I .- EL COMIENZO


SSV-NORMANDIA SR-1

Estación Espacial Arturo. Año 2.183

Definitivamente, aquella era la nave más elegante y grácil que Alexandra había visto jamás; su nombre en grandes letras blancas marcaba el negro fuselaje del casco: Normandía, como la antigua ciudad y la antigua batalla, quizá haciendo homenaje a ambas. De proa a popa se notaba que era una fragata hecha para el sigilo y la velocidad, la nave perfecta para incursiones rápidas y precisas. Le recordaba un poco a ella y se permitió una media sonrisa al pensar en ello. Todavía le costaba creer que fuese a ser su oficial ejecutivo, la segunda al mando de su tripulación, escogida personalmente por su oficial al mando. Mucho había andado desde las calles hasta aquel muelle espacial en Arturo, frente a la más innovadora y avanzada nave de la Alianza.

—Es una preciosidad, ¿verdad? —dijo una voz masculina deteniéndose a su lado.

—Sí que lo es, señor —Alexandra se cuadró ante el oficial al mando que comandaría aquella nave, nada menos que el condecorado Capitán David Anderson, uno de los primeros N7 en salir del programa y toda una leyenda viva de la Alianza.

—Descanse, comandante. Me alegra ver que decidió aprovechar su segunda oportunidad.

Alexandra miró sorprendida por unos segundos a su capitán y dejó que una sonrisa completa asomara a su rostro.

—No creí que se acordaría de mí, señor.

—Al principio no estaba completamente seguro, pero al verla de cerca no he tardado en reconocerla como aquella muchacha de Nueva York. Aunque las cicatrices son nuevas.

—Akuze —musitó Alexandra llevándose una mano a la cicatriz en forma de equis que tenía en el pómulo derecho, justo bajo el ojo.

—Leí los informes de aquello. El suyo también. No debió ser fácil.

—No, no lo fue —Alexandra no tenía ganas de hablar de aquel tema precisamente ahora, poco antes de embarcarse en una nueva misión; era mejor dejar a los fantasmas del pasado tranquilos. Afortunadamente, Anderson parecía compartir su opinión y cambió de tema.

—Parece que mis palabras aquella noche que chocó conmigo le sirvieron bien.

—Así es, señor. La verdad es que se podría decir que de no ser por usted, no estaría hoy aquí. En parte al menos. Y tenía razón, no ha sido el camino más fácil, pero tampoco el peor.

—Pero usted lo ha seguido con determinación y ha llegado hasta aquí. Dígame, Shepard, ¿ha conocido ya al resto de la tripulación de la Normandía?

—Sí, señor. Parecen un buen grupo. Aunque me sorprende que llevemos una tripulación completa en un vuelo de prueba.

El capitán le dirigió una mirada evaluadora y Alexandra creyó ver el fantasma de una sonrisa aprobadora dibujándose en sus labios.

—Nunca se sabe lo que puede pasar en el Través, es mejor ir preparados, ¿no cree, comandante?

—Supongo que sí, señor —asintió—. En cualquier caso, estoy segura de que será un paseo interesante.

—Seguro que sí, comandante —sonrió Anderson—. Espero que se haya hecho ya con todos los sistemas y tecnología de la Normandía, porque en tres días saldremos hacia Eden Prime.

—Llevo una semana recorriéndola de proa a popa, señor. Creo que estoy lo suficientemente familiarizada con ella. También me he leído el manual, aunque lamentablemente no sería capaz de volarla —se permitió bromear ligeramente. Anderson tenía fama de estricto, pero también decían que sabía apreciar el humor.

—No se preocupe por ello, Shepard, contamos con un piloto excepcional —rió el capitán—. Le recomiendo que aproveche los días que le quedan de permiso para lo que quiera, una vez abandonemos la estación, tendremos por delante varios meses de misiones en pruebas. Veremos de lo que es capaz esta nave.

—Lo haré, señor —Alexandra se cuadró, saludó y se despidió del capitán, encaminándose a la habitación que tenía asignada en uno de los cuarteles de la estación.

Tres días de permiso más, Alexandra se preguntó si le daría tiempo a ir y volver a la Tierra, aunque el único sitio que le quedaba allí que le mereciese la pena visitar era la tumba en la que un año atrás había enterrado a Kenan; el disparo de un policía había puesto punto y final a la vida de su hermano. Todo fruto de la mala suerte y de un golpe que había ido mal, algo relacionado con el contrabando de arena roja. Alexandra todavía no terminaba de comprender por qué su hermano se había metido en aquello, nadie de la banda quiso contarle nada, no ahora que vestía uniforme y en cierto modo estaba del lado de la ley, el lado opuesto al de la banda. No, se dijo, no merecía la pena ir hasta allí solo por un día, además, no le hacía falta ver aquella lápida para recordar a su hermano, él siempre estaba presente en sus recuerdos, su memoria guardaba todos los buenos momentos, todas sus enseñanzas y consejos, todas sus sonrisas y aquella mirada orgullosa en sus ojos el día que regresó a casa después de conseguir la designación N6. Tampoco olvidaría su ánimo, apoyo y comprensión cuando por fin se encontraron después de lo ocurrido en Akuze. La mejor forma de honrarlo era no olvidarlo.

La visita a Nueva York descartada, solo le quedaba permanecer en la estación, pero no eran muchos los lugares en los que divertirse de verdad allí; las cantinas que el ejército tenía dispersas en la zona siempre estaban llenas de soldados, eso era cierto, pero también lo era que siempre cabía la posibilidad de encontrarse con algún oficial superior o que aquellos que estaban por debajo de tu rango se mostrasen más respetuosos que amistosos. Quizá podría pasarse por algunos de los dos bares civiles que había, no es que fueran mejores que los militares, pero quizá la gente fuese menos distante.

En cualquier caso todavía era pronto para meterse en ningún bar, así que cuando llegó a su habitación, se sentó a revisar su terminal privada, tenía algunos mensajes que contestar, la mayoría relacionados con su inminente partida, también había algunos de carácter más personal, de amigos que estaban a años luz de Arturo y que la felicitaban por su nuevo destino. Entre aquellos últimos había uno de Kim.

DE: Teniente Kim López

PARA: Comandante Alexandra Shepard

ASUNTO: Supongo que felicidades ;)

Así que oficial ejecutivo en la nueva nave de la Alianza, ¿eh? Ves, siempre supe que llegarías lejos xD. Me alegro mucho, en serio, y enhorabuena por conseguirlo, no todos los días uno consigue que alguien como el Capitán Anderson se fije en ti.

Lamento no haberte escrito antes, hace días que recibí tu mensaje, pero las cosas han estado liadas y algo caóticas; resulta que me van a trasladar a un nuevo destino, la SSV-Madrid, a la Quinta Flota en Arturo. No es un castigo, a ver qué te vas a pensar, simplemente mi superior me recomendó para un puesto que iba a quedar libre a bordo de esa nave. El traslado es de carácter inmediato, aunque por poco no nos vamos a cruzar en Arturo, llegaré un par de días después de tu partida. Una lástima :P.

Pero espero que más adelante me puedas contar las maravillas de esa nave, ya que todo lo están manteniendo bastante en «secreto», los altos mandos y los políticos con sus manías de contar las cosas a medias :P. Lo único que sabemos por aquí es que es un diseño conjunto con los turianos… ¿Quién lo diría después de lo ocurrido hace veintiséis años, verdad? Bueno, supongo que así demostramos que la humanidad es capaz de dejar el pasado atrás.

En fin, cosas del trabajo a parte, espero que todo te vaya bien y ojalá pudiéramos vernos algún día, que va a hacer casi un año desde la última vez que nos vimos en persona… Pero está claro que va a ser complicado, ya que nuestros permisos casi nunca coinciden. Bueno, mientras que no se te olvide que la próxima ronda la pagas tú, no hay problema xD.

Y voy a dejar ya de aburrirte xD (de todas formas, mi turno está a punto de empezar). Que estoy feliz por ti, Alex, sin duda mereces ese puesto, has trabajado duro para conseguirlo y estoy segura de que el siguiente paso será tener tu propia nave (¿qué?, no me mires así, eres tú la que siempre soñaste a lo grande ;D). Y allí dónde esté, Kenan se sentirá muy orgulloso de ti, de ver lo lejos que estás llegando.

Cuídate. Y demuéstrales lo que vales ;)

Kim.

Alexandra escribió un correo respondiendo a su amiga, dándole la enhorabuena por su nuevo destino y mostrándose de acuerdo en que era una pena que no pudiesen verse por solo un par de días, prometiéndole que la próxima vez que se encontrasen, ella pagaría todas las rondas que hiciesen falta. Después de terminar aquello y darse una ducha, abandonó su cuarto para ir a cenar y quizá después ir a tomar algo y ver si encontraba buena compañía para el resto de la noche; no es que no estuviera acostumbrada a pasar días a solas, pero justo a las puertas de salir en una misión en la que iba a ser la segunda al mando, no le vendría mal distraerse un poco. Puede que la Normandía fuese a pasar por un periodo de pruebas, pero en un trabajo como el suyo el estrés era algo que tenías casi asegurado, más tarde o más temprano alguna cosa podía torcerse y, además, una parte de ella, esa que no olvidaba su pasado en las calles desconfiando de todo y de todos, le decía que el que la nave fuese a partir con la dotación completa no era simple casualidad o que Anderson estuviese siendo extremadamente cauto. Así que, como el propio capitán había dicho, lo mejor sería aprovechar el resto del permiso y disfrutar de sus últimos días libres en la estación.

Por eso, una hora después de cenar en uno de los comedores de la base que la Alianza tenía emplazada allí, estaba acodada en la barra de un bar civil, una Guiness recién empezada frente a ella; aquella cerveza, que todavía se seguía destilando en la Tierra, era un capricho un poco caro, pero valía todos y cada uno de los créditos que costaba y no era habitual encontrarla fuera del espacio de la Alianza, un pequeño auto regalo de despedida, pensó Alexandra divertida y dio otro trago a la oscura bebida.

—¿Bebiendo sola, comandante? —Preguntó un hombre a su lado.

—Por el momento —contestó girándose a saludar con un gesto de la cabeza al teniente Alenko, uno de los miembros de su nueva tripulación.

—Eso me parecía —sonrió él—. ¿Quieres unirte a nosotros? —Señaló una mesa no muy lejos de donde estaban; sentados a ella había un grupo de dos hombres y una mujer, como ella y el teniente, vestían ropa de calle, así que no podía saber si eran también soldados o no.

—¿Amigos tuyos?

—Sí, son buena gente. Será entretenido… Al menos más que beber sola.

—Hm… —Alexandra se encogió de hombros, cogió su cerveza y lo siguió hasta la mesa.

—Chicos, esta es la comandante Alexandra Shepard… —Alenko se ocupó de hacer las presentaciones pertinentes, mientras uno de los hombres conseguía una silla más para que pudiese sentarse.

Alexandra no tardó en descubrir que los amigos del teniente eran bastante divertidos y se podía hablar con ellos de prácticamente casi cualquier tema, desde política, pasando por deportes, hasta los últimos avances tecnológicos o el último éxito del cine. Eran un grupo agradable, todos soldados, salvo la mujer, Julia, una ingeniera civil que trabajaba en la estación, pero que aspiraba a trasladarse a alguna de las colonias más avanzadas que la humanidad tenía dispersas por la galaxia.

—¿Tal vez Elysium? —Le preguntó Alexandra dando un trago de su tercera cerveza ya.

—No, me gustaría algo un poco menos… asentado —sonrió la morena.

—Julia quiere vivir una gran aventura —comentó uno de los hombres, Mark, un tipo alto y fornido, con el pelo rubio rapado al uno, la viva imagen de un soldado de primera línea.

—No tanto como ir al extremo de los Sistemas Terminus —sacudió la cabeza la mujer—, pero tampoco un sitio que no se diferencie mucho de las ciudades en la Tierra. Quizá Eden Prime u Horizonte. He oído que están progresando bastante bien y que siempre requieren gente especializada para trabajar allí en nuevos proyectos.

—Parece que lo tienes muy pensado, ¿qué es lo que te retiene? —Inquirió Alexandra.

—Que en el fondo le da miedo alejarse del espacio conocido —se adelantó otro de los hombres, Víctor, un especialista en comunicaciones y, como Alenko, también un biótico.

—Sí, Julia se pasa la vida diciendo que quiere irse a la aventura, pero luego siempre encuentra una excusa para quedarse aquí —añadió el teniente divertido.

—No es verdad —dijo en su defensa la joven—, es solo que todavía no he encontrado un trabajo que me llame la atención o en el que gane tanto como aquí.

—Si esperas ganar más dinero en una colonia, puedes olvidarte de ello —rió Mark.

—¿Y por qué no unirte a la Alianza? —Preguntó Alexandra curiosa.

—Nah, la vida militar no es para mí, no se me da bien eso de seguir órdenes y hacer todo lo que me dicen. O poner mi vida en peligro. Eso os lo dejo a vosotros, valientes soldados —lo último lo dijo guiñándole un ojo a Alexandra, que le dedicó una de aquellas sonrisas de medio lado.

La verdad era que desde hacía un rato, Julia y ella llevaban intercambiando gestos y alguna que otra frase nada inequívoca, estaba claro que la soldado había captado el interés de la ingeniera y, aunque sutil, el flirteo tampoco estaba pasando completamente desapercibido para el resto de sus compañeros de mesa, si bien, ninguno estaba haciendo comentarios al respecto, si que de vez en cuando les dirigían una que otra mirada enterada, salvo Alenko, cuya expresión parecía más bien resignada. A Alexandra le daba igual lo que pensasen, Julia era inteligente, divertida y aunque físicamente no destacaba, tenía cierto atractivo potenciado sobre todo por unos preciosos ojos azules y además le estaba mandando todas esas claras señales; parecía que al final la noche sí iba a resultar realmente interesante.

Así que no sorprendió a nadie que ambas mujeres se fuesen juntas cuando el grupo decidió dar por finalizada la velada pasada ya la media noche (o lo que sería la media noche si no estuviesen orbitando en el espacio); durante el rato que habían estado en el bar, entre conversaciones e ir a la barra a buscar nuevas bebidas, las dos habían acabado sentándose juntas y los gestos habían dado paso a discretas caricias en manos, muslos y rodillas, en alguna que otra sugerencia susurrada al oído con la excusa de la música alta, en miradas que prometían que una vez estuviesen a solas, hablar de tópicos sería lo último de su lista.

El camino de vuelta a la habitación de Alexandra fue más largo de lo habitual, ya que de tanto en tanto iban deteniéndose para besarse con pasión mal contenida y un deseo creciente por alcanzar su destino y olvidarse del resto del mundo por unas horas.

—Casi lo siento por Kaidan… —logró articular Julia entre besos cuando por fin llegaron a su meta; el cuerpo de Alexandra presionando el suyo contra la puerta.

—¿Hm? —Alexandra descendió por su cuello mientras con su mano libre trataba de abrir la puerta de su habitación, buscando a tientas el escáner que la desbloquearía.

—Le gustas… Mmm… Por eso te invitó a nuestra mesa…

—Bueno —Alexandra alzó el rostro y miró a Julia con una sonrisa traviesa bailando en sus labios—, Alenko me cae bien, pero no es mi tipo.

—Mala suerte para él y buena para mí, entonces —rió suavemente la ingeniera.

—Eso parece… —Alexandra consiguió finalmente abrir la puerta y ambas entraron en la habitación a trompicones, sus bocas unidas en un nuevo beso y las manos deslizándose por sus cuerpos, tirando de la ropa, tratando de quitársela. La puerta se cerró tras ellas sin que se dieran cuenta, aislándolas efectivamente de ese mundo que querían dejar por unas horas atrás.

Los dos días siguientes, Alexandra disfrutó de la compañía de Julia en salidas nocturnas que siempre acaban en su habitación a altas horas de la madrugada y sin que ninguna de las dos durmiera mucho precisamente, al menos, no durante la noche, ya que la mañana estelar siempre las encontraba todavía en la cama, recuperando esas horas de sueño perdidas de manera tan gratificante.

Sin duda, estaba aprovechando bien los días de permiso que le quedaban, sin aburrirse o bebiendo a solas en los locales de la estación. Eso pensaba la marine la mañana de su último día libre, mientras yacía aún con los ojos cerrados en la cama; podía sentir el cuerpo desnudo de Julia junto al suyo, dedos errantes dibujando patrones abstractos en su abdomen.

—Vaya sonrisa de satisfacción —murmuró la morena divertida no muy lejos de su oreja.

—Hm… Tengo motivos para estar satisfecha —suspiró Alexandra, los ojos todavía cerrados.

—Bueno, no es por presumir, pero creo que en parte eso se debe a mí.

Alexandra rió suavemente y se estiró con languidez, desentumeciendo los cansados músculos.

—Eso si que es una vista que merece la pena contemplar —musitó Julia complacida.

—Disfrútala mientras puedas, porque me temo que hoy será la última vez que la veas.

—Debería hacerte una foto y llevarte en mi omniherramienta como recuerdo, entonces —bromeó Julia.

—Nah, te acabarías cansando de mi cara.

—Mmm… no lo creo —sintió los dedos de Julia trazar las cicatrices junto a su ojo—, tienes una cara muy bonita.

—Ya —Alexandra tomó la mano de la morena, deteniéndola y abrió finalmente los ojos, mirándola con una seriedad que momentos antes ni siquiera había existido—. Julia, esto…

—Lo sé —la cortó—, esto no es más que tus tres días de permiso. Divertirnos, pasarlo bien, pero nada más. Lo sé. Lo dejaste muy claro la primera mañana que amanecí en tu cama.

—¿Te arrepientes ahora?

No es que Alexandra tuviese miedo a involucrarse en una relación de verdad, pero su vida la había acostumbrado a que nada ni nadie duraba para siempre y había aprendido a vivir el momento, a disfrutar de lo que tenía durase lo que durase. Y además, la vida militar tampoco favorecía el desarrollo de relaciones, demasiado lejos durante demasiado tiempo, era difícil encontrar a alguien dispuesto a aguantar ese tipo de vida fuera del cuerpo. Alexandra no sabía si alguna vez se encontraría con una persona a la que nada de aquello le pareciese un obstáculo, que no se rindiese nunca con su relación, pero estaba segura de que Julia no era esa persona.

—No —la morena sacudió la cabeza, sacándola de sus pensamientos—. Pero a veces, cuando la otra persona resulta tan interesante, puede ser complicado no hacerse ciertas ilusiones. Pero no te preocupes —siguió antes de que Alexandra pudiera decir nada—, no voy a ir acosándote por Extranet ni nada de eso —sonrió y se inclinó sobre ella hasta quedar a escasos centímetros de sus labios—. Hace dos días estaba de acuerdo con esto y hoy lo sigo estando. No me arrepiento.

Sus labios se encontraron finalmente en un beso largo que se fue tornando más pasional.

—Bien —sonrió Alexandra cuando se separaron unos segundos—, porque hoy es nuestro último día juntas y no quisiera que te llevases un mal recuerdo.

—Mm… Eso sería imposible —suspiró mientras se colocaba sobre ella—. Pero creo que todavía puedes hacer ese recuerdo algo más memorable.

—Intentaré… —Alexandra sonrió de medio lado y con un ágil momento invirtió sus posiciones— dejarte una memoria imborrable.

Era temprano, según el horario de la Tierra, allí todavía no habría amanecido, cuando Alexandra echó un último vistazo a su bolsa de viaje, asegurándose de que llevaba todo lo necesario para los siguientes meses; no era mucho, básicamente lo imprescindible, pero cuando viajas en una fragata de combate tampoco es que dispongas de mucho espacio, sobre todo cuando dicho espacio es compartido con el resto de la tripulación. Satisfecha con lo que veía, cerró la bolsa y se dirigió a la caja de seguridad donde guardaba su pistola de servicio, el único arma que poseía en la estación, el resto le sería suministrado, en caso necesario, en la nave.

Se había despedido de Julia después de comer el día anterior; teniendo que presentarse en la Normandía a primera hora de la mañana, lo mejor sería tener una tarde tranquila y una noche de sueño completa. Tras comprobar que el arma estaba en perfectas condiciones, se la colocó a la cintura. Después, se colgó del cuello la cadena de la que pendían sus placas de identificación y una lamina rectangular de metal, lo que quedaba de la pequeña pulsera con su nombre grabado. Años atrás había hecho grabar en la otra cara el nombre de Kenan. Finalmente se acercó a su escritorio y cogió una vieja fotografía impresa que tenía pinchada en la pared; era el único objeto de carácter sentimental que siempre llevaba consigo en las misiones de larga duración. Se trataba de una imagen de Kenan y ella, de cuando era una niña, no más de diez años, tomada en uno de los pocos cumpleaños que se habían podido permitir celebrar con algo más que buenos deseos y palabras de felicitación. Alexandra sonrió al observar la imagen y trazó el rostro de su hermano con la yema de un dedo.

—Oficial ejecutivo en la nave más avanzada de la Alianza —sonrió—. Pero sigo soñando con cosas más grandes, hermano, nunca lo dejaré de hacer. Y llevaré nuestro nombre por todas las estrellas.

Guardó la fotografía en uno de sus bolsillos, se echó la bolsa al hombro, dio un último vistazo a su habitación y salió de ella en dirección al muelle donde la SSV Normandía y su tripulación aguardaban para partir rumbo a Eden Prime.