Declaimer: Todos los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, yo sólo juego y me divierto con ellos.

Capítulo II

Tomé una larga ducha, estaba agotadísima y quería dormir toda la noche sin pesadillas. Sequé mi cabello y me hice una trenza para evitar que se anudara, me puse un pijama limpio y me acosté. Me dormí profundamente y de lo próximo que fui consiente fue de la alarma de mi despertador. Una noche sin pesadillas, esto era increíble.

Me preparé para mi día de trabajo, no sería agotador, rara vez alguien entraba en una librería los días domingos, pero los pedidos llegarían y no se podían aplazar.

Me vestí con mi polera desgastada blanca, mis jeans y mis infaltables Converse, deje mi cabello suelto, y solo pinté un poco mis labios.

Me costó un poco abrir sola la librería, pero lo logré. Me instalé en mi silla frente a la computadora que llevaba los registros de las ventas y así comenzó el día más tranquilo que había tenido.

Pero mi tranquilidad duró hasta las cuatro de la tarde, cuando él apareció en la puerta de la librería. Era un chico, hermoso como nunca había visto en mi vida, delgado y desgarbado pero se podía apreciar que tenía músculos ya que su camisa se ceñía a sus brazos y su pecho, su cabello de un lindo color cobre tenía vida propia, sus ojos de un llamativo color verde me llamaban, su mandíbula recta y perfecta.

-¿Señorita? –Su voz me sacó de mi ensoñación, ¿o me hundió más en ella? La voz de este hombre era mucho mejor de lo que imaginé. Me di cuenta de que lo miraba fijamente y él esperaba una respuesta.

-Perdón, buenas tardes, ¿Está buscando algún libro en especial? –Le pregunté mientras dirigía mi mirada al computador para distraerme y salir del hechizo de su mirada.

-No, sólo estoy buscando algo bueno que leer. Nada en especial, solo entretención. –Guau, este hombre quería entretención.

-Esto…. tenemos este ejemplar, llegó hace unos días y ha recibido muy buenas críticas –Le tendí el libro del que todos hablaban y que yo ni siquiera había leído su nombre. Mi amor por la lectura se fue cuando mi madre lo hizo y ya me era imposible volver a ver un libro como antes.

-Sí, creo que he oído hablar de él –Le dio unas vueltas al libro mientras lo miraba por todas partes -¿Me podría mostrar algún otro libro? Creo que me quedaré un tiempo por aquí y necesito variedad.

-Claro, acompáñeme – Salí detrás del mostrador y caminé directamente hacia donde se encontraban los libros que creía le llamarían la atención.

Estuvo casi una hora eligiendo libros, de vez en cuando necesitaba mi ayuda y me llamaba. Lo observaba en silencio y disimuladamente. Sus manos se enredaban en su broncíneo cabello y las envidiaba, sentía curiosidad por su cabello. Su sonrisa era hermosa, sus dientes blancos la hacían resaltan.

Sacudí mi cabeza tratando de concentrarme; estaba en mi trabajo y tenía que terminarlo para luego largarme a casa, Charlie me esperaba en su casa para la jodida cena en familia. Gemí de solo pensar en cómo terminaría eso.

Un aclarado de garganta me sacó de mi ensoñación, el chico estaba parado frente al mostrador con los libros que había escogido.

-Lo siento, me distraje. ¿Esos vas a llevar? – Le pregunté apuntando a los libros, él asintió con la cabeza lentamente, su mirada se encontraba fija en mí.

Me concentré al máximo en mi trabajo, cobré el dinero, le di el cambio y deposité los libros comprados en la bolsita que llevaba el logo de la librería. Cuando le tendí la bolsita, nuestras manos se tocaron, mi piel al rozar la suya produjo miles de descargas eléctricas que recorrieron todo mi cuerpo, envolviéndome. Nuestras miradas se cruzaron y supe que él también lo había sentido. Pero yo bajé mi mirada aturdida.

¿Qué mierda había sido eso?

Con mi otra mano acaricié la piel que él rozó. Su boca se abrió pero no alcanzó a decir nada cuando un tipo bajito y regordete entró con una hoja y fijó su mirada en mí. Estaba confundido, pero luego se encogió de hombros sin darle importancia a que estuviese yo y no Eleazar.

-Señorita, buenas tardes, vengo a hacer entrega del pedido, ¿lo tomará usted?

-Sí, sí, señor, lo tomaré yo – Me puso la hoja encima y yo leí rápidamente que estuviera el pedido completo, cuando vi que así era tomé el lápiz con rapidez y estampé mi firma en la hoja.

-Iré por su pedido.

El señor desapareció unos minutos en los que traté de no fijarme mucho en lo que hacía el chico que aún se encontraba observando libros. El tipo llegó con las cajas que contenían los libros, enciclopedias, y todo lo que vendíamos, en su interior, él solo se limitó a dejarlas en la entrada a un costado de la puerta, luego se dirigió a mí, retiró la hoja de mis manos y comprendí que él se iría y dejaría las cajas ahí.

-Señor, usted no puede…

-Lo siento señorita, tengo prisa y el señor Eleazar siempre las termina de entrar él. Que tenga buenas tardes – Y desapareció. ¡Maldito hijo de puta!

Caminé dando cada paso más fuerte que el otro, estaba furiosa; no era una mujer débil, pero estas cajas pesaban más que yo y otras me doblaban incluso en peso.

-Maldito idiota, que no sabe hacer su puto trabajo. Deberían despedirlo o enseñarle cómo mierda se trabaja. Viejo hijo de puta – Comencé a despotricar sin importarme si alguien me escuchaba, me agaché y traté de tomar la primera puta caja pero pesaba más de lo que podía soportar, enfurecida me puse de pie y pateé fuertemente la caja.

-¿Necesitas ayuda con eso? – Lo busqué con la mirada y estaba atrás de mí, con una media sonrisa en su rostro. Cuando fue consciente del nivel de enfado en el que me encontraba, trató de disimularla, pero no se le dio muy bien, además ya era tarde, yo ya la había visto.

-Esto… no, no te preocupes, no tienes por qué hacerlo – Traté de volver a tomar la caja, sabía que no podría moverla ni un poquito, esto sería completamente vergonzoso.

-No puedo dejarte hacer esto sola, yo las llevo donde corresponden, no tengo problema en eso – Se agachó y tomó la primera caja sin ninguna dificultad. Caminé rápido hacia atrás del mostrador y le pedí que las arrumbara ahí todas. Anoté que el pedido estaba listo y fui a tratar de ayudarlo pero él se negó. Fui hacia la puerta y di vuelta el letrero para que indicara que estaba cerrado.

-Ésta es la última caja – Depositó la caja al lado de las otras dos, y yo le regalé lo más parecido a una sonrisa que pude.

-Muchas gracias, en serio no tenías que hacerlo – Él en cambio me regalo una hermosa sonrisa que me deslumbró por un momento – ¿Necesitas algo? ¿Quieres agua?

-No, gracias. Creo que ya debo irme – Mi rostro se entristeció al oírlo, pero me recompuse con rapidez. Él era un desconocido para mí, ¡¿qué demonios importaba que se fuera?!

-Oh, cierto, ya es tarde – Miré la hora y faltaba una hora exacta para la 'cena familiar' - ¡Mierda! Ya es tarde, yo en verdad lamento haberte molestado.

Me dirigí a la caja y tomé las llaves para cerrar la librería. Activé la alarma contra robos, apagué las luces y salimos de ahí. Suspiré fuertemente y miré el cielo; la lluvia caía intermitentemente sobre nosotros, mi cara se empapó rápidamente, sentía cómo la lluvia se deslizaba por mi rostro. Luego de unos minutos recordé que él aún continuaba a mi lado. Lo miré y me di cuenta de que me estaba mirando con ¿fascinación? No. Debían ser ideas mías. Él debió darse cuenta de que algo malo estaba conmigo, siempre es así. Pero, ¿Por qué no se va?

-En serio, te lo agradezco mucho – Volví a repetirle.

-No hay problema, en serio fue un placer – Lo miré fijamente, algo aturdida. ¿Qué quería decir con eso de 'fue un placer'?

-Debo irme – Anuncié mientras bajaba la vista y miraba mis pies. Debía comprarme unas tenis, las que tenía estaban todas rotas, sentía como el agua se colaba por ellas y me congelaba aún más los pies. Si Charlie las viera, de seguro se enfadaría mucho, pero no me importaba; no ocuparía su estúpido dinero en mis necesidades, para eso yo trabajaba.

-Yo también, se me hace algo tarde – Su voz me sacó de mis pensamientos. Lo miré y él observaba el reloj.

-Hasta pronto – Me despedí y sin esperar su respuesta, me giré apresuradamente a mi desastroso monovolumen.

Desaparecí rápidamente luego de subirme en mi monovolumen. El camino estaba mojado debido a la lluvia, por lo que me tocó manejar con precaución, lo que me era casi imposible ya que el chico del extraño cabello color cobrizo no lograba salir de mi mente.

Me di una ducha corta para relajarme; me esperaba una noche muy lenta, y muy tensa. No disfrutaría ir a cenar donde Charlie, pero por Renée lo haría.

Me puse el único vestido que tenía junto a uno de mis zapatos. Odiaba el color del vestido, odiaba el vestido, odiaba como se veían los zapatos, odiaba este estúpido día.

Me maquillé delicadamente, resaltando mis ojos con delineador y dándole un poco de brillo rosa a mis labios, tomé mi cabello en una coleta dejando unas cuantas hebras sueltas.

Justo cuando estaba terminando de ponerme un abrigo, llegó el auto que envió Charlie. Tomé mi cartera, apagué las luces de la sala y cerré la puerta con llave. Corrí rápidamente al lujoso Mercedes negro que me esperaba afuera de mi casa, miré el auto y solté una inevitable sonrisa, nadie me esperaba para abrir mi puerta. Charlie sabía cuánto odiaba eso, siempre terminaba esperando que el idiota que abría la puerta ingresara al auto para así entrar por las mías. Se notaba que Charlie quería una noche tranquila, pero conmigo eso es inevitable.

Subí al asiento trasero del auto y me senté. No saludé al chofer porque el auto contaba con una división de vidrio polarizada para evitar que el chofer me viera y tener más privacidad. Normalmente se veía quien manejaba pero al ser una noche oscura yo tampoco podía verlo.

Luego de veinte aburridos minutos en el auto, llegamos a la enorme casa de Charlie. Bajé del auto de un saltito y dirigí a la casa. Antes de tocar la puerta le di una última mirada al Mercedes que desaparecía rápidamente.

-Aquí vamos. – Murmuré al aire.

Toqué la enorme puerta tres veces y esperé a que me recibieran.

Unos segundos más tarde, Charlie abría la puerta con una enorme sonrisa en su rostro.

-Isabella, me alegra mucho que vinieras. Te estábamos esperando – No se acerca a mí. No hay besos ni abrazos amorosos. Secretamente lo agradezco.

-Charlie – Le doy un asentimiento seco con mi cabeza. Es lo mejor que puedo darle en estos momentos.

No sé en qué momento accedí a esto. Seguramente mi madre preferiría que me mantuviera lejos de él, celebrando su cumpleaños en nuestra pequeña y humilde casita.

-Estás realmente hermosa, hija – Me alabó Charlie. Le fruncí el ceño automáticamente y él se movió incomodo en sus pies – Pero vamos, entra que te vas a congelar.

Oh, Charlie… Yo ya no siento frío, ya estoy congelada…

Ingresé a la casa torpemente con mis pies temblorosos, mis ojos completamente abiertos y toda mi piel erizada. Mi cuerpo automáticamente se puso en alerta, en busca del peligro.

Nada ha cambiado desde la última vez que estuve aquí. Los mismos retratos familiares en los mismos lugares, Los mismos finos jarros posicionados en los mismos muebles que jamás se mueven. Nada en esta casa me agrada, todo es completamente repugnante. Hasta el enorme retrato de mi madre que Charlie tiene ubicado en su enorme sala principal. No me gusta. No me gusta nada de aquí. Todo está manchado por él. Todo me recuerda a ese día.

Me quiero ir.

Charlie se adelantó a mis atolondrados y lentos pasos y me guío al comedor donde todos ya están ocupando sus lugares.

En el instante en el que entré, toda la sala interrumpió abruptamente sus animadas conversaciones y me miraron como si fuera de otro mundo. Y tienen razón, yo no pertenezco aquí, no pertenezco con ellos. Mi mundo es en mi casita, sola y tranquila.

-Bueno, mi hija Isabella decidió presentarse este año – Murmuró Charlie tratando de romper el incómodo silencio – Creo que ahora sí estamos todos reunidos al fin, así que, comencemos.

Dirigí mi mirada a todos aquellos que aún no quitaban la suya de mí. Les fruncí el ceño uno a uno. Los hermanos de Charlie: Heidi, con su sonrisa perfecta y sus ojos azules; James, con su cabellera rubia y ojos azules; Aro, con su lustrosa cabellera y ojos negros y el siempre solitario Billy. A medida que enfocaba mi vista en ellos, cada uno miraba incomodo hacia otro lado. También estaban los hijos de los hermanos de Charlie: Tanya y Charlotte, hijas de la miserable de Heidi y su esposo Demetri. James; Irina y Laurent, hijos del imbécil de James y su despreciable esposa Victoria. Y por último Eleazar, hijo del jodido enfermo de Aro y su fallecida esposa Sulpicia. El imbécil de Billy no tenía hijos, no tenía mujer, no tenía nada. Su esposa lo abandonó hace ya muchos años.

Todos los presentes son unos jodidos interesados fingiendo ser la familia perfecta y feliz. Nunca estuvieron presentes en los cumpleaños de mi madre, míos o de Charlie hasta que él hizo su asquerosa fortuna. Desde el día en el que Charlie dio a conocer el éxito en su antes pequeña, ahora exitosa empresa de seguridad, las malditas ratas que son su familia comenzaron a llamar y visitarnos más seguido. El dinero. Todo siempre es por el maldito y asqueroso dinero.

Charlie notó mi mirada enfurecida hacia todos los presentes, interrumpiendo mis pensamientos cuando me llama por lo bajo.

-Isabella, por favor, déjame disfrutar de este día, no hagas un escándalo – Me imploró mirando mis ojos fijamente. Pero yo no puedo verlo a la cara, apenas sus ojos hicieron contacto con los míos, oculté rápidamente mi mirada de la suya.

-De acuerdo – Acepté – Mientras antes comencemos con esto, antes podré irme y acabar con esta jodida falsa – Solté sin poder evitarlo y el soltó un suspiro, resignado.

El único lugar disponible y al parecer, especialmente reservado para mí, es el que está al lado derecho de mi padre, que se sienta al frente de la mesa. Al mando, como siempre le ha gustado. A mi lado derecho, Aro me da una sonrisa al ver mi incomodidad por sentarme a su lado. Bastardo.

La comida fue servida y todos los presentes retomaron sus conversaciones con mucho entusiasmo. Todos charlando con todos pero excluyéndome a mí. O yo me excluyo, no lo sé. Aunque tampoco me interesa hablar con ninguno de los presentes. Sé que Charlie intento varias veces comenzar una conversación conmigo pero rápidamente lo dejó al notar que no sacaba nada más que monosílabos como respuesta.

No comí mucho, el estado de alerta que se hizo presente en mi cuerpo cuando ingresé a la casa no me ha dejado aún. Mi cuerpo y mi mente son sabias, saben cuándo y con quién tener cuidado.

Miré los largos pasillos que quedaban a la vista. Yo viví casi toda mi infancia aquí, pero nunca he sentido esta casa como mi casa. Los recuerdos de todo lo vivido me atacan en estos momentos. Pensar que él está aquí presente, viviendo su vida como si nada hubiera pasado…

Sólo unos pocos minutos más y podré irme. Sólo unos pocos minutos más y podré irme. Sólo unos pocos minutos más y podré irme. Sólo unos pocos minutos más y podré irme. Repetía como una mantra, para tratar de tolerar hasta el final de la jodida cena 'en honor de mi madre', quien no ha sido nombrada ni una sola vez desde que llegué aquí. Ni un solo brindis. Nada.

-Charlie, ha sido tan agradable nuestra cena familiar – Murmuró Heidi mirando hacia mí con una estúpida sonrisa burlona estampada en su rostro

¿Cena familiar? ¿Una cena familiar? ¿Esto, una jodida cena familiar?

Mi rostro se tornó rojo a causa de la ira.

-Esto no es una jodida cena familiar – Gruñí con mis dientes fuertemente apretados, tratando de contener toda la ira que se había acumulado en mí.

-Isabella – Me llamó mi padre, advirtiéndome.

-Isabella, nada, Charlie – Bramé furiosamente, llamando la atención de todos los presentes en la mesa – Todos ustedes no son más que unos malditos hipócritas, todos reunidos fingiendo ser una familia perfecta cuando cada uno está jodido de mil formas distintas. Todos ustedes ocultando sus porquerías. Todos ustedes olvidando el verdadero motivo de esta estúpida cena – Arrojé los cubiertos sobre la mesa y me puse de pie mientras dirigía mi mirada furiosa a todos los idiotas presentes.

-Isabella, cálmate – Me pidió Charlie mientras levantaba sus manos en un claro intento de ponerlas sobre mis hombros. Mis ojos se abrieron a causa del pánico. No podía sentir su toque. No lo toleraría.

-No me toques – Le advertí en un susurro. Charlie bajo sus manos de inmediato y murmuró una disculpa.

Todos los ojos de la sala seguían puestos en mí. Debería irme ahora. Debo irme ahora.

-Me voy – Le anuncié a Charlie.

-Pero Isabella, espera a que la cena termine – Pidió Charlie.

-¿Esperar a que la cena termine? ¿Tú esperas a que yo me quede aquí con todos ellos? No puedo, Charlie. Yo no vine a festejar que la familia está reunida.

-Isabella, todos sabemos que hoy es el cumpleaños de tu madre – Masculló Charlie.

-¿Estás seguro? Hace unos minutos todos parecían haberlo olvidado – Gruñí.

-Nadie ha olvidado a Renée, Isabella – Añadió Billy con sarcástica dulzura.

-¡Tú no me hables! – Le grité furiosa.

Toda la habitación quedó en completo silencio. Todas las miradas dirigidas a mí.

Cuadré mis hombros, tomé un largo y profundo respiro y miré nuevamente a Charlie.

-Charlie, si me disculpas, creo que ha llegado el momento de irme – Mi voz se dulcificó notablemente. Charlie parpadeo rápidamente, totalmente confundido por el cambio operado en mí.

-De acuerdo – Hasta la voz de Charlie sonó confundida.

Abandoné el comedor sin despedirme de nadie. Charlie me siguió de cerca, pero no trató de hablar sobre nada hasta llegar a la entrada.

-A pesar de todo, me alegro mucho que vinieras, Isabella.

Asentí secamente con mi cabeza en su dirección.

-Adiós, Charlie – Me despedí cuando divisé el Mercedes esperando por mí bajo la lluvia.

-Cuídate mucho, Isabella.

Caminé directo hacia el auto, abrí mi puerta y entré al auto que comenzó a avanzar de inmediato.

Sabía que era una pésima idea venir a la casa de Charlie. No sé en qué momento se me ocurrió acceder, ahora el cumpleaños de mi madre fue completamente arruinado por esa estúpida cena.

Debería haberme quedado en casa y haberle preparado un pastel. Uno de chocolate, ese era nuestro favorito.

Recuerdo que siempre preparaba un pastel de chocolate los días domingo, antes de irse a dormir, ella cortaba un trozo para mí y uno para ella y juntas lo comíamos en mi habitación, mientras ella leía un libro para mí.

Daría cualquier cosa por volver el tiempo atrás. Por volverla a tener a mi lado, dándome todo su cariño y todo su amor, y yo, entregándole el mío. Acompañándola y ayudándola mientras cocinaba o iba de compras. Acompañándola a cualquier sitio al que ella iba. Ella debería seguir aquí, conmigo.

El mercedes se estacionó frente a mi casa, y yo me apresuré a bajar. No notaba nada a mí alrededor, nada más que la lluvia que caía estrepitosamente sobre mí.

Levanté mi rostro al cielo, dejando que la lluvia se llevara todo lo vivido las últimas horas.

Dejé que las frías y pesadas gotas que cayeran sobre mi rostro. No me importaba que el poco maquillaje que había en mi rostro se estropeara, no importaba que mi pelo y ropa quedaran humedecidos con el agua, pero esta era la única manera que tenía para sacarme toda la mierda vivida las últimas horas.