Personajes en este capítulo: Francia, España, Rumanía, Austria y Hungría. Prusia, el protagonista, NO aparece.
Notas: en este fic, un consolador es un señor que te consuela cuando estás triste. Te dice cosas bonitas y te da caramelos. ¿POR QUÉ SIEMPRE PENSÁIS MAL?
Tal y como había predicho Rumanía, la ventana de la cocina estaba abierta de par en par. Francia tuvo que reprimir aquel impulso que le instaba a criticar aquel diseño tan horrible con el que contaban las cortinas. ¿Rojas y rosas? ¿En serio? ¡Qué atentado contra el buen gusto!
—Rosa y rojo, puñetazo en el ojo —comentó España entre risas, tal y como si hubiese leído la mente de la otra nación.
—Desde luego —se sintió mejor conmigo mismo al ver que no era el único que se había escandalizado con aquella elección de colores tan desafortunada.
El primero en introducirse fue España y no porque Francia se hubiese hecho el miedica para que su amigo pasase en primer lugar y así tener la oportunidad de contemplar aquel trasero perfecto. ¡Claro que no!
O quizás sí.
—¡Francia, tu turno! —susurró desde el otro lado de la ventana.
Con torpeza, logró entrar también en aquella cocina. Chasqueó la lengua con disgusto al notar que el fregadero, lugar donde «aterrizó», estaba mojado. Más le valdría a Prusia apreciar aquel esfuerzo que estaban haciendo sus amigos por él, ya que Francia jamás mojaría sus pantalones de aquella forma tan gratuita por cualquiera.
Tal y como si fueran un par de ladrones felinos, salieron de la cocina sin hacer el más mínimo ruido. Sus pasos contra el parqué eran prácticamente inaudibles. Lo único que se escuchaba en toda la casa era la melodía del piano.
Se oyó una risita. Francia le dedicó una mirada asesina al culpable, España.
—Es que está tocando la canción favorita de Romano —musitó con una sonrisa tonta.
—Romano tiene unos gustos extraños —contestó Francia tras analizar detenidamente aquella canción.
A medida que caminaban, la música se oía con más intensidad. Echaron un vistazo y, tal y como se habían figurado, Austria y Hungría se deleitaban con aquella melodía. Él tocándola, ella escuchándola. Los infiltrados pasaron de largo aquel salón y subieron las escaleras para toparse con las habitaciones. La de Austria carecía de interés para ambos —parecía un estercolero y la ropa interior daba tanto asco que ni siquiera excitaba a Francia—, por lo que su destino no fue otro que el cuarto de Hungría.
Fue coser y cantar. Abrieron la puerta, entraron y la volvieron a cerrar con la mayor delicadeza posible. Lo que no se esperaban era que la música cesase de sonar. ¿Ya habían terminado con su sesión diaria de música cursi? ¡No podía ser! ¿Y si Hungría decidía ir a su habitación para cualquier cosa y se encontraba con los mejores amigos de su rival cotilleando? Presas del pánico, decidieron que España se encargaría de vigilar y Francia cogería lencería sensual que pudiera agradar a Prusia.
—Estas braguitas son bastante provocativas —aseguró Francia con una sonrisa nada inocente.
—¡Francia! —lo regañó intentando no alzar demasiado la voz.
—Me pregunto si tendrá algún consolador —apartó la ropa interior en busca de otro tipo de objetos—. Siempre me imaginé a Austria y Hungría jugando con uno, ¿no crees?
Aquella imagen no agradó lo más mínimo a España, que hizo plasmar su repulsión en forma de mueca. Para no sufrir la ira de la nación vecina, Francia se dedicó a escoger alguna braguita que despertara el apetito sexual de Prusia. Y, ya de paso, un sostén tampoco vendría nada mal.
Unos pasos se acercaban. España avisó al otro hombre, aquel que estaba clavando sus ojos azules en un sujetador que parecía estar fuera de lugar. ¿De qué le sonaba...?
—¡Francia, tenemos que escondernos bajo la cama! —dijo atropelladamente.
—Oye, España —ignoró el hecho de que los pasos continuaban aproximándose—, tengo la sensación de que este sostén no es de Hungría… ¿Qué opinas tú?
Si bien tenía pensado reprender la conducta temeraria de Francia, no pudo evitar sentir curiosidad por aquel sujetador que tantos recuerdos le traía. Sonrió inconscientemente al verlo.
—Es de Bélgica —lo tocó durante un instante—, sin duda.
—¿A que sí? —Francia también plasmó una sonrisilla pícara— El estilo de Belgique es inconfundible.
Los pasos pasaron de largo. Posiblemente Austria sólo iba al cuarto de baño a lavarse las manos. Permanecieron en silencio durante unos cuantos segundos para no captar la atención de nadie; sin embargo, cuando el peligro ya pasó, mantuvieron una batalla visual a causa de aquel sostén.
—Oye, Francia, ¿y tú cómo sabes que ese sujetador es de Bélgica? —preguntó con un tono inusitadamente serio.
—Lo mismo te iba a preguntar yo a ti —entrecerró los ojos—. Pero lo que más me inquieta es que este sostén esté en el cajón de Hungría —su semblante lujurioso no tardó en manifestarse—. ¿Qué ocultarán estas muchachas?
—No sé, lo que me preocupa es lo que ocultas tú —cruzó los brazos, ligeramente irritado—. Siempre me has contado tus ligues, pero nunca has mencionado a Bélgica.
—¡Cielos, España, tu actitud es ilógica! —agitó la lencería femenina— ¡Sabes cómo soy yo y sabes cómo es ella! ¡Si te molestases por haberme acostado con Romano lo comprendería, pero es Bélgica!
—¡¿Te has acostado con Romano? —preguntó ultrajado, acercándose amenazadoramente a su «amigo».
—¡Era un ejemplo! ¡Sólo un ejemplo! —retrocedió un par de pasos. No quería que aquel lunático lo asesinase— ¡Y qué diantres! ¡Tú también reconociste el dichoso sostén! Se supone que tú estabas interesado en «explorar» territorio italiano, no belga.
Aquello fue la gota que colmó el vaso. Francia pudo percibir el deje iracundo de España en aquella mirada que le estaba dedicando a él y solamente él. Un par de ojos envenenados que ni Romano ni Bélgica vieron jamás en la vida y, posiblemente, tampoco Holanda. España era bonachón hasta cuando se enfadaba o, como decía él, «se mosqueaba». Pero cuando alguien sacaba a relucir un secreto que había guardado como oro en paño, aquella ira de conejito suave y cándido se transformaba en la furia del peor de los dragones.
—¡Prometiste que nunca sacarías ese tema! —tocó el pecho de Francia con el índice, como gesto de amenaza.
—¡Y tú no me contaste que entraste en Bruselas de aquella forma! —Francia frunció el ceño.
La puerta se abrió de repente, pero las dos naciones estaban tan absortas en discutir que ni se percataron de que un par de ojos violetas los observaban con asombro.
—¡Pues porque no entré en Bruselas de aquella forma! ¡Simplemente un día que estaba muy borracho lamí Lovaina! —España puso un mohín.
—A mí nunca me dejó que le tocara Lovaina —la otra nación agachó la cabeza. No soportaba que otro país le superara a la hora de manosear territorios.
—¿Podéis dejar de tratar temas tan obscenos, zascandiles?
—¡Por el amor de Dios, Austria, ¿no ves que estamos discutiendo? —vociferó Francia, notablemente ofendido por aquella falta de educación.
En vez de responder con palabras cultas que probablemente no fueran a entender, Austria frunció el ceño y entrecerró los ojos. Parecía que iba a utilizar a su pobre Mariazell como látigo mortal de un momento a otro.
Francia y España sintieron cómo la ira se desvanecía de sus cuerpos. Seguramente Austria, cual esponja, la había absorbido toda para acumularla en su mirada asesina. Cruzó los brazos para incrementar su semblante irritado.
Los ojos nerviosos de las naciones pirenaicas se movían sin cesar, danzando sobre las facciones cada vez más sedientas de sangre de Austria.
Entonces, sin motivo aparente, España empezó a temblar tal y como hacía siempre que intentaba reprimir una risita. Francia lo miró estupefacto, con unas ganas inmensas de darle un sopapo y hacerle recordar que estaban en una situación tensa y poco graciosa.
—Es que le sale un pelillo del lunar —España susurró, colocando la mano al lado de la boca para que Austria no se diese cuenta de que estaban hablando de él, a pesar de que tanto el contexto como el hecho de que ambos le estuvieran mirando el lunar fijamente les delatase.
—¡Ahí va! —Francia se tapó la boca con ambas manos para que una risa tonta no se le escapara a él también.
Lo único que Austria había entendido era que, en cuestión de segundos, unas naciones habían pasado de estar atemorizadas por su presencia a estarse riendo de él como si fueran dos niños de cuatro años que acababan de escuchar la palabra «caca».
—Zascandiles… —Austria se echó una mano a la frente. Suspiró— Tenéis un minuto para decirme qué hacéis aquí.
La habitación se quedó en silencio.
Por las mentes de los «infiltrados» correteó la vaga idea de contarle la verdad a Austria: habían ido a su casa para robar la ropa de interior de Hungría para que así Prusia, quien había entrado en un estado vegetal, recuperase las ganas de acosar a las demás naciones y olisquear lencería femenina mientras nadie lo viera.
Mejor no.
Francia fue el primero en reaccionar.
—¡Mira, Austria, un calzoncillo que necesita ser remendado! —exclamó como si le fuera la vida en ello.
—¡¿DÓNDE? —Austria miró a los lados con los ojos abiertos de par en par.
Antes de que alguien se percatase de su mentira, Francia huyó como el viento. Sabía que España estaría un poco confundido —y quizás incluso enfadado— por estar a solas con Austria en un momento tan inquietante, pero también era consciente de que sólo su brillante mente francesa sería capaz de salir de aquella casa con vida y con ropa interior femenina en las manos.
Inexplicablemente, nada más bajar las escaleras, su nariz chocó contra dos bultos grandes y blanditos.
A priori, parecían pechos.
Pechos femeninos, generosos, sedientos de amor y con pezoncillos dispuestos a ser tratados con cariño y respeto.
—Francia —murmuró una voz sádica. Podía pertenecer a Hungría o a algún asesino en serie.
Aunque probablemente la diferencia entre ambos sería mínima.
Francia separó su cara de aquellas frutas celestiales de la naturaleza (lo que Prusia llamaría «los melones de Hungría») y contempló con horror la sonrisa maquiavélica de la mala bestia húngara.
—¿Qué haces aquí? —preguntó ya más tranquila. Sin embargo, la ira retornó nada más ver la ropa interior que sujetaba Francia en sus manos. Su rostro se ruborizó en un abrir y ojos— ¡LA MADRE QUE…!
Francia ya había llegado a un punto en el que le daba igual que le acusaran de cobarde. Él sabía muy bien que no lo era. Al fin y al cabo, ¿un cobarde habría conseguido tal imperio? ¿Un cobarde conseguiría ser una de las naciones más influyentes de Europa durante tantísimos siglos? No, evidentemente, no. Lo que sucedía era que algunos envidiosos —como España, Prusia e Inglaterra— confundían la cobardía con la estupidez.
Un cobarde, si hubiera estado en la situación en la que se encontraba Francia, se habría puesto de rodillas y suplicado a Hungría clemencia. Un estúpido —como los envidiosos anteriormente mencionados— estaría quieto, observando a la femme fatale con un semblante expectante. No obstante, una persona inteligente y con dos dedos de frente como Francia habría escapado para proteger su vida.
Eso no era cobardía, ¡sino aprecio por la vida propia!
Y así fue cómo Francia se excusó mentalmente por haber intentado huir por la ventana del comedor. Había colocado una silla bajo el picaporte de la puerta para que Hungría no pudiera entrar, pero la fuerza bruta de aquella mujer era ilimitada.
Abrió la ventana como malamente pudo, pero Hungría ya estaba a punto de irrumpir en el comedor.
—¡¿Pero qué te crees que estás haciendo? —gritó furibunda mientras forcejeaba para echar la puerta abajo. No todos los días se le colaba Francia en casa para robarle ropa interior.
O quizás sí, pero ella no era consciente de ello.
La suerte jugó en contra de Francia, porque de lo contrario sería imposible que se hubiera atascado en la ventana, aún a medio abrir. Al menos tenía un brazo extendido en el exterior, por lo que Hungría no podría coger la ropa interior.
Sintió el aura maléfica de Hungría más próxima a él. También pudo oír el espeluznante sonido de unos nudillos crujiendo. Tragó saliva como nunca había tragado nada en su vida.
—¡RUMANÍA, COGE LAS BRAGAS! —chilló, esperando que Rumanía saliese de su escondrijo para llevar consigo las braguitas— ¡RUMANÍA!
—Di las palabras mágicas —escuchó su voz muy cercana. Francia agachó la cabeza y vio a Rumanía bajo la ventana, sonriendo como si aquella situación fuera cotidiana.
Francia recordó que estaba bien visto ser educado.
—Por favor —rectificó.
—Así me gusta —Rumanía asintió y cogió la ropa interior de las manos de Francia. Se fue caminando y canturreando una canción que decía algo de numa numa iei—. ¡Nos vemos!
—¡¿Cómo que «nos vemos»? ¡Conviértete en un murciélago y ven a salvarme! —suplicó Francia.
Pero Rumanía le demostró dos cosas muy importantes: una, no era un vampiro; dos, era un verdadero capullo.
Hungría finalmente subió de nivel, evolucionó, aprendió un ataque nuevo (probablemente derriba-puertas) y echó la puerta abajo.
Con su sartén.
Había roto la puerta, apartado la silla e incendiado el pomo con su sartén.
También cabía la posibilidad de que Francia estuviera exagerando un pelín los hechos a causa del inmenso pavor que se había hecho con el control control de sus actos y pensamientos.
No supo bien cómo, pero en un par de segundos, la sartén de Hungría había sido estampada contra su trasero de un modo infernal —y él, evidentemente, gritó hasta tal punto que un descosido no sería nada en comparación—. Perdió el conocimiento durante unos minutos y, cuando volvió a recuperarlo, sintió que estaba bajo el brazo de Hungría, tal cual barra de pan, mientras buscaba la habitación donde estaba Austria.
Al menos no tenía que ir caminando, sino que lo transportaban como el señor que era.
O como una baguette, lo cual no tenía por qué ser del todo malo.
—Me he encontrado con Francia abajo y creo que está tramand… —Hungría explicó nada más abrir la puerta de un cuarto y ver a Austria.
Aunque Austria parecía ocupado. Cosiendo.
—Oh, mon Dieu… —susurró Francia al ver aquella escena.
Pues estirado sobre el regazo de Austria se encontraba España. Al parecer, leía un artículo de una revista que explicaba el origen del croissant. Entretanto, Austria remendaba el calzoncillo —aún puestos en su lugar correspondiente— de España.
—Quién me iba a decir que los cruasanes son austriacos... —los ojillos de España brillaban, ilusionados al obtener tanta información inútil, pero interesante— Nunca te acostarás sin saber algo más.
—Ah, Hungría —Austria alzó la vista. Le perturbó más el semblante estupefacto de Hungría que tener el trasero de su ex marido a escasos centímetros de su rostro—, he cogido tu caja de costura. Espero que no te importe.
Con la impresión, Hungría dejó que Francia cayese al suelo y se diera el golpe de su vida. Él, evidentemente, gruñó molesto y se quejó por la falta de delicadeza con la que trataban a su persona.
—Austria, tengo frío —España protestó tras estornudar. Tener las posaderas al aire no era demasiado agradable para él. Y menos cuando Hungría y Francia lo devoraban con la mirada.
—Ya te he dicho que no pondré la calefacción, necio —Austria se ajustó las gafas y continuó con su tarea.
Tras varios minutos de silencio en los que Hungría no cesó de analizar la situación, una pregunta bastante obvia apareció:
—¿Qué estáis haciendo aquí?
Nada más escuchar la pregunta de Hungría, España y Francia se dedicaron unas miradas desbordantes de indecisión. Podrían contarles la verdad verdadera («vinimos a robar tu ropa interior para estimular el apetito sexual de Prusia») o contarles la verdad Hollywood («Prusia, un joven soltero interpretado por Adam Sandler, se vicia al ordenador. Sus intrépidos amigos España —Antonio Banderas— y Francia —Gérard Depardieu— moverán cielo y tierra por salvar su alma»).
La verdad Hollywood sonaba absurda, por no mencionar siquiera que era muy extraño que Francia y España hablasen de sí mismos en tercera persona.
Aunque la otra opción tampoco era muy atractiva.
Entonces la más brillante de las ideas nació simultáneamente en las mentes obtusas de las dos naciones: ¡sólo había que combinar ambas explicaciones!
—Vinimos a robar tu ropa interior para estimular a Gérard Depardieu, un joven soltero interpretado por Prusia —explicó España mientras Francia asentía con efusividad.
Parecían satisfechos con su explicación.
Hasta que volvieron a ver el arma letal de Hungría.
La sartén.
—Encima con recochineo, ¿eh? —la voz de Hungría era tan aterradora que podría lograr que una jauría de bebés salvajes estallase en llanto.
Tragaron saliva.
Austria también.
—¡No, no, no! ¡No hagas caso a España! —Francia agitó los brazos frenéticamente— ¡No puedes hacer caso a un hombre que tiene el culo al aire! Resulta que… —adoptó una expresión seria y honorable— Resulta que Prusia está enfermo.
Francia se tranquilizó cuando notó cómo la furia de Hungría se desvanecí poco a poco. Un toque de preocupación se acumuló en su mirada. Con más tranquilidad y, ante todo, sinceridad, Francia y España lograron contarle la historia completa a Hungría.
Austria, en cambio, seguía cosiendo.
—Prusia… —musitó Hungría, mordiéndose el labio. Se sentía culpable. Últimamente había ignorado mucho a su amigo (porque por mucho que lo intentasen negar, fueron y seguían siendo amigos) y hasta le gastaba bromas pesadas sobre su estatus como ex nación— Ese pobre diablo debe de sentirse muy solo…
Francia y España asintieron, conscientes de que parte de la culpa también recaía en ellos.
—Eso no justifica el robo de lencería femenina —comentó Austria.
Y Austria siguió cosiendo.
Notas: Volved al primer capítulo. Digo que va a haber dos capítulos. DOS. Bueno, pues va a haber cuatro porque soy tonta. Sniff.
EN FIN. NO HE MUERTO. Y Prusia tampoco. ¿Qué sucederá en el próximo capítulo? ¿Hungría ayudará a España y a Francia o les dará una paliza? ¿Austria seguirá cosiendo los calzoncillos de España?
Y lo más importante…
¡¿Qué ha sido de Rumanía?
Probablemente ninguna de estas cuestiones se responda.
Por cierto, os mentí con lo de los consoladores. Hay que malpensar.
¡Muchas gracias por los reviews, preciosidades! Siento no responderlos, pero es que tengo un poquito de prisa ;A; ¡Hasta la próxima!
