Muchas gracias por los comentarios Elein y Sandblue :)

Sandblue siento la tardanza del capítulo pero no puedo dedicarle a escribir todo el tiempo que me gustaría, ya sabes estudios, estudios y más estudios (es lo que tiene la Universidad). Pero tranquila que tendrás muchos más capítulos (o al menos eso espero) por cierto tu review me alegró el día! :D Espero sinceramente tu opinión sobre este capítulo.

Espero que os guste.

CAPÍTULO 4

No se estaba dando cuenta pero Aris casi corría hacia el arrollo donde los caballos pastaban tranquilamente. El corazón le golpeaba el pecho haciendo que cada respiración fuera tan dolorosa como un puñal. Los ojos le ardían, quería creer que del cansancio y la adrenalina, pero la verdad era que los mantenía bien abiertos, sin permitirse un pestañeo. Temía que si los cerraba las lágrimas saldrían de ellos. Dioses, era lo último que quería; no había llorado en muchos años, ni siquiera recordaba la última vez y no quería que esa vez fuera por un rey que ni siquiera era el suyo.

Llegó por fin hasta donde estaban los animales con la furia de un huracán. Pateó una piedra haciendo que callera al agua y que los caballos se sobresaltaran. Se apoyó en uno de los altos árboles y se dejó caer, poco a poco, hasta que quedó sentada apoyada en él. Quería gritar, quería pegarle a algo, quería salir de allí y no volver, perderse y no hablar con nadie, en la vida. En lugar de eso una lágrima silenciosa de impotencia resbaló de su ojo directamente hacia el suelo. Apretó los labios y se contuvo. Enterró el rostro por un momento entre las manos, respirando hondo, y a esa solitaria lágrima la siguieron algunas más, silenciosas. Se las limpió con rabia y se dio un segundo a si misma para dejarlo de lado. Se levantó de golpe y se acercó a su caballo. Le acarició la cabeza mientras le susurraba al oído un saludo. Lo ensilló en silencio, despacio, con el corazón todavía cabalgando en su garganta y la sangre de huargo ya seca en su rostro.

No muy lejos de allí los enanos se miraban, tristes, sin saber qué hacer. Nadie se había atrevido a moverse pero debían hacerlo y rápido. La mayoría miraba a Gandalf el cual estaba absorto observando al rey de los enanos con el ceño fruncido.

Por fin el mago habló.

-Apaga el fuego Bofur.

El enano obedeció echando piedras sobre las brasas. Eso pareció sacar del letargo a los demás.

Por fin Thorin parpadeó y miró a los suyos aunque no pronunció palabra. Todavía conservaba en la mano la espada que le había dado Aris en muestra de rebeldía. Frunció el ceño recordando su enfado y la soltó con rabia. La espada cayó al suelo con un ruido sordo, de cuero contra piedra.

Los ojos azules del enano se posaron en el orco, atravesado por la flecha de plumas verdes y rojas de Aris. Recordó la amenaza que tenían encima y buscó a Dwalin.

-Hay que recogerlo todo y salir de aquí.-le dijo Thorin.-Intentemos que no nos vean, iremos lo más rápido posible, ensillamos los ponis y que Durin nos ayude.

Dwalin lo miró muy serio un segundo y asintió. Después dio algunas órdenes y se puso a recoger con los demás.

Thorin miró hacia Gandalf que era el único que no se movía frenético por el campamento. El mago le sostuvo la mirada, claramente enfadado. Se acercó a él y ambos se mantuvieron la mirada un segundo.

-¿No crees que te has pasado?- dijo por fin Gandalf.

Thorin negó con la cabeza mientras desviaba la mirada.

-Eso ahora no importa, a menos de 10 kilometros hay una manada de orcos, los caprichos de una niña cabezota y enfadada pueden esperar.-espetó.

-Esa niña cabezota y enfadada se irá para siempre y es solo y únicamente por tu culpa.-le dijo Gandalf con su voz grave resonando en la garganta.

Thorin le sostuvo la mirada un segundo con una expresión extraña.

-¿Y por qué debería importarme?-soltó, despacio. Se odió a si mismo un segundo ante lo que había dicho pero no se retractó.

-Thorin hijo de Thrain…-comenzó a reprenderlo el mago pero tuvo que pararse a media frase pues Fili, que estaba subido a una de las rocas, los llamó.

-¡Vienen hacia aquí!- les gritó. No podía verlos pero se oía como gritaban.

Thorin miró a su sobrino.

-¡¿Puedes verlos?!- le dijo.

Fili fijó la vista.

-¡No muy bien, pero vienen hacia aquí, se están moviendo rápido!-le dijo.-Creo que algo los ha atraído hacia aquí.

-Quizás hayan encontrado al huargo muerto- dijo Dwalin.

-¿Tan pronto? No lo creo- dijo Gandalf.

-No hay tiempo para suposiciones maldita sea…-cortó Thorin.

-Dios mio…-musitó Fili lo cual hizo que todos se fijaran en él.- son más, muchos más de treinta…no podremos luchar con todos ellos.

Thorin miró a su alrededor, rápido como un tornado, en un segundo observó que no había sitio donde todos se pudieran esconder. Miró a Gandalf con la pregunta marcada en el rostro.

El mago miró a su alrededor también. Se subió a una de las rocas y observó. Consiguió ver una montaña de roca parecida a la que Aris había estado antes de guardia, algo más pequeña pero lo suficiente alejada como para que, si tenían suerte, los orcos no los encontraran. Suerte. Una mínima esperanza.

-¡Aquellas rocas!- señaló el mago.

Thorin asintió.

-¡Vamos, rápido! ¡Recoged todo y corred! ¡Dwalin!-gritó- llévate al orco, no deben verlo.

Aris se paró un segundo, acababa de montarse en el caballo dispuesta a galopar tan lejos de allí como le fuera posible pero el ruido de los enanos gritando órdenes la detuvo en seco. Se obligó a observar y vio a malas penas desde allí a los enanos recogiendo frenéticos en el campamento. Maldijo en un susurro.

Fijó el oído todavía más y se percató que no solo el sonido de los enanos se podía escuchar. Algo galopaba hacia ellos, y solo podía significar una cosa, los orcos estaban en camino. Maldijo otra vez pero esta vez tan fuerte como pudo. Se bajó del caballo y pensó un segundo que hacer. No se le pasó ni por un segundo por la cabeza la posibilidad de correr páramo arriba como alma que lleva el diablo y escapar. Valiente y leal estúpida. Acabarían todos muertos, ni uno solo se salvaría; Thorin podría recordarle durante toda la eternidad que fue por su culpa cuando se encontraran en el infierno.

Acarició por última vez a su caballo y le dio un golpe en los cuartos traseros para que galopara hacia el otro lado del páramo. El caballo con un relincho hizo lo propio y comenzó a correr. Hizo lo mismo con los demás, no podía dejarlos ahí, si con suerte los orcos no los encontraban los caballos les dirían que no andaban lejos. Y si los mataban a ellos después matarían a los animales y se los comerían. Así que les instó para que salieran galopando lo más rápido posible. Así lo hicieron, todos y cada uno. Aris hizo exactamente lo mismo pero en el sentido contrario, salió corriendo con la velocidad de un huracán hacia el campamento maldiciéndose así misma por el suicidio que iba a cometer.

Mientras en el campamento la mayoría ya corría detrás de Gandalf hacia las rocas, con los brazos cargados de cosas. Se escondieron donde el mago les indicaba. La zona les daría una pequeña oportunidad de escapar, estaba lo suficientemente lejos como para que los orcos no los encontraran, o al menos eso se repetía Kili una y otra vez en su mente mientras observaba a su hermano todavía sobre la roca del campamento.

-¡Fili!- le llamó su tio con la voz urgente de una orden- ¡vamos!.

Fili bajó de un salto mientras ayudaba a Dwalin a coger al orco de las solapas del chaleco y junto con Bofur y Dori salir corriendo fuera del campamento. Thorin les dio unas patadas a las brasas ya apagadas del fuego, esparciéndolo por el suelo sin dejar rastro de él. Se agachó a recoger la espada de Aris que seguía en el suelo y la suya propia la desenvainó pues ya oía que se acercaban los huargos. Hizo amago de salir corriendo detrás de Fili y Dwalin pero su sobrino había vuelto atrás y lo miraba con cara de urgencia.

-¡Aris!- le dijo a su tío.-¡Tenemos que ir a por ella!.

-¡Maldita sea!- gritó Thorin mientras los ruidos de los orcos y sus lobos cada vez se oían mas y mas cerca. -¡Corre y escóndete en las rocas!- le gritó señalándolo con la espada.

-¡Pero Aris!-le espetó el joven.

-¡Maldito seas Fili ve!-le gritó su rey con la preocupación más apremiante pintada en sus ojos- ¡Yo iré a por ella! ¡Vamos!-le ordenó. Fili lo miró un segundo pero lo obedeció sin rechistar esta vez y corrió con premura hacia donde estaban los demás con los pelos de la nuca erizados pues los orcos estaban ya a muy pocos metros.

Thorin se dio la vuelta, dispuesto a echar a correr hacia Aris, todavía con la espada de esta en la mano. No fue necesario pues vio como la chica llegaba como un rayo y saltaba por encima de las rocas hacia donde él estaba. Contuvo la urgencia de soltar una maldición mientras escuchaba como los orcos se les estaban echando encima. No había tiempo para llegar hasta donde estaban los demás y esconderse, apenas unos segundos para reaccionar. Aris lo miró inquisitiva, sin saber que hacer, respiraba agitadamente debido a la carrera que se acababa de meter o quizás fuera porque en unos segundos iban a morir, casi seguro.

Thorin miró a su alrededor y se fijó en una de las rocas más grandes que los rodeaban. Le hizo un gesto a Aris apremiante para que lo siguiera y ambos se metieron en el interior de la roca. Apenas cabían los dos agachados. Thorin pegó la espalda a la roca que tenia detrás y agarró a Aris de la capa echándola todo lo que pudo hacia atrás. Los dos observaron en el más absoluto silencio a la oscuridad que reinaba fuera, respirando agitadamente, sentados allí, espaldas contra la roca.

Para sorpresa de ambos no fueron los orcos lo primeros que vieron aparecer. Un par de caballos saltaron hacia el centro de las rocas, era casi imposible correr por ese páramo sin que calleras directo en una de aquellas trampa de piedra. Uno de los caballos tropezó y un elfo que iba montado encima rodó por el suelo ante ellos. Otros dos caballos saltaron dentro. En total tres, elfos sin duda. Los otros dos se bajaron rápido para coger del suelo a su compañero caído. Pero era demasiado tarde, habían perdido los segundos más preciados de su vida. Los orcos, o al menos los que cabían dentro del circulo de rocas, saltaron dentro mientras los elfos desenvainaban las armas.

-No seais estúpidos- escupió uno de los orcos- solo sois tres contra todos nosotros, ya hemos matado a todos los demás. Uno de los elfos le respondió clavándole una flecha en la garganta al orco. Acto seguido uno de los orcos le cortó la cabeza al elfo. Aris ahogó un grito. Desde donde estaban solo llegaban a ver hasta la rodilla de los orcos pero pudieron observar como la cabeza del elfo rodaba hasta toparse con su amigo que estaba en el suelo, pálido, demasiado en shock como para hablar siquiera, solo podía mirar horrorizado la cabeza sangrante. El otro maldijo en élfico y desenvainó su espada mientras se tiraba hacia uno de los orcos. No llegó a rozarlo, un puño de hierro orco se le clavó en el cráneo y cayó al suelo, muerto. Los orcos rieron.

-Malditos elfos.-escupió uno de los orcos mientras su huargo se acercaba peligrosamente al último de los elfos.-por vuestra culpa la escoria enana habrá escapado.

Al parecer no habían visto al huargo muerto si no que aquellos elfos los habían atraído hacia allí. Quizás eran exploradores del oeste. A veces los elfos salían a cazar o simplemente a explorar durante varios días. Se habrían encontrado con la gran manada de orcos y no les habría quedado otra que luchar o escapar, pero con un grupo tan numeroso morir era la única opción posible. El elfo herido en el suelo lo sabía perfectamente.

-Si Azog estuviera aquí te aplastaría la cabeza con sus propias manos…-comenzó el orco que al parecer estaba al mando. Aris percibió como Thorin se tensaba a su lado con solo escuchar el nombre del gran orco -…agradece que no esté aquí, nosotros solo te la cortaremos…-dijo bajándose de su huargo mientras los demás se reian entre dientes. El elfo en el suelo ni se movió pero a Aris le hervía la sangre. Apretó el puño derecho con fuerza. Se le vino a la mente Lien. Ese elfo podría ser Lien, podría ser cualquiera, daba igual. Simplemente no se podía quedar ahí parada viendo como lo decapitaban delante de sus narices, ya había aguantado demasiado. No entendía como Thorin ni se movia. Quizás fuera porque salir allí fuera era firmar una sentencia de muerte, y el rey no estaba dispuesto a firmarla por un elfo que ni siquiera conocía, se dijo Aris. Ella no era tan inteligente, al parecer. Quizás era su maldito temperamento o simplemente el enfado acumulado durante tantos días ahora le nublaba el sentido.

Respiró hondo varias veces. Thorin ladeó la cabeza hacia ella, casi leyéndole la mente. Aris no se movió, observaba agachada el dantesco espectáculo afuera, mientras saboreaba los que podrían ser sus últimos instantes de vida. Miró a su izquierda. Su espada estaba allí, donde Thorin la había dejado cuando se habían precipitado hacia el interior de la roca. Con movimientos lentos, agachándose todo lo que podía la recogió con la mano izquierda y se adelantó unos pasos mientras con la mano derecha desenvainaba poco a poco la espada que hizo un sonido anhelante, tenía sed de sangre. Ella también.

No llego a sacarla del todo, no pudo. Unas manos fuertes la agarraron cuando estaba a punto de salir de su escondite. Thorin la atrajo hacia sí, echándola hacia atrás. La chica notó como el rey enano se pegaba a la pared de piedra de nuevo y la sujetaba entre sus brazos. Con su brazo izquierdo sujetó los brazos de la chica mientras que con la mano derecha le tapó la boca. Aris se retorció intentando escapar pero Thorin era mucho más fuerte. Lo volvió a intentar una y otra vez, una y otra vez, impotente, hasta que el orco, cansado de la respiración lenta del elfo, le cortó la cabeza sin piedad.

La cabeza rodó hasta casi la entrada de la cueva donde estaban. La imagen hizo que Aris dejara de luchar contra los brazos de Thorin y se parara de inmediato, ya era inútil. Se dejó caer vencida hacia atrás, apoyando la espalda sobre el pecho de Thorin que aun la mantenía bien sujeta. Los segundos siguientes pasaron lentamente, como si el mundo se hubiera detenido un momento. Entonces el orco se acercó despacio hacia la entrada de la cueva. Aris aguantó la respiración y aún con el brazo de Thorin agarrándola como si fuera a escapar en cualquier momento, cogió su mano. Fue un acto reflejo, el miedo que sentía, la frustración, la impotencia, el enfado hicieron que agarrara la mano de Thorin como si fuera lo único que en ese momento la sujetara al mundo. El rey enano no se movió, ni hizo amago de impedirlo, es más, la habría atraído mas hacia él si eso hubiera sido posible. El orco seguía avanzando hacia ellos. Thorin notaba el corazón de la chica palpitando fuerte, el suyo propio lo hacía también. Aris recogió un poco más las piernas, todo lo que pudo hacerlo, todo lo que le permitieron las piernas de Thorin; tenía la sensación de que el orco los vería en cualquier momento, ya estaba al lado de la cueva, solo podían verle los pies.

Thorin apretó más la mano sobre su boca mientras se acercaba a su oído lentamente.

-Ni una respiración.- le susurró mientras sus labios le rozaban el oído, tan cerca que un escalofrío le recorrió la nuca. Era un susurro hecho orden, solo él tenía la capacidad de que un susurro sonara como el mayor grito de guerra de toda la tierra media. Lo obedeció, tanto que ni siquiera pestañeó. Ambos observaron con el corazón en un puño como el orco hincaba una rodilla al suelo junto a la cabeza del elfo. Aris conseguía verle hasta el cuello. Si se agachaba un poco más los vería, solo unos centímetros más. El orco agarró el cabello rubio del elfo y recogió la cabeza del suelo mientras se levantaba. Thorin cerró los ojos un segundo, soltando el aire que había mantenido dentro, sin respirar. Aris hizo lo mismo. No se movieron ni un milímetro, cualquier paso en falso los descubriría.

Se oyó como el orco le lanzaba la cabeza a otro.

-Clavadlas en picas.-dijo- si los enanos vuelven a pasar por aquí que sepan que los hemos estado esperado.

Algunos de los orcos rieron mientras se volvían a montar en los huargos.

Al cabo de unos minutos interminables los orcos comenzaron a moverse.

-¡Andando, la escoria enana no puede estar lejos!-dijo el jefe en su lengua mientras comenzaban a desfilar ante sus rostros patas de huargos de todos los colores y tamaños. Al final se hizo el silencio y el viento comenzó a volverse a escuchar fuera.

Aris aflojo la fuerza con la que agarraba la mano de Thorin pero no la soltó. El corazón no dejaba de latirle fuerte, se resistía a volver a la normalidad. Con la mano derecha que era la que tenía libre agarró la mano de Thorin que todavía le tapaba la boca y la bajó poco a poco sin decir nada. El rey enano ni se había dado cuenta de que todavía se la tapaba. Se percató también de que todavía la tenía agarrada fuertemente contra si como si los orcos siguieran fuera y ella pudiera volver a coger la espada y salir tras ellos en cualquier momento. La soltó también poco a poco aunque ninguno se movió realmente. Aris se sintió por un segundo alejada de todo mal. Después volvió a la realidad recordando su enfado, recordando las palabras del que ahora estaba sujetando la mano y recordó también a los elfos asesinados que todavía seguían afuera.

-¿Estás bien?-le preguntó Thorin mientras la chica se separaba un poco de él.

Asintió quedamente mientras se ponía a su lado entre avergonzada y enfadada. Avergonzada por la forma en la que se acababan de separar y enfada con él por todo; por todo lo que le había dicho, por haberle impedido ayudar al elfo, por no querer darle ni una oportunidad.

-Thorin…-llamó afuera al poco rato la voz angustiada de Dwalin. Ambos miraron fuera y vieron los pies de algunos de los enanos. Todos se temían lo peor al no encontrarlos. El primero en salir de la roca fue Thorin. Todos suspiraron aliviados al verlo. Despues salió Aris, con gesto serio y su espada en la mano.

Gandalf respiró visiblemente al verlos a ambos.

-Gracias a Dios- dijo el mago acercándose a ellos- ¿estais bien?.

-Si, estamos bien- respondió Thorin.

-Menos mal que no os han encontrado…-comentaron Fili y Kili acercándose a Aris la cual no había pronunciado ni una palabra. Observó las tres cabezas de los elfos clavadas en picas y no pudo aguantárselo más. Tiró su propia espada al suelo y frunció el ceño.

-¿Por qué? ¿Por qué has dejado que los mataran?-dijo Aris, con una tristeza aderezada con feroz rabia.

Thorin la miró. Por un segundo Aris vio melancolía en sus ojos, ¿Por qué has tenido que hacer esa pregunta?, decían.

El enano no contestó, se limitó a mirarla, mientras todos los demás observaban expectantes, con el corazón en un puño todavía. Ni siquiera habían recuperado el aliento.

-Se que odias a los elfos pero nadie puede ser tan insensible como para quedarse mirando como los matan.- le dijo, lentamente.

Thorin frunció el ceño.

-Eran demasiados, habríamos muerto, lo sabes perfectamente.-le dijo mirándola fijamente. Ninguno estaba alzando la voz pero el tono en el que estaban hablando era peor que gritarse a la cara.

-Lo sé.-le dijo mirándole con el rostro más duro que era capaz de poner- ¿y es preferible quedarse escondidos como…-no se atrevió a acabar la frase pero absolutamente todos escucharon en sus mente la palabra cobardes.

Thorin le sostuvo la mirada, sus ojos azules relampagueaban de puro enfado.

-Te estaba salvando la vida.-le dijo, lo que provocó que la chica mirara al suelo y apretara los labios como ya era costumbre cuando trataba de contenerse.- la tuya.- añadió Thorin.

-Estabas deseando perderme de vista, ¿a qué se debe tan repentino cambio?- le contestó Aris recordando la pelea que antes habían tenido, todavía le dolía, cada una de las palabras.

-¿Quién ha dicho que haya cambiado de opinión?- le dijo Thorin sin pensar, aquella chica lo sacaba de sus casillas.

Aris lo odió un segundo, tan fuertemente que le dolió.

Se quedaron mirándose unos segundos interminables. Aris quería darse la vuelta y marcharse, quizás gritarle, hacerle ver el daño que le hacía cada vez que decía eso, un daño que Aris no entendía y que nunca había experimentado. No le importo lo más mínimo, se dijo furiosa, observando milímetro a milímetro los ojos frios y azules de Thorin mientras respiraba con los labios entreabiertos sin poder responderle réplica alguna. No me importa lo más mínimo, se mintió a si mismo Thorin observando los ojos verdes y brillantes de Aris.

La tensión que los rodeaba se podría haber cortado con un cuchillo. Gandalf hizo un gesto de impaciencia y enfado.

-¡Se ha acabado…estas peleas se han acabado!-dijo con una voz grave que hizo que todos los presentes lo miraran cohibidos.-¿quereis quedaros aquí peleando hasta que vuelvan los orcos? ¿quizas esta vez si os puedan matar a ambos? El mundo se libraría de una tortura.-les dijo, ambos lo miraron sorprendidos pero ninguno respondió.

-Ahora, vayámonos de aquí de una vez.-dijo Gandalf.

Thorin relajó la mirada y se acercó ya más normal hacia su amigo Dwalin y hacia Gandalf, dejando la pelea con Aris de lado.

-Quitemos a los elfos de las picas y dejémoslos en un sitio más apropiado-le dijo Dwalin a Thorin. El rey enano asintió mientras caminaba entre sus hombres, cerciorándose de que todos estaban bien.

-¿habrán visto a los ponis?- calló de repente Dori.

Todos se quedaron parados un momento temiendo lo peor.

-Yo los solté, para que no los vieran.- dijo Aris desde el mismo sitio, todavía no se había movido.- ya estarán muy lejos.

Todos asintieron, sabían que había sido la única manera de que no los descubrieran ni a ellos ni a los caballos.

Mientras los enanos colocaban a los tres elfos en el suelo, en una posición decente Gandalf miro a Aris un segundo. La chica miraba al vacio apoyada en una de las rocas. Sabía perfectamente lo que estaba pensando. Estaba pensando en adonde ir a continuación. Thorin ya le había dicho que se fuera lejos de allí, de vuelta con los elfos. Gandalf sabía que Aris lo haría, su orgullo no le permitiría quedarse ni aunque hubieran 100 orcos intentando darles caza. Sabía que ahora mismo estaba pensando hacia donde dirigirse.

Miró al oscuro cielo, todavía quedaban horas de noche.

-Thorin, hacia el oeste, a unas dos horas de aquí está Tirell; hay una pequeña posada donde podríais descansar…creo que sería lo mejor.-dijo el mago.

Todos lo miraron.

-¿Crees que es buena idea?-le preguntó el enano.

-Es un pequeño pueblo de humanos, solo verán a una compañía de enanos parar a descansar. Es el último pueblo antes de adentrarse más en las tierras baldías. Debéis descansar, lo necesitáis, todos. No es buena idea quedarse cerca de este páramo, ni ir hacia otro lugar que hacia el oeste.-dijo mirando esta vez a Aris.

Thorin asintió.

-Está bien, iremos a la aldea.-dijo lo que provocó que Fili y Kili sonrieran de oreja a oreja.

-Camas calientes…-comenzó Kili.

-No, comida caliente.-concluyó Fili.

Thorin se acercó a Gandalf para que solo él pudiera escucharlo.

-¿adonde vas tu?-le pregunto- está claro que no vienes.

-Azog os persigue-le dijo- os están dando caza. Voy a Isengard, quizás Saruman pueda ayudarme…necesito consultar unos libros y…hablar con él.

Thorin asintió y esperó, notaba como el mago estaba a punto de decirle algo más. Así fue.

-¿No crees que te has pasado con ella?- dijo por fin Gandalf.

Thorin lo miró duramente.

-¿Por qué? ¿Por qué le he dicho la verdad?

-No, porque nunca te he visto hablarle así a nadie y porque básicamente la has echado a los huargos.-le espetó el mago harto del orgullo del enano.

Thorin le echó un vistazo a Aris la cual seguía pensando sola, con el rostro lleno de sangre de huargo seca. El viento le azotaba el pelo oscuro haciendo que se le enredara en los labios.

-Solo quiere ayudaros, sabes que tenía que matar al orco, intentaba salvaros por el amor de dios…-el mago vio que iba a hablar pero continuo haciéndolo callar.-no le tengas en cuenta su temperamento, es joven e impulsiva, pero tiene razón Thorin…no le das ni un respiro.

Ambos callaron un segundo.

-Si la dejas ir los orcos la encontrarán y no te lo podrás perdonar en la vida, yo tampoco lo haré.- le advirtió Gandalf. Thorin lo miró, lo creía y tenía razón, si se iba ahora la encontrarían. No dijo nada, Gandalf internamente satisfecho de que el rey de los enanos no le replicara lo dejó solo dedicándole una mirada algo más amable y se acercó a Aris mientras recogía del suelo su espada.

-Tengo que irme- dijo tendiéndole la espada de acero élfico.- prométeme que irás a la posada.-pidió.

La chica lo miró mientras recogía su espada de manos del mago.

-Gandalf…-comenzó, quería explicarle que no podía estar cerca de Thorin si él no quería, su orgullo no se lo permitiría. El mago no le dio tiempo.

-Aris…al menos esta noche, ve con ellos.

Aris lo miró, aquel viejo mago siempre conseguía lo que quería.

Asintió.

-Te lo prometo, esta noche iré con ellos.-le dijo colgándose la espada al cinto de nuevo.

-Así me gusta pequeña.-le dijo con una sonrisa.-nos veremos pronto.-dijo mientras se daba la vuelta y se despedía de los demás enanos y emprendía el viaje hacia Isengard.

Por otro lado los enanos ya más recuperados emprendieron rápidos el camino hacia el oeste.

Fili y Kili se acercaron a ella cuando ya llevaban diez minutos de viaje.

-Impresionante.-le dijo Fili.

-Lo del orco.-sonrió a su lado Kili.

-Buen disparo.

-Nunca imaginé que podrías disparar así.

Aris les sonrió, ellos siempre conseguían hacerla sonreír.

-Chicos, siento lo que dije…todo lo que dije sobre los enanos- se disculpó al rato la chica- solo estaba enfadada…no lo pensaba de verdad.

Fili le echó un brazo por encima.

-No te preocupes, está olvidado.-le dijo.- eres parte de nuestra compañía.

La chica los miró agradecida, algo seria pero mucho mejor ahora que estaba con ellos. Estaba deseando llegar a esa posada, quitarse la sangre de lobo de encima y dormir, dormir hasta que se lo permitieran, y ya al día siguiente pensaría que hacer.

A la hora y media de apresurado camino pudieron observar a lo lejos las luces de una pequeña ciudad, al final del páramo, justo debajo de dos enormes paredes de roca. El pueblo se encontraba en medio, como custodiando el pasaje que los sacaría de aquel páramo rocoso del infierno.

En apenas media hora y casi corriendo llegaron al pueblo. Apenas un par de casas mantenían las luces encendidas, lo cual se agradecía pues encontraron rápidamente la posada. La única edificación completamente iluminada.

Los catorce entraron a la pequeña posada. Solo un par de personas estaban dentro. Un posadero enorme, con brazos como troncos y una camarera. Debía ser su esposa. Ambos estaban detrás de la barra fregando. Al parecer hacía poco que habían dejado de tener clientes, quizás los de la cena se habrían alargado más de lo previsto y ahora los posaderos tenían que quedarse de madrugada limpiando para el día siguiente.

Ambos se volvieron extrañados al ver a tantos enanos entrar por su puerta a esas horas de la madrugada. Por último entró Aris con todo el rostro y los brazos cubiertos de sangre seca lo que acabó por dejar en la pareja una cara de máximo asombro. Balin se acercó a la barra intentando parecer lo más normal posible.

-¿Hay alguna habitación libre?-preguntó con su voz amable.

El posadero asintió.

-Todas están libres, aunque solo tenemos ocho habitaciones.-le dijo aun con el asombro en el rostro.

-Serán más que suficientes.-les dijo el enano con una sonrisa.-Si no les importa subiremos a asearnos, vamos de camino hacia la boda de un amigo y no hay un pueblo en veinte millas a la redonda-mintió Balin.-disculpen las horas de nuestra llegada.

-No se preocupen- dijo la mujer todavía con los ojos como platos mientras miraba a Aris llena de sangre.

La chica le sonrió.

-Problemas con el caballo que llevaba nuestras cosas…lo hemos tenido que sacrificar- se justificó Aris- se rompió una pata.

La posadera asintió sin mucho convencimiento mientras los enanos seguían al posadero por una escalera.

-Os subiré agua y os prepararé algo de cena.-le dijo la posadera a Aris. Esta asintió con una sonrisa amable y desapareció escaleras arriba.

Se pasó cinco largo minutos frotándose la cara con agua caliente. La sangre seca de huargo no salía con facilidad. Dejó la capa también algo manchada de sangre y bajó a la sala donde los enanos ya estaban sentándose en la mesa más pegada a la chimenea encendida. Los observó reir y comer con una sonrisa.

-¡Aris!- gritaron los enanos cuando la vieron aparecer, contentos de estar bajo techo por una noche.

-¡Posadera una jarra de cerveza para Aris mata-huargos!- gritó Dwalin, al parecer con unas cuantas cervezas en el cuerpo. La posadera se lo tomó a broma y trajo más cerveza a petición de todos. Buscó un sitio donde sentarse hasta que Bofur alzó la mano y le hizo un gesto para que se acercara. Le hizo un hueco entre él y Kili. Thorin estaba pegado a la pared de gruesa roca, con el banco de madera entre las piernas, volteado hacia los demás enanos, con una jarra de cerveza en la mano, pensando. Era el único que no reia a carcajada limpia; aunque eso tampoco era raro, al menos ya no se le notaba el enfado en los ojos y haber comido algo pareció haberlo relajado.

Aris bebió un largo trago de cerveza, cerrando los ojos y saboreando el momento de tranquilidad más que la propia bebida. Había sido un día duro, había estado a punto de morir dos veces esa noche, se merecía toda la cerveza del mundo.

Comieron, hasta hartarse, Aris también comió pero era imposible seguirles el ritmo a los enanos, ni en cerveza ni en comida. Las risas se convirtieron poco a poco en historias, recuerdos y gratitud por haber sobrevivido a la manada de orcos.

Poco a poco los enanos se iban excusando y subían las escaleras para irse a dormir en una cama caliente por primera vez en muchos días. Solo quedaban allí el pobre posadero que daba cabezadas detrás de la barra, Fili, Kili, Bofur y Dwalin que estaba sentado enfrente de Aris, hablándole de viejas batallas mientras ambos bebían cerveza. Thorin seguía apoyado en la misma posición escuchando a su amigo hablar de la batalla mientras lo único que cambiaba en él era la jarra de cerveza.

Bofur y Fili también se excusaron y subieron hacia su habitación dejando a Aris y a Kili absortos en la historia de Dwalin. El enano acabó su relato cuando Thorin le cortó la mano a Azog alzando su jarra de cerveza y mirando de soslayo a su rey. Este hizo un simple gesto de respeto con la cabeza, apenas imperceptible, solo para él. La historia había encogido el corazón de ambos, el crepitar del fuego y la grave voz del guerrero enano los había dejado sin palabras.

Kili suspiró con el final de la historia y se desperezó cansado.

-Creo que debería ir a dormir. Hay que aprovechar una buena cama.

-Tienes razón chico, no se sabe cuando volverás a dormir en una cama caliente.- le dijo Dwalin sonriendo mientras apuraba su último sorbo de cerveza. Se levantó de la mesa imitando al joven Kili. A Aris todavía le quedaba un poco de cerveza pero no podría habérsela bebido, había perdido la cuenta de las que se había tomado. Se levantó también al mismo tiempo que los otros dos enanos, dispuesta a irse a la cama. Thorin no hizo amago de moverse, seguía pegado a la pared, absorto en sus propios pensamientos. Aris se había esforzado por no mirarlo en toda la cena, tenía la sensación de que si sus ojos se cruzaban empezarían otra pelea y era lo último que deseaba en ese momento.

-Arien-dijo Thorin haciendo que los tres se pararan un segundo. Su nombre. Otra vez un escalofrío le recorrió la espalda, como a una niña pequeña. Aris se volvió un poco para mirarlo. También lo hicieron Dwalin y Kili.-…quédate un momento, ¿quieres?-le preguntó con voz suave mientras miraba alternativamente a Dwalin y a Kili. Ambos se miraron un segundo comprendiendo que el rey quería hablar con la chica. Con un movimiento de cabeza como despedida los dos comenzaron a subir las escaleras hacia sus habitaciones.

Aris estaba un poco desconcertada por la forma en la que el rey enano le había pedido que se quedara. Observó como el posadero tras la barra ya dormía en silencio completamente. Se volvió a mirar a Thorin topándose directamente con sus profundos ojos azules los cuales la escrutaban sin piedad. Aris se quedó allí mirándolo, sosteniéndole la mirada, quizás un poco por culpa de la cerveza. Sin más se sentó a su lado esperando que le dijera algo. Thorin seguía con la espalda apoyada en la pared de piedra, con la mano todavía agarrando la jarra, mirando directamente hacia ella. Al ver que no decía nada Aris se volvió a mirarlo con una pregunta implícita en los ojos. Se acercó un poco más hacia él y paso su pierna hacia el otro lado del banco de madera quedando cara a cara directamente, todavía a la espera de que hablara.

-Arien yo…-comenzó- yo…-continuó sin decidirse a decir lo que pensaba, eso estaba siendo más difícil para el rey enano que cualquier otra cosa. Por un segundo a Aris le dio una satisfacción morbosa que Thorin no supiera que decir; que por un momento no tuviera palabras para ella. Esperó mirándolo a los ojos con un valor que nunca había tenido, un valor quizás infundado por el alcohol y el calor del fuego a su lado. Thorin desvió la mirada hacia su jarra de cerveza. Aris se acercó más todavía, decidida, llegando a meter las rodillas entre las piernas de Thorin el cual tuvo que abrirlas un poco más y le agarró el asa de la jarra para su sorpresa rozándole la mano, sin intención premeditada. Se la quitó de la mano y la puso al otro lado de la mesa, como evitándole cualquier distracción mientras buscaba sus ojos.

-Di lo que tengas que decir de una vez.-le dijo Aris. Thorin la miró a los ojos verdes. Como dos esmeraldas bebiéndose el brillo del fuego.

-Todo lo que te he dicho estos días, todo lo que te dije…-su voz no era más que un susurro-…se que tenías que matar al explorador, y a ese huargo, y no eres una niña asustada aunque seas la mujer más cabezota, rebelde, osada y contestona de la tierra media.- dijo esta vez con su voz normal. Aris aguantó estoica. Se sostuvieron la mirada un segundo.

-…y siento lo de los elfos de esta noche, sé que me odias pero no podía dejar que te dejaras matar de esa manera.-le dijo Thorin con aquella voz suya. Aris lo miró a los ojos azules, se habría quedado mirándolos toda la noche, todo el enfado que antes le martilleaba los oídos y le espoleaba el corazón se había esfumado como el humo. Eso es lo que conseguía con esos malditos ojos azules como el hielo.

-No te odio- le dijo en un susurro acercándose casi imperceptible más a él. Thorin la miró con curiosidad.

- Se que te he dicho cosas horribles -le dijo, también él se acercó unos milímetros hacia delante. Ya no le observaba los ojos verdes, esos ojos brillantes. Bajó la vista hacia sus labios un segundo, rojos como la sangre.- Si mañana te quieres marchar lo entenderé…

Por un segundo el calor de la sala aumentó. Casi sutilmente se habían ido acercando poco a poco, casi imperceptiblemente. No se habían dado cuenta pero la guerra que siempre mantenían sus ojos había pasado a los labios. Los dos se observaban los labios, sin darse cuenta de que lo hacían.

-¿Tu quieres que me vaya?- le preguntó Aris en un susurro, lentamente, mientras poco a poco seguía acercándose, milímetro a milímetro. Esta vez su voz fue la que le produjo a Thorin un escalofrío. Uno muy potente.

Tenían los rostros tan cerca que Thorin podía percibir perfectamente el olor a hierba y a humo del pelo de la chica. Desprendía un aroma que hizo que Thorin olvidara todo completamente, olía a guerra y a combate. Podría haberse pasado así, a milímetros de los labios de Aris toda una era.

-No…-le dijo también él en un susurro electrizante.

Poco a poco fueron acortando la distancia que los separaba de los labios del otro. Hasta que, por fin, se rozaron, despacio, como quien anda de puntillas al borde de un abismo con miedo a caerse. Un roce sutil y lento. De repente el posadero hizo un ruido fuerte, despertándose un momento para volverse a dormir, sacando a ambos de repente de la lucha que mantenían por ver quién salvaba antes la distancia que los separaba. Solo se quedó en eso, en el roce de unos labios, ambos anhelantes de más. Se miraron a los ojos volviendo a la cruda realidad, todavía solo a unos milímetros de distancia. Thorin retiró lentamente su mano de la de Aris. Sin darse cuenta había colocado su mano sobre la de ella, encima de la mesa. La chica observó la mano mientras fruncía un poco el ceño. Thorin respiró sin saber si agradecerle al posadero la interrupción o si odiarlo con todas sus fuerzas.

-Yo, lo siento.- susurró Aris sin tiempo a sentirse avergonzada pues se separó de Thorin muy a su pesar. Se levantó del banco y sin ni siquiera poder mirarlo a los ojos se dio la vuelta para dirigirse hacia las escaleras con el corazón golpeándole en el pecho. Cien veces más rápido que cuando creía que iba a morir esa noche, cien malditas veces más.

Thorin la observó marcharse, incapaz de moverse o decir nada, hasta que la chica desapareció completamente en la oscuridad. Inconscientemente se llevó la mano a los labios, rozándoselos pensativo. Se sorprendió a si mismo pensando en que hubiera pasado si el hombre dormido no los hubiera interrumpido. El pensamiento hizo que un escalofrío le recorriera la columna. Dos escalofríos muy humanos en una misma noche, por culpa de una sola y pequeña humana. Una humana que ahora no podía quitarse de la cabeza, ni a ella ni al sabor de sus labios color rojo sangre.