I .- EL COMIENZO
— PESADILLAS —
Akuze. 2.177
El pómulo derecho le ardía, un escozor punzante e incesante que nacía bajo su ojo y se extendía por toda su mejilla; el corte era profundo y supuraba sangre que escurría por su cara hasta su armadura de combate. El brazo izquierdo roto y entumecido por las dosis de medigel que su armadura le suministraba. Pero era ese dolor lo que la mantenía despierta y alerta en aquella segunda noche infernal, lo que la impelía a seguir tirando de aquel soldado herido e intentar arrastrarlo a un lugar seguro, lejos de aquel monstruo que se escurría bajo tierra. Muchos marines de su unidad habían quedado atrás en el destrozado campamento, sus cuerpos partidos por la mitad, descuartizados o deshechos por el ácido que aquella criatura escupía; algunos habían sido devorados vivos, sus alaridos de dolor todavía resonaban en sus oídos.
Se detuvo al sentir la tierra vibrar bajo sus pies, contuvo la agitada respiración y rezó a unos dioses en los que no creía para que la bestia no los detectase. Había sido la suerte la que había evitado que compartiese el horrible destino de muchos de sus camaradas y amigos, de aquellos que estaban durmiendo cuando el monstruo atacó amparado en la oscuridad de la noche. Una suerte que había tachado de mala cuando le tocó en gracia hacer la primera guardia; de no haber estado en el perímetro exterior del campamento, su cuerpo yacería despedazado con los de los demás.
Los gritos y los disparos la habían hecho correr de vuelta al lugar donde habían levantado las tiendas, un terreno llano al amparo de algunas formaciones de roca alrededor que les ofrecían buena cobertura, varios árboles de aspecto tropical circundaban la zona, pero no entorpecían su campo de visión; era un buen lugar para plantar el campamento para pasar la noche y establecer una posible base de operaciones si lo necesitaban. Al avanzar la primera noche, se había convertido en un infierno sacado de las peores pesadillas. Cuando llegó allí, por unos segundos su cuerpo quedó paralizado al ver como una enorme bestia con forma de gusano se alzaba desde un agujero en el suelo, atrapaba a un soldado entre sus fauces y lo partía por la mitad, devorando una parte. Sintió nauseas y gritó, finalmente despertando de su estupor y poniéndose en movimiento, buscando supervivientes a los que poder ayudar a escapar, consciente de que sus armas nada podían hacer contra semejante bestia.
Cuando echaron a correr en dirección a las lanzaderas eran un grupo de diez, ahora solo quedaban dos. La bestia los había separado y cazado durante aquellas dos noches. Dos de cincuenta marines. Toda la unidad perdida. Pero ellos lo lograrían, conseguirían alcanzar las lanzaderas y avisar del peligro que acechaba en aquel lugar. Apretó los dientes, usó el dolor que entumecía su mejilla derecha para concentrarse de nuevo y se puso en marcha, atenta a cualquier señal de la bestia.
—Shepard… —la débil voz del herido llegó a sus oídos.
—Aguanta, Kawalski, ya casi lo hemos logrado —dijo sin detenerse.
Su objetivo era la zona rocosa que había a varios klics al este de su posición actual, cerca del área donde las lanzaderas de descenso les esperaban. Sin equipo de radio operativo, era lo único que podían hacer. Además, tenía la esperanza de que aquella criatura subterránea no pudiera sorprenderles en las rocas.
—Déjame, Shepard, sin mí podrías ir más rápido —jadeó el soldado que apenas podía caminar por el dolor de sus heridas, todas graves.
—No. No dejamos a nadie atrás —contestó Alexandra sin dejar de avanzar y tirar de él.
—Teniente… Gracias, pero…
—Silencio, Kawalski, ahorra aliento y sigue andando. Es una orden.
—Sí… señora…
La huída en la noche siguió. La bestia les atacó un par de veces más. La habilidad de Alexandra para esconderse les salvó esas dos veces. El amanecer de aquel planeta se insinuaba en su cielo, cuando por fin avistaron las lanzaderas. Un último esfuerzo. Unos pasos más. La herida bajo el ojo y el brazo roto, sin más medigel, le seguían doliendo como mil demonios, los pulmones le ardían por el esfuerzo, las piernas y los brazos le pesaban como sacos llenos de piedras, apenas le quedaban un puñado de fuerzas para arrastrar al inconsciente Kawalski hasta la primera de las lanzaderas.
—¡Ayuda! —Su garganta reseca logró articular el grito de auxilio, mientras las últimas fuerzas la abandonaban y sus piernas por fin fallaban, agotadas, cediendo bajo su peso y el del otro soldado—. ¡Ayu… da! Ayu… da…
No dejó de repetir hasta que todos sus sentidos se apagaron y la inconsciencia la reclamó para sí.
. — . — . — .
—… milagro…
—Eso parece…
—La única de la unidad…
Las voces comenzaron distantes, pero poco a poco iban sonando más claras, más cercanas.
—Es una superviviente, sin ninguna duda.
—Y ha tenido mucha suerte.
Abrió los ojos a un entorno suavemente iluminado, un techo metálico recorrido por tubos fue lo primero que vio. Desorientada, trató de incorporarse, pero su cuerpo apenas le respondía.
—Calma, teniente, todavía está muy débil —dijo una tranquilizadora voz masculina junto a ella.
—¿Dón… dónde estoy? —Tenía la voz ronca y sentía áspera y seca la garganta.
—A bordo de la SSV Budapest. En la enfermería. Soy el doctor Austin —el dueño de la voz apareció en su campo de visión, un hombre de mediana edad, de pelo negro corto y ojos azules, le pasó un vaso de agua—. Teniente, ¿puede decirme quién es?
—Teniente Alexandra Shepard, N6, número de identificación 5923-AC-2826 —contestó tras dar varios tragos.
—Bien —vio cómo el médico tomaba algunas anotaciones— ¿Qué es lo último que recuerda?
—Fui destinada con una unidad de marines a Akuze, a buscar a los pioneros de la futura colonia, que habían dejado de mantener contacto y parecían haber desaparecido. Pero algo fue muy mal —dijo recordando de golpe la terrible noche, la bestia y la larga y agotadora huída—. ¿Y los demás? ¿Y Kawalski? —Inquirió con ansiedad.
—Lo lamento, teniente, es la única superviviente. El soldado Kawalski murió al poco de que los pilotos de las lanzaderas los encontrasen. Sus heridas eran muy graves. Y nadie más logró llegar a estas las lanzaderas.
—Teniente —un segundo hombre, este de complexión más fuerte, moreno de piel y con corto cabello negro, se acercó a su cama, vestía el uniforme de oficial y era el capitán de aquella nave—. ¿Puede contarnos qué ocurrió allí abajo?
—El infierno, capitán —tomó aire y se dispuso a narrar los atroces hechos ocurridos en Akuze.
Días más tarde, Alexandra se encontraba en el hospital de la estación espacial de Arturo, recuperándose de sus heridas y de aquella noche de pesadilla, llorando por los compañeros caídos y tratando de olvidar las pesadillas que cada noche asaltaban sus sueños, donde aquella criatura volvía a perseguirla y atacarla una y otra vez. Fauces Trilladoras. Así le habían dicho que se llamaba la bestia, una extraña especie cuyo origen nadie parecía conocer, pero que había logrado extenderse a lo largo y ancho de la galaxia, viajando sus esporas adheridas a los fuselajes de naves espaciales. El suyo había sido el primer encuentro de la Alianza con esta clase de criatura tremendamente agresiva y mortal. El que ella siguiera con vida cuando cincuenta marines habían muerto era un milagro. Un milagro que le había valido el ascenso a Comandante, la designación N7 y una medalla al valor. Alexandra sentía que no merecía ninguna de las tres cosas. No cuando lo único que había hecho era huir y sobrevivir.
Los audio-logs e imágenes grabadas por las cámaras en los cascos que la misión de rescate, esta preparada para el posible encuentro con las Fauces Trilladoras, habían encontrado de sus compañeros caídos, ayudaron a terminar de reconstruir lo que ella misma había contado al capitán de la Budapest y puesto por escrito un poco más tarde en su informe. Y la noticia de los hechos se había extendido por toda la Extranet y canales de la Alianza. El nombre de Alexandra Shepard y su increíble historia de supervivencia habían aparecido en todos los medios. Sus mandos directos habían pasado por su habitación de hospital para felicitarla y ofrecerle todo el apoyo de la Marina durante su recuperación. Su hermano y amigos le habían escrito mensajes de ánimo, pero ninguno había podido viajar hasta allí; Kenan porque era imposible que juntara el dinero para costearse semejante viaje y sus amigos porque todos estaban de servicio activo en lugares distantes o naves.
La, ahora, joven comandante tenía la mirada perdida en el espacio infinito que podía verse desde la pequeña ventana de su habitación. Era de madrugada, según la hora estándar de la estación, pero no podía dormir, no después de la última pesadilla que la había hecho despertarse bañada en sudores fríos y un grito ahogado en la garganta. No había noche en que no cerrara los ojos para volver a encontrarse en el campamento de Akuze, huyendo de nuevo de la bestia que la perseguía para devorarla después de dar muerte a todos sus compañeros. O peor aún, cuando esos mismos compañeros, los cuerpos horriblemente mutilados, eran los que la perseguían con miradas acusatorias, preguntándole rotamente ¿por qué los había abandonado a aquella muerte atroz?
Sin ningún deseo de volver a dormirse y caer de vuelta en aquellas pesadillas, Alexandra se levantó y poniéndose su nueva sudadera del N7 como mejor pudo con el brazo todavía en cabestrillo, abandonó su habitación sin rumbo fijo. La estación nunca dormía, no completamente al menos, siempre había soldados, oficiales y civiles trabajando en turnos nocturnos, ocupándose de que la enorme construcción que era la primera línea de defensa del Sistema Solar estuviese a pleno funcionamiento y alerta. El de Arturo era el relé de masa que comunicaba directamente con el de Caronte y por tanto la puerta principal para cualquier enemigo potencial de la Tierra, aunque desde la Guerra del Primer Contacto veinte años atrás no se habían vuelto a ver implicados en ningún conflicto a esa escala. Aún así la galaxia contaba con sus amenazas y no pocas de ellas poseían naves espaciales, lo ocurrido en Elysium un año antes bien lo demostraba.
Elysium… Mientras vagaba por los pasillos semi desiertos del hospital, Alexandra recordó cómo habían entrado en Illyria, la capital, para enfrentarse a los piratas y mercenarios que habían atacado la colonia. No habían sido enemigos para los ataques coordinados de la Alianza, uno a uno habían ido diezmando los grupos que durante días habían asolado la ciudad. Aquella misión le sirvió el ascenso a teniente y su designación N6 y entonces sí sintió que se lo merecía, pues ninguno de los miembros de su unidad había muerto o resultado herido de gravedad, todos habían salido de allí con vida después de dar cuenta de un gran número de enemigos. Nada que ver con lo ocurrido en Akuze…
—¿No deberías estar en tu habitación durmiendo? —Una voz conocida la sacó de sus pensamientos y la sorpresa se plasmó en su cara al ver a la persona que tenía ante sí en aquella intersección de pasillos, no muy lejos de uno de los puestos de enfermería.
—¿Kim? —Preguntó sin creer lo que veía—. ¿Qué estás haciendo aquí… a estas horas?
—Lo mismo podría preguntarte —sonrió la morena acercándose a ella.
—Yo estoy ingresada aquí —Alexandra sonrió de medio lado y agitó levemente su brazo en cabestrillo.
—¿Y tienes por costumbre dar paseos de madrugada?
—No has respondido a mi pregunta —le recordó—. Y no, no suelo hacerlo, pero no podía dormir.
—Ya —Kim sacudió la cabeza, creyéndola a medias—. La Kilimanjaro ha atracado hace una hora en la estación, estaremos de permiso un par de días mientras arreglan no sé qué del fuselaje y volvemos a aprovisionarnos. Mi guardia terminaba cuando llegamos aquí, así que quería aprovechar y venir a verte. Uno de los enfermeros jefe del turno de noche es amigo mío y me ha dejado colarme —le guiñó un ojo.
—¿Querías verme durmiendo y luego irte antes de que despertara? —Inquirió divertida.
—Habría esperado a que te levantaras —rió—. No esperaba encontrarte de paseo nocturno. Pero ya que estás en pie y sin muchas ganas de volver a la cama, ¿vamos a la cafetería?
Alexandra asintió y juntas se encaminaron a uno de los ascensores que les llevaría a la planta en la que estaba la cafetería que nunca cerraba allí. Durante el breve trayecto, Kim le estuvo contando sus "aventuras" a bordo de la Kilimanjaro y sus últimas misiones, todo bastante rutinario.
—Lo más excitante fue la caza que dimos a una nave de piratas batarianos, liberamos a bastantes esclavos —terminó de contar mientras tomaban asiento en la prácticamente desierta cafetería, después de conseguir bebidas calientes para ambas—. Ahora en serio, Alex, ¿cómo estás?
—Estoy bien, ya me ves, nada grave —se encogió de hombros.
—Sabes que no me refiero a lo físico —los oscuros ojos la observaron con seriedad—. ¿Cómo estás llevando lo que pasó allí abajo? Por lo que he oído, debió ser duro.
Alexandra dejó escapar un suspiro y se echó hacia atrás, apoyando todo su peso en el respaldo de la silla.
—No fue duro, Kim, fue un maldito infierno. No teníamos ni idea de lo que era aquella bestia, ni de que habíamos levantado el campamento en su jodido nido. Los que estaban durmiendo no tuvieron ninguna posibilidad y los demás… —Cerró los ojos y sacudió un momento la cabeza, tratando de desechar las terribles imágenes que su memoria insistía en recordarle. Volvió a abrirlos al sentir la mano de la morena sobre la suya.
—Lo siento, Alex. —No había más que preocupación y cariño en su mirada y Alexandra se sintió reconfortada por ello—. Y, aunque sé que suena egoísta, me alegro de que hayas sobrevivido.
—No sé… —un nudo se cerró en torno a su garganta— a veces pienso que es injusto que solo yo lo consiguiera de entre todos los demás. Ojalá hubiese podido salvar a alguno de ellos.
—Estoy segura de que hiciste todo cuanto pudiste para ayudar a tus compañeros, que no huiste sin más. Te conozco, Alex y sé el tipo de soldado y persona que eres. Así que no te atormentes con ello más de la cuenta, ¿de acuerdo?
—Lo intentaré —sonrió débilmente.
—Eso espero —Kim le dio un último apretón a su mano y la apartó—. He oído que te han ascendido a comandante, ahora estás un escalafón por encima de mí, pero no esperes que empiece a llamarte «señora» —rió al final.
—Es una suerte que no estés bajo mi mando, entonces, o tendría que sancionarte —rió a su vez Alexandra.
—Nah, no creo que te atrevieras a hacerlo.
—¿Ah, no? —Alzó una ceja—. Puedes preguntar por ahí a los que han estado sirviendo bajo mis órdenes. Soy bastante estricta.
—Lo sé —rió de nuevo Kim—. Te recuerdo que eras mi líder de escuadrón en la Academia Militar.
—Allí sí que me llamabas señora… Al menos cuando había instructores observando.
—Jajaja. Más me valía.
—Y recuerdo que también me llamabas otras muchas cosas… Algunas no muy bonitas —sonrió de medio lado.
—Pero otras sí —le sacó la lengua y se echó a reír otra vez—. Eran buenos tiempos, divertidos.
—Sí. —Se quedaron en silencio unos segundos, recordando los días pasados entre amigos y compañeros a los que ya no veían o ya no estaban.
—Y por lo que veo, N7 ya. —Kim señaló la sudadera con el logo bordado en ella.
—Sí… —Alexandra bajó la mirada a la letra y el número. No eran más que eso, una letra y un número, pero con una gran significado tras ellos. Un significado que ella ahora no era capaz de aceptar como suyo.
—Alex, te lo mereces. —La voz seria de Kim atrajo su mirada de nuevo—. Igual que el ascenso. Te conozco y sé lo que estás pensando ahora mismo. No te atormentes más creyendo que no eres digna de ello, porque no es así.
—Yo…
—Está bien si ahora no puedes aceptarlo. —La cortó Kim—. Pero te prometo que llegará el momento en que podrás hacerlo.
La morena le dedicó una calida sonrisa, a la que Alexandra se encontró respondiendo casi sin darse cuenta.
—Gracias, Kim —dijo suavemente.
—De nada. Y cambiando un poco de tema, ¿irás por Nueva York cuando te den el alta? —Le preguntó Kim tras dar otro trago de su bebida.
—No. Volveré con mi unidad. O me quedaré aquí en la base hasta que me asignen un nuevo destino.
—Creía que querrías aprovechar e ir a ver a tu hermano.
—Se me ha pasado por la cabeza varias veces, pero con todo el revuelo que se ha formado con… esta historia, prefiero quedarme aquí. Ya sabes, evitar a los medios y tal.
—Ah, el precio de la fama. Entiendo. La verdad es que tu cara ha salido en todos los canales.
—Lo sé —arrugó el entrecejo—. ¿Has oído algunas de las historias que cuentan sobre mi biografía? Hacen que toda mi vida suene como un milagro de supervivencia. «Crecida en las calles de la gran ciudad, días sin nada que llevarse a la boca, sobreviviendo al frío y el calor…». En serio, a veces no sé si reírme o echarme a llorar.
—Ya se pasará todo con el tiempo. Como pasó con el Ataque Skylliano, durará unos meses y luego pasarán a otra historia más nueva.
—Sí, pero mientras tengo que aguantar a un montón de periodistas pesados pidiendo entrevistas. Temo el día de la ceremonia de entrega de la medalla. Allí no voy a poder evitarlos. —Se le escapó un bostezo al final de la frase.
—Conociendo tu talento para escabullirte, estoy segura de que les darás esquinazo con facilidad. Si estoy por la zona, intentaré estar presente. Y será mejor que te llevemos de vuelta a la cama, diría que esta «pequeña charla» nocturna te ha devuelto el sueño.
—Puede.
La verdad era que el cansancio empezaba a pasarle factura, el medigel era increíble, la fractura, que había resultado múltiple, del brazo estaba soldando debidamente y apenas sentía dolor y el profundo corte junto y bajo el ojo derecho era ya una herida camino de una cicatriz más, pero obviamente su cuerpo todavía necesitaba recuperar fuerzas y descansar más horas.
Kim la acompañó hasta su habitación y tras ayudarla con la sudadera, acercó un poco más el sillón que había junto a la cama.
—¿No dormirías mejor en el cuartel? —Le preguntó Alexandra, aunque interiormente agradecía que su amiga se quedase a dormir allí.
—Probablemente —dijo la morena acomodándose como mejor podía y echándose una manta por encima—. Pero prefiero estar aquí.
—Gracias —Alexandra le dedicó una sonrisa completa y sincera.
—No hay de qué. Y ahora tratemos de dormir un poco antes de que tu médico venga a despertarte —apagó la luz que había sobre la cama—. Buenas noches.
—Buenas noches, Kim.
Alexandra corría tan rápido como le permitían sus agotadas y debilitadas piernas, con la respiración entrecortada y los pulmones ardiéndole por el esfuerzo de la carrera, seguía corriendo, en la distancia podía ver las lanzaderas de descenso, su meta y su salvación. Pero la bestia estaba dándole alcance, podía sentirla tras de si, arrastrándose bajo el suelo que pisaba… Un suelo resbaladizo de sangre y vísceras, de los cuerpos destrozados de sus compañeros, cuyas voces acusatorias la perseguían igual de tenaces que la monstruosa criatura. La primera de las lanzaderas estaba casi a su alcance… Tan solo unos metros más y… Y la tierra se abrió bajo sus pies, la enorme boca salió a su encuentro escupiendo ácido y atrapando su cuerpo en un mordisco brutal…
—¡Aaaah! ¡Nooo! —Esta vez el grito escapó de su garganta, rompiendo el silencio de la noche espacial. Temblando, con el corazón latiéndole desbocado en el pecho, se llevó las manos al rostro, tenía las mejillas húmedas de lágrimas que ni siquiera era consciente de haber derramado.
—Shsss… Solo ha sido una pesadilla —un susurró y unos brazos cálidos fueron a su encuentro—. Tranquila, Alex, estoy aquí —Kim se sentó en el borde de la cama y como mejor pudo la estrechó en un abrazo—. Estoy aquí.
Alexandra se movió, dejándole el espacio suficiente para que Kim se pudiera echar en la cama junto a ella, una silenciosa petición que su amiga no tardó en captar y cumplir. De costado, con los brazos de Kim rodeándola y con la cabeza refugiada contra su pecho, Alexandra empezó por fin a calmarse.
—Shsss… —Kim le acarició la cabeza y le repitió suaves sinsentidos y palabras tranquilizadoras—. Todo esto pasará, te lo prometo. Las pesadillas terminarán y podrás seguir adelante. Eres una de las personas más fuertes que conozco. Akuze pronto será un recuerdo amargo más del que habrás aprendido algo, pero no te atormentará como ahora. Confía en mí, esta pesadilla llegará a su fin. Ya lo verás.
