajó. Se sentía realmente exhausta debido a la tensión y a la falta de descanso de esos últimos días. Se puso su pijama favorito y se deslizo por entre las sábanas frescas.
Se ruborizó al recordar la última vez que había estado en una cama. Estiró las piernas y cruzó los brazos sobre el abdomen. Sintió un punzante dolor en su interior, al percatarse, un vez más, de que no volvería a ver a Sasuke.
-¡Santo Dios! ¿Qué he hecho? No puedo quitármelo de la cabeza –gimió, intentando reprimir las lágrimas que ya comenzaban a brotarle.
Ya no le encontraba sentido a la castidad de su cama. Después de esa breve aventura, sólo anhelaba acurrucarse en el calor de esos brazos de acero.
Con la imagen de Sasuke demorada en la mente, Sakura se quedó dormida. Estaba extenuada, luego de una seguidilla de interminables noches de insomnio, y no se despertó hasta la mañana siguiente.
…¿CONTINUARA?...
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GLOSARIO:
Taro: primogénito varón.
Sora: cielo.
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"ESCENAS DEL PRÓXIMO CÁPITULO":
Se encontraba caminando en la sala, mientras que esperaba que el doctor completara el examen físico de su padrino. (…) -¿Qué me sugiere, doctor?
-Creo que un cambio le haría bien. Me refiero a un cambio de clima…
-el coronel cerró los ojos e hizo un gesto brusco con la mano, indicando a ambos que se marcharan.
-No quiero oír nada más por hoy.
-¿Ni siquiera la noticia de que voy a tener un hijo?-…
Se llevó una mano al estómago. Estaba segura de que, en ocho meses, daría luz al hijo de Sasuke.
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Nota final:
Muchas gracias a todos los que leyeron y especialmente a aquellos que me dejaron un reviews: Sakura Haruno flor de cerezo,Whityland yDiana, de verdad muchas gracias.
A todos les pido por favor que me dejen su opinión con respecto a esta adaptación.
Y, otra cosa que les quería comunicar, es que estoy en período de exámenes por lo que no voy a poder subir la continuación hasta después del veintiocho de diciembre, lo siento…
Y por último pero no menos importante, les deseo de todo corazón una muy feliz navidad y un próspero año nuevo… :)
"…Saku-14…"
