Anuncio de responsabilidad: Todos los personajes pertenecen a Andrew W. Marlowe, a pesar de que han encontrado su propio camino a mi corazón.


Escenas eliminadas


El sonido de la voz de Lanie despertó a Beckett. Abrió los ojos y se percató de que al menos media docena de nuevos ramos de flores se habían sumado a la mesa, ya muy llena, junto a la ventana. A la izquierda de Kate, a poco más de un metro, Lanie y los chicos estaban inclinados sobre la cuna del hospital, arrullando al bebé. Un globo azul que decía "¡Es un niño!" flotaba detrás de sus cabezas.

La detective se desperezó y se incorporó un poco a una posición más sentada.

—No le agobiéis —murmuró con una voz profunda por el sueño.

La forense y los chicos se giraron y sonrieron al verla despierta.

—Hola, cielo —saludó Lanie.

—¡Hola, mamá! Ya era hora de que te despertaras. —Ryan sonrió ampliamente—. No es muy divertido venir de visita y encontrarse a todo el mundo dormido.

—El niño es muy mono y todo eso pero no habla mucho, ¿sabes? —bromeó Esposito.

—¿Dónde está Castle? —comenzó a decir Kate, pero a la vez que formulaba la pregunta, lo localizó estirado en el pequeño sofá, roncando suavemente con la cabeza colgando por encima del reposabrazos.

Los chicos se aproximaron a la cama y le dieron a la recién estrenada madre un beso en la mejilla, murmurando un «Enhorabuena». Lanie se sentó en el borde del colchón junto a su cadera y le cogió una mano.

—¿Cómo te encuentras, cariño?

—Estoy bien… Sólo un poco cansada. —Kate respiró hondamente y reclinó la cabeza sobre la almohada—. Ha sido un día muy largo.

—Nos has dado un buen susto, jefa —mencionó Ryan con tono amargo, y Esposito a su lado asintió con una expresión seria.

La sonrisa de Kate flaqueó al recordar una vez más el espeluznante suceso de esa misma mañana, y sintió que su corazón daba un vuelco al visualizar en su mente cómo las cosas podrían haber terminado si algo hubiese salido realmente mal. Inmediatamente su mirada se posó sobre la cuna y el recién nacido que había dentro.

—Pero todo ha salido bien —recalcó Lanie en tono firme, frunciéndoles el ceño a los chicos por su falta de sensibilidad y, al mismo tiempo, apretando la mano de Beckett de forma tranquilizadora.

Los detectives desviaron sus cabezas de la feroz mirada de Lanie y fijaron sus ojos de nuevo en el bebé.

—Eh, chica. Vamos. —La médico forense sostuvo la mano de Kate entre las suyas y le sonrió de manera reconfortante—. ¡Borra esa cara triste! El niño está aquí y está bien.

—Sí, tienes razón. —La detective suspiró y sacudió la cabeza, parpadeando varias veces para secarse los ojos húmedos, y una pequeña sonrisa acabó por extenderse sobre sus labios—. Son sólo las hormonas.

Lanie se inclinó hacia ella con una mueca pícara en el rostro y le susurró en voz muy baja:

—¿Quieres ver algo divertido?

Kate arqueó una ceja, intrigada y expectante.

—Mira esto. —Lanie le dirigió en pequeño gesto de complicidad y se bajó de la cama—. Oye, ¿Javier? —llamó la forense, dando un paso hacia Esposito.

—¿Hmm? —El detective ladeó ligeramente la cabeza pero no miró a Lanie a la cara, demasiado ocupado haciéndole carantoñas al recién nacido.

Ella le pasó lentamente una mano por el brazo, lo que atrajo su absoluta atención.

—¿Cuándo vamos nosotros a hacer uno de estos? —dijo Lanie, indicando el bebé con un movimiento de cabeza, poniendo morritos y aleteando las pestañas, mirándole ilusionada y anhelante.

Espo miró al bebé y luego a Lanie y pareció acalorarse de repente, un color rojo intenso ascendiendo por su cuello.

¡¿Qu-qué?! —tartamudeó nervioso, alzando la voz una octava.

Kate empezó a sacudirse con una risa silenciosa.

—Oh, vamos... —Lanie se apretó a Esposito, y con la uña de un dedo comenzó a acariciarle la piel del pecho expuesta entre la V de su camisa—. Yo también quiero uno —ronroneó la forense, mirándole por debajo de las pestañas—. Tengamos un bebé nosotros también.

Los ojos de Espo se desplazaron del rostro de Lanie al dedo tentando la piel de su clavícula y ascendieron a su rostro otra vez. La miraba totalmente atónito. Su boca se movía pero ningún sonido salía de su garganta y parecía que estaba comenzando a hiperventilar. Kate no pudo aguantar más y se echó a reír a carcajadas, Lanie y Ryan uniéndose a ella un segundo después.

—¡OH! —exclamó Esposito, frunciendo el ceño y mirando indignado a Lanie y a Ryan, quiénes estaban rugiendo de risa.

—¡Ay! Au... —Kate hizo una mueca de dolor, llevándose una mano al vientre pero no pudiendo dejar de reírse—. Me tiran los puntos de la cesárea.

—¡Eso no ha sido divertido! —se quejó Espo. Lanie trató de pellizcarle la mejilla, pero el detective se apartó—. ¡No tiene ninguna gracia, Lane!

—¡Eh! Hay gente aquí que intenta dormir —masculló Castle de repente, estirando los brazos por encima de la cabeza.

El comentario desencadenó el estallido de una segunda oleada de risas e incluso Esposito se unió a los demás. Castle se incorporó y se frotó los ojos mientras bostezaba. En medio de todas las carcajadas, el bebé empezó a llorar, probablemente asustado por el escándalo que estaban montando los adultos, y todos se quedaron en silencio al instante. El escritor se acercó al recién nacido, lo cogió en brazos y el pequeño se calló enseguida. Durante medio minuto, todos se limitaron a observar cómo el padre mecía gentilmente a su hijo, volviéndolo a dormir.

Cuando Kate miró a Lanie, vio la mirada deseosa en el rostro de su amiga.

—Lane, ¿quieres cogerlo?

Antes de que la forense pudiera responder Castle ya le estaba colocando el recién nacido en los brazos.

—Ahí tienes —le dijo en voz baja—. Cuidado con la cabeza.

La sonrisa que se extendió sobre los labios de Lanie amenazaba seriamente con partirle la cara en dos.

—Hola, Ollie —le susurró con dulzura, acercándose el pequeño a los labios para darle un suave beso en la frente.

—Te queda bien, Lanie —comentó Castle y luego se volvió hacia Esposito y le dio una palmada en la espalda—. Javier, a lo mejor tendríais que...

—¡Eh, eh! ¡Ya es suficiente! —dijo el detective, alterado, interrumpiendo a Castle.

—¿Qué? —se quejó el escritor, completamente ignorante a lo que había tenido lugar unos minutos antes.

—Si alguien necesita ser presionado, ese es él —soltó Espo, apuntando con un dedo a Ryan, y todas las miradas se volvieron hacia el irlandés. La sonrisa de divertimiento que éste había tenido en la cara se desvaneció, y se sonrojó ligeramente—. Él y Jenny llevan casados dos años —continuó Esposito, tratando de sacar la pelota de su cancha. Ryan miraba muy nervioso y alterado, y sus mejillas se encendieron de un color rojo todavía más intenso. Sus ojos se movían de un rostro a otro, sin saber dónde esconderse—. Espera un momento... —musitó su compañero, cauteloso. Los ojos asustados de Ryan se clavaron en la cara de su mejor amigo—. ¿Estás…? ¡¿Está Jenny… embarazada?! —el detective hispano terminó con una exclamación de incredulidad.

Las miradas sorprendidas de los presentes se clavaron en la cara de Ryan y todos percibieron cuando los ojos de éste empezaron a brillar con el esbozo de la sonrisa que estaba intentado ocultar. El detective terminó por asentir y de repente todo fue un coro de exclamaciones, de "Oh, dios míos" y de incrédulas risas mientras Ryan revelaba su secreto.

—¡Tío! —Esposito rió y, aunque parecía imposible, la sonrisa de Ryan se ensanchó aún más.

—¿De cuánto está? —preguntó Kate, curiosa.

—De casi tres meses —respondió Ryan feliz, resplandeciente.

—¿Por qué no has dicho nada antes? —exigió Lanie con voz aguda, lo que causó que el bebé se sobresaltara y se agitara en sus brazos. Rápidamente le acarició la mejilla, tranquilizándolo.

—Ya sabéis… queríamos esperar para asegurarnos de que todo estaba bien. —Ryan miró de una cara sonriente a la siguiente—. Y no queríamos quitaros el protagonismo a vosotros chicos —les dijo a Beckett y Castle—. Hoy debería ser sólo el día de Oliver.

—¡Tío! —Esposito exhaló otra vez, todavía sorprendido, y Ryan se rió. De repente, Espo atrajo a su amigo hacia sí, dándole un abrazo de oso, y se dieron unas palmaditas en la espalda el uno al otro. Un momento después se separaron.

—Bueno, Javier —empezó Castle—, Si Kate y yo acabamos de tener un bebé, y Kevin y Jenny están esperando… Probablemente significa que tú y Lane...

—!Oh! He-y, hey —Esposito rió, nervioso—. Ven aquí, hombre —añadió, tratando de hacer callar a Castle mientras tiraba de los dos hombres para darles otro abrazo de tíos.


Dos días mas tarde…

Castle y Beckett se bajaron del ascensor y caminaron hasta la puerta del loft. Ella llevaba al bebé en brazos; él cargaba con las bolsas, las flores, los globos y la sillita del coche, y, a la vez, intentaba meter la llave en la cerradura.

—¿Estás bien? —Castle le preguntó por enésima vez desde que habían salido del hospital.

—Estoy bien… —respondió ella, soltando un largo suspiro—. Sólo abre la puerta para que podamos entrar.

El escritor finalmente consiguió deslizar la llave en el agujero y abrió la puerta. Dejando caer todo al suelo, encendió las luces y se hizo a un lado para dejar pasar a Kate. Cuando ella dio un par de pasos hacia la sala de estar sus ojos encontraron globos azules flotando por todas partes, y colgando de la cúpula de cristal de en medio del salón, había una gran pancarta que decía "Bienvenido a casa, Oliver".

—¡Oh, vaya! —La detective se rió en voz baja—. ¿Quién ha hecho esto?

—¡Guau! —exclamó Castle, deteniéndose junto a Kate y alzando la vista al gran letrero—. No tengo ni idea. No he estado en casa en dos días. —Castle deslizó un brazo por los hombros de Beckett, abrazándola de lado, y le dio un beso en la cabeza—. ¿Tienes hambre? ¿Quieres comer algo?

—No… Estoy bastante cansada. Creo que voy a echarme un rato. —Y mientras lo decía, Kate se dio cuenta de algo. No habían esperado que el bebé naciera tan pronto. La habitación del pequeño no estaba terminada y no tenían un lugar dónde pudiera dormir su hijo—. Castle, ¿dónde va a dormir el bebé? —Kate detectó cierta angustia en su propia voz—. La habitación no está terminada y no tenemos una cuna. Ni siquiera tenemos cochecito para...

—Shhh, no te preocupes… Está bien, cariño.

Castle la giró y la empujó suavemente hacia el dormitorio. Le abrió la puerta y la dejó pasar a ella primero. En cuanto la detective entró en la habitación, lo vio. En la esquina cerca de su lado de la cama había un moisés colgando del techo. Era ovalado, de color crema muy claro y tenía un suave dosel de tela blanca que caía desde el nudo superior donde se juntaban las cuatro sujeciones de la cesta hasta casi tocar el suelo.

—Oh, vaya... —exhaló la detective sin aliento, alzando la vista brevemente a la cara de Castle—. Me encanta. ¡Es perfecto! —Le sonrió y le besó la mejilla—. Gracias, cariño.

—Debes agradecérselo a tu padre —murmuró él.

Ella le miró sorprendida.

—¿Mi padre?

—Sí. Se ofreció a ayudar. Compró el moisés y vino ayer a colgarlo. —Castle hizo una pausa y añadió—: Venga, acuéstalo.

Beckett cruzó la habitación y Castle fue tras ella. Vio cómo la detective se detenía brevemente para observar que la sujeción del moisés al techo fuera segura y resistente, y luego tumbó a su hijo delicadamente boca arriba sobre el blando colchón de dentro de la cuna, haciendo que toda la estructura se meciera un poco. El recién nacido se agitó por un momento pero siguió durmiendo plácidamente, alzando los brazos a cada lado de su cabeza y cerrando ligeramente sus diminutas manos en puños.

—Perfecto —murmuró Castle mientras cubría a su hijo con una fina manta. Luego se inclinó sobre el moisés, apartó un poco el dosel para meter la cabeza dentro, besó la frente del bebé y le susurró—: Dulces sueños, Oliver.


Espero que os haya... GUSTADO :D