Cap 11
Bueno, aca va otro capitulo, me apure un poco en hacerlo porque dentro de poco voy a estar ocupada y no voy a poder escribir, y no quería que pensaran que deje la historia colgada. Supongo que este es el penúltimo capitulo, espero que lo disfruten, y esten atentos que se viene el gran final.
Por primera vez en lo que parecían años, el ambiente alrededor de Aya y Kengo no era distendido y divertido, sino que la tensión casi podía palparse en el aire, como una molesta nube de negatividad y preocupación. Generalmente ambos chicos eran capaces de hacer cualquier tipo de situación disfrutable con sus actitudes bromistas y algo sarcásticas, pero en aquel momento, ni siquiera ellos habrían sido capaces de sacarle ni media sonrisa a Akira.
No era que el chico estuviera tirado por los suelos, deprimido y llorando por lo que le había pasado a Shirogane. Todo lo contrario, Akira estaba enojado, furioso con el mundo entero por alguna razón que nadie podía comprender.
Uno pensaría que debido al accidente que había dejado a Shirogane postrado en una cama sin poder moverse, hablar o siquiera reaccionar mínimamente, Akira se encontraría algo decaído, en especial por la cercana relación que ambos habían tenido siempre. Pero ese no parecía ser el caso.
Desde el accidente, Akira había estado irritable, gritándole a todo el mundo por cualquier razón que se le viniera a la cabeza, o metiéndose en peleas en las que él estaba claramente en desventaja, pero no era como si a él le importara. Últimamente el chico llevaba tanto tiempo con su actitud violenta, que nadie estaba seguro si se creía inmortal, o simplemente no le importaba el daño que le pudiera infligir a su propio cuerpo. Ya ni siquiera pasaba al bar de Master si no era para que le curaran sus heridas, mucho menos a chequear la condición de Shirogane, como lo hacían regularmente el resto de sus compañeros.
Aya y Kengo habían pasado las últimas dos semanas allí metidos, intentando que Akira no se metiera en demasiados problemas, y más importante, manteniéndose cerca de Shirogane, esperando que en algún momento despertara de aquel extraño coma al que había sido sometido injustamente.
Durante la última pelea, un kokuchi había asestado un golpe mortal al guerrero, dejándolo inválido, ya que desde aquel momento, el hombre no había vuelto a abrir los ojos ni una vez. Simplemente había cerrado los ojos y caído como un saco de huesos al suelo, sin un gramo más de fuerza en su cuerpo, ni aparente voluntad para seguir.
Para ser sinceros, aún les costaba creer que Shirogane, el más poderoso de los cuatro luchadores, el previo rey de los shin, había caído en una pelea. Sabían que era posible para él morirse tanto como para cualquiera de ellos, pero nunca hubieran imaginado su final de esa forma tan repentina.
"¿Es todo?", recordaban haberse preguntado, "¿Es el fin? ¿Está muerto?". No podían decirlo, no conocían las respuestas. Había sido tan rápido, que apenas se habían dado cuenta lo que sucedía durante la pelea. Solamente cuando el enemigo había sido completamente derrotado se habían dado el lujo de chequear en sus compañeros. Lo que vieron les sorprendió y aterró hasta la misma médula.
Shirogane yacía inmóvil en el suelo, sangrando profusamente por una herida grave que emanaba de su cabeza, y con los ojos cerrados, con apariencia de estar muerto. Akira, a su lado, intentaba parar la hemorragia con manos temblorosas y las mejillas empapadas por lágrimas que no dejaban de salir. De su garganta salían gritos agónicos, llamando una y otra vez el nombre de la persona que sostenía entre sus brazos, pero sin lograr provocar una respuesta.
Por un momento, Aya y Kengo se habían quedado completamente mudos y quietos, sin saber que hacer. Aquel era un marco que nunca habían esperado ver, tanto Shirogane como Akira eran los luchadores más fuertes que habían conocido en sus vidas, y ahora mismo estaban indefensos, necesitando desesperadamente ayuda, cuando no la habían requerido nunca antes.
¿Qué podían hacer ellos? Estaban demasiado aterrados de acercarse y darse cuenta de que el hombre de cabello blanco estaba muerto. El solo pensar que su líder, el que los había iniciado en las peleas, en su intento de liberar al mundo de la oscuridad, ahora ya no estaría con ellos nunca más, les hacía querer arrojarse a un pozo y no salir nunca de allí.
Sin embargo, no importó que tan en shock estuvieran, se obligaron a reaccionar, ya que no podían dejar la situación como estaba. Sin pensarlo un minuto más, se movieron para ayudar, intentar ser útiles en el medio de aquella tragedia. Kengo se colocó a Shirogane sobre el hombro, con el objetivo de llevarlo a un lugar seguro, mientras Aya intentaba calmar a Akira. Pero el chico estaba más allá de cualquier razonamiento, sumido en un ataque de pánico y rehusándose siquiera a pensar en nada que no tuviera que ver con Shirogane.
En algún momento, Aya consiguió convencerlo de que intentaba ayudarlo, y con eso en mente, Akira se dejó arrastrar hasta el bar de Master, lugar que siempre había sido de encuentro, y para sanar sus heridas.
Su amiga había intentado innumerables veces curar las heridas del chico, que aunque no eran tan graves, aún así merecían atención. Pero él simplemente no se dejó tocar, manteniéndose en un rincón que no pudiera estorbar a Master mientras hacía su trabajo, pero donde aún podía ver a Shirogane.
No obstante, no hubo nada para ver. El golpe que había recibido Shirogane, había sido tan fuerte, que no importaba los trucos médicos que se supiera el dueño del bar, o los medicamentos que le hiciera tomar, el hombre nunca reaccionó de ninguna forma. Incluso ahora, dos semanas después, seguía sin abrir los ojos, demasiado sumergido en un sueño profundo y aparentemente inalcanzable.
El accidente les había afectado a todos con una fuerza brutal, pero a nadie tanto como a Akira. Aya recordó con tristeza como él no le había permitido a Master alejarse o descansar, demandando que curara a Shirogane, fuera como fuera, sintiéndose cada vez más desesperado al ver que ningún milagro ocurría.
Sí, Akira había sido un ataque de pánico andante durante ese día y toda la noche que le siguió, sin despegarse del lado de su compañero, y gritándole a cualquiera que le sugiriera ocuparse de si mismo. Simplemente no tenía mente o cuerpo para ocuparse de nada que no involucrara la recuperación de su compañero, lo demas para él no importaba.
Todo el mundo creyó que se mantendría en ese estado que rayaba a la locura hasta que Shirogane despertara y lo calmara, pero mientras los días pasaban, y el estado del paciente no cambiaba, Akira fue alternando lentamente de humor, pasando de enloquecido a furioso en cuestión de días. De repente, ya no podía estar más tiempo dentro de aquella habitación pequeña y con aroma a muerte, necesitaba salir y descargar su furia en todo lo que viera, lidiando con la situación en su forma peculiar.
Intentando ser optimistas, sus amigos creyeron que era una etapa que eventualmente terminaría en algún momento, pero dos semanas después del accidente, Akira parecía no dar signos de cambiar.
La puerta principal del bar se abrió de repente y por ella entró el chico sobre el que pensaban, con un gran moretón en su ojo izquierdo y lo que parecía ser una herida sangrante en su costado, por la forma en que su camiseta se iba tiñendo rápidamente de rojo.
- ¿Consiguiendo nuevas cicatrices para tu colección? – preguntó Aya siendo sarcástica, pero su tono estaba lejos de ser humorístico.
El aludido le dedicó una mirada asesina y murmuró una maldición por lo bajo mientras se acercaba hasta la barra y se dejaba caer pesadamente sobre una silla.
- ¿Me puedes ayudar un poco? – preguntó Akira de mala gana a Master, levantándose la camiseta unos centímetros para enseñarle una cortadura sobre su abdomen.
El dueño del bar suspiró audiblemente, ya algo harto de tener que curar una parte del cuerpo de Akira todos los días, pero aún así se se sentó a su lado y procedió a tratarlo. Podía ser un dolor en el culo últimamente, pero seguía siendo su amigo, no podía negarle el tratamiento.
- Déjamelo a mí.
Akira se dejó hacer, calmándose por primera vez en todo el día, mientras las manos de Master se movían con ligereza sobre su herida, probando en que tan mal estado se encontraba y si iba a necesitar puntos. Solo esperaba que en caso de ser necesarios, no fueran a abrirse cuando se metiera en otra pelea.
- Listo, con esto estarás bien – concluyó su médico, mientras terminaba de vendarlo – se que te lo dije varias veces, y lo más seguro es que no vayas a escucharme, pero de todas formas lo digo. Ten cuidado la próxima vez.
- ¿No lo hago siempre? – preguntó Akira en tono irónico, mientras se ponía de pie y hacía su camino de vuelta hacia la puerta de salida.
- ¡Quieto ahí! – gritó una voz femenina cerca de él – No te vas a ningún lado, Akira.
El chico se dio la vuelta y vio lo que no había presenciado en semanas, Aya furiosa y casi echando humo por las orejas. La chica se acercó y adelantándose, procedió a cerrar la puerta y apoyar la espalda contra esta para que él no pudiera salir.
- ¿Qué estas haciendo, Aya? – preguntó Akira con voz cansada, sin emoción ni sentimiento.
- Estoy harta de tu actitud y no puedo dejar que continúes así, te vas a terminar matando.
- ¿Y a ti que te importa lo que me pase? – gritó él, poniéndose peligrosamente cerca de la chica - ¿Qué diablos te importa si termino muerto y tirado en la calle?
La chica por poco retrocedió ante su furia, sintiéndose confundida por aquella extraña actitud que nunca había visto en su amigo. Akira siempre había sido gruñon y violento, pero en su vida lo había visto tan enojado como para que le gritara de esa forma. Ahora menos que nunca podía sucumbir ante su ira.
- Por supuesto que me importa, estúpido – gritó también ella, intentando igualarlo – soy tu amiga y me preocupa que estés actuando de forma tan imbécil. ¿Por qué no estas aquí, con Shirogane que te necesita?
La mirada del chico volvió a ser totalmente asesina, casi se podía ver a ella misma brutalmente aniquilada en los ojos oscuros del chico. ¿Por qué la sola mención del otro hombre lo alteraba tan violentamente?
- Shirogane esta muerto – sentenció él de forma clara, pronunciando con exageración todas las silabas – él no me necesita.
Aya se sorprendió ante su tono, que no solo había sido completamente lleno de odio, sino también triste, desolado, como si le doliera el solo pensarlo.
"Esta herido", pensó ella, "Por supuesto, ¿como no lo vi antes?"
- Eso es una mierda – respondió la chica, echando por tierra cualquier argumento que él quisiera decir – tú solo estas asustado, no sabes cómo enfrentar esta situación y decides huir como siempre haces. Si Shirogane estuviera aquí, lo habrías decepcionado más que…
De repente, aún mientras la chica hablaba, Akira pareció perder por completo el poco juicio que le quedaba, y sin advertencia alguna, elevó el puño y apuntó a clavarlo en la cabeza de su amiga. Aya apenas lo vio venir, y solo atinó a mirar con asombro la trayectoria que hacía su brazo mientras se acercaba para el impacto.
Pero solo unos segundos antes de que estrellase contra su cara, Kengo se inmiscuyó y frenó el ataque con su propia mano.
- Es suficiente, Akira – dijo su amigo, con voz calmada, pero sin bajar la guardia – Aya no está diciendo más que la verdad y lo sabes. No te desquites con ella.
- ¡Callate! – gritó el chico, tomando a su amigo por el cuello y elevándolo unos centímetros en el aire.
Kengo boqueó unos segundos en busca de oxígeno, y sin perder la calma en su rostro, dijo con voz rasposa:
- ¿Quieres pelear?...Con gusto.
- ¡No! Ya basta – gritó Aya, intentando hacer que ambos dejaran de pelear.
Pero Akira estaba muy lejos de comprender sus propias acciones, y a Kengo no le había hecho gracia que alguien intentara golpear a Aya. Si pelear era lo necesario para ese momento, entonces lo harían.
- ¡Ya basta! – gritó una voz demandante a sus espaldas - ¿Qué diablos crees que estas haciendo, Akira?
Los tres adolescentes se quedaron petrificados en su sitio, demasiado sorprendidos como para darse la vuelta y comprobar que aquella voz correspondía a quien creían que lo hacía.
El recién despertado Shirogane se acercó a paso rápido al ver que lo ignoraban y tomó a su shin del brazo, logrando así que este soltara su sujeción sobre Kengo.
Akira subió la cabeza y contempló los ojos que se habían mantenido cerrados por 14 días, esperando ver los signos de amor que siempre habían estado presentes en él. Sin embargo, sus ojos ahora no eran cálidos, sino hostiles.
- Has estado en peleas, ¿no es así? – preguntó el hombre de cabello blanco, notando la camiseta ensangrentada y el ojo morado – si pelear es lo único para lo que sirves, entonces ve y hazte orgulloso.
Acto seguido, le soltó el brazo, como si la piel del chico fuera alguna especie de veneno para la suya, y le asqueara completamente. Sin una mirada más en su dirección, le dio la espalda para comprobar que Kengo estuviera bien.
- Shirogane… - susurró Akira, sintiendose demasiado impresionado por verlo despierto y a la vez dolido por la forma fría en que lo había tratado. ¿Que podía decirle ahora?
El hombre mayor se dio vuelta para mirarlo de nuevo, con aquella gelidez en sus iris azules.
- No se que haces aquí, Akira – comenzó a decir, con voz temblando de furia – pero dejaste muy claro en nuestra última charla, que yo no era remotamente para ti lo que tu eras para mí, así que voy a pedirte que te largues.
El chico abrió mucho los ojos, sintiendo como el corazón se le encogía dentro del pecho y comenzaba a sentir frío en los brazos. ¿Enserio estaba haciendo esto? ¿Le estaba prohibiendo verlo, tocarlo, saber que estaba vivo, cuando eso había sido todo lo que Akira había podido pensar en los últimos días?
- Pero…
- ¡Ahora! – gritó el otro hombre – no puedes tenerlo todo, Akira. Hiciste tu elección, ahora respetala.
El chico sintió que un nudo se le formaba en la garganta, y sin pensarlo dos veces, salió corriendo por la puerta para evitar que lo vieran en un estado tan patético, al borde de las lagrimas.
A su espalda, Aya le gritaba furiosa a Shirogane, reclamando explicaciones, pero él apenas entendió las palabras. No importaba lo que ella le dijera, nada podía borrar de su mente aquellas palabras venenosas que le habían sido dichas. Y más importante, nada podría aliviar esa tensión en su pecho, amenazando con estallar y hacerlo pedazos.
