Cap 10

- ¿Entonces… lo arruinaste con Shirogane? – preguntó Kengo, mientras arrojaba una piedra al río y la miraba rebotar varias veces contra el agua antes de finalmente hundirse.

- Tú siempre tan sutil – masculló Aya por lo bajo antes de arrojar ella también una piedra, pero esta vez apuntando a la cabeza de Kengo.

- Ouch… ¡eso duele!

- Entonces hice un buen trabajo.

Mientras ambos amigos peleaban como siempre lo hacían, (y seguirían haciendo siempre porque no tenían nada mejor que hacer), Akira se mantenía fuera de la pelea, sin demasiadas ganas de meterse en el medio e intervenir.

Sabía que esa actitud era rara en él. Por lo general, Akira no dejaría pasar la oportunidad de molestar a Aya, o moler a golpes a Kengo, pero por alguna razón, en ese momento se encontraba demasiado deprimido/enojado/confundido, o como fuera que se sintiera, porque ni él mismo era capaz de definir sus sentimientos de forma clara. Solo sabía que no estaba de ánimos para hacer nada en especial.

En realidad, de no haber sido por Aya que lo había sacado a rastras de su casa para obligarlo a salir a la luz del día, ahora estaría encerrado en su cuarto como lo había estado haciendo durante toda esa semana. Siete días exactos después de que había tenido esa pelea con Shirogane…y no había vuelto a verlo.

"Ya está, tengo que dejar de pensar en él, yo no fui el que empezó este lío sin sentido…"

Pero a pesar de que estaba seguro que era Shirogane el que debía volver arrastrándose a disculparse, Akira no dejaba de sentirse inmensamente culpable por alguna extraña razón que aún no conseguía entender.

La culpabilidad no era algo con lo que estuviera acostumbrado a convivir (por lo general no le importaba demasiado los sentimientos de los demás), pero ahora no podía evitar sentirse como el imbécil más grande del mundo, y estaba empezando a molestarle. Eso de estar todo el día con la mente puesta en Shirogane, sintiéndose miserable y de alguna forma responsable por el modo en que se había dirigido hacia él en su último encuentro, no le resultaba para nada gracioso.

¿Por qué tenía él que perder tiempo y energía sintiéndose culpable, cuando todo lo que había hecho era ser claro y honesto con el otro hombre? ¿Qué le importaba a él, si Shirogane se había ido de su casa hacía una semana dolido y deprimido, solo porque no había logrado soportar escuchar la verdad?

Shirogane se había jugado una gran apuesta al confesarle sus sentimientos, ahora tenía que soportar el haber perdido todas sus fichas y salido completamente del juego.

"No hice más que dejarle las cosas claras", pensó Akira para sí mismo, intentando justificarse, "le dije que nunca lo querría como él me quiere a mí, solo le dije la verdad…"

Su pensamiento se cortó de repente con una nueva oleada de aquel sentimiento de culpabilidad tan nuevo para él. Siendo sincero, ¿había algo de lo que había dicho que fuera remotamente cierto? Probablemente no.

El chico masculló una maldición por lo bajo y arrojó una piedra lo más lejos que pudo hacia el lago, furioso consigo mismo por ser un idiota que no podía ni comprenderse.

- Akira…¿seguro que estas bien? – preguntó Aya con voz dulce.

El aludido se dio vuelta hacia ella para comprobar que aquel tono amable y comprensivo había salido de la garganta de la misma chica que lo había obligado a ser un sirviente por casi todo un día. Al verla, el chico comprendió que no se equivocaba. Aya lo estaba observando con dulzura y no su usual mirada asesina, no como si quisiera matarlo, sino como si realmente se preocupara por él.

Así que las apariencias pueden engañar después de todo, ¿Eh?, pensó, y sin darse cuenta sus pensamientos volaron a Shirogane, y como no hubiera imaginado que tenía esa vena pervertida dentro de él.

- Estoy bien – respondió Akira, sonriéndole de vuelta – es solo esta estúpida pelea con Shirogane que me tiene distraído.

- Es tan extraño que ustedes dos estén en malos términos, son como uña y carne, no tiene sentido que no se hablen por cual sea la estupidez por la que se hayan peleado.

- No es una…

- Ya, pero no importa si es una estupidez o no – le cortó ella – si estas interesado en arreglar las cosas, esta actitud de hacerte el difícil no te va a servir de nada.

Akira se rió ante el comentario, pero incluso en sus oídos su risa sonó seca. ¿A quien quería engañar? Se había hecho el difícil en la cama, y se estaba haciendo el difícil ahora, para preservar el poco orgullo que le quedaba.

- Quizás hago eso – admitió en voz ligeramente más baja – pero no quita que no tengo ni idea como resolver este problema.

O si realmente quiero que se resuelva, agregó en su mente.

La situación era demasiado complicada, al menos desde su punto de vista. Shirogane le había confesado sus sentimientos y esperaba que su compañero le respondiera de alguna forma, pero para Akira, pasar de ser amigos a amantes/novios o cualquier otra cosa que Shirogane quisiera, era un cambio gigantesco para hacer de la noche a la mañana. Y sobre todo eso, ¡no sabía cómo mierda sentirse! Excitado, humillado, feliz, miserable, aterrado… o todo a la vez. Ya no sabía si quería aceptar la situación que le había tocado enfrentar, o seguir peleando y no volverse a hablar nunca más con su compañero.

Lo único que sabía a ciencia cierta, era que todo sería inmensamente más fácil si aquella primera noche de pasión nunca hubiera ocurrido. Si Shirogane nunca lo hubiera besado, tocado y haberle hecho enfrentarse a experiencias demasiado nuevas e intensas. Lo único que quería es que las cosas volvieran a ser como eran antes, cuando ambos mantenían una amistad normal, sin que él tuviera que preocuparse por ser atacado de repente en su propio dormitorio y forzado a una situación con la que no estaba nada cómodo. Sin tener que estar todo el día preguntándose, preocupándose por su compañero, y… deseando verlo. Más que nada en el mundo, Akira quería volver aquellos días simples en que si no veía a Shirogane por una semana, su mente no se volvía un torbellino de pensamientos caóticos.

Pero nada de eso era posible ahora. Shirogane no se echaría atrás y dejaría que fueran solo "amigos", sus sentimientos no le permitirían, y en algún punto del camino, ambos acabarían heridos. Era mejor terminar con el tema ahora que los dos se mantenían de una pieza.

¿Pero porque entonces dolía tanto el solo pensar en no volver a ver a aquel hombre que lo enloquecía?

- Akira… - Aya le chasqueó los dedos frente a los ojos para llamarle la atención – solo intenta hablar con él. Creeme, yo parezco una abusiva y violenta chica pero sé arreglar los problemas hablando con tranquilidad.

El silencio se asentó en el ambiente mientras Kengo y Akira asimilaban esa nueva información. Y en vez de darle la razón a la chica como habría sido lo inteligente, ambos se doblaron en dos sobre el estomago y comenzaron a reírse a carcajada suelta.

- Aya…por favor…no más, ya me duele el estomago – dijo Kengo entre risas.

- ¡Idiotas! Estoy hablando enserio, soy pacifica si quiero serlo, par de estúpidos – gritó ella mientras les golpeaba con una rama suelta en la cabeza.

Ambos chicos salieron corriendo, perseguidos por su verdugo personal, todo el tiempo sin dejar de reírse. Pero solo un par de momentos después, aún mientras corrían, una figura negra se les interpuso en el camino, e hizo que los tres cayeran al suelo por la sorpresa. Una sombra negra sin forma alguna y garras filosas se había materializado justo enfrente a ellos, y ahora amenazaba con rebanarlos en pedazos.

Por suerte, este no era el primer enfrentamiento de los adolescentes con un kokuchi.

- Este es mío – sentenció Akira, después de cambiar a su forma shin y esbozar sus dagas – tengo demasiada rabia encima, y necesito descargarme.

- No creo que haya problema porque hay mas de uno – dijo Kengo a su espalda.

Al darse vuelta, Akira vio que habían al menos 10 de esos monstruos sin forma, que habían salido prácticamente del aire y ahora los rodeaban.

Bueno, ahora la situación se había complicado un poco más porque claramente los sobrepasaban en numero, pero no era nada que los chicos no estuvieran dispuestos a enfrentar. Los tres se prepararon para luchar, cuando de repente, junto a ellos emergió otra figura, con largo cabello blanco y gabardina negra.

- ¿Qué? ¿Pensaban empezar la fiesta sin mí? – preguntó Shirogane, mientras entraba también en posición de ataque.

Akira lo miró a la cara, esperando ver enojo, tristeza o algún signo de algo, pero en su mirada no vio nada más que la determinación de derrotar a sus enemigos. Rápidamente Akira decidió que aquel no era el momento para analizar su estado de ánimo, estaban en una situación crítica y debían defender la misión que tenían encomendada. Akira olvidó la presencia del otro hombre, mientras su mente se centraba en la lucha.

Las criaturas endemoniadas atacaron todas a la vez y con una fuerza brutal. Al principio Akira creía que el resultado resultaría como siempre, los chicos terminarían con distintas heridas leves o de gravedad, pero triunfadores al final. Sin embargo, cuantos más avanzaba la pelea, más se empezó a dar cuenta que su derrota estaba a pocos pasos. No importaba lo que hiciera, todo movimiento de ataque o defensa parecía salirle mal, o no resultar en absoluto. Los kokuchi parecían haberse hecho más fuertes o él más débil, cual fuera la razón, él estaba en desventaja.

Akira ya le faltaba aliento para seguir, tenía los brazos ensangrentados por la cantidad de veces que los había levantado para protegerse, pero sin ningún resultado importante, solo había conseguido hacerse más heridas. Las piernas comenzaron a dejar de responderle y un dolor agudo se instaló en su cráneo, cuando su atacante lo arrojó contra un árbol y cayó de cabeza. Se intentó levantar por todos los medios posibles, pero cada respiro se le hacía más difícil, y cada paso se convertía en un suplicio.

Shirogane estaba como siempre, sano y salvo, peleando y matando todo a su paso, por lo que no se tuvo que preocupar por su situación. Incluso Aya y Kengo que no poseían sus mismos poderes sobrenaturales estaban en un mejor estado físico que él. Peleaban y lanzaban golpes certeros, dando justo en el blanco y aniquilando a su enemigo de la forma más eficiente, lo que quería decir que solo Akira era el problema en la ecuación, y debía arreglarlo rápido si no quería morir allí.

Con mucho esfuerzo consiguió levantarse, pero cuando por fin lo había logrado, dos o tres o más kokuchi (su mente ya no diferenciaba cantidades) se instalaron delante de él y levantaron sus armas, con la firme intención de dejarlas caer con un golpe mortal sobre el chico indefenso. Todo medio de defensa era inútil, y hasta Akira lo sabía, pero aún así, el chico levantó el brazo hasta el rostro y procuro defenderse con el último gramo de fuerza que le quedaba. Cerró los ojos ante el inminente final, un final que nunca llegó…

Al abrir los ojos, preguntándose porque no se había convertido en una pila de sangre y huesos, vio con inmensa sorpresa, a Shirogane frente a él, que había detenido el ataque con su propio cuerpo, y ahora caía rendido contra el suelo, en una acción que parecía en cámara lenta.

El mundo alrededor de Akira pareció detenerse, dejar de girar por completo, y el sonido en sus oídos simplemente se apagó. Se sintió sordo y ciego, sin ser capaz de fijarse en nada que no fuera el cuerpo inmóvil en el suelo y esa sensación de que el corazón se le despedazaba una fibra más por cada segundo que pasaba.

Akira gritó el nombre de Shirogane una y otra vez, con las manos temblorosas y el rostro surcado en lágrimas, pero el cuerpo bajo él, simplemente no se movió.