Intermisión

Por Makita

Capítulo IV : Renuncia

Un resoplo satisfactorio y presuntuoso escapó de sus labios tras pronunciar esas frías palabras; los verdes irises comenzaban a perder su perspicaz resplandor en la negrura que lo cubría, como cuando el sol se apaga detrás de las montañas dejando el cielo a merced de la creciente lobreguez. Cerró la tapa del celular con un veloz movimiento de sus dedos produciendo un chasquido que se propagó por el claustrofóbico lugar.

—Decir eso es muy cruel.— murmuró Near sacudiendo su camisa o estirándola, más bien, ya que con el agarre de su secuestrador había quedado arrugada en la zona del antebrazo.

—¿Qué cosa? ¿qué te cortaré en pedacitos?.—Mello se rió un poco dentro de la oscuridad, lo atisbó con ímpetu; la impecable ropa blanca parecía relucir con luz propia dentro de la inmensa sombra facilitándole indicios de su ubicación.

—No. Decirlo para que Gevanni se preocupe innecesariamente.—respondió el menor, apáticamente.

—¡No me hagas reír! Ese tal Gevanni debe estar celebrando en este mismo instante.— se burló el rubio alzando una ceja.—¡Alguien escuchó sus suplicas y quitó del camino a su insufrible jefe!

Era incapaz de ocultar su euforia. Todo había resultado perfecto. Levantó su muñeca y se quitó los guantes de cuero que vestía para observar su reloj; una luz verde se encendió dentro del artefacto iluminándolos brevemente. Matt se había encargado de hackear las cámaras de vigilancia del SPK durante los veinte segundos otorgados por Halle. Después de eso, las contraseñas de las cámaras se hubiesen cambiado automáticamente haciendo imposible la operación.

Recordó el teléfono celular que aún sostenía en la mano derecha, lo apagó y repentinamente lo quebró, causando cierto desconcierto en el menor, que claramente no demostró.

—Ahora quítate cualquiera de esos aparatos que te gusta traer encima…— ordenó con voz ronca y decidida.—…GPS, móviles, micrófonos, radares, la mierda que sea…— Dio un par de pasos, amenazante, mientras guardaba el aparato destrozado dentro de su bolsillo; luego extrajo el arma con la cual lo apuntó.

—No traigo nada de eso… .—habló Near, manteniendo la cordura en ese contexto tan denso, aunque sentía que el numero dieciséis que brillaba con pintura fluorescente impregnada en la gigantesca pared que tenía en frente lo estaba volviendo loco.

—¿Crees que soy estúpido?

Mello se apresuró en acercarse al rehén para inspeccionarlo; buscó con la punta de sus dedos la textura metálica y rígida de algún equipo de rastreo de personas entre los botones de la holgada camisa; palpó la tela alrededor de los delgados brazos con un temor inconsciente de ir más allá. Desconocía porqué Near siempre le provocaba esa sensación de morbosidad, como si tocarlo se tratara de un acto puramente pedófilo. Esa maldita apariencia infantil sumada a su actitud indiferente y fiada solía confundir a muchos. ¡ya tenía diecinueve años! No existía nada de retorcido en registrarlo. Aceleró la búsqueda, revisó las mangas, los bolsillos y bastas del pantalón.

—¿Conforme?.—preguntó disimulando su hastío e inquietud, viendo que el otro se alejaba de él, decepcionado.

—Sí. Ahora camina.—le ordenó ignorándolo y volviendo en sí, apoyando el arma cargada sobre la frente del albino.

Debían salir de allí rápidamente. No es que hubieran huido demasiado lejos, de hecho, se encontraban en el mismo edificio. El rubio había estudiado cuidadosamente el inmueble y había descubierto que en las escaleras de emergencias no existían las cámaras de vigilancia, ubicadas estratégicamente en prácticamente todas las plantas y en todos los ascensores, además de los estacionamientos y bodegas. Volvió a sujetar el enclenque brazo al percatarse que su rehén no se movía y lo obligó a subir por aquellos escalones que olían a humedad y a plástico ablandado por el calor, pero sobretodo a un abandono inquietante. Nadie los encontraría nunca allí, a no ser de la casi imposible posibilidad de que comenzara un terremoto y todos usaran las salidas de escape.

Por ahora esa resultaba la única vía para que Mello pusiese ejecutar su plan con éxito, y si todo resultaba bien, podría acabar con la molestia que resultaba Near en todos los ámbitos de su vida, incluyendo la persecución del asesino de L, Kira. Ya no tendría que preocuparse de ganarle al enano, sólo tendría un objetivo claro y lo cumpliría, convirtiéndose en el absoluto número uno.

Near, en tanto, se preguntaba porqué demonios subían las escaleras en vez de bajarlas; al parecer Mello no tenía la intensión de salir del edificio, a no ser de que se hubiese conseguido un helicóptero para huir por aire o una cama elástica para saltar a la edificación contigua; aquello era irrisorio y extremo, aunque no lo descartaba completamente viniendo de su ya conocido secuestrador. También podría estar planeando bajar con una cuerda por el exterior, aunque la construcción contaba con treinta y cinco pisos, que superaban los cien metros de altura. Prácticamente un suicidio. ¿y por un andamio? Quizás esperaba juntarse con alguien más, un cómplice que en estas circunstancias lo más probable es que se tratara de Matt.

Se esforzaba para pensar con calma, deduciendo el futuro más cercano de esta situación a pesar de que el comportamiento imprevisible de Mello no le dejara salidas concretas. Físicamente se sentía exhausto; desconocía los pisos que el rubio pretendía subir y a causa de sus piernas cortas y su escasa—o nula— condición física no era capaz de seguirle el ritmo. Mello más bien lo arrastraba por aquellos escalones consumidos por el polvo y el olvido, con esas franjas amarillentas que ya no cumplían su función de indicar los bordes por el paso del tiempo. Las veía pasar una y otra vez debajo de sus pies que se ubicaban uno frente a otro por inercia. Además el agarre de Mello sobre su codo, tirándolo a un ritmo frenético—él subía dos escalones a cada paso—lo estaba lastimando al punto de la desesperación. Era tan constante y circular, tan monótono recorrido, ansiaba zafarse y exigir un esclarecimiento de todo esto. Era injusto.

No supo cuanto tiempo había transcurrido desde que empezaron la maratónica subida, ni cuantas plantas llevaban ya, pero se detuvo al sentir un peso extra, un peso muerto. El menor se había detenido por completo. Difícilmente lo vislumbraba debido a la oscuridad, sin embargo, un pequeño destello anaranjado que provenía de una deteriorada ampolleta del piso de más arriba los ayudaba pobremente.

—Que diablos te pasa ahora…—preguntó duramente, observándolo desde cuatro escalones más arriba. Se encontraba de pie, su rodilla apoyada en un peldaño superior mientras su mano izquierda descansaba contra la pared sutilmente, como si realmente no se tratara de un soporte. El rubio tiró de él y de pronto fue invadido por una sensación cálida que le alteró el pulso. Con cierto horror y desconcierto se dio cuenta de que ya no sujetaba su brazo, si no que era su mano la que mantenía presionada con sus dedos; se sentía tibia y suave dentro de la propia, más firme, áspera y fría. Apenas con el pulgar rozaba el dorso de piel pálida y traslúcida, percibiendo el latido que corría bajo ella. No supo porqué el inocente hecho de sujetar su mano lo perturbó tanto; lo soltó violentamente, con desprecio, como si hubiese tocado lo más desagradable del mundo.

—¿A dónde quieres llegar, Mello?.—Near habló, incorporándose lentamente y alzando la vista hacia el secuestrador, que le devolvía la mirada, impávido.

—Tenemos que subir todavía más…—explicó de mala gana, volviendo a sostener el arma que guardaba dentro del bolsillo de su chaqueta.

—No me refiero a eso. Me refiero a esta situación.

—Eres mi rehén ahora, Near. Eso significa que si no haces lo que te digo, te meteré una bala entre los ojos.—El rubio sonó en extremo desafiante y bajó un par de peldaños hacia su interlocutor.

—Entonces hazlo ahora, porque no quiero seguir subiendo pisos sin sentido.—Near usó un tono irónico y dibujó una expresión de triunfo que exasperó momentáneamente al contrario.

—Me encantaría, pero si hago eso, este secuestro perdería la gracia.—se burló con una sonrisa torcida.—Ahora avanza.

Se observaron por largos minutos, permanentemente. Extrañas sombras se dibujaban sobre sus rostros a causa de la escasa luz; Near creía comprender las razones de Mello para hacer todo esto, que de cierta forma, daba pistas sobre su consternación. Este escenario era incluso más peligroso que esa reunión que habían concretado en el exterior, el fatídico día en que le había dicho que le gustaba (ahora se arrepentía) se le había ido de las manos y ahora Mello no lo dejaría en paz hasta que descubriera lo que verdaderamente ocurría detrás de su aguda rivalidad.

—Está bien, subiré…—aclaró Near después de un tiempo indefinido en el cual ninguno realizó un movimiento.—…pero a mi propio ritmo.

—¿A paso de tortuga te refieres?.— el mayor bromeó, pero su semblante enseñaba una seriedad glacial que ocultaba la gran ansiedad del que era víctima.

—Si. Puedes adelantarte si deseas…

Near le enseñó aquella clásica sonrisa confiada a pesar de que su cuerpo no lo acompañaba en el contexto; se hallaba totalmente exhausto. Notó como la suciedad de los abandonados escalones se había adherido al extremo de sus pantalones blancos. Sentía calor y le pesaban las piernas tremendamente, era tan sofocante y viciado el aire allí que no le devolvía las fuerzas, solo conseguía marearlo y agotarlo aún más de lo que ya estaba. Era capaz de vislumbrar los ojos verdes y afilados de Mello que brillaban intensamente en esa mediana oscuridad… ¿qué pretendía? ¿realmente deseaba matarlo? ¿o torturarlo? ¿las consecuencias de este ridículo secuestro calmarían sus dudas?

El rubio bajó todavía más, ubicándose a un lado del menor. Lo notaba descompuesto, pero no tanto como deseaba verlo; aún en esas circunstancias le mostraba esa sonrisa autosuficiente y orgullosa, como si fuera inmune a los acontecimientos a su alrededor… ¡como lo detestaba! Ni siquiera imaginaba como eran las verdaderas torturas, aquellas que dejaban cicatrices imborrables en la mente y condicionaban el cuerpo. Recordaba todas las veces que había secuestrado gente en sus años trabajando para la mafia; el terror de las víctimas al sentir el metal del arma presionar sus frentes era solo el inicio. Muchas veces fue testigo de rostros desfigurados ante el dolor de los martirios que los otros integrantes les provocaban: manos clavadas a una roñosa silla de madera, ojos cegados por las vendas apestosas de gasolina, bocas selladas en una cinta plástica que impedía desesperadamente el ingreso de aire, jadeos, gritos, espasmos eléctricos, huesos rotos, saliva y globos oculares desorbitados. A veces los veía morir allí mismo, otras veces agonizar durante días. Near, ¿mostrarías esa sonrisa si todo esto fuese así? Subir catorce pisos es nada. De pronto se sorprendía de él mismo, de imaginarlo en esas condiciones y tratar de impedirlo, se recogía interiormente, sus músculos rechazaban intuitivamente ese pensamiento.

Sacudió la cabeza, obviando sus reflexiones.

—Camina. Ya falta poco.— apresuró gravemente, empujándolo desde el hombro.

Se preocupó cuando no vio reacción; estaba allí, de pie y cabizbajo, mirando en dirección al suelo. Sus grandes y oscuros ojos se encontraban ocultos detrás del cabello que caía por su frente mientras que uno de sus dedos estiraba un mechón, plenamente ausente y hasta abatido.

—¿¡y ahora que diablos…?!.—Mello se hastió y resopló, girando los ojos. No existía forma de amenaza que le exigiera avanzar.

Porque no tenía miedo. No tenía miedo de las armas, de la muerte, de las provocaciones, ni de él. Seguramente si viera al Shinigami tal como él lo hizo, tampoco le causaría miedo. Era dueño de unos jodidos nervios de acero.

Por un breve instante pensó en llamar a Matt y preguntarle que demonios podía hacer en esa situación, aunque lo descartó rápidamente ya que su compañero con seguridad se burlaría de él por no saber como solucionar este problema considerado básico, contando con sus conocimientos del sub—mundo… ¡años de experiencia que se iban directo al tarro de la basura!

Sin pronunciar palabra y con una irritación evidente, suspiró y tomó a Near de ambos brazos cargándolo sobre su espalda, repitiendo como un mantra que se trataba solo de tres pisos más para llegar a destino.

—¡Mira la mierda que me haces hacer, Near!.— le gritó molesto, una vez lo hubo sujetado por completo por debajo de las rodillas a ambos lados de sus caderas.

—Yo no te hago hacer nada. Tu lo haces porque quieres.—explicó lógicamente el menor, abrazando sutilmente al rubio sobre la amplia y firme chaqueta de cuero.

—Si no fueras un blandengue desnutrido quizás me hubiera evitado esto.— reclamó de mala gana, volteando levemente hacia su interlocutor.

—Si no me hubieses secuestrado, ni siquiera estaríamos aquí.

—¡La verdad es que todo se hubiese solucionado si tu no fueras un enano insoportable!

Sinceramente esa estúpida y cíclica conversación podría haber seguido hasta el punto de los inicios del universo, así que el chico albino decidió guardar silencio mientras cerraba sus brazos alrededor del indeleble cuello, apenas rozando las clavículas que sobresalían con elegancia sobre aquella suave piel cobriza. Nunca habían estado tan cerca. Lo contemplaba meticulosamente, la forma redondeada de sus hombros por debajo del cuero, como fluían los músculos de sus brazos, delgados y tonificados, su estructura ósea mantenía su infantil proporción pero se había fortalecido, crecido, aunque Near sentía que se trataba de algo más emocional que físico. Mello irradiaba un aura distinta, como si a su usual terquedad se le hubiese agregado una alta dosis de resentimiento que lo obligó a madurar y a enfrentar al niño que antes era. Lo notó en sus facciones en aquella ocasión. Ya no quedaba rastro de él.

Mello trepaba por las eternas escaleras, pisando con firmeza la cubierta plástica de los peldaños, concentrado, raudo, con el ceño fruncido inconscientemente y los dientes apretados…¿cómo había terminado así? En su fantasía toda esta escena se había desarrollado de una forma plenamente disímil. Primero, Near hubiese subido con manos y pies atados y con el arma constantemente intimidándolo; segundo, hubiese tropezado varias veces, jadeado, sudado y suplicado por su vida, anhelando no haber sido jamás el sucesor de L ¡incluso deseando no haber nacido! Tercero, se habría disculpado por todas las humillaciones públicas y privadas que le había hecho pasar (como aquella vez que lo usó como herramienta para llegar a Kira) y por burlarse de él y en general por existir. Toda esa confesión hubiese sido grabada en video y mandada a la Wammy's House, al gobierno estadounidense y por supuesto a la policía japonesa, donde también se encontraba Kira.

La imaginación era un don peligroso.

Sin embargo, tan extraño. Que a pesar de ese palpitante rencor, lo tuviese en su espalda, cuidándolo, evitándole el daño que él mismo anhelaba proporcionarle. Sostenía con ligereza aquel par de piernas, siempre dobladas, inservibles y dóciles dentro del mundo en el que se desenvolvía diariamente. Detrás de esos ojos apagados y esa respiración templada se desprendía un sentimiento misterioso; ese abrazo flojo que ahora lo rodeaba era reconfortante y liviano, lo invadía con sutileza. Todo este tiempo él fue el rival de Near, pero no al revés y resultaba tan frustrante.

El número treinta y tres en la pared de sólido concreto le dio la bienvenida después de unos minutos de intensa subida. Dejó caer sin miramientos al bulto que cargaba, provocando la sorpresa de Near, que hizo un esfuerzo para aterrizar dignamente y equilibrarse para no irse hacia un lado. El rubio lo miró desinteresado y extrajo un móvil que guardaba en el bolsillo del pantalón para realizar una llamada.

Matt, llegamos. Desactiva las cámaras.

El aludido al otro lado del teléfono se inclinó hacia el computador portátil que descansaba sobre una mesita al frente del sillón donde se encontraba recostado; con una pereza evidente ubicó sus dedos sobre el teclado para tipear un código que usaría para hackear exclusivamente la cámara del piso treinta y tres y así evitar que Mello y Near fuesen captados saliendo de las escaleras de emergencias y entrando a una de las habitaciones desocupadas que utilizarían como guarida.

—¿Está bien el homenajeado?.—preguntó vislumbrando la intensa columna de símbolos que comenzaban a ejecutarse con velocidad en la pantalla.

Está prácticamente desmayándose por el esfuerzo físico.—se burló.

Era lógico que Matt estaba participando de esto...— escuchó que se quejaba Near.

Cállate enano sabelotodo.

El chico de los googles completó la misión con cierto sabor amargo y frustrado… ¿porqué diablos Mello nunca lo escuchaba? ¿ o si lo escuchaba igualmente terminaba haciendo lo que él quería? ¿tenía que llegar a este punto para darse cuenta de que estaba enganchado de Near desde los doce años? ¡y lo peor era que el mismo Near lo sabía! Ni siquiera quería imaginar lo que pensaba de toda esta situación. Ahora seguramente terminaría perdiendo, como siempre, aunque todo había sido planeado para darle la ventaja. Lo conocía; se arrepentiría después por haber hecho el ridículo y otra vez "Near" tendría la culpa de sus desdichas. ¡Y él mismo era un idiota! Lo ayudaba en todas sus tonterías. Mello no era estúpido, pero cuando estaba con el chico albino se ponía completamente imbécil.

Suspiró. Apostaba que el menor de los tres sabría como solucionar esto… ¡ Y ojala fuera pronto para poder enfocarse adecuadamente en la persecución de Kira, que era lo verdaderamente importante!

—Ya está listo...— murmuró encendiendo el último cigarrillo de la cajetilla y dejando todo el ambiente sumido en un grisácea toxicidad.—…La cámara está apagada.

Ok.

El clásico sonido de la incomunicación llegó hasta sus oídos. Miró en dirección al techo, aspirando su vicio con profundidad y sonrió. Mello estaba lejos del razonamiento lógico. Lo que necesitaba se lo podía conceder un tipo de sabiduría que se gana con la vejez.

"Cuando el amor se reprime, el odio ocupa su lugar"

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Fue un violento empujón lo que lo hizo ingresar a aquella habitación. Avanzó un par de pasos atontado y encandilado ya que la luz blanca invadía aquella amplia estancia, en comparación con las oscuras escaleras en donde se hallaba anteriormente. Escuchó como Mello cerraba la puerta tras él para luego sacarse la pesada chaqueta de cuero y lanzarla sobre la cama. Los ventanales de ese lugar eran gigantescos; Near se descubrió apreciando por primera vez la ciudad de Manhattan desde las alturas. El río, los altos edificios y el puente, era conmovedora la longitud de esa isla, se sentía desaparecer dentro de ella.

Se aproximó hacia la magnífica vista como hipnotizado, hasta que Mello se cruzó en su camino para bajar las pesadas persianas, eliminando la intensa luz exterior.

—¿Quién te dio permiso para moverte? Quédate aquí y no hagas nada.—ordenó con rudeza, cruzando la habitación para cerrar las ventanas del otro extremo.

El menor atisbó el lugar con detenimiento; se trataba de una suite sencilla aunque bastante amplia, un elegante arco separaba los espacios del dormitorio y de la oficina. Un escritorio de madera se encontraba al centro acompañado de una cómoda silla de cuero reclinable. Había también un sillón, una silla y un mueble con un par de lámparas y libretas con el nombre del edificio. A la derecha se encontraba el baño, a un lado de la puerta. Observó el cerrojo de bronce bloqueado y se apoderó de él un sentimiento extraño, de incertidumbre, de duda. Pero confiaba en Mello. O quería confiar en él.

—Ven aquí.— el rubio lo tomó de la camisa sin contemplaciones, arrastrándolo hasta el escritorio.—Siéntate.—exigió.

Near se apoyó quedamente en aquel oscuro y enorme asiento, mientras veía que Mello traía otra de las sillas para ubicarla justo al frente de él. Aún estaba molesto con el episodio vivido en las escaleras, de hecho, aún no creía lo ocurrido… ¡lo había cargado! ¡incluso en estas circunstancias todo parecía salir bien para él! Aunque eso cambiaría. En este justo momento.

—Ahora me vas a decir cual es el verdadero propósito detrás de tus palabras…—demandó mirándolo a los ojos, tan tenso que hasta había olvidado la tableta de chocolate que comenzaba a derretirse en su bolsillo.

El primer sucesor de L quedo estupefacto. ¡¿todo aquello había sido por esa frase? ¡¿por aquella simple confesión? Mello no comprendía. No existía interpretación, solo era eso. Pero insistía en que había un plan malévolo detrás de esa frase. Le daban ganas de decirle que la verdadera intensión era el dominio del mundo entero. Pero decidió esperar.

—¿Cuáles palabras?.—preguntó, cansado.

—¡No te hagas el estúpido, lo sabes muy bien!.—Mello se incorporó violentamente y lo miró desde arriba, acusándolo.—¡Cuando dijiste que te gustaba! Dime que estás planeando…¡y porqué estas tramando algo contra mí!

—¿Me trajiste aquí sólo por eso?.—Near estaba escéptico.

—Claramente. No dejaré que te adelantes, Near. ¡Y menos permitiré que juegues conmigo!

—Mello…lo único que puedo decir es que no estoy tramando nada contra ti.—explicó con tono tranquilo, restándole importancia al asunto.—Además…¿cómo puede perjudicarte eso?

—No lo sé. Estás tratando de usarme de alguna forma..—el rubio lo atisbó con rencor.— Sé que no dices algo porque sí. Siempre hay un propósito por detrás.

—No tiene sentido...—aseveró devolviéndole la mirada con seguridad.—Primero, no saco nada provechoso con usarte, porque haces todo lo contrario a lo que yo pienso. Eres realmente torpe, poco precavido, te metes en problemas inútiles...—el mayor lo escuchó con perplejidad.— …Y segundo, mi propósito en esa instancia era verbalizar mis sentimientos. Nada más.

Mello se rió estrepitosamente.

—¡No puedo creerte eso!

Near lo vislumbró con seriedad.

—Pues créelo. Fin de la historia.

Mello se llevó la mano hasta la frente, luego la bajó refregando sus ojos. Simplemente no podía. Ya lo habían hablado por teléfono una vez. Incluso Halle le había confirmado que era verdad. Y quizás era, pero no deseaba creerlo, era un tema de voluntad. ¿Near? Lo conocía demasiado bien. Jamás demostró nada por nadie, excepto por L, por quien profesaba una profunda admiración. Pero nada más. Incluso en esa época en la Wammy's House, nueve de diez niños apostaban que Near era un robot.

—Entonces dime porqué. ¡Algo que pueda creer!.—se burló.

—Eso es privado.—Near le enseñó una media sonrisa, satisfecho.

El de cabello rubio emprendió una desesperada caminata alrededor de la habitación. Lucía como un león enjaulado. No había forma de sacar al menor de su posición, se negaba a decirle porqué le gustaba, si es que era verdad. Pensó en presionarlo más, pero luego se golpeó mentalmente. ¡El que quedaba como un pervertido era él mismo! ¿o era una oportunidad de ridiculizarlo? Lo atisbó entrecerrando los ojos, desconfiado. ¿Caería ese enano insoportable en una tentativa de trampa?

—Entonces demuéstralo.—le habló secamente, retándolo.

—¿Qué cosa?.—el chico albino lo miró con susceptibilidad.

—¡Que te gusto, idiota! Los seres humanos hacen eso, ¿sabías? Demuestran sus sentimientos con acciones...—los dos se observaron incrédulos.—…Aunque dudo que tu sepas algo de eso…—agregó Mello con sarcasmo.

Hubieron unos largos minutos de silencio, el ambiente se cargaba de una ansiedad indescriptible.

—Ya veo…—musitó Near, confundido.—¿Quieres que mantenga relaciones sexuales contigo?

Mello soltó una carcajada mezclada con asombro. Se echó hacia atrás con las manos en los bolsillos, sin saber como reaccionar. Sinceramente desconocía si debía reír o llorar o tirarse por la ventana del piso treinta y tres.

—Si que te hace falta algo ahí dentro..—se aproximó a su rival pinchándolo en la cabeza con el dedo índice.—…Quiero saber si eres capaz de darme un beso. Eso haces cuando te gusta alguien…pero parece que ni eso sabes hacer.

—Claro que puedo hacerlo, no es la gran cosa.—dijo Near rascándose la mejilla.—Lo he visto en películas y documentales.

—Lo has visto…—Mello se agarró la cabeza con las dos manos, pasándolas entre su pelo rubio, desordenándolo, vencido por el desconcierto.¡Si tan solo Matt estuviera aquí! Podrían burlarse de Near durante horas. Como se notaba que todo lo inteligente lo tenía de tonto en el ámbito social. ¡Desconocía completamente las relaciones humanas! Los controles cognitivos no existían en su cerebro. Ahora menos le creía que le gustaba.

Se encontraba tan distraído y perplejo por las palabras de Near, que no se percató cuando éste sacó de su camisa entreabierta un teléfono celular y apretaba un botón para comunicarse con alguien.

—¿Qué crees que estás haciendo?.—preguntó abriendo los ojos como platos, totalmente estático de pie a unos dos metros de él.

—Necesito comunicarme con Rester…—explicó con indiferencia.—…Él puede explicarme como actuar en esta situación.

De un par de zancadas llegó hasta la pequeña figura, le quitó el móvil y lo partió. En sus narices.

—No entiendo tu manía de destruir la tecnología.—reclamó, viendo como el rubio tiraba los restos de plástico sobre la alfombra blanca.

—Parece que a ti se te olvidó que esto es un secuestro.—lo amenazó sacando el arma y apuntándolo en la cabeza con una convicción temible.—Si intentas comunicarte con quien sea nuevamente, te volaré alguna parte de tu preciado cuerpo y lo peor será que quedarás vivo para ver como te desangras lentamente…¡¿ENTENDISTE?!

Se expandió un mutismo intimidante entre los dos. El secuestrador no bajó el arma y el rehén tampoco realizó movimiento alguno.

—No te tengo miedo, Mello. Sólo haz lo que tengas que hacer.

El aludido resopló con agotamiento y guardó la pistola dentro del bolsillo del pantalón. Se dejó caer sobre la silla que el mismo había ubicado frente a la de Near; el ambiente se había tornado muy tenso y peligroso, imprevisible. Comenzaba a olvidar la razón de todo esto.

—¿Y como demonios conservaste ese teléfono contigo?.—cuestionó, después de que lo hubo analizado.

—No me registraste aquí.—el menor le enseñó un bolsillo interior oculto en su camisa, al lado izquierdo del torso.

Mello se descubrió apreciando ese simple e inocente gesto de Near. Desconocía porqué, pero la misma calidez que sintió cuando lo cargó sobre su espalda o tomó su mano, lo envolvía precisamente en este instante. Le provocaba ver escasos centímetros de piel pálida al descubierto, como si se tratara de una tentación disfrazada de ingenuidad.

Se levantó ignorando el raciocinio que le carcomía el cerebro todas las horas del día, inclusive de la noche; se ubicó sobre su rehén, apoyando ambas rodillas en el blando sillón de cuero, que crujió estirándose ante su peso. Con las manos reclinó el respaldo, causando que ambos quedaran en una posición prácticamente horizontal. Aproximó su rostro al contrario, casi hundiéndose, hasta que sus frentes se tocaron. El cabello rubio cayó sobre el impávido semblante con ligereza, rozándolo y cerrando todo rastro de vista panorámica, obligándolo a verlo directamente. Tenía encima los ojos de Mello, era capaz de apreciar las líneas de distintos colores, amarillos y cafés, que complementaban el tono verde de sus irises; incluso notaba la textura rugosa que se expandía cuando se dilataban sus pupilas.

Near estaba tan perplejo por la actual situación, que apenas podía respirar. Se removió incómodo, aunque las rodillas de Mello a los costados de sus caderas no le permitían una mayor libertad; le dolía el cuello, lo tenía tan estirado hacia atrás para evitar un mayor contacto con su secuestrador que parecía que quería fusionarse con la silla; sin embargo, su rostro no enseñaba una pizca de esa incomodidad, estaba estoico, glacial, únicamente observando.

—¿De verdad te gusto?.—escuchó su voz ronca como un susurro burlesco, como si esa pregunta se tratara de una broma que quería transformarse en realidad.

—¿La respuesta importa? …No me crees nada de lo que te digo.—argumentó después de unos breves segundos, con firmeza en su voz. Mello lo vislumbraba con mucha seriedad.

—Dime cual es la realidad…ahora.

Near tornó los ojos, suspirando. Otra vez con lo mismo. Pero hizo el ejercicio mental de analizar sus sentimientos. Pensó en el porque le gustaba Mello a pesar de todas las estupideces que decía y que realizaba, sin mencionar ese tremendo complejo de inseguridad.

—Es verdad, todavía me gustas.

Y lo pronunció como si fuese lo más normal del mundo. Una sonrisa retorcida apareció en los labios de Mello; se inclinó más, flexionó y apoyó gran parte de su peso en los codos para estirarse sobre el rehén, y sin esperar una reacción de la parte contraria, hundió su boca en la de Near, besándolo impetuosamente. Sentía sus labios suaves, sus movimientos torpes, su respiración ahogada, su boca húmeda y acalorada y se daba cuenta que no podía parar porque anhelaba esto desde hace mucho, inconscientemente. Near no le gustaba. Gustar es una palabra tibia, que carece de pasión y de entusiasmo. La realidad era que estaba perdiendo la cabeza por él y tuvo que llegar a este punto para averiguarlo. ¡Tuvo que planear un jodido secuestro! Arrastrarlo hasta un lugar en donde pudieran estar solos para poder observarlo frente a frente, sin miedo y afrontar sus sentimientos, sin Kira, ni L ni nadie en medio.

Near, en tanto, se encontraba atónito ante lo que estaba ocurriendo. Sus ojos estaban abiertos como platos mientras Mello presionaba y movía los labios sobre los propios. Era tan extraño. Aquella sensación no era desagradable, pero desconocía como responder correctamente a ese ajetreo sobre su boca. Cerró los ojos e intentó concentrarse en el ritmo que Mello imponía, hasta que por fin pudo coordinarse con él. Desde ese entonces, descubrió como abandonaba lentamente los pensamientos e inseguridades comunes y se enfocaba en esa nueva y placentera sensación de besar y ser besado; incluso se sorprendió de no sentir asco por el intercambio de saliva y microbios —siempre pensaba en eso cuando veía a las personas besarse— todas esas dudas y prejuicios quedaron atrás, ahora solo su autodeclarado rival ocupaba su mente y a cada segundo transcurrido se le hacía más necesario estar con él. Se dio cuenta que lo quería, no como a un empleado o un colega o como el segundo sucesor de L. Lo quería de una forma especial, porque lo aceptaba por ser quien era.

Mello a menudo se asustaba de la intensidad de sus sentimientos. De creer que odiaba a Near, ahora lo amaba con ímpetu, casi tortuosamente. De repente escasos lapsus de lucidez venían a su cerebro bañado de testosterona, oxitocina, endorfinas y quizás cuantas hormonas más, y pensaba: ¡¿Qué diablos estoy haciendo?! ¡se supone que yo odio a este enano idiota! Era tan inconsecuente. Quería empujarlo, humillarlo, burlarse y huir con una sonrisa triunfante y con el ego por las nubes. Él no amaba a nadie, a él lo amaban y respetaban. Supuestamente.

Pero era incapaz de hacer algo así. Estaba demasiado excitado con él abajo, tocándolo como para escapar ahora, por mucha razón que su orgullo tuviera. Sus manos sujetaron la cintura del contrario y se fascinó con la suavidad y flexibilidad de su piel. Subió recorriendo su torso hasta las clavículas y los hombros. Se separó por un breve instante, en el que Near lo detuvo sutilmente apoyando la mano en su cuello. Su respiración estaba agitada, sentía que el maldito corazón se le quería escapar del pecho. La expresión del menor se mantenía impávida, apenas con un brillo de sorpresa en sus oscuros ojos mientras exhalaba dificultosamente por los labios entreabiertos.

Ninguno sabía con certeza que diablos pretendía expresar. Parecía que el momento hablaba por si solo. Mello se quitó el polerón con gorro que vestía con rapidez y vehemencia; se sentía asfixiado, incluso dentro de su propio cuerpo. De un momento a otro se encontró desnudo de la cintura hacia arriba; desde su cuello colgaba un rosario con una cruz plateada en el extremo, mientras su cabello rubio tocaba cuidadosamente el borde de sus hombros. Near lo vislumbró absorto y fascinado por el hermoso contraste de su piel con el color de su pelo y los músculos por debajo generando sombras atractivas y varoniles. No le dio mucho tiempo para apreciarlo, se inclinó nuevamente sobre él, ubicando su cadera entre sus piernas y presionando, apoyando todo su peso sobre él. Se percató que Near estaba excitado también y con incredulidad quiso mirar dentro de sus pantalones; se echó hacia atrás levemente y estiró el elástico del borde del pijama, pero el menor se lo impidió sujetándolo al mismo tiempo.

—¿Qué? ¿tienes miedo que descubra que en realidad eres una chica? ¿o algo así?— se burló, alzando una ceja.—Al menos ya sé que no eres un robot.

—Eso no tiene sentido.—reclamó molesto.—Si fuese una chica ya te habrías percatado al tocar bajo mi camisa… ¿o me equivoco?

—Supongo. Pero entonces …¿que demonios estás ocultando aquí?.—cuestionó Mello, tirando del pantalón y forcejando con el dueño.—No es algo que yo no tenga.

—No estoy ocultando nada. Sólo es el acto reflejo de no querer ser visto desnudo.—explicó Near, pensando en que era la respuesta más lógica a lo que estaba ocurriendo.

El rubio guardó silencio. Lo comprendía, de cierta forma. Near nunca había estado con alguien, menos con un chico. Para él era la primera vez con otro hombre también. Nadie le dictaba como actuar, recurría a su intuición, el deseo que sentía por el menor encaminaba sus pasos, sus acciones. Tomó la mano del albino con delicadeza y lo atrajo hacia él hasta que quedó semi sentado. Luego la llevó hasta su vientre, donde Near pudo palpar con los dedos estirados el relieve de los abdominales y oblicuos que sobresalían del resto de la musculatura; lo que no se esperaba es que empezara a descender pausadamente, hasta perderse dentro de los pantalones de cuero del mayor. No podía quitar la vista de su expresión. Mello lo atisbaba intensamente mientras su mano junto con la de él, se perdían mucho más abajo del ombligo. Sentía el calor de sus delgados y pueriles dedos investigándolo, apretándolo, acariciándolo con curiosidad. Near insistía de pronto en quitar su mano, pero la de Mello la inmovilizaba con rudeza.

Jamás imaginó tener a Near así. Jamás imaginó secuestrarlo, cargarlo, besarlo, ni menos imaginó su inocente manito dentro de su pantalón. Era insólito, chocante, morboso, pero alcanzado este punto se daba cuenta que no existía retorno. No era borrar todo para volver a ser como antes, no tan fácil. Rechazaba esa salida cobarde. Lo miró con ímpetu.

—Entonces…—interrumpió Mello.—¿Quieres "mantener relaciones sexuales" aquí o en la cama?—preguntó ironizando las palabras pronunciadas por Near anteriormente.

Al notar su expresión y el silencio que se extendió por toda la alcoba, se incorporó rápidamente, tomó al aludido por debajo de los brazos y lo cargó para lanzarlo sobre el suave plumón blanco que cubría la cama de dos plazas.

—Olvida lo que te dije.

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Continuará…

Mis queridos lectores! Tengo una excusa más que valorable para la demora de este capítulo. Estaba celebrando año nuevo de lo más entretenida cuando de pronto…me cayó un piano encima! Y estuve en coma un mes y 23 días aproximadamente. Después me puse a pensar porque me había pasado eso y me di cuenta que no había actualizado este fic como prometí…¡asi que aquí esta el 4º capítulo de intermisión! De una autora arrepentida xD

Fuera de bromas, la excusa normal es que he estado con harto trabajo y muy fanática del K—POP, lo que quita todo mi tiempo libre. Es peligroso obsesionarse tanto con las cosas. Tuve que ver todos los videos de , bajar todos los discos, bajar wallpapers, pegar posters en mi habitación, ir a un concierto, coleccionar postales, ver todos los realitys y ahí recién comenzó a bajar la fiebre. Y pude concentrarme en otros asuntos más importantes. :)

Bueno, ¿qué les pareció el capítulo? ¡espero que les haya gustado! Me costó bastante escribir la 2º parte, es difícil escribir a Mello y a Near en una situación así, hay imaginar como actuarían sin salirse de los límites de sus personalidades. Espero que haya estado bien. Lo titulé renuncia, porque en el fondo el rencor que Mello guardaba hacia Near quedó atrás, cuando se percató que no podía luchar con sus verdaderos sentimientos. Y bueno, Near es un inexperto xd aprenderá mucho con Mello. La frase que piensa Matt es esta:

Cuando el amor se reprime, el odio ocupa su lugar. (Havelock Ellis)

Algo que encuentro muy cierto. Sobre todo en para Mello.

Espero que hayan disfrutado mucho este capítulo. Esta vez no haré promesas con pianos. Pero me gustaría subir el próximo capítulo antes de abril, porque inicio un viaje largo en el que dudo que pueda escribir.

Muchos cariños, espero sus comentarios, opiniones y reflexiones! Para seguir mejorando.

Se despide,

Makita.