Capítulo 8.

Pasaron unos pocos días desde el incidente en aquella tarde lluviosa. Aunque la semana aun no había terminado.

Aun así, Ryûna hizo todo lo que pudo para no ver a Akashi. En cuanto terminaron las clases de la mañana se había ido corriendo a las escaleras de emergencia antes de que todo el mundo llegara a salir de clase. Y ahí había estado desde entonces, ya no faltaba mucho para las clases de la tarde. No podía ni tenerlo delante. También evitó en la medida de lo posible hablar de él con Kise. Lo último que le faltaba era que su mejor amigo se enterara de que prácticamente la habían atacado, se volvería loco. A su vez él se quejaba todo el tiempo de que el capitán le estaba exigiendo demasiado esos días y le hacía trabajar tan duro que creía que se quedaría sin piernas. Ya empezaba a pensar que la había tomado con él, porque tampoco le hablaba demasiado.

Y sin embargo, por mucho que intentara mostrarse alegre y tranquila no lo conseguía. Desde aquella tarde había llorado en varias ocasiones, por suerte evitando que la vieran. No dejaba de pensar en lo sucedido. Aun temblaba de miedo solo con recordarlo. El muro manchado del rojo de la sangre, Akashi con la mano ensangrentada, apretándola contra la pared y acariciando su mejilla mientras decía todas esas cosas que aun no alcanzaba a entender.

Seguía sin saber por qué había hecho eso. No había hecho nada malo que pudiera sentarle mal, no que ella recordara. Pero aun así... en ese momento, había parecido una persona completamente diferente. Y parecía estar muerto de celos.

Tienes que ser mía.

Eso le había dicho. Que no consentiría que estuviera con otra persona que no fuera él. Entonces ella... le gustaba. Le gustaba a Akashi.

A pesar de eso, no dejaba de pensar en que era increíble que una persona pudiera dar tanto miedo. Ahora comprendía mejor a las chicas que la habían atacado cuando se conocieron... Ya ni siquiera era capaz de mirarle a la cara. No se atrevía a acercarse a él, estaba aterrada. Los días anteriores había ido junto a él con muchísimas ganas, solo por poder escuchar su voz y mirarlo a los ojos. ¿Significaba eso que a ella también le gustaba?

No tenía ni idea, jamás se había parado a pensarlo. Y no es que tuviera mucha experiencia con los chicos, si en realidad tenía alguna. ¿Cómo se suponía que debía sentirse cuando le gustara una persona? Deberían estar esos míticos síntomas de intranquilidad e insomnio por ganas de ver a esa persona, felicidad por estar junto a ella... y esas condenadas mariposas en el estómago. Sí que había sentido esas cosas cuando estaba cerca de él, pero... ahora sólo sentía miedo.

Aun pensando en eso se secó rápidamente las lágrimas que estaban a punto de caerle. Sabía que no tenía sentido llorar por algo así, pero no podía evitarlo. Que se hubiera portado tan bien con ella y de repente la asaltara de esa manera, sin ni siquiera preocuparse por lo que sentía... Era demasiado cruel. ¿Por qué aun así no conseguía sacarlo de su mente? Aun sintiendo miedo no podía olvidar sus miradas, la voz con la que le hablaba en susurros, ni esas sonrisas tan perfectas que le había mostrado la tarde que habían estado jugando al shôgi. Si decidía dejar de ver a Akashi dejaría de ver todo eso. Le dolía solo con pensarlo, pero tal vez era la mejor opción.

Lo peor era que no podía hablar de eso con nadie. Ojalá alguien pudiera aconsejarla.

- Hakuren -Dijo alguien de repente a su espalda, sobresaltándola. Ni quiera se había dado cuenta de que habían abierto la puerta de las escaleras. Pero en cuanto se giró ya no pudo sorprenderse más-. ¿Estás bien?

- Ah, sí... Estoy bien, gracias, Midorima-kun.

- ¿Estás segura? -Preguntó el chico mirándola extrañado. ¿Se había dado cuenta de que había estado a punto de llorar?

- Claro -Susurró intentando sonreír.

- Debes saber que no mientes nada bien. Tal vez engañes a Kise porque es idiota, pero yo no soy tan ingenuo como él. Allá tú, solo me preguntaba qué hacías aquí. A estas horas ya sueles estar en clase haciendo los deberes de las primeras horas.

Vaya. Como nunca solían hablar no se molestaban en pensar el uno en el otro en esas clases. Le daba un poco de reparo hablar con él en esa situación. Pero bueno, si resultaba que alguna divinidad lo había enviado a ella, a lo mejor debería darle una oportunidad. Pero aun así, maldita divinidad, fuera quien fuera. ¡¿No había nadie más que Midorima?!

Ella no iba a dar el primer paso para hablar. Ni de broma.

Se limitó a apartar la mirada del chico, recogiendo las piernas para abrazarse las rodillas. Tal vez Midorima intuyó que realmente le había pasado algo. O tal vez estaba intentando hacerse amigo suyo, por extraño que fuera. Pero aun así, no se cortó y se sentó junto a ella en las escaleras.

- ¿Quieres hablar de lo que te pasa? -Preguntó al cabo de unos minutos, al ver que Ryûna no se movía-. No soy especialmente bueno consolando a la gente, pero sé escuchar.

Aun con esas palabras, la chica no dijo nada. Solo se dedicaba a mirar distraídamente el cielo pensando en cómo debería actuar con él para poder hablar con naturalidad. Le resultaba aun más difícil hablar con él que con Akashi.

- ¿Tan malo es? -Volvió a preguntar Midorima. Se veía que tenía paciencia... No parecía que fuera a rendirse.

Así que al final a Ryûna no le quedó otra opción que tragarse su orgullo. Bajó la cabeza y la apoyó en sus rodillas, aun así girándose para poder mirarlo a la cara.

- Tal vez estoy exagerando, pero... ahora mismo estoy aterrada -Susurró sintiéndose increíblemente nerviosa, aunque por suerte sonando algo tranquila-. No sé si seré capaz de volver a acercarme a él.

- Ah, entiendo -Pues claro. No hacía falta ser un lince para saber de quien estaba hablando utilizando las palabras terror y miedo-. Hoy le he visto una herida en la mano, ¿qué tienes tú que ver con eso?

La herida. Solo con recordar su mano ensangrentada le volvieron la lágrimas. Pudo girar la cabeza a tiempo, justo cuando comenzaban a caer lentamente por su rostro. Por supuesto que la gente se había dado cuenta de la herida que Akashi se había hecho por su culpa.

Por su parte, Midorima empezaba a imaginarse cosas extrañas. Tenía razón, había pasado algo que tenía que ver con esa chica y con que Akashi estuviera herido. No se habría atrevido a pegarle... ¿no?

- ¿Qué te ha hecho? -Preguntó con seriedad, intentando ver si tenía alguna marca, o algo así.

- ¡No! -Se apresuró a exclamar Ryûna exaltada. A saber lo que estaría pensando ese loco supersticioso-. Te equivocas, no me ha hecho nada...

- Puedo asegurarte que lo que hablemos no va a salir de aquí. Desahógate.

La chica dudó. Contarle todo implicaría meterlo de lleno en el problema. Y a saber si Midorima era capaz de aconsejarla bien... Era amigo de Akashi, pero por lo que sabía siempre había una extraña rivalidad entre los dos. Pero por extraño que pareciera... sentía ganas de confiar en él. Tal vez era fe ciega, no sabía cómo iba a acabar todo eso. Pero necesitaba contárselo a alguien. Si de verdad le iba a guardar el secreto... bueno, no podía ser tan frívolo como para incumplir una promesa. Así que se lo contó todo. Todo lo ocurrido el lunes, desde la mañana hasta la tarde, todas las cosas que Akashi había dicho y hecho. No se guardó nada. En cuanto dejó de hablar, se dio cuenta de que Midorima no la estaba mirando. Se limitaba a observar el cielo como había hecho ella antes, como si estuviera analizando profundamente todo lo que acaba de contarle. Y ni siquiera la miró cuando bajó la cabeza, dejando ver que había llegado a una especie de conclusión.

- No deberías haberte metido en este berenjenal. Ahora tendrías que acarrear con las consecuencias.

- ¿Qué quieres decir...? -Preguntó la chica confusa.

- Nadie te obligó a acercarte a Akashi después de que te ayudara con esas chicas que te acosaban. Quisiste hablar con él, cuando ni siquiera esperaba que le dieras las gracias. Después empezaste a ir junto a él, y deberías haberlo pensado mejor antes de entrar en su pequeño círculo -Dijo sin más, con una seriedad increíble-. Te has encontrado con alguien que tiene bastante más autoestima que tú. Sabe que tiene el poder de hacerte llorar de miedo. Y créeme, por mucho que le gustes siempre le va a encantar tener esa carta bajo la manga.

Decidió que era mejor pasar por alto eso de que Akashi tenía el poder para hacerla llorar de miedo. Le daba la impresión de que Midorima tenía alguna especie de secreto, que tenía que ver con el pelirrojo. Por sus palabras, parecía que incluso estaba hablando de otra persona. Sin embargo, en ese momento le chocó más lo que acababa de decirle antes de eso.

- ¿Crees que no tengo autoestima?

- Si la tuvieras no estarías llorando en las escaleras de emergencia.

Estuvo a punto de decirle que al menos ella no basaba su autoestima en un programa sobre el horóscopo. Pero supo que era mejor morderse la lengua y quedarse callada. Midorima era el único con el que podría hablar en esos momentos, no quería ofenderle, por mucho que la estuviera sacando de quicio.

- Lo creas o no, me caes bastante bien -Comentó el chico de repente, aun sin mirarla a la cara-. No se conocen personas como tú todos los días. Eres buena y agradable, y tienes algo que hace que, si vuelvo a mirarte a los ojos, sabré que no podré apartar la mirada. Creo que puedo llegar a entender que Akashi se haya fijado en ti.

Ryûna enrojeció al momento por semejantes palabras. Le caía bien a Midorima... si no fuera por todo el estrés que estaba sufriendo se pondría a dar saltos de alegría, era como obtener la máxima puntuación después de matar al malo final de un videojuego, un logro que casi nadie pudiera conseguir. Aunque lo de sus ojos le chocó. Ya le habían dicho alguna vez que había algo en su mirada que hacía imposible apartarse. Kise incluso había llegado a decirle que ese era su superpoder, y que triunfaría jugando al baloncesto con esa habilidad. Tonterías.

Pero aun así sentaba bien recibir un halago como ese de labios de Midorima. Por primera vez, le sonrió con amistad sincera. Por increíble que fuera sentía que se estaba formando un pequeño vínculo entre ellos, y reconocía que le gustaba. Pero aun así, Midorima no le sonrió, solo se puso nervioso. Tal vez fuera al darse cuenta de lo que acababa de decir, o tal vez por haberla animado solo con esas palabras.

- Bueno, ya que estás mejor deberíamos ir a clase -Comentó ajustándose las gafas con sus dedos vendados mientras se levantaba apresurado.

La chica asintió, y se levantó también. Pero antes de que el chico cruzara la puerta para volver al pasillo, sintió la necesidad de saber algo.

- Midorima-kun -Dijo llamándole, haciendo que se girara de nuevo hacia ella-. Si es cierto que Akashi-kun se ha fijado en mí... ¿por qué ha sido? No soy nada especial, no llamo la atención... Hay chicas muchísimo más guapas que yo.

- Puede que pienses que a primera vista no llamas la atención. Pero Akashi es bueno viendo el interior de las personas. Sin duda ve algo en ti que le atrae. No te menosprecies tanto a ti misma. Si tú no te gustas, no hay razón para que gustes a los demás.

Realmente era una persona increíble. Su forma de ver las cosas era admirable... Le gustó tanto lo que le dijo, que caminó hacia él sonriendo suavemente.

- Creo que dadas las circunstancias... puedes llamarme Ryûna, Midorima-kun.

- Ya veremos.

La chica rió un poco por lo bajo, y ambos comenzaron a caminar para ir a clase juntos. Aun estaba triste por lo que había pasado, y por supuesto aun sentía miedo por Akashi. Pero al menos no estaba tan mal como antes. Y que fuera Midorima quien la animara... bueno, eso no lo hacía menos especial. Se sentía un poco más cercana a él.

- No se lo dirás a nadie, ¿verdad? -Preguntó en un susurro, aunque arrepintiéndose al momento.

- La duda ofende -Comentó Midorima de mal humor-. Aunque tal vez deberías hablarlo con Kise. Es tu mejor amigo, después de todo. Debería ser él quien te ayudara en estas situaciones.

- ¡No, no puedes decírselo! -Exclamó Ryûna comenzando a temer lo que pudiera pasar-. Si Ryôta se entera se enfadará muchísimo e irá a por Akashi-kun. Y entonces los dos se enfadarán conmigo también... y todo será peor. No se lo digas, por favor.

Midorima la observó con atención, y cuando estaba a punto de decir algo se dio cuenta de que un pequeño grupo se acercaba a ellos.

- ¿Qué pasa? ¿Ryû-chin está triste? -Preguntó alguien de repente.

Cuando ambos levantaron la cabeza se encontraron de frente con Murasakibara con su gran bolsa de chucherías, y también con Kise y otro chico de pelo azul que a Ryûna le era muy familiar. Estaba segura de haberlo visto antes, pero no lograba ubicarlo. Y de todos modos no le dio tiempo a pensarlo mucho, porque en un momento tanto Kise como Murasakibara empezaron a hablar con ella y a preguntarle si se encontraba bien. No sabía qué responder, pero por suerte Midorima pensó por los dos y terminó diciendo que le había dado un bajón de azúcar hacía unos minutos y había tenido que llevarla a tomar el aire. Era una tontería tan grande que le resultó extraño que los chicos se la creyeran. Nunca en su vida había tenido un bajón de azúcar. Pero aun así, aunque Kise se preocupó, la reacción de Murasakibara fue aun más impresionante.

Para sorpresa de Ryûna, el chico de pelo morado le puso un collar de caramelo pasándoselo por la cabeza y sin retirarle el pelo. Y para aun más sorpresa de los chicos, se agachó y en un momento se vio en sus brazos.

- ¡Murasakibara-kun...! -Exclamó la chica enrojeciendo de repente al ser alzada en el aire.

- Puedo llevarte a clase, y compartiré mis golosinas contigo -Comentó con voz cansada, así que en realidad no se le veía precisamente preocupado-. Si estás débil no deberías moverte mucho, Ryû-chin.

- ¡Murasakibaracchi, no es justo! -Exclamó Kise pegándole un poco en el brazo-. ¡Soy yo quien debería hacer y decir esas cosas a Ryûcchi!

Aun con la vergüenza que estaba pasando por estar en brazos de Murasakibara y con los tres chicos mirándolos, de repente sintió ganas de sonreír. No estaba sola. Podía contar con alguien. Así que no debía tener miedo.

Por eso, en cuanto vio aparecer al fondo del pasillo a Akashi con Aomine y Momoi, se atrevió a sonreírle con suavidad y timidez mientras se agarraba un poco al cuello del chico de pelo morado, siendo correspondida por él. Ya no parecía estar enfadado, ni nada por el estilo. Volvía a mostrar esa amable sonrisa que tanto le gustaba.

Continuará