Aca va el capitulo 5! Perdon, no ando con mucho tiempo y capaz que tardo un poco subiendo los capitulos. Muchas gracias a todos los que leen esta historia y sigan comentando, me interesa mucho sus opiniones.

- ¡Inaceptable! – gritó Aya por quinta vez en lo que iba del día – ¡son los dos un par de estúpidos, cabezas huecas, inútiles idiotas que no saben usar las condenadas neuronas!

Mientras soltaba maldiciones, la chica caminaba de un lado a otro en el estrecho espacio de su cocina, arrastrando consigo su espada de madera, la cual su verdadero uso era para las prácticas de Kendo, pero que ahora mismo estaba usando para torturar a sus prisioneros.

- Lo sentimos – dijeron ambos chicos con la cabeza gacha, sin atreverse a mirar a su amiga a la cara, que en el momento debía parecer un monstruo rabioso. Pero por supuesto no le dirían eso, o se estarían enfrentado a una muerte segura.

- Aprendimos la lección – aseguró Kengo, en un intento de calmar su rabia.

Sin embargo, su comentario tuvo el efecto contrario, ya que Aya lo fulminó con la mirada y lo golpeó fuertemente en la cabeza antes de volver a gritar:

- ¡Por supuesto que no aprendieron la lección, gran imbécil! Si no, lo habrían pensado mejor anoche antes de meterse en esa estúpida situación.

- Si señora – respondió Kengo en un tono arrepentido mientras se sujetaba la cabeza con ambas manos.

Sintiéndose satisfecha, Aya se dio otra vuelta en la habitación, caminando con la espalda tan recta como una bailarina y sus pies haciendo ruido contra el azulejo, igual que un militar.

Era extraño pensar que la chica podía llegar a ser muy buena y dulce, considerando que en aquel momento parecía capaz de someter un ejército entero con solo una palabra.

- Y no se queden ahí sin hacer nada, ¿acaso les dije que podían dejar de limpiar? – amenazó ella con la mirada más siniestra que cualquiera de los dos chicos hubiera visto nunca.

Akira y Kengo pegaron un salto y rápidamente volvieron a inclinarse contra el suelo para continuar con su tarea.

Después de que Aya había secuestrado a Akira de su casa, ambos habían ido en busca de Kengo, despertándolo y obligándolo a salir de su casa temprano en la mañana y con una resaca tan grande como la de su amigo.

Sin tiempo que perder los había tirado a ambos en su cocina, y ahora los estaba haciendo limpiar el suelo con un cepillo de dientes. Por supuesto, tanto ella como los chicos sabían que la tarea era inútil, pero el propósito no era dejar el piso deslumbrante, sino torturarlos y hacerlos pagar por la noche anterior. Aquel era su castigo.

- Te falto una mancha – declaró ella, dejando caer por "accidente" más basura al suelo.

La chica venía jugando a ese juego desde que llegaron, y ellos ya no soportaban más de su abuso. Les dolía absolutamente todas las partes del cuerpo con terminaciones nerviosas, y aún estaban mareados y sin energía para enfrentarse a su injusto trato.

- Bueno, ya es suficiente – dijo Akira en un arrebato de enojo, arrojando al otro lado de la habitación el cepillo de dientes todo roto y doblado al medio - ¿Cuánto rato más piensas hacernos trabajar? Se me está partiendo la cabeza ahora mismo.

- Eso es tu culpa por haber sido tan irresponsable. La próxima vez lo pensaras mejor antes de salir a alcoholizarte con este idiota – respondió ella apuntando a Kengo con la espada de madera.

El aludido sonrió avergonzado, y al encontrarse de nuevo con la mirada furiosa de su amiga, inmediatamente se alejó varios metros del alcance del arma mortal que ella todavía tenía en su mano.

- Bueno, ya, te decepcionamos y somos un par de imbéciles sin remedio, quedo muy claro, pero ¿Cuánto más piensas tenernos así? ¡Ya van ocho condenadas horas, Aya! – gritó Akira poniéndose de pie. El dolor de cabeza lo ponía de mal humor.

Era bien sabido que Akira era una de las personas más violentas y malhumoradas de la faz de la tierra, pero aún así, no eran demasiadas las ocasiones en las que se había enfrentado a Aya. Él se esondía tras la excusa de que no peleaba con mujeres, sin embargo, la principal razón era que Aya lo aterraba cuando se sacaba de quicio. Prefería, en todo lo posible no tener que hacerle frente a aquel demonio con falda, pero, desgraciadamente en aquella situación no se pudo quedar callado.

- Hace horas que estamos aquí metidos como tus malditos rehenes, y ya estamos hartos, ¿no es verdad, Kengo?

Miró a su amigo, esperando su apoyo, pero sin encontrar nada…literalmente nada, Kengo se había dado la fuga en el medio de la disputa.

Akira y Aya se miraron, ambos furiosos y decididos a castigar al que se había escapado.

- Ese maldito… - susurró Aya con voz asesina – voy a matarlo.

Acto seguido la chica salió corriendo y Akira la siguió, molesto con el otro chico, por haberse escapado sin avisarle ni ayudarlo. Hizo caso omiso del hecho de que él mismo había abandonado a Kengo la noche anterior. Decidió que simplemente no era la misma situación.

- Aquí estas, maldito – gritó de repente Aya.

Akira se adelantó y encontró a ambos de sus amigos luchando por el derecho de la puerta de salida de la casa. Mientras Kengo intentaba abrirla, Aya luchaba por mantenerla cerrada. Ninguno de los dos estaba teniendo demasiado éxito, ni parecía muy inteligente.

Muy tranquilamente, Akira llegó hasta su posición y los empujó fuera de la puerta para separarlos, haciendo que ambos se cayeran al suelo.

- ¡¿Qué crees que estas haciendo?! – gritó la chica, mientras intentaba arreglarse la falda.

- Me voy – respondió Akira, tomando el picaporte – si me necesitan, estaré durmiendo una larga siesta.

- Espera - gritó Aya.

Akira se detuvo en su sitio, mientras ella se puso de pie y se acercó a él, mirándole fijamente el cuello con expresión concentrada.

- ¿Qué? – preguntó Akira, incómodo ante la observación.

- Lo sabía, no llegaste a casa anoche – exclamó la chica levantando la vista.

- Claro que sí, me desperté en mi cuarto, ¿Por qué la pregunta?

Aya volvió a echarle otra ojeada al cuello de Akira, y este último se tapó la piel visible de su cuello con la camisa, sintiéndose terriblemente irritado de repente.

- Tienes marcas de picaduras, y apuesto a que no están solo en el cuello – respondió ella, quitándole las manos de su camino para abrirle la camisa.

- Aya, ya basta – dijo él, pero no hubo caso, la chica le abrió en dos la camisa, y acto seguido, levantó la vista trinufal.

- ¿Lo ves? Aquí hay más. Esto te pasa por ponerte ebrio, si no hubieras huido de mí ayer, te habría llevado a casa como hice con Kengo.

- Sí, después de matarte te deja en casa, es muy generosa – respondió Kengo con tono sarcástico a su espalda, pero se hizo el que no había hablado cuando ella se dio vuelta para fulminarlo con la mirada.

Akira bajo la cabeza y observó su cuerpo. Aya tenía razón, estaba cubierto de pequñas marcas rojas y violetas, como picaduras, lo que no sabía era de que.

- Te digo que es imposible que haya pasado la noche afuera – habló Akira – desperté en casa y Shirogane me dijo que él me había traído de vuelta.

- ¿Entonces como explicas eso? – dijo Aya rudamente apuntando a su cuerpo marcado. Akira se cerró inmediatamente la camisa para que ella no continuara con su escrutinio.

- No lo se, supongo que me golpeé o algo.

- Esas no son son heridas, Akira, ni tampoco creo que sean mordeduras de insectos, es algo más. ¿No recuerdas nada sobre anoche?

Akira intentó pensar pero su mente, al igual que aquella mañana, era una gran laguna negra. No tenía un solo recuerdo de la noche anterior, que no involucrara a él y Kengo haciendo estupideces mientras compartían una petaca de alcohol. Mas tarde de eso, los recuerdos eran borrosos.

De repente, Kengo habló sobre el silencio de la habitación:

- Si no lo creyera posible, creería que esas te las hizo Shirogane.

La casa volvió a sumirse en un silencio sepulcral, roto solo por el sonido que llegaba desde el exterior.

No es posible, ¿Verdad? No puede ser verdad, Shirogane no haría…

De repente, Akira dejó escapar un grito furioso y golpeó su puño contra la pared, hasta casi hacer un hoyo en ella. Imágenes de sí mismo en su cama, con Shirogane besándolo por todas partes y tocándolo en lugares que no debería tocar, lo inundaron y confundieron. Pero más que nada lo hicieron enojar.

Lo había hecho, el muy imbécil se había atrevido a tocarlo mientras él estaba ebrio e inconsciente.

- Ese maldito bastardo – gritó de nuevo, y sin una palabra más a sus amigos, salió corriendo por la puerta directo a casa.

Shirogane le debía unas respuestas.