Cap 6
"Voy a matarlo, voy a matarlo, voy a matarlo…", pensaba Akira mientras se precipitaba fuera de la casa de Aya y sin dejar de correr, se dirigía en dirección a la fuente de todos sus problemas.
Shirogane, el gran hijo de puta que había intentando, o logrado (aún no estaba seguro) violarlo la noche anterior, sin que él mismo recordara nada al respecto… hasta ahora.
Los recuerdos habían acudido de repente a él, como una bandada de abejas, aturdiéndolo y confundiéndolo hasta el punto en que no podía distinguir el orden cronológico de los sucesos. Por el momento, solo tenía escenas sueltas, pero ninguna era especialmente de su agrado.
Mientras corría a un ritmo rápido y constante, el chico ignoró las protestas de su propio cuerpo y continuó su camino. Sentía el estómago revuelto, la cabeza pesada como el plomo y los puños flexionados, pidiendo golpear algo, matar a alguien. No deseaba más en el mundo que usar a Shirogane como bolsa de boxeo en ese momento.
Apenas podía creer que el otro hombre hubiera tenido el valor para atreverse a tocarlo de la forma en que su mente se lo recordaba con todo detalle ahora. Aún quedaban algunas lagunas, pero no estaban tardando demasiado en despejarse, provocándole una inundación de imágenes de él mismo, siendo acariciado y besado por todas partes, siendo desnudado lentamente para…
- ¡Mierda! - gritó el chico de repente, intentando alejar los recuerdos, y descargando toda su furia en un tarro de basura que encontró en su camino.
El sonido metálico reverberó por la calle vacía, y el aturdimiento del impacto lo ayudó a aclararse aunque fuera un poco. No podía sacarse de quicio de esa forma en el medio de la calle, sabía que no era prudente, y si no quería atraer atenciones no deseadas, debía urgentemente calmarse.
Respirando hondo y aflojando las manos, intentó calmar sus nervios enloquecidos, pero no era tarea fácil.
"Debe haber una buena explicación", pensó Akira, intentando ver la situación tan desfavorable por un lado distinto. Se dijo a sí mismo que debía existir una razón factible por la que Shirogane habría intentado propasarse con él la noche anterior.
La verdad era que, Akira sabía que el otro hombre sentía algo por él, porque ya más de una vez había tenido que ponerse firme y frenar sus avances. Pero aunque Shirogane había intentado innumerables veces seducirlo o tentarlo, nunca había logrado convencer a su shin, y siempre terminaba apartándose de su camino sin intentar nada extraño.
Por esa razón, el chico era capaz de confiarle tanto su vida en la batalla, como su amistad en la vida privada. Lo consideraba un compañero leal, y sinceramente (aunque no se lo diría nunca) lamentaría el perder su amistad.
Así que ahora mismo en esa situación, realmente le estaba costando mucho concebir la idea de que Shirogane hubiera llegado tan lejos esta vez, como para haberle traicionado de esa forma.
Sí, era necesario que existiera una maldita buena razón para lo que Shirogane había hecho, porque si no era así…
Presa de la ira, Akira volvió a patear el tarro de basura y lo redujo a añicos sin ejercer demasiado esfuerzo de su parte, y no se sintió culpable al respecto, tenía demasiados problemas personales como para preocuparse por las cosas que rompía en sus ataques de ira.
¡A la mierda con Shirogane! No podía siquiera pensar en una justificación válida por lo que se le había hecho, lo más probable era que el otro hombre al haberlo visto a él tan en desventaja se hubiera aprovechado de su buena suerte y tomado cartas en el asunto. La mente furiosa de Akira no podía imaginar un escenario distinto, o más favorable para el hombre mayor.
Sin pensarlo, siguió pateando con fuerza el tarro de basura ya desecho, hasta que sin darse cuenta, terminó pisando pedazos de metal.
Qué bien se sentía, el poder descargarse en algo sin limitaciones, sin dudas, solo enojo puro. Sin embargo, no se sentía satisfecho todavía. No, aún faltaba mucho para llegar a ese punto. Primero debía colgar a Shirogane de un puente y arrancarle la piel a tiras, hasta que el otro hombre perdiera la conciencia por el dolor, y se disculpara unas mil veces.
Solo entonces podría considerar perdonarlo.
Estaba empezando a sentirse mejor, evocando aquella imagen macabra en su mente, cuando de repente, otro pensamiento se le vino a la cabeza.
"Shirogane por favor…", Akira escuchó su propia voz ronca y deseosa, como una grabación que su cerebro había hecho a propósito para recordarle constantemente los sucesos de la noche anterior.
Lo peor era, que ni siquiera era un recuerdo "desagradable". Técnicamente debía sentirse asqueado por el toque de otro hombre, pero en su mente así no lo parecía. Su tono de voz era sensual hasta en sus oídos, implorante, no furioso o asustado, como había pensado que sería.
El nuevo recuerdo caliente se filtró en su cerebro, y Akira sintió las mejillas arder de pura vergüenza. Ya nunca más podría mirar a Shirogane de la misma forma. La noche anterior había cambiado todo entre los dos, y no podía ignorar este hecho importante.
Sintió su cuerpo temblar, y flexionó los puños para intentar quedarse quieto.
¿Era lo mejor en ese momento, ir a ver a Shirogane y reclamar una explicación? ¿Qué pasaba si él mismo le admitía que se había aprovechado de su débil estado? ¿Qué más le diría él?
De repente recordó las palabras de aquella mañana, cuando estaba a punto de ser secuestrado por Aya, las piezas del puzzle cayeron a su sitio por sí solas: "Te contaré más tarde todo lo que pasó anoche…"
La voz de Shirogane en ese instante había sido baja y provocativa, casi como si no quisiera que el otro la escuchara. En ese momento, Akira había notado algo raro en su actitud, pero no había sabido exactamente que podía ser. Ahora estaba más que claro cuál era el secreto, y no estaba seguro de querer conocer todos los detalles.
"¿Y que piensas hacer? ¿huír?, se dijo a sí mismo recuperando la autoestima. No, no podía huir él no era ningún cobarde, podía y lo haría, se enfrentaría a Shirogane y le reclamaría respuestas, las quisiera oír o no.
Envalentonándose, se cerró con más firmeza el cuello de la camisa para tapar todas esas bochornosas marcas, y sin pensarlo un segundo más, continuó su camino hacia su casa.
"Voy a matarlo…definitivamente voy a matarlo".
Shirogane se sentía como un perro en una jaula cerrada y tirada al fondo de un sótano. No podía parar de moverse de un lado a otro, caminando en círculos por el pequeño espacio comprendido dentro del cuarto de Akira, y su actividad no hacía más que aumentar su nerviosismo.
Parecía que no había suficiente aire en la habitación, como si se estuviera a punto de ahogar. Todo lo que quería era salir afuera y moverse por espacios más amplios y abiertos, pero sabía bien que no podría dejar la habitación, al menos por el momento.
Técnicamente nada le impedía moverse en el exterior con libertad, porque al ser una sombra era capaz de moverse por el plano humano sin ser visto ni sentido, con la excepción de algunos humanos especiales como Akira y su grupo de amigos. Así que estaba a salvo, y eso significaba que podía vagabundear por la ciudad todo lo que quisiera, el problema era que no quería hacerlo. Se rehusaba a moverse de su sitio hasta que Akira llegara a casa.
El chico se había ido en la mañana, sin tener la más pálida idea sobre lo que había sucedido la noche anterior, y sin que Shirogane hubiera tenido tiempo de explicárselo tampoco. Pero ya habían pasado varias horas desde su partida y estaba comenzando a anochecer, muy pronto los recuerdos de Akira volverían por sí solos, sin necesidad de que el otro hombre le hiciera mención de nada.
Y cuando eso pasara, el chico estaría furioso. Shirogane lo conocía bien y sabía que se vendría derecho a su lado, cuestionándole sobre su memoria borrosa, y recuerdos confusos. Lo más seguro es que intentara matarlo un par de veces, pero, por extraño que pareciera, no le molestaba el enojo. Shirogane quería estar en casa en el momento en que Akira atravesara la puerta, confundido y aterrado, quería estar ahí para calmarlo y explicarle que lo sucedido la noche anterior había sido consensual. Quería dejarle en claro que ambos habían disfrutado, y que no había razón para que no lo volvieran a hacer en el futuro. Aunque sería difícil, claro, porque en la mente de Akira, él probablemente aparecía como un violador.
No importaba que tanto necesitara su cuerpo salir afuera a respirar aire fresco, su mente no podía siquiera concebir la idea de dejar aquella habitación hasta que Akira volviera a casa, porque lo cierto es que, cada vez que el chico se iba, Shirogane lo extrañaba. Todas y cada una de sus células lo extrañaban a más no poder e imploraban su regreso.
Todo lo que Shirogane quería en ese momento era verlo, no importaba si Akira le permitía tocarlo o no, solo quería verlo y saber que estaba con él, que siempre estaría ahí.
De solo pensar en el estado en que entraría Akira por la puerta, ya le ponía la piel de gallina. Ciertamente habría gritos y golpes, porque esa era la forma en que su shin se comportaba en casi cualquier situación. Pero Shirogane estaba seguro cómo reaccionaría el chico y confiaba en que lograría aplacar su enojo con tiempo y paciencia. Dejaría que le gritase, que lo insultase, e incluso que lo agrediese físicamente si fuera necesario, todo con tal de que su shin comprendiese cuanto lo amaba el otro hombre.
No había cosa en el mundo que Shirogane no haría, lugar en el mundo que no iría, por él. La verdad es que desde que lo había conocido, todo su mundo había girado alrededor de Akira, no había cambiado desde entonces, y sospechaba que nunca lo haría.
Lo que fuera que Akira necesitara para aceptar el amor incondicional que el otro hombre le sentía, él se lo daría. No importaba el precio a pagar.
Un sonido de pasos corriendo llegó desde las escaleras y Shirogane sintió su corazón palpitar más fuerte con la emoción. Por primera vez en todo el día sintió sus pulmones hincharse de alivio, y suprimió una sonrisa al pensar que la espera había terminado.
Había llegado la hora.
