Shiryu estaba buscando un lugar donde poder escribirle tranquilo a su querida Shunrei. En la mansión era imposible; habían empezado a discutir nuevamente el asunto ese del fin del mundo.

Shun aseguraba que era necesario hacerle caso a su hermano Ikki y refugiaerse en el búnker; Seiya decía que lo mejor era quedarse en la superficie y ver qué pasaba. Por su parte, Hyoga les trataba de explicar que el Apocalipsis Zombie los agarraría allá donde estuvieran y no valía la pena esconderse. Y Saori reclamaba por no tener una habitación para ella sola.

-Soy una diosa, no puedo compartir la habitación con un grupo de chicos – decía.

-Si nos vamos al búnker, serías la única mujer que quede viva. Y entonces hay que ver lo de la propagación de la especie – dijo Shun.

Saori se puso roja, pero Shun no lo dijo con mala intención. De hecho, nadie aparte de Saori vio algo indebido en las palabras del chico.

-Es verdad, si somos los sobrevivientes habría que propagar la especie – dijo Seiya.

-Cuando derrotemos a los zombies, la raza humana va a prevalecer. Es nuestro deber ayudar – dijo Hyoga.

-Cada uno podría tener un hijo al año; y entonces, en diez años tendríamos... setenta hijos – dijo Ikki, que era malo para las matemáticas. Pero nadie se dio cuenta, preparados como estaban para pensar en ese montón de hijos que tendrían que críar.

-¿Acaso no se dan cuenta de que sólo Saori es capaz de tener un hijo por año? - les había preguntado Shiryu antes de retirarse indignado.

-Pero a nuestra edad todos somos fértiles – le dijo Seiya, mirándolo con todo el convencimiento del mundo.

Así que Shiryu se había escapado de esa casa de locos. Y camina que te camina, encontró la entrada del búnker construido por Ikki y pensó que era un lugar de lo más agradable para pasar la tarde mientras le escribía a Shunrei.

Cerró la puerta tras de sí, prendió una de las velas (Ikki no se había molestado en instalar electricidad en el búnker) y comenzó a escribirle a la chica:

Añorada Shunrei: en estos meses de separación me han pasado muchas cosas raras, pero nada iguala a la fiebre del fin del mundo que sufren estos japoneses occidentalizados. ¿Recuerdas cuando nos burlábamos de la costumbre de Seiya de usar jeans? ¿Y de los extraños suspensores de Shun? ¿Y de esa religión incomprensible de Hyoga? Pues nada supera a esas teorías locas que hablan del fin de los tiempos.

Me alegro de haber crecido en un lugar que no había sido contaminado por esas ideas apocalípticas a las que son tan aficionados los occidentales.

Pero por si acaso, ten bastantes velas guardadas para el 21 de diciembre. Uno nunca sabe.

Con cariño,

Shiryu.

Apenas acababa de escribir su nombre cuando sintió golpes en la puerta del búnker. Fue a abrir y...

Un zombie lo contemplaba con ojos hambrientos.

Continuará...

Nota de la autora: ¡Zombieeee!

Hace un tiempo leí "Orgullo y Prejuuicio y Zombies". Igual era buena.

Gracias por leer!