YOU'RE HERE AND YOU CAN'T GO BACK.
Antes de que empiecen a leer, les tengo un pequeño anuncio, después de tooooodos los problemas que tuve en el primer capítulo con los tiempos ( a cada rato mezclo, soy un intenso fail) me decidí por escribirlo en presente, no sé, casi no uso es el formato y pues como que orale a la práctica.
Por culpa de exámenes y proyectos no había podido actualizar este fic (y espero el domingo actualizar 'buscándote'. En fin, se me vino la inspiración gracias a tres cosas: el señor de los anillos, Once upon a time y Game of thrones, tres historias épicas y pues, quiero hacer algo así con Zelda. ay, no sé.
Ya conocen el Disclaimer, ahora sí los leo al final del cap.
GiygaShade's
La batalla de Evermore
II
El General y la Hechicera entran juntos a la habitación, entre el silencio, los tacones de la mujer y el armadura del hombre resuenan, al punto de desquiciarlos. El cuarto siempre ha sido el mismo, con esos enormes pilares de mármol a los lados, cada uno con una inscripción en el idioma antiguo, un poema a la diosa. Los enormes ventanales y arriba de estos, pequeños vitrales circulares, simulando los sagrados medallones de Hyrule. El gélido piso de mármol que parece romperse poco a poco a cada paso que dan —zancadas, si se trata del General—. En el fondo de la habitación yace el trono, justo enfrente de la estatua de las diosas sosteniendo la trifuerza, y en medio de ellas, Hylia.
Junto al trono, en una pequeña sillita, se encuentra sentado el demonio de los dos sombreros, un hombre de apariencia curiosa, cabello rojizo y sonrisa marcada. Su apodo hace hincapié a que siempre lleva dos pequeños sombreros de copa verdes, para ocultar algo, quizá. Al verles entrar, se irguió en su asiento, con su peculiar mueca. Él odia a los dos, ellos son basura y la basura no debe quitarle su lugar como el favorito. Él y su mascota son los dos favoritos, y seran los únicos, por siempre.
—¿Su majestad? —pregunta el General, al hincarse frente al trono Real.
El príncipe, callado, frío, les ha seguido con la mirada desde que entraron a su sala, en el completo silencio. Siempre les contempla de pies a cabeza, la horrible armadura dorada del General que le lastima la vista; la repugnante piel azulada de la hechicera, que le provoca ganas de vomitar. No puede hacer nada, son sus dos sirvientes más fieles, además de ese perro de dos sombreros: Ese maldito subnormal, si no fuera por su fuerza, se desharía de él. El príncipe se levanta de su asiento al momento en el que el General habla, hincándose.
—¿Qué sucede, General?
—Las tropas del reino del este se retiraron de su trinchera. No me esperaba un movimiento de ese estilo, viniendo de ellos…
El príncipe suspira, sabe que eso iba a pasar tarde ó temprano, lo ha visto. No puede atacar en ese momento, ni apropiarse de la tierra sin dioses, sería egoísta de su parte tomarla así, sin matar a todos los habitantes del Reino del Este. Maldita sea, sí. Esas basuras merecen más que la muerte. ¿Ellos necesitar el valle de Evermore? Claro que no. Evermore es de Hyrule. Debe ser de Hyrule.
—Simplemente esperen, y a cualquier persona que cruce esa frontera, mátenla. Fin.
Concluye con un suspiro, el General esboza una pequeña sonrisa y asiente. La hechicera aún se pregunta cómo es que el príncipe llega a decisiones tan extremas como esa, de alguna manera le da igual, ella también ha matado a incontables inocentes pero ¿y qué? Ella no es la princesa, y si lo fuera, no tomaría esas decisiones tan indiscretamente. El demonio de dos sombreros aplaude, como todo un bufón.
—Puede retirarse, General. —continúa el príncipe, haciéndole un ademan grosero. Que se largara, esa maldita armadura como le atrofia la vista. Maldita sea.
El General da media vuelta y camina, a cada paso apresurado que da, una gota de sudor recorre la frente de la Hechicera, no quiere estar sola con él y con su estúpido demonio. Formuló que decirle, sin llegar a un acuerdo en sus pensamientos. No quieres ser humillada de nuevo. Deprimente, la hechicera de las sombras, aquella que puede poseer la mente del que desee, poseída por un joven impulsivo. El General abandona completamente la sala, ella da un paso hacia adelante, toma la fría mano del príncipe y la besa, en símbolo de sumisión. Ella está obligada a hacerlo. Terminado eso, recibe una bofetada con esa misma mano, el anillo de oro del príncipe se hunde en sus mejillas, que ahora sangran.
—¿Y bien?
Los labios de la hechicera tiemblan, escucha la voz del príncipe gritándole en su cabeza, debe tener esa determinación de la que, desgraciadamente, carece. La mejilla le ardíe, el idiota clavó su anillo de la familia real en ella. Deprimente, deprimente, deprimente. Es una maldita bruja deprimente, el odio dentro de la mujer aumenta al paso de las estaciones.
—Aún nada… No puedo encontrarla.
El príncipe se levanta de su asiento, para volver a abofetearla, el demonio observa la escena desde su silla, sonriendo. Siempre lo mismo.
—¿Y te haces llamar la hechicera de las sombras? ¡No puedes hacer nada bien!
Ella retrocede, sobando su mejilla.
—¡Pero he estado buscando en todas partes! ¡He buscado en los templos, en la parte más recóndita de Hyrule! ¡He buscado en el desierto, en la gélida montaña, en el volcán! Y… nada. —grita, frustrada. Sí, ha buscado en todas partes ese maldito capricho y no ha podido encontrarlo. Quizá sólo es una leyenda, como las diosas.
—Ó más bien, tú no sabes buscar. —su voz golpeada, otra maldita bofetada.
La hechicera no puede hacer nada frente a él, impotente, estúpida. El demonio de los dos sombreros lanza una carcajada, que termina ahogada. Ella no sabe llorar, quizá jamás lo ha hecho, pero, por primera vez, siente como una lágrima recorre su lastimado rostro. El príncipe sonríe, sin nada que decir. Ella se limpia y se da media vuelta, para retirarse. Para ser la bruja más poderosa del reino, también era la más deprimente.
—Mis disculpas, su majestad. Buscaré… —toma aire, trata de que su voz no se quiebre— mejor.
El príncipe se sienta, con una mueca de satisfacción. Es tan divertido torturar a esa mujer, tanto poder mágico y tan poco poder mental. La mujer camina lentamente hacia la salida, temblando. Voltea a ver al demonio junto a él, quiere arrancarle la maldita cara. Cada vez lo soporta menos. Sólo está ahí, sonriendo, sin articular ni una sola palabra.
—Si te encuentras con Ashei, comunícale que le ordeno venir ¡Inmediatamente! —le grita a la hechicera, acomodándose en trono. Ella sólo asiente con la cabeza. Perfecto. Le gustaba su sumisión.
Cuando sale de ese infierno, cree que el General le estará esperando, no. Sólo está ella con su soledad y el viento. Un día bastante frío y triste. Camina hacia el balcón para poder observar más de cerca el cielo, sonríe fugazmente al darse cuenta del furioso halo de la montaña de la muerte, los Gorons aún estan furiosos por el ataque al templo de Din. Del otro lado, el bosque, Faron. La zona más extensa de Hyrule, y probablemente la menos explorada, está en silencio. Quizá allí. Ó en el desierto. Debe encontrar lo que tanto demanda el príncipe.
Se aleja y camina hacia las escaleras, no espera encontrarse con la sombra que deambula el castillo, la mascota del demonio. Está sentado en la escalera, con los ojos cerrados, probablemente dormido. Pasa junto a él, tratando de no hacer ruido, no le gusta cuando se enoja. Ese hombre no es Hylian, ni Ikanian. Sus facciones son… diferentes. A la Hechicera siempre le ha llamado la atención tan curioso hombre.
—Nunca aprenderás, ¿O me equivoco, Veran?
Ella se muerde el labio, lo escuchó todo. La sangre le hierve cuando él pronuncia su nombre, en mucho tiempo, nadie, además del General, le había llamado así.
— — — — —
—¡Shad! ¡Bienvenido de nuevo! —grita la pelirroja y se lanza a los brazos del hombre.
Él está confundido, jamás le ha recibido de esa manera. No puede hacer más que sonreír y entre risitas devolverle el abrazo. Su acompañante, una mujer de cabello castaño, sonríe al ver el abrazo, vaya que a ese viajero le quieren en su tierra.
Desde el otro lado de la callejuela, el verdugo observa el maldito abrazo y recuerda el por qué detesta a ese viajero. Debió de haberse quedado en Ikana, allí sólo le hacesentir enfermo. No le quiere cerca de ella. Odia que sea su amigo de la infancia, que tengan esa intimidad mental tan especial, que él jamás tendría con ella. Maldita sea, y ¿Quién es la mujer con la que ha llegado? Bastante linda a diferencia de su antigua novia… ¿Cómo es que un así tenga a las mujeres a sus pies? ¡Sólo es un viajero! Él no se mancha las manos con la sangre de criminales, ni se dedica a atraparlos, simplemente viaja recolectando información para el reino y la tribu.
—¿Y ella es…? —la pelirroja le dedica una mirada penetrante, aunque de alguna manera, no es agresiva. Después desvía su mirada, allí está él. Hace como si no le hubiera visto y sigue sonriendo.
El viajero, un hombre con gafas, cabello castaño, rasgos Hylianos y libro en mano, se separa del abrazo y toma de la mano a su acompañante, quién sigue confundida, sus facciones son gráciles y frías, su altura sobresale y sus ojos denotan que ella no es Hylian.
—Oh, cierto. Anju, ella es Cremia.
—¡Mucho gusto! —exclama la mujer. El verdugo puede escuchar muy bien su voz y llega a la conclusión de que ella proviene del reino del este.
¡Bien hecho! Ahora una mujer del reino enemigo pisa la villa. ¿Y si es una espía? Probablemente el hombre sólo está enamorado. Por favor, él siempre está enamorado. Triste. Triste. El verdugo escucha pisadas cercanas, ni se inmuta a voltear, simplemente salta al techo de la casa más cercana, de nuevo usando sus técnicas Sheikah fuera de su trabajo. Observa a la chica que caminaba en dirección al viajero. Arquea su ceja al apreciar los detalles del vestido rosa con encajes. Sin su típico traje, es completamente diferente. Muy bonita.
Al escuchar el cuerno, no puede evitar correr hacia la puerta, está ansiosa por saber que hay de nuevo en el reino del este. Ella es muy buena amiga del viajero, así que no pensó dos veces el salir sin su disfraz. Ahora camina hacia él, la mujer castaña que le acompaña le llama la atención, sus facciones, ella no es Hylian, mucho menos Gerudo. Rasgos que no conoce. Acelera su paso, hasta correr. Complicado con el vestido, siente que en cualquier momento tropezará, pero lo seguirá haciendo. De vedad, le encanta la sensación de sus piernas libres, no quiere volver a usar ese estúpido traje ajustado.
—¡Shad! —grita, al llegar. Se aferra a él, estrujándolo fuertemente, al igual que la pelirroja—, ¡Cuánto tiempo ha pasado!
Al viajero le parece fuera de lo común verle sin su traje. Usualmente ella deambulaba el pueblo como Sheik, buscando desesperadamente criminales. ¿Por qué es Zelda de nuevo? Creé que Impa le había prohibido salir siendo Zelda. Se pregunta cómo se lo tomará la pelirroja, Anju. Si bien, ella le conoce desde muy pequeña al igual que él, tiene mucho sin hablar con ella. Con la verdadera identidad de Sheik, una de las míticas sombras de Kakariko, junto con el verdugo… ¿Dónde está él?
—¿Zelda? —tiembla Anju—, ¿eres tú?
La Sheikah sonriíe, le recuerda. Zelda se ha inventado una horrible historia sobre su vida, supuestamente es muy enfermiza y rara vez sale de su casa, se pone mal. Muy mal. Por años Anju ha creído esa historia. Esa tonta mentira más falsa que los cuatro gigantes del reino del Este. Formula meticulosamente su respuesta, de verdad, no sabe que decirle. Tonta, por decir lo primero que se le viene a la cabeza, por más irreverente.
—La líder me durmió, hasta que me curara. —traga saliva, vaya respuesta tan tonta. Con líder se refiere a su mentora pero ¿Ella? ¿Ponerla a dormir? ¿Desde cuándo Impa conoce ese tipo de magia?
Shad suspira, sólo alguien como Anju puede creer tal mentira. Esa mujer, además de los Sheikahs, es la única que conoce al otro yo de Sheik. Anju y Zelda han sido amigas desde la infancia, y la pelirroja le extrañaba. Desde el inicio de la guerra ella tiene prohibido salir con su verdadera identidad pero ¿Por qué decidió romper ahora la regla? Shad sabe muy bien que en su interior, Zelda siempre ha deseado ser libre, las cadenas que la tribu le ha impuesto es lo que no le deja serlo.
—Me alegra que hayas regresado. —suspira Anju, observando que las facciones de su amiga no han cambiando en lo absoluto.
Zelda traga saliva, tiene que inventarse algo más, no puede estar todo el tiempo como Sheik y mucho menos si su mentora se entera.
—En realidad me he escapado, debo volver a casa cuánto antes —gira un poco para dedicarle una mirada a Shad—. El cuerno del viajero me despertó, el cuerno del viajero siempre despierta.
Tanto Anju como Shad asienten, la mujer del reino del este aún está confundida. El verdugo ha bajado del techo y observa la escena de cerca, lo suficiente. Sonríe, es tiempo de someter a la querida viajera a un interrogatorio al más puro estilo de los Sheikahs. Camina en dirección contraria a ellos, hacia el templo, está seguro de que Shad le llevará ahí, le conoce tan increíblemente bien. ¿Cómo no va a hacerlo si en realidad le odia?
Zelda hace una pequeña reverencia en motivo de despedida, no ha pasado ni media hora en las calles y siente miedo a que su mentora le vea. Además, debe ir al templo otra vez, ahora para hablar con el viajero y probablemente su maravillosa invitada. No confía en ella, una mujer del Reino del Este en Kakariko no da buena espina.
—Debo irme, la líder de la villa puede verme aquí, ¡Y no le gustará!
La contraparte de Sheik sale corriendo, dejando a los tres observadores con la boca abierta. Anju, en especial, no sabe qué pensar, desea tener una plática con ella, como las del pasado, cuando Zelda iba de visita a su casa todos los días. Esos tiempos no existirán de nuevo por culpa de la guerra y todos sus estragos. Esa maldita guerra. Shad, por su parte, coge de la mano a su acompañante y le susurra algo a lo que ella asiente seriamente. Ellos también se despiden, dejando a Anju sola, el silencio comienza a hacerse sepulcral y a lo lejos, el halo de la montaña de la muerte toma un color aún más rojizo, como la sangre. Sangre que se derrama.
— — — — —
El corazón de Cremia late agresivamente, a cada escalón que da los escalofríos recorren su cuerpo. Es la primera vez que entra a un templo Hylian, si es que todos son así. Ella desconoce mucho de la cultura de Hyrule, empezando por sus creencias religiosas. Las diosas y ella nunca se han llevado bien, ni lo harán. En su reino rendirles culto es una blasfemia, ya que los únicos dioses en el Reino del Este son los cuatro gigantes, cada uno confinado a una región diferente. Ikana es conocida como la tierra del este, en la rosa de los vientos Terminian se ubica en esa dirección. El reino del norte es el hogar de Gorons; El mar del oeste, imperio de piratas y Zoras; Y el reino Deku, ubicado en el pantano del sur.
Ikana es el reino más poderoso de la sacra tierra Termina y es también el más creyente. Mientras que las otras tres regiones adoran a la diosa del tiempo, los Ikanians decidieron dar su vida a los cuatro gigantes, que son los protectores de cada uno de los puntos en la rosa. En el centro de Termina se encuentra el templo de la diosa. Si esa mujer puede tener su templo ¿Por qué los gigantes no? Para que la riqueza del pueblo sea aún mayor, El Reino del Este decidió construirles un templo, ellos necesitan hombres, todos los que están en la guerra. Así que han decidido dejarle el Evermore a Hyrule, para que ellos construyan su templo, y una vez terminado, poder arrebatar el cañón de nadie.
Igos du Ikana, decimo tercer gobernante de la familia real de Ikana decidió enviar un emisario de paz a Hyrule, para acabar con el conflicto. Esa emisaria es Cremia, que con ayuda de Shad logró llegar a la tierra de las diosas. Ahora está entrando a un templo Sheikah, tribu que ella jamás pensó conocer. En Ikana son llamados sombras, por su aspecto y sus habilidades. Ella no había visto uno hasta la llegada de Shad, quién nunca se comportó como las leyendas explican.
Comienza a creer que la cultura de Hyrule se deriva del fatalismo. Su gente tan rara, los cuadros sobre un diluvio iluminados por veladoras, oscuros templos en las profundidades. ¿Por qué son tan diferentes? Shad jamás le ha contado sobre la forma de ser de su pueblo, es más, no ha intercambiado muchas palabras con él, es muy reservado y sólo habla cuando las cosas le interesan. Rara vez le pregunta algo a Cremia sobre ella. Sin embargo, es una persona extraña que le toma de la mano, como si se conociesen de toda la vida.
Llegó al final de las escaleras, Shad la guió hasta una habitación con la estatua de un cuervo en el centro, a los lados hay cuatro puertas. Otro escalofrío recorre su cuerpo mientras el sudor cae por su frente ¿Dónde está? Aún no confía en los Hylians y desea no haber caído en una trampa de ellos. Shad le sonríe, es tan increíble que detrás de esa cálida sonrisa se oculte una persona tan fría.
—Dentro de poco llegará la líder de la tribu y de la villa, necesitas hablar con ella. —suelta Shad de golpe, su voz no es fría ni cortante.
Cremia asiente, aún está observando el oscuro templo, se pregunta qué hay detrás de las puertas, es obvio que no entrará nunca a ellas. Desea fervorosamente que llegue la líder, el lugar le está poniendo de nervios, necesita salir. El ambiente en ese templo antoja desesperación, tristeza y muerte. Una risa en la oscuridad, las miradas se entrelazan ¿De dónde ha venido? No hay nadie más en el cuarto, ó al menos eso creen. Una risa, y otra. Cremia comienza a ponerse nerviosa, Shad alumbra los extremos con su candil, nada, nadie. La risa sigue, el eco la amplifica. Hasta que por fin, el viajero la ubica. La risa del verdugo Sheikah. ¿Por qué no pudo notar su presencia?
—Keaton, basta.
De las sombras aparece el verdugo, Cremia tiembla al verle. ¿Quién es? Su cara oculta por una máscara y la horrible risa. Shad se acerca un poco a él, dándole a orden a ella de retroceder.
—¿Qué hace una mujer del reino enemigo en el templo, viajero? —pregunta el verdugo, desvaneciendo en la oscuridad otra vez. Shad se guía por su voz para encontrarle.
Shad camina sigilosamente, Cremia retrocede hasta chocar con la estatua del cuervo.
—Nada que te importe, Keaton.
El verdugo vuelve a reír, esta vez saliendo de la oscuridad. Salta y se posa en la estatua, Cremia da un pequeño salto provocado por el susto. Shad busca la vaina de su espada, antes de tomarla, el verdugo lanza otra risa.
—¿Piensas desempuñar tu espada en frente de un alto mando? —suspira y se sienta en la estatua, Cremia no sabe si temerle o admirarle, tanta gracia y tanto cinismo, le recuerda al rey de Ikana—, vaya, pasar tiempo en el reino del este te ha cambiado, ¿no es así, viajero? Ó quizá fue esa mujer… ¿Cómo se llamaba? ¡Ah, sí! A-
—¡No te atrevas a mencionarla! —interrumpe Shad, el tono de su voz es imperativo. Cremia creyó que era una persona calmada, comienza a pensarlo dos veces, al parecer no lo es.
Se escuchan pasos que entran al cuarto, el verdugo y el viajero cesan su discusión y hacen una reverencia. La líder ha llegado. Es una mujer esbelta, su vestido es púrpura y en el centro tiene bordado un ojo, el símbolo Sheikah. Su largo cabello blanco está sujetado en una coleta, su tez es un tanto morena, sus pestañas están pintadas de blanco, al igual que sus cejas, sus labios no tienen color. Su rostro refleja serenidad. Por primera vez en Hyrule, Cremia se siente a salvo.
—Dejen sus luchas infantiles para otro día. Lo que me importa es conocer a esta mujer, Shad. ¿Quién dices que es? Y ¿Por qué está aquí? No es muy normal ver a gente del Reino del Este en esta tierra.
Cremia hace una reverencia antes de hablar y se acerca a la líder.
—Soy una emisaria de paz, Ikana ha decidido luchar más. Mi reino está más que cansado de la guerra. Nuestros dioses, nuestra prioridad, no lo aprueban. Hyrule puede quedarse con el Evermore si así lo desea, nadie en mi tribu les detendrá, ni la hechicera, ni el rey y mucho menos yo.
Shad, recargado sobre la estatua, suspira, la historia siempre es la misma. Ikana quiere retirar sus tropas, algo que nadie espera. El Keaton sólo se limita a sonreír, el final de su funesto trabajo está muy cerca, quizá. No, que el Reino del Este dejara el Evermore a alguien tan caprichoso como el príncipe de Hyrule es una decisión estúpida.
—¿Cómo sabemos que tu tribu no nos defraudará? —pregunta la líder, interés en sus ojos.
Cremia se sobresalta, ofendida. El Keaton alza más su sonrisa y espera una respuesta, Shad simplemente quiere que todo termine.
Sheik entra a la habitación silenciosamente, con éxito. Nadie se percata de que está allí, escuchándolo. Se cambió y es por eso que había demorado en llegar. Observa la sonrisa del verdugo, ha levantado un poco su máscara para mostrarla. Sabe que eso no va a terminar bien.
—¡Lo juro por los cuatro gigantes! —es lo único que Cremia logra decir, con la voz entrecortada.
El Keaton baja de la estatua y fugazmente patea los tobillos de Cremia, ella cae. Shad y Sheik observan estupefactos, Impa sólo cierra los ojos. Kafei tiene que torturar, siempre lo hace, sin importar las intenciones. Shad grita ¡Basta!, nadie le escucha. Cremia sube la mirada, encontrándose con el verdugo, a centímetros de ella, observando impaciente.
—Júralo por las diosas. —dice en seco.
Ella llora, niega con la cabeza una y otra vez, una y otra vez. Trata de retroceder, sus tobillos duelen tanto que le es imposible estirarse. Sheik aún está callada, esperando la respuesta de Cremia. Torturar a gente cuya creencia es diferente, horrible. Impa le extiende la mano derecha, para que ella pueda ponerse de pie, sin importar el dolor.
—No me hagas esto, por favor. —solloza.
El Keaton salta, golpeando fuertemente el piso.
—¡JÚRALO!
Ella vuelve a caer, ahora con más dolor.
—¿Por qué quieres que lo haga?
El hombre con la máscara vuelve a reír.
—Por nada, simplemente soy muy creyente y no me gusta que menosprecien a mis diosas.
Cremia traga saliva, ¿Y si todos en el reino son así? ¿Y si la torturan por el simple hecho de creer en los cuatro gigantes? Se arrepiente de haber aceptado ser la emisaria. Impa le extiende la mano de nuevo.
—Bien, si es verdad o no, eso ya no nos concierne. Debes ir al castillo a hablar con el príncipe del reino. Él lo aprobará. Sin embargo, un Sheikah debe llevarte hasta allá—Impa observa a todos los presentes, incluyendo a Sheik. Arquea la ceja a lo que su alumna traga saliva—. Yo no puedo salir de la villa, me temo que no podré ir. No creo que el Keaton quiera ir con alguien que comparte diferente creencia—le dedica una mirada, él hace una reverencia sarcástica, acompañada de una risa—. Ve con Shad, él te protegerá.
—Yo también iré.
Todos en la habitación voltean hacia el extremo izquierdo, allí está Sheik, la valentía en sus ojos.
— — — — —
Del otro lado de Hyrule, en el pico nevado, hogar de la mítica raza Yeti, desciende de entre las nubes una misteriosa luz blanca. Nadie está allí para observarla, ni siquiera los habitantes de la montaña gélida. Minutos después, desaparece. La montaña está envuelta en silencio.
—Por fin hemos llegado a la tierra.
Más personajes, muchos más personajes, y podría decirse que la historia ni siquiera ha empezado bien xD ay, no sé que decir.
De verdad, le hace falta un cambio de aires a la seccioncita de Zelda, insisto, puro Zelink, no hagan eso POR QUÉ. xD ay.
Reviews porfas, son mi vida(?). Por cierto, muchísimas gracias a mi amado Ura, a Zilia K, a belaja y a Magua por los reviews y por las críticas constructivas, si encuentran errores en este capi no duden en decírmelos.
hasta el siguiente capi! (ó si se me ocurre un drabble/oneshot para la sección antes)
