Ola k asen?! Lo siento, no pude evitarlo XD

Bien, hace unos días pasé el mayor trauma de mi vida: El examen de ingreso a la Universidad *tuuurun*

Pero no es fue tragedia, (excepto matemáticas, esa siempre será mi tragedia) compré algunos libros y leer me inspira :3

En fin, aquí les dejo el capitulo 9 del fic, y de paso les informo que ya estoy trabajando en mi proximo fic (que creo será un Oneshot) ¿A quién le gusta Devil!América? :3

¡Espero que les guste!


El teléfono sonó por quinta vez cuando Lituania lo escuchó. Corrió hasta donde el aparato sonaba insistente, pero para cuando dio el primer paso dentro de la habitación, Rusia ya estaba a un lado del teléfono.

— ¡S-Señor Rusia…! — como siempre el Báltico no pudo evitar temblar ante la presencia del más grande, quien aún no había atendido a quien sea que estuviera llamando. — Yo…Ah…Iba a contestar el teléfono.

— Lleva un buen rato sonando. —Dijo Rusia con su eterna e infantil sonrisa— Es molesto, así que vine a contestar, Da.

— N-no es necesario, y-yo atenderé si…

Privet! —Rusia levantó el audicular antes de que Lituania terminara de hablar, saludando a la persona al otro lado de la línea.

El lituano decidió dejar la habitación, esperando por supuesto no tener problemas por no haber atendido el teléfono desde la primera vez que sonó. Aunque considerando como los ojos de Rusia brillaron al reconocer a quien llamaba, lo más probable era que lo olvidara.

Ya se encontraba a unos pasos de la entrada cuando el ruso colgó el teléfono y caminó en la misma dirección en la que él iba.

— Vendrás conmigo al aeropuerto. —Dijo pasando a su lado como si nada.

— ¡¿Eh?!

— Date prisa, iremos ahora, Da.

Sin poder decir nada, Lituania siguió a un muy alegre —pero aún aterrador— ruso que tomaba su abrigo del perchero, para salir de la casa con una radiante sonrisa dibujada en el rostro.

¿Acaso tendría una reunión con alguien y él no estaba enterado?

¿O era posible que lo visitara alguna amistad?

Convencido más de lo primero que de lo segundo, tomó su propio abrigo y salió junto con Rusia rumbo al aeropuerto.

Veinte minutos, treinta, una hora.

A quien fuera que esperaban en el aeropuerto debía venir de muy lejos como para avisar con tanta anticipación su llegada.

A Lituania lo mataba la curiosidad. Sentía unas ganas terribles de preguntarle a Rusia de quien se trataba; Pero siendo sinceros, el único que se atrevería a hacer tal cosa —más por imprudencia que por valentía— era Letonia. Y para desgracia de Lituania, ninguno de los otros bálticos lo acompañaba, solo estaban él…y Rusia.

La mujer del altavoz anunció la llegada de uno de los vuelos. Rusia se puso de pie y caminó unos pasos hacia el área de recibimiento. Pese a que conservaba su porte imponente al caminar, había una emoción implícita en su forma de moverse, como un cachorro que espera ansioso la llegada de su amo. Aunque la comparación con un cachorro no le parecía la más adecuada para describir al ruso, fue lo primero que llegó a su mente.

Una gran cantidad de personas comenzó a aparecer por la gran entrada con el letrero de "Bienvenidos" en la parte superior. Ninguno de ellos lucía como el tipo de persona con la que la nación rusa pudiese tener relación. Tanto él como Rusia examinaban los rostros que pasaban frente a ellos en busca de la inesperada visita. Lituania por su parte no tenía idea de a quien se suponía que debía identificar entre la multitud

El gentío se reducía gradualmente y la persona aún no aparecía. Pero pronto, un estornudo, y luego:

— ¡Que pinche frío hace, cabrón!

Y cómo no. Antes de que cruzara por la entrada siquiera, Lituania supo de quien se trataba. La visita de Rusia. México.

La nación de tez morena llevaba encima fácilmente unas cinco capas de ropa, —sin contar los guantes, la bufanda y el ridículamente voluminoso abrigo. — y aún así parecía temblar por el frío al que obviamente no estaba acostumbrado.

Lo miró de pies a cabeza en busca de su equipaje, pero este parecía consistir en una única mochila que colgaba del hombro del mexicano.

Rusia caminó hacia México como quien no ha visto a un familiar en años, —la última reunión tuvo lugar hacía tan solo tres días. — y tomando la mochila del moreno dijo:

— ¡Que gusto que estés aquí, Meksika!

Eran contadas las veces en que Lituania había visto al ruso con una sonrisa tan sincera que parecía irreal. Sabía que México y él eran buenos amigos, pero el primero casi nunca lo visitaba, Rusia nunca hablaba de él en casa; Sin embargo, había notado que últimamente conversaban durante las reuniones, y sabía de sobra que pasaban mucho tiempo juntos después de estas, así fuera en un bar o para comer, nunca los había visto tan…¿cerca?

El lituano estaba tan hundido en sus reflexiones que no notó cuando México se paró frente a él para saludar.

— Oye, ¿todo bien, amigo?

— ¿Eh?, ¡Oh! Si, h-hola. —Respondió— Lo siento, es que estaba…bien…

— No te pongas nervioso. —dijo el azabache entre risas, dándole un palmaditas en la espalda. — No vine para nada político; De hecho vengo escapándome de mi Jefe. Aprovecho cuando se apendej… ¡digo!, cuando se distrae para tomarme un descanso.

Asintió con una risita nerviosa. El mexicano le agradaba, sin duda; Solamente que no sabía cómo responder.

— Iremos a casa para que Meksika se instale y después podemos salir, Da.

— ¡Vale! Démonos prisa antes de que muera congelado. —dijo México frotando sus manos enguantadas en sus brazos, o mejor dicho, en la tela del abrigo.

Era tan diferente de Rusia que le costaba creer que fueran buenos amigos. No había tenido oportunidad de conocer a México muy personalmente, así que tal vez lo estaba juzgando demasiado rápido. Quizás él y Rusia tenían cosas en común, —la única de la que tenía conocimiento era el gusto por la bebida— pero aún le resultaba extraño, y ni con el pasar del día logró esclarecer ese misterio.

No sabía decir que era lo que más le gustaba del mexicano.

Su espontánea forma de ser, la calidez de su trato, su contagioso buen humor. Le agradaba, le tenía un afecto especial que no sentía por ninguna otra persona. Sabía que aquel carácter juguetón a veces se encontraba decaído; Ciertamente, México atravesaba ciertas situaciones que —sin darse cuenta— llegaban a afectarlo más de lo que demostraba.

Cuántas veces sintió la necesidad de ayudarlo y sin embargo él siempre respondía lo mismo: "Estoy acostumbrado, me las arreglaré solo". Sumado a eso, no era fácil ofrecer ayuda cuando su vecino es Estados Unidos.

Pensaba que era admirable la forma en la que México llevaba esa relación, que a su parecer era de lo más enfermiza, con el de rubio de lentes. Conocía el tipo de situaciones que había tenido que soportar por causa del estadounidense y era eso lo que en muchas ocasiones le había cuestionado.

Incluso en semanas recientes cuando quedaban de verse; Es decir, ¿Cómo demonios podía considerarlo su amigo después de todo lo que le había hecho hasta la fecha?

Pero en lugar de una respuesta obtenía un cambio de tema, seguido de una despedida y un "Ahí te aviso si tengo tiempo y nos vemos ¿va?". Ni más ni menos. Era evidente que se trataba de una pregunta que México siempre evadiría; Sin importar cuantas veces insistiera, el moreno no respondería y tampoco quería obligarlo. No estaba seguro de cuando, pero llegaría el día en que México no lo soportara más, y entonces, estaría dispuesto a compartir ese secreto.

Tal vez mañana se lo diría, o en la próxima reunión…

Probablemente esa noche.

Pero ¿quién lo sabe?

El cielo prometía nieve con la caída de la noche. Tuvieron que regresar a casa un poco antes debido al rápido descenso en la temperatura; Por más abrigado que estuviera, México había comenzado a quejarse de sus extremidades entumidas y el ardor que el frío le ocasionaba en las mejillas —La única parte del cuerpo que no estaba cubierta— y por supuesto, lo que menos quería Rusia era que su invitado recordara ese día por casi congelarse.

Una vez en casa, pidió a Estonia encender la chimenea mientras Lituania preparaba algo de chocolate, pues sabía lo mucho que al mexicano le gustaba. Se situaron frente al fuego, intercambiando el frío de afuera por el calor que éste ofrecía.

— Uf, dejaré de quejarme del clima de mi casa, —dijo México frotando sus manos— al menos durante unos días.

— La casa de Meksika es muy cálida y acogedora.

— Es que nunca me has visitado en verano, regresarías aquí corriendo. —Le sonrió abiertamente, divertido, y el ruso a su vez sonrió— Pero bueno, ve cuando quieras, ya te lo advertí.

— Lo haré, Da.

Lituania llevó las tazas de chocolate caliente hasta donde se encontraban ellos, y tomándolas, se sentaron cada uno en un sillón a disfrutar el espectáculo de las llamas bailando en la chimenea. El silencio permanecía, pero éste era un silencio diferente, un silencio que no busca llenarse y cuya presencia no es incómoda, sino bien recibida.

El mexicano se deleitó con toda la paz que ese silencio representaba. ¿Por qué no podía ser así siempre? ¿Por qué no podía encontrar esa calma ni siquiera en su propia casa?

Dejó de lado esos pensamientos, devolvió su atención al lugar en que la madera crepitaba y vació su taza de chocolate en sorbos largos y lentos. No quería arruinar el ambiente tranquilo en el que desde hacía tanto no había tenido oportunidad de estar, pero tampoco podía llamarse una visita a uno de sus más grandes compañeros de copas si no hacía honor a tal nombre.

— El chocolate está delicioso y todo pero, quisiera algo un poco más fuerte.

Rusia lo miró con cierta complicidad, levantándose de su asiento y dirigiéndose a un gabinete.

Meksika, sabes que solo tengo vodka, ¿cierto?

—Bueno, al mal paso darle prisa —dijo el mexicano como si de verdad le diera importancia. Si, prefería el tequila, pero si estás con Rusia ¿qué mejor que el vodka?

Dos botellas después y ya no había ni una gota de coherencia en los comentarios del mexicano. Abandonado por completo a los efectos del alcohol, había pasado de reírse por todo a adorar a sus hermanos latinos. Ahora estaba con la espalda recargada en el brazo de Rusia, quien solo atinaba a darle la razón a lo que dijera su borracho amigo.

— ¿Sabes? A veces pienso que no le caigo bien al cejudo de Inglaterra. —dijo arrastrando las palabras y teniendo especial complicación al nombrar a la nación.

— No creo que no le agrades, Da.

— ¡Ja! Sí, claro.

— Creo que le agradas más que Soyedinennyye Shtaty, él lo hace molestar.

México dio un largo trago a su bebida ante la mención del rubio.

— Por favor, dime de alguien a quien el gringo no haga enfadar.

— ¿Hm? —Rusia miró a su compañero sin alcanzar a distinguir la expresión de su rostro, pues donde se encontraba, lo único que veía era su cabello oscuro. — ¿Meksika, sueles enfadarte con él?

— ¡¿Qué clase de pregunta es esa?! —exclamó cambiando su posición de tal forma que lo viera directamente.

— Es solo que él y tú parecen ser muy buenos amigos, Da.

— Es cosa de política. Nuestros territorios están juntos, pero no te equivoques, somos lo más parecido a Francia e Inglaterra.

Pero no quieres que sea así…

—Tal vez somos peores que ellos. La única razón por la que lo aguanto es por mero compromiso. No hay nada que él sienta por mí.

No me hagas reír.

— Y yo tampoco siento nada por él.

¿Ya lo olvidaste? Lo que él dijo.

El Euroasiático lo observó con atención. Escuchó cada palabra con cuidado, con el detenimiento suficiente para darse cuenta de la verdad que el moreno escondía detrás de sus palabras acerca del estadounidense.

— Lo odio. —Comenzó a sentir un calor ascendiendo por su rostro y lo atribuyó al alcohol. — y es todo lo que tengo que decir.

Ese silencio que por un momento significó paz era —ahora— tensión, y por sobretodo una bomba de tiempo.

— Entiendo, Da.

México se dio la vuelta y caminó hacía el pasillo, diciendo antes de retirarse de esa habitación:

— La pasé bien. Buenas noches.

Avanzada la noche y habiéndose quedado frente a la chimenea hasta que el fuego se extinguió completamente, Rusia hizo el camino hasta su habitación, analizando los hechos que hacía unas horas presenció.

Avanzó por el largo y oscuro pasillo ignorando los ruidos que desde el exterior —el aullido del viento, el movimiento de las ramas de un árbol, el ligero sonido de la escarcha cubriendo los cristales de las ventanas— penetraban por las paredes de la casa.

Ignoró también los sonidos del interior: los restos de la madera carbonizándose, sus propios pasos, un llanto proveniente de la habitación de huéspedes…

Pasó inexpresivo frente a dicha puerta, en parte tentado a entrar a tal lugar y hacer que el llanto, el dolor, se detuviera.

Y lo haría.

Le devolvería la vida que creía perdida.

Costase lo que costase.

— También la pasé bien, Meksika. Buenas noches.