Madre mía. ESTOY DE VUELTA. Siento profundamente la espera! Han sido unos meses duros en la Uni y no he podido escribir nada. Las prácticas en hospitales te quitan todas las ganas de escribir sobre enanos y orcos :) Pero ya estoy de vuelta y lo prometido es deuda. Aquí tenéis el capítulo seis, espero que os guste y muchísimas gracias a todos los que habéis escrito de verdad. Prometo que el siguiente capítulo será mucho mucho mucho antes :)

CAPÍTULO 6

Thorin lanzó su espada al suelo con rabia mientras observaba a los orcos adentrarse en el bosque, alejándose de ellos con rapidez. Una maldición soez salió de sus labios mientras su vista pasaba de la manada de huargos a Kili bajo la roca que tenía enfrente. Salió corriendo hacia él seguido por todos los demás. El enano se arrodilló junto a su sobrino, sosteniéndole la cabeza.

-Kili.-lo llamó Thorin mientras su hermano se arrodillaba junto a él.

-¡Kili!- casi gritó Fili observando horrorizado la pequeña brecha que el joven enano tenía en la cabeza.

Thorin lo zarandeó un poco hasta que Kili abrió los ojos lentamente. Todos sonrieron nerviosos a su alrededor.

-¿Estáis bien?- preguntó Kili irguiéndose, ya casi recuperado. Dwalin rió al lado de su rey en respuesta.

-¿Tú estás bien?- preguntó Thorin, serio.

Kili lo miró y asintió con fuerza, el corazón le dio un vuelco al recordar cómo lo habían desobedecido Aris y él. Eso le hizo buscar a Aris con la mirada mientras Fili lo ayudaba a ponerse en pie.

-¿Qué ha pasado? ¿Dónde está Aris?- preguntó el enano al no encontrar a la chica entre ellos y al darse cuenta de que no estaban siendo aniquilados por una horda de orcos.

Fili negó con la cabeza, su boca ligeramente abierta, no sabiendo en verdad como explicar lo que había pasado.

-Parece que vosotros dos teníais mucha prisa por morir hoy.-dijo Balin llevándose una mano a la frente mientras buscaba a Thorin con la mirada. El rey estaba mirando duramente a su sobrino, pero no era momento de regañar a nadie, la imagen de Aris corriendo hacia el bosque no se le quitaba de la cabeza. Se alzó y puso una mano sobre el hombro de Balin y buscó los ojos de Dwalin con rapidez.

-Debemos ir tras ellos.-dijo cuando encontró los ojos de su amigo, más una petición que las órdenes que solía dar, su cabeza ligeramente inclinada.

-Por supuesto.-dijo Dwalin. Sin dudar un segundo. Los brazos cruzados en el pecho.

Thorin asintió mirando a sus hombres, ninguno dudo ni por un segundo. El rey recogió la espada del suelo y dándole una palmadita en la espalda a Kili hizo un movimiento de cabeza hacia el bosque.

-Vamos a por ellos.- dijo mientras todos echaban a correr hacia el bosque donde antes habían desaparecido los orcos- quiero matar yo mismo a esa humana- murmuró Thorin mientras seguía a sus hombres hacia la que sería probablemente una muerte segura.

Aris respiró con todas sus fuerzas. El aire frío y húmedo del bosque le quemó los pulmones. Seguía corriendo entre raíces que eran casi como ella de alta entre una oscuridad casi total. Le ardían todos los músculos del cuerpo pero no bajó la velocidad ni por un segundo. Sentía a los orcos tras ella, corriendo más que ella y más armados que ella. Esto duraría hasta que la manada de orcos la alcanzara y sin más miramientos le cortara la cabeza al darse cuenta de que no estaban los enanos corriendo delante de ellos. Solo rezaba porque esos enanos fueran lo bastante listos como para darse la vuelta y echar a correr en dirección contraria.

Un orco gritó alguna orden e hizo que el bello de la nuca de la chica se le erizara por completo. Notó como aumentaba la velocidad de los huargos, saboreando el inminente bocado. Aris soltó un quejido cuando notó a los orcos a unos pocos metros, podía sentirlos, no quería mirar atrás pero sabía que estaban allí y ahora además de olerla podían verla.

Siguió corriendo espada en mano hasta que pisó mal una de las gruesas raíces del suelo y cayó rodando entre las piedras. Soltó una maldición enfadada cuando alzó la cabeza y vio como la comenzaban a rodear la manada de orcos. Hizo amago de coger su espada que estaba a unos pocos metros pero un pie de uno de los orcos que acababa de bajarse del huargo le piso la mano arrancándole a la chica un grito de dolor.

-Ni si te ocurra.-murmuró el orco agachándose hacia ella con lo que debió ser una sonrisa.

Cuando el orco levantó un poco el pie Aris se alzó un poco más observando con pavor como los demás orcos discutían. La chica no los entendía pero estaba claro que hablaban sobre los enanos. Estaban enfadados. No, estaban furiosos, se acababan de dar cuenta de que Aris los había engañado y ahora uno de ellos se acercaba a ella espada en mano, amenazadoramente.

-Pequeña rata- murmuró furioso- ¡deberíamos cortarle la cabeza!- dijo alzando su espada con fuerza. Aris cerró los puños cuando la espada comenzó a caer, pero en el último momento otra espada se interpuso entre su cuello y la de su verdugo. Aris soltó un suspiro, respirando rápidamente, el corazón se le iba a salir del pecho. Otro de los orcos, el que parecía estar al mando le dio un empujón al de la espada.

-No podemos matarla.-le espetó el gran orco lo cual hizo que Aris suspirara, tranquilizándose solo por un segundo. Solo un segundo ya que cayó en la cuenta de que habían cosas mucho peores que la muerte.

-¿Qué crees que pasará si volvemos con las manos vacías? ¿Qué crees que te hará Rastak?-le dijo el orco a su compañero.

-Un humano no le da órdenes a un orco.-escupió el otro alzando de nuevo su espada contra Aris. El jefe le dio un empujón y le quitó la espada.

-Este humano si, solo responde ante Azog.–le dijo el orco lanzando su espada al suelo.- y ahora si no quieres que te mate yo mismo cállate idiota.

El orco recogió su espada de mala gana y se subió a su huargo sin dejar de mirar a Aris.

-Atadla.-ordenó el orco que le acababa de salvar la vida a la joven- la escoria enana la seguirá hasta nosotros, llevémosla ante Rastak mientras tanto.

Aris alzó la vista en silencio, respirando lentamente mientras uno de los orcos le ataba las manos a la espalda y la desarmaba. La levantó de un empujón mientras recogía sus armas. El jefe la alzó como si fuera una pluma y la sentó delante de él sobre el huargo. Aris no se resistió, ¿de qué serviría?, podría acabar con algún golpe en la cabeza o con alguna parte de su cuerpo desmembrada, no muerta, se habían dado cuenta de que la necesitaban, desgraciadamente esa vez los orcos habían usado el poco cerebro que tenían. Aris solo esperaba, no con mucha convicción, que los enanos fueran algo más listos y aprovecharan la oportunidad que les había dado para huir.

Dwalin se arrodilló justo en el sitio donde había caído Aris, tocando la tierra con sus dedos. Levantó la cabeza y miró a su rey asintiendo. Había pasado una media hora desde que los orcos se habían ido de allí.

-La tienen, no le han hecho nada, al menos no nada muy grave- dudó el gran enano lanzando la tierra otra vez al suelo. Fili soltó un bufido y Thorin se puso en camino otra vez.

-Habrán ido a su guarida más cercana.-explicó el rey.

-La más cercana está a una media hora de camino…-explicó Balin- Es la de ese mercenario que está al mando de los orcos.

-Rastak.-casi escupió Ori. Todos conocían la historia del peligroso mercenario humano que dejando atrás los pocos principios que tenía se unió a los orcos porque pagaban bien. Ahora era algo así como la marioneta de Azog, aún así, tendrían que llevar cuidado con él, tenía fama de no perdonar ni una vida y sus formas de matar no eran precisamente…rápidas.

Los enanos se pusieron en marcha otra vez a través del oscuro bosque, en menos de media hora de seguir rastros que causalmente eran más que visibles, estaban ante la entrada de una gran cueva, lo único era que no era una cueva para nada. Escavada en la pared de roca de una montaña una enorme puerta rudimentaria daba la 'bienvenida' a cualquier suicida que quisiera dar un paseo por territorio de orcos.

Todos recuperaron el aliento poco a poco, andando entre las cabeza de elfos que decoraban el camino, ya casi comidas completamente por el tiempo y los animales.

-¿Vamos a entrar así sin más…-comenzó Fili con voz débil-…o tenemos un plan?

Nadie le contestó hasta que llegaron a la entrada de la oscura cueva, la cual serpenteaba hacia abajo hundiéndose más y más en la penumbra.

-No tenemos un plan.-contestó Thorin al fin.

Silencio.

-Entraremos, nos están esperando claramente, ya nos ocuparemos luego de cómo salir cuando sepamos si Arien sigue viva.-añadió el rey enano desenvainando su espada mientras desaparecía en la oscuridad.

Sus hombres desenvainaron sus armas en respuesta y lo siguieron aunque esta vez el corazón encogido de todos hablaba más que todo el ruido que sus metales pudieran hacer.

La cueva se ensanchaba tremendamente conforme iban adentrándose en ella, altos techos y pasillos cada vez más anchos. Prácticamente todos los enanos cabían en los grandes pasillos sin tener que ir en fila, solo iluminados por pequeñas antorchas que parecían atraer más oscuridad de la que ahuyentaban.

Después de correr como veinte largos minutos por aquel laberinto llegaron a una gran sala, esta vez algo más iluminada, estalactitas enormes colgaban del techo de la sala, a muchísimos metros sobre sus cabezas. No había nadie allí, a pesar de que habría cabido todo el ejército orco entre aquellas paredes de fría roca.

¿Dónde se habían metido todos los orcos? ¿Por qué no los habían atacado todavía? Thorin cerró los ojos comprendiendo mientras se paraba poco a poco, quedando en medio de sus hombres inconscientemente.

-Es una trampa.-musitó Dwalin al volverse y observar el rostro de Thorin.

-Por supuesto que es una trampa.-se oyó retumbar una voz grave entre las paredes.-puede que los orcos sean estúpidos pero los humanos todavía tenemos un poco de cerebro para usar…de esos vais un poco cortos los enanos ¿no?. Porque si habéis venido hasta aquí…

Al fin la voz se dejó ver, un hombre grande, moreno, no muy mayor pero lo suficiente como para que en su rostro se observaran cicatrices y rasgos de la edad dio unos pasos sobre un montículo de rocas algo más elevado que en el que estaban los enanos. Rastak sonrió un poco, peligroso. Sus ropas de mercenario, sencillas, estaban cubiertas de sangre. Dwalin dio un paso amenazador hacia él blandiendo su hacha con fuerza. En cuanto lo hizo decenas de orcos salieron de la nada y rodearon al grupo de enanos, abrumado de repente por la cantidad de enemigos apuntándoles a las cabezas con flechas, espadas y hachas Dwalin paró en seco y alzó las manos.

-Eso está mejor.- dijo con una sonrisa- No creí que esto fuera tan fácil…teneros a todos aquí…solo con quitaros a una estúpida niña- dijo distraído, pasando sus ojos por todos los enanos, frunciendo el ceño al no encontrar a Thorin.

El mercenario miró hacia atrás y un orco le dio un empujón a una oscura figura que tropezó hasta los pies de Rastak. Aris soltó una maldición y se levantó con esfuerzo. El mercenario la ayudó a ello no muy amablemente. Todos los enanos alzaron las armas en cuanto vieron aparecer a la chica. Tenía el labio de abajo ligeramente partido en uno de los lados, cubierto de sangre y algunos rasguños superficiales. Ahora entendible la sangre de las ropas del mercenario.

-Ah ah…ya va siendo hora de que la escoria enana vaya dejando sus armas en el suelo- replicó Rastak haciendo un gesto con la cabeza hacia el suelo. Los enanos obedecieron a regañadientes, todos menos Thorin que seguía bien escondido tras sus hombres, hechos una piña a su alrededor.

El mercenario sonrió y Aris miró a los enanos, frunciendo el ceño, enfadada con ellos, no, furiosa sería la palabra. ¿Ha corrido delante de una veintena de orcos por un bosque y se ha dejado pegar por un estúpido mercenario para que ahora los condenados enanos la sigan hasta la mismísima boca del infierno?, dioses, ella misma los habría matado en ese mismo instante. Rastak la miró divertido.

-Lo sé pequeña, son estúpidos, seguirte hasta aquí solo para 'intentar salvar' tu vida, gracias que lo son Azog tendrá su trofeo y yo más dinero…-dijo asintiendo distraído mientras se acercaba peligrosamente a la chica. Aris se tensó en cuanto el mercenario se puso a su lado.

-¿Y dónde está nuestro gran rey de ninguna parte?- preguntó el gran hombre burlonamente pero con una muestra de miedo en sus ojos, si Thorin no estaba allí sería su propia cabeza la que rodaría delante de Azog.

Ninguno de los enanos se movió, tampoco lo hizo Aris.

-Bueno, si no está él tu vida ya no me sirve para nada…-dijo mirando a la chica esperando a que alguno de los enanos dijera algo. Solo silencio.

El mercenario chasqueó la lengua, contrariado y se acercó todavía más a Aris, la chica prácticamente podía notar la respiración a su lado.

-Tendré que matarte ahora mismo…-continuó el mercenario pasando un dedo por el oscuro pelo de Aris hasta rozar su mejilla, distraídamente. Aris se mantuvo quieta mirando al fondo de la oscura cueva, evitando un escalofrío bajo el suave toque del mercenario. Nadie habló ni se movió para alivio de la chica.

Rastak frunció el ceño claramente contrariado y sacó un cuchillo de casi medio metro que hizo un sonido estremecedor al dejar su funda. Aris contuvo la respiración y se alzó un poco más, mirando instintivamente el arma y esta vez no pudo evitar el escalofrío de puro pánico que le recorrió la espina dorsal.

El mercenario rozó la mejilla de la chica, casi una caricia, haciendo que una finísima línea roja apareciera, la chica frunció el ceño, la mejilla le quemaba y eso no era normal para el pequeño toque que le había dado el mercenario a su piel. Rastak alzó el cuchillo en alto, preparado para clavarlo en el cuello de Aris en cualquier momento y la chica lo supo, lo haría, no vacilaría ni un segundo. Respiró hondo una vez más, la última vez, se dijo. Justo cuando el mercenario se había cansado de esperar una voz potente resonó en la cueva, una negación tan rotunda que hizo detener la mano de Rastak. Aris abrió los ojos para ver como del medio del grupo enano salía despacio Thorin, una mirada extraña en sus ojos. El corazón de la chica se aceleró, maldiciéndolo internamente por haber llegado hasta allí.

Rastak sonrió y bajó el cuchillo.

-Ya creía que no saldría su alteza…-comentó con sorna justo detrás de Aris, acercando sus labios al oído de la chica aunque habló lo suficientemente alto como para que todos lo oyeran.

-Vaya vaya vaya Thorin escudo de roble se ha encaprichado de una humana…-casi rió el mercenario retirando un mechón de pelo del hombro de la chica-…puedo entender por qué.- dijo en un murmullo, labios pegados al oído de la chica, mirándola de una manera que hizo que Aris cerrara los ojos otra vez.

Thorin ladeó la cabeza ligeramente, sus ojos eran dos gemas de pura rabia y Aris pudo notar como su mano se tensaba alrededor de la empuñadura de la espada que aún llevaba el enano.

-Suéltala.- ordenó Thorin. La orden hizo que el mercenario alzara una ceja y despegara sus labios de Aris.

-No creo que estés en condición de pedir nada enano.-casi escupió el hombre.

Thorin lo observó, asesinándolo en su mente de mil maneras distintas.

-Suéltala.-repitió, esta vez más suavemente.

-Aprendes rápido pero no, no creo que la suelte, la mataré o me la quedaré para mí…-dijo mirando un segundo a la chica que inconscientemente había soltado un bufido.- Aunque viendo su temperamento creo que la primera opción será la más sensata.- comentó volviendo su vista hacia Thorin- por supuesto todos vosotros estáis muertos- dijo haciendo un además aburrido con la mano.

Thorin lo observó impasible aunque internamente se maldijo por haber llevado a sus hombres hasta allí por una simple humana. Thorin miró a Aris y supo que lo habría vuelto a hacer un millón de veces más en cuanto sus ojos enfadados, verdes, peligrosos, se encontraron con los suyos.

-De verdad no creí que esto fuera tan fácil, después de haberme quedado solo con 20 orcos tras vuestra…peleílla no pensé que solo con atrapar a un animalillo asustado sería suficiente para traer hasta aquí al mismísimo ¡Thorin escudo de roble!- dijo Rastak haciendo que el nombre del rey enano retumbara en toda la cueva.- va siendo hora de que entregue su arma alteza.

Thorin no lo hizo.

-¿Por qué si nos vas a matar de todos modos?- dijo Thorin, todos sus hombres que estaban tras él asintieron internamente.

Rastak sonrió divertido.

-Porque si no torturaré a la pequeña Arien aquí mismo hasta que su precioso cuerpo no aguante más.-dijo ahora seriamente, peligroso; nadie lo dudó ni por un segundo.-y luego os mataré.

Thorin lo observó furioso, el maldito bastardo conocía su debilidad, no podía hacer nada, no conseguiría ningún cambio de todos modos negándose así que dio unos pasos hacia delante y lanzó su espada al suelo haciendo que se deslizara hasta casi los pies del mercenario. Aris negó con la cabeza ligeramente observando la espada, su mente iba a mil por hora, pensando, intentando sacar algo, lo que fuera para salvar sus vidas, ganar tiempo, lo que fuera.

Rastak sonrió otra vez con esa sonrisa detestable y asintió.

-Buena decisión- dijo mirando a la veintena de orcos que los rodeaban.- Matadlos- ordenó- traedme la cabeza del rey enano.- añadió mirando a Thorin mientras los orcos gritaban, saboreando el inminente bocado.

Aris aguantó la respiración un segundo, su boca abierta ligeramente, el miedo en sus ojos era palpable aunque también lo era el brillo de inteligencia que pasó por ellos antes de dar un salto junto al mercenario, acercándose a él de repente soltando un 'No' entre sus labios, haciendo que Rastak la mirara con curiosidad.

-Espera…déjame despedirme- pidió la chica mirando los ojos oscuros del mercenario. El susodicho alzó una mano todavía mirando a Aris y los orcos pararon contrariados. Una media sonrisa divertida apareció en su fina boca.

-Por favor, déjame despedirme.-repitió Aris al ver que el mercenario no decía nada.

Al fin Rastak dejó escapar una pequeña risa casi inexistente y sacó el cuchillo haciendo que Aris se tensara pero solo cortó las cuerdas que ataban las muñecas de la chica a su espalda.

-No sé decirle que no a una mujer.- bromeó malignamente- tienes un minuto.- dijo serio de nuevo.

Aris no perdió el tiempo y bajó de un salto la pequeña escalera de roca que separaba al mercenario y a ella del grupo de enanos y se acercó hacia Thorin, el cual estaba alejado unos pasos de los demás.

Ojos verdes captaron los suyos azules, con una mezcla de enfado y desesperación, no sabrían decir cuál de los dos lo estaba más, si los verdes de Aris o los ojos helados de Thorin. La joven se acercó mirando a los demás enanos, observando sus rostros estoicos y sin mediar palabra para asombro de Thorin movió sus manos para apoyarlas en sus hombros y acercó sus labios al oído del enano para decirle algo en un susurro apenas audible. Aris podía notar la mirada burlona del mercenario en su nuca.

-Desliza tus manos bajo mi camisa- susurró Aris –a la espalda llevo un cuchillo, cógelo y mata al jefe orco… yo me encargo del mercenario.

Aris había aprendido que llevar un cuchillo a la espalda siempre era útil, eran cosas que los elfos no entendían, cada vez que Lien le preguntaba porque siempre llevaba uno atado a la espalda con una fina correa en vez de llevarlo al cinto, la chica sonreía. Si Thorin estaba sorprendido, que lo estaba, no dio muestras de ello y arrancando una sonrisa maligna del mercenario el rey deslizó sus manos bajo la camisa y la raída capa de Aris acariciando su suave piel en su camino hacia la espalda. En otra situación Aris se habría ruborizado, un escalofrío le habría recorrido la espalda, quizás un suspiro nervioso se le habría escapado pero no ahora, estaba demasiado alerta, la adrenalina le martilleaba las sienes con fuerza mientras, en aquel medio abrazo, miró hacia los ojos de Dwalin que la observaba con el ceño fruncido. La chica ladeó la cabeza y el enano pareció leerle la mente mirando instintivamente las armas que había tirado a sus pies. Todos siguieron sus ojos y miraron a su vez a sus armas sin moverse un ápice y Aris sonrió un segundo. 'Exacto'. Pensó.

Thorin rozó la fina correa de cuero que Aris llevaba pegada a la piel y alcanzó el cuchillo, rodeando la empuñadura con sus dedos y atrajo hacia si a la chica haciendo que la joven centrara su atención en él otra vez. Los labios del rey alcanzaron su oído.

-Si salimos de ésta juro que te mataré yo mismo.- susurró Thorin, su voz autoritaria, aun siendo solo un murmullo hizo que un escalofrío recorriera la espalda de la chica. Aris comenzó a separarse de él y observó sus ojos azules por última vez.

-No creo que salgamos de esta mi señor- musitó la joven mientras el gran cuchillo comenzaba a salir de su funda para quedarse en manos del rey enano.

A ningún orco le dio tiempo a reaccionar cuando Thorin lanzó el gran cuchillo a la cabeza del jefe orco y se lanzaba a recogerlo de nuevo. Todos los enanos recogieron sus armas del suelo y se lanzaron con un grito hacia los orcos que ya corrían hacia ellos, furiosos.

Aris se giró ágilmente y recogió la espada que Thorin había lanzado a los pies de la escalera de piedra y alzó la vista al escuchar como la espada del mercenario salía de su funda acompañada de una maldición, a pesar de que su voz sonaba tranquila. La chica subió de un salto hacia donde estaba Rastak y sin pensarlo dos veces soltó una fuerte estocada que el mercenario paró sin esfuerzo. El hombre la miró con una sonrisa burlona.

-Esto es solo posponer lo inevitable pequeña, ¿crees que tienes alguna oportunidad contra mi?- le dijo el mercenario moviéndose alrededor de ella tratando de cortarla por la mitad por lo visto, Aris paró todos los golpes lo mejor que pudo. Era buena, eso era cierto, se había criado con elfos que sabían luchar antes incluso que andar pero aún así el mercenario tenía el doble de fuerza que ella y se movía como una serpiente a su alrededor. La chica solo pudo desviar los golpes lo mejor que pudo, concentrada. Se dio cuenta de que Thorin y los demás trataban de llegar hacia ella pero las dos veintenas de orcos los rodearon inmediatamente, ya tenían bastante con intentar no acabar con un puño de hierro de orco clavado en el cráneo.

El sonido de metal entrechocando se extendió por toda la cueva, gritos de orcos muriendo y de enanos furiosos, recibiendo una y otra vez ataques. Mientras un poco más arriba Aris seguía esquivando estocadas y el mercenario seguía sonriendo, burlándose con cada paso que la chica daba hacia atrás. En una de esas ocasiones Aris apretó los dientes y soltó una estocada envenenada. La espada de Thorin cortó ligeramente el brazo del mercenario haciendo que un reguero de sangre comenzara a caer al suelo. El mercenario gruñó y miró a la chica ahora totalmente serio.

-Deberías usar más la espada y menos la lengua.-le dijo Aris sin poder evitarlo.

El mercenario cargó contra ella con una gruñido de enfado, esta vez seriamente, lo de antes solo había sido un juego y Aris lo notó, la fuerza de los movimientos, la agresividad, el mercenario estaba usando toda su destreza…no duraría mucho el combate. Rastak la rozó con la espada en el brazo. Después de unas cuantas estocadas furiosas le arañó la pierna y volvió a cargar inmediatamente, sorprendido de que la chica pudiera parar sus golpes, de que todavía no estuviera muerta.

Aris apretó sus dientes, las heridas del mercenario estaban quemándole la piel, ¿que clase de espada era esa?. No tuvo mucho tiempo para parase a pensar porque le dolían tanto los cortes pues Rastak no le dejaba ni un segundo para respirar, quería acabar esto cuanto antes pues más abajo sus orcos estaban muriendo uno a uno a manos del grupo de enanos. Todavía eran mucho más numerosos que ellos pero un grupo de enanos enfadados y con sed de sangre no era fácil de matar. Aris paró un golpe que iba directo a su cuello y se agachó cortando ligeramente la pierna de Rastak el cual soltó una maldición y su espada volvió a rozar la piel de Aris, un corte en el cuello que hizo que la chica diera unos pasos hacia atrás, casi cayendo al suelo. El mercenario aprovechó el momento y cargó otra vez. La chica paró la espada a un centímetro de su cuello, cayendo al suelo, su espalda contra la dura piedra, respirando tan rápido que creyó que iba a desmayarse. El mercenario se agachó sobre ella y apretó la espada hacia su cuello. Los brazos de Aris temblaban con la fuerza que estaba haciendo para separar su propia espada y la del mercenario de su cuello, perlas de sudor resbalando por su frente. Los ojos del mercenario relampaguearon y le dedicó a la joven su mejor sonrisa.

-Ha sido un placer pequeña- dijo mientras su espada rozaba la barbilla de Aris haciendo que una fina línea roja se dibujara en ella mientras intentaba bajarla hacia su cuello-…luchas de maravilla pero esto está comenzando a ser tedioso- añadió bajando más la espada. Aris respiró entrecortadamente y empujó con todas sus fuerzas las dos espadas mientras se retorcía bajo el peso del mercenario.

Aris escuchó su nombre, quizás Dwalin, o alguno de los enanos lo había gritado, pero a lo lejos, no podía identificar donde siquiera. Cuando su propia espada ya estaba rozando su cuello Aris, en un último intento desesperado movió hacia un lado su arma y el cambio de movimiento hizo que la propia espada del mercenario le rozara la cara. El hombre relajó la fuerza sobre el cuerpo de Aris solo un segundo, sorprendido y Aris lo aprovechó para poner un pie sore el pecho de él y empujarlo hacia atrás con fuerza, haciendo que Rastak se quitara de encima suya. La chica respiró duramente, la adrenalina y el miedo le recorrían el cuerpo lo que ayudó a que se pudiera en pie de un salto para que al mercenario no le diera tiempo de volver a echarse encima.

Rastak la observó mientras se tocaba la sangrante herida de la cara.

-¡Estás muerta maldita estúpida!-le gritó con un brillo demencial en los ojos.

-Llevas diciendo eso todo el día- le increpó Aris y se maldijo internamente a sí misma por provocar a un hombre tan peligroso, ¿no podía mantenerse callada, nunca?. El hombre se lanzó hacia ella como una exhalación, dejando escapar un gruñido cuando las espadas chocaron de nuevo. La piel de Aris ardía bajo las heridas, le estaban quemando, literalmente. El mercenario debía haber impregnado su espada con algo, algún tipo de veneno quizás, ese dolor no era normal ni siquiera para una herida de espada. La chica empujó al mercenario y se miró el brazo sangrante.

Rastak sonrió y giró su espada en la mano con habilidad.

-¿Quema?- preguntó inocentemente.

Aris lo miró con el ceño fruncido.

-Veneno de mi propia invención- dijo- ¿notas como te debilita poco a poco?

La chica se lanzó hacia él con fuerza y lo mismo hizo el mercenario, las espadas volvieron a chocar y el baile continuó, Aris cansándose cada vez más y más y Rastak cada vez golpeando más y más duro.

Mientras abajo los enanos se batían con los orcos, cada vez menos numerosos, intentaban abrirse camino entre ellos pero seguían siendo demasiado. Todos tenían heridas pero seguían con vida, sorprendidos de ese hecho. Thorin sacó el hacha que había cogido de uno de los orcos del cráneo de un cadaver y volvió a mirar la lucha que se producía más arriba, corrió hacia la escalera pero más orcos le cortaron el paso. El rey enano maldijo algo en Khuzdul y le echó una última mirada de preocupación a Aris, volviéndose hacia los orcos una vez más.

Aris notaba el cuerpo cansado, ardiendo, casi no podía más. El mercenario también lo sabía por lo que la había arrinconado cerca del borde de la estructura de piedra donde estaban. Aris paró las estocadas con habilidad, respirando entrecortadamente, intentando echar hacia atrás al mercenario. El hombre estaba cansado también y las heridas que la chica le había hecho no estaban ayudando. Estaba sorprendido con la pequeña humana, no es que fuera a matarlo o a ganarle una pelea pero ya había durado más que la mayoría con los que se había enfrentado. Rastak dio un fuerte golpe hacia ella y la espada de Thorin se resbaló de las manos de la chica, haciendo que cayera al suelo con un estruendo metálico. Aris cayó al suelo con ella cuando la empuñadura de la espada del mercenario la golpeo en la cabeza. Se intentó levantar rápido y coger la espada pero el pie del mercenario le pisó la mano arrancándole un grito de dolor que llamó la atención de los enanos. Aris escuchó su nombre gritado por varias voces y metal chocando más fuerte y no lo pensó dos veces al clavar sus dientes en la pierna del mercenario el cual retrocedió un paso con una maldición. La chica se levantó de un salto notando el sabor metálico de la sangre del mercenario en su boca y recogió la espada de Thorin justo cuando Rastak se abalanzaba contra ella. Solo le dio tiempo a girarse unos centímetros, evitando que la espada se clavara justo en el corazón; en su lugar se le clavó en el brazo izquierdo. Aris gritó otra vez, un sonido atroz que rasgó su voz, apoyando una rodilla en el suelo ante el hombre que la miraba saboreando la inminente victoria.

Thorin mató a otro orco que se puso en su camino y corrió hacia la escalera, con el corazón golpeándole violentamente el pecho cuando vio a Aris de rodillas ante el mercenario, seguido por Dwalin y los que pudieron deshacerse de los orcos.

Aris aunó las pocas fuerzas que le quedaban y con un movimiento rápido le clavó la espada al mercenario en la pierna, donde primero pudo. El hombre gritó también y sacó su espada del brazo de Aris para acabar con la vida de la joven pero ella fue más rápida, siempre lo había sido. Sacó su arma de la rodilla destrozada del mercenario y se la clavó en el estómago justo cuando la espada de él descendía hacia su cabeza. Rastak la miró a los ojos sorprendido y soltó su espada envenenada, cayendo de rodillas, a la misma altura de la chica. Aris se acercó a él y hundió la hoja todavía más sin pensarlo ni un segundo, girando la empuñadura, haciendo que el mercenario soltara un grito desesperado, observando los ojos verdes de Aris como quien mira directamente a los ojos de la muerte. La chica le sostuvo la mirada unos segundos, eternos, y se alzó empujando el pecho del mercenario con un pie sacando la espada de Thorin de su cuerpo inerte, que cayó hacia atrás todavía con los ojos de sorpresa en el rostro. La chica soltó el aire que había estado guardando inconscientemente y respiró fuertemente, sin poder creerse todavía que estaba viva. Se dio la vuelta cuando escuchó que alguien la llamaba y vio a Thorin, Dwalin y a algunos más subiendo la escalera de piedra hacia ella, cubiertos de sangre y heridas. La chica se fijo más abajo donde los demás mataban a los pocos orcos que quedaban vivos y respiró de nuevo, esperando que estuvieran todos bien. Una mano en el hombro la sacó de sus pensamientos. Aris miró hacia su izquierda y observó los ojos azules del rey enano, relampagueantes de ira y preocupación, antes de caer de rodillas al suelo, incapaz de sostenerse más en pie. La espada de Thorin cayó al suelo también, rebotando y manchando de rojo sangre la roca del suelo.

Las fuertes manos de Thorin la sostuvieron y el enano se arrodilló junto a ella presionando fuerte sobre la herida del brazo de la chica, que sangraba ferozmente.

-Arien, mírame.- llamó como siempre Thorin, autoritario. La chica solo pudo obedecer ante esa voz y sus ojos verdes lo miraron, respirando entrecortadamente. El rey enano le rozó la mejilla con una mano ensangrentada preguntando silenciosamente que estaba mal.

-La espada del mercenario tenía algún tipo de veneno- explicó la chica agarrando el brazo del enano para poder ponerse de pie. Las piernas le temblaron un momento pero Dwalin llegó a su lado para sostenerla por la cintura.

-Estoy bien…-comenzó la chica pero por supuesto la voz débil que salió de sus labios no secundó sus palabras.

-Hay que curarle esas heridas- escuchó a Balin que llegaba también a su lado.

-¿Heridas envenenadas? Está claro que se nos escapa de las manos- comentó Dwalin mirando a su rey mientras sostenía todo el peso de la joven la cual cada vez se notaba más y más lejos de allí.

-Elfos.-dijo Balin- debemos llevarla ante los elfos.

Aris agarró la ropa de Dwalin para sostenerse abriendo la boca ligeramente para hablar pero ningún sonido salió de ella, solo un suspiró cansado mientras notaba como una oscuridad extrañamente comfortable la engullía cada vez más. Notó como Thorin quitaba su mano de la herida de su brazo y casi soltó una queja.

-Rivendel.-fue lo último que entendió de los labios del rey mientras unos fuertes brazos la levantaban del suelo. Aris cerró los ojos contra el hombro de Dwalin notando como la quemazón horrible de sus heridas se desvanecía poco a poco y una oscuridad aterradora la tragó por completo, sin saber si se estaba desmayando o simplemente iba a morir en brazos del guerrero enano en medio de aquella oscura cueva.