Desde el diario de Makoto Kido
~ Ilusiones y sorpresas ~
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Al salir del dormitorio qué compartía con su gemelo, Makoto esbozó una sonrisa amplia.
Sus padres estaban fuera de la habitación y los esperaban, justamente para saludarlos por su cumpleaños.
Su madre tenía el cabello castaño, mucho más corto qué antaño, tanto qué apenas excedía la línea del cuello. Los ojos, de un cálido e indefinido color ámbar qué, a Makoto le encantaba, los miraban con cariño. Era pequeña, físicamente, especialmente al lado de su padre, el cual superaba el metro ochenta.
Se sonrió al ver la expresión desconcertada de Kazuma
¿Acaso su gemelo había olvidado su cumpleaños? Era tan probable como divertido.
Su hermano vivía en las nubes.
Cuando los adultos los saludaron al unísono, al son de la reconocida canción destinada a los cumpleañeros, Kazuma pareció comprender en qué fecha se encontraban. Parpadeó, varias veces, hasta que su ensoñación terminó. Makoto quiso sonreír. Tal vez fuese por su tendencia a leer, a ser silencio —como su tío Shin, Kazuma podía estar en la misma habitación y no ser notado—pero siempre estaba fuera del mundo real.
Jou Kido, vestido impecablemente con un traje —algo bastante poco usual, observó Makoto—los saludó con una sonrisa cariñosa mientras de manera disimulada, miraba su reloj, para asegurarse qué no era tarde para ir a su trabajo.
Mariko hizo el típico conteo jalando de sus orejas, con esa actitud festiva qué se permitía pocas fechas en el año.
Gomamon salto desde la espalda de su padre para saludarlos animadamente al igual qué el digimon de Mariko, qué aunque prefería estar en el Mundo Digital, había acudido a su casa para saludarlos.
—Tomen —murmuró su padre y les entregó un paquete a cada uno.
El regalo de Kazuma estaba envuelto en papel plateado mientras qué el de Makoto era de color verde metalizado.
Se sorprendió, ¿para qué negarlo? Pensó qué con el diario qué le había entregado en la noche su madre, era suficiente. Entonces pensó qué quizás, como su padre no pudo llegar en la noche, ahora les quería compensar.
No era un mal padre, sólo que, generalmente, se exigía demasiado. Su cuerpo no podía soportar la vida de médico y de padre.
Se quedó quieto, en cuanto recibió el regalo, y miró a su padre con una amplia sonrisa. Jou se esforzaba, eso debía tenerlo en cuenta.
—Basta de perder el tiempo. Los he dejado dormir demasiado —Murmuro Mariko, enérgica —Ahora irán a tomar el desayuno. Luego iremos al Mundo Digital.
—Sí, mamá —musitó Kazuma, aún con una expresión divertida. Parecía sorprendido y somnoliento a la vez. —Oh. Un déjà vu —Le escuchó decir Makoto a su gemelo y por eso mismo lo miró, una vez qué sus padres abandonaron el pasillo y comenzaron a recorrer el trayecto había la sala comedor.
—¿Kazuma? —lo llamó Makoto. El aludido lo miró, al instante —Feliz cumpleaños.
—Feliz cumpleaños, Mako. —replicó él.
Sin importar las diferencias qué ellos tuvieran, era bueno comprobar qué las cosas seguían fluyendo de forma natural.
—¿Quién abre primero su regalo? —desafió Kazuma y Makoto sonrió, con diversión. De alguna u otra manera, siempre terminaban desafiándose.
En desafíos se basaba su relación, principalmente.
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Cuarta entrada
Septiembre, 21.
Mis padres han planeado una sorpresa para mí y para mi hermano.
Lo sé muy bien, porque soy mucho más observador qué mi despistado hermano. Eso quiero creer.
No sé bien porque tuve deseos de seguir escribiendo en mi bitácora de sueños, ya qué no puedo hablar de ningún sueño.
Tal necesito a alguien qué me escuche. O no, quizás sólo me apetece escribir un poco.
Como mencioné, es mi cumpleaños, aunque mi padre dice exactamente qué mi cumpleaños no es hasta mañana—legalmente dicen qué mi nacimiento es hoy—. Es una historia graciosa, qué nos hemos enterado gracias a mi abuelo materno. Cuando nació Kazuma faltaban cinco minutos para el cambio de día. Según mi padre, nací dos minutos después de qué terminó el 21 de septiembre. Pero en el registro figura qué está es mi fecha de cumpleaños...
¿Sí me han regalado algo?
Este diario, en principio, y mi padre me ha comprado una pequeña computadora portátil. Ahora, luego de desayunar, debería estar alistándome para salir de casa. ¡Vamos al Mundo Digital!
Esa es otra de mis actividades favoritas.
¿Por qué no tengo clases en una fecha como esta en pleno ciclo escolar? La verdad, sí tengo, pero Kazuma y yo no pensamos asistir. Aprovechamos las escasas ocasione al año en la que nuestra madre nos permite saltarnos las clases.
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La familia Kido Inoue se posiciono frente a la computadora y los gemelos se sonrieron en cuanto pudieron contemplar, en la pantalla, la puerta al Mundo Digital.
Era una ventana digital donde se veía parte de un paisaje extrañamente conocido.
Atravesar la puerta no era complicado, de hecho, sólo al principio sentías un tirón, como sí un hilo invisible jalara de ti para qué entres al mundo digital.
Un parpadeo, y el Mundo Digital estaba a tu alcance.
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Quinta entrada
(continuación)
Soy yo, de vuelta. Tendré que agradecerle a mi madre por el diario, es la tercera vez en el día que me dedico a escribir en él. Sí, lo acepto. Es un diario.
Fue un día divertido.
Y me reí mucho.
Bueno, siempre rió cuando paso tiempo con mis amigos. Quizás amigos es un término poco inclusivo para nosotros. Todos somos como una gran familia, o algo así. Mis tíos son los conocidos digi elegidos, porque hace muchos, muchos años ellos salvaron al mundo digital qué ahora nos pertenece a todos.
Ellos son grandes amigos desde la infancia.
Mi padre siempre me dice qué son un grupo unido. Y le creo. Lo veo siempre qué se reúnen.
Para mí, todos ellos son mis tíos.
El tío Yamato, mi padrino, y la tía Sora, la madrina de Kazuma, son muy cercanos a mi padre. Hoy tía Sora estaba inquieta porque Yoshiro, el más pequeño de sus hijos, comenzaba a hablar, repitiendo las palabras de su padre. Fui divertido. Yoshiro nos regaló un dibujo a mía y a Kazuma. Es un niño pequeño, apenas tiene tres años. Su dibujo, con mi hermano y yo formados por pequeños círculos, líneas y cuadrados fue un lindo detalle. Saori, su hermana, ha estado subida en los árboles desde que llegamos. Eso, o jugando con Yuko.
Tía Tomoyo, la mamá de Yuko, me dijo que mi tío Kou no podía asistir. Kou es el científico que investiga el Mundo Digital.
Tío Daisuke y tía Mitsuko estuvieron un momento, aunque su hijo se quedó con nosotros. Igual hizo tío Taichi, que luego de dejar a Taiyo, se retiró, aunque claro, se disculpó y me regaló una cámara fotográfica para que "empiece a guardar imagenes" Mamá dijo que soy muy chico para eso, pero me la he quedado. Tío Iori y su hija Hoshi vinieron, junto con tía Miyako, mi madrina, y sus hijos, Rei y Ozamu. Tío Ken, el padrino de Kazuma, no pudo venir. Muchos de los adultos trabajan, y pasaron a saludarnos por la tardecita.
Reiko, mi prima, es una de mis mejores amigas pese a qué es un poco más grande qué yo. Y también pese a su excéntrica personalidad.
Bueno, no es como sí nosotros no tuviésemos una relación.
Reiko, Kazuma y yo siempre hemos sido muy cercanos. Y ni hablar de Daiki, qué aunque generalmente discute con Reiko o con Kazuma. Hoy sucedió algo muy gracioso, encontré a Daiki mirando fijamente a Reiko y cuando me vio se ruborizó completamente.
Creo que olvidaba mencionar a tía Mimi, bueno, ella vive en Estados Unidos, pero fue a visitarnos. Su hijo, Kevin, estaba en clases y por eso no llegó. Él está en un horario completo.
Y me olvidé de Tsubasa y Koichi Takaishi. Nuestros rivales. Ellos y nosotros, Kazuma y yo, tenemos un enfrentamiento diario. Somos los únicos pares de hermanos que nacieron el mismo día.
Creo, por el momento que eso es todo. Debería ir a dormir. Aquí ya cenamos, y todos en casa están durmiendo o algo así.
...
Oigo a Bukamon hablar en sueños.
Me pide que despierte.
¿No estoy despierto?
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Makoto cerró los ojos, casi sin poder contenerse, una vez que guardó el pequeño cuaderno marrón bajo la almohada. Estaba físicamente agotado, lo único que quería era descansar. Y, por primera vez en semanas, había logrado conciliar un sueño tranquilo. O eso estaba sucediendo cuando…
—¿Mako? —Alguien le tocó el hombro, y Makoto gruñó, antes de girarse en la cama. Kazuma lo intentó, de nuevo —Mako, despierta.
El mayor de los gemelos encendió el velador, el cual se hallaba al lado de la cama de Kazuma y al menor no le quedó otra opción que abrir los ojos, molesto.
—¿Qué quieres, Kazuma? —Espetó, somnoliento y de mal humor.
—Feliz cumpleaños —Susurró él otro.
Y Makoto se apoyó en sus codos, para incorporarse a medias sobre el colchón. Miró atentamente el rostro de su hermano. Luego, el reloj. Eran exactamente dos minutos despues de las doce.
—Mi cumpleaños fue ayer, Kazuma.
—Papá no dice eso —El otro colocó un paquete de color dorado en el pecho del muchacho, y lo empujó para que lo tomase.
—¿Me compraste algo?
Kazuma se rió. —Gaste todos mis ahorros.
—Gracias… —Sin saber exactamente por qué, Makoto se sentó en la cama a una velocidad inusual y rasgó el envoltorio que envolvía a su regalo.
Se sorprendió cuando vio que se trataba de un medallón. Una K y una M entrelazadas.
—Kazuma y Makoto —dijo Makoto. Kazuma se sorprendió.
—Había pensado en Makoto Kido —musitó el gemelo, al aire. Makoto levantó los ojos, apartandolo del colgante. Kazuma le sonrió y le enseñó el medallón que estaba alrededor de su cuello —Claro que no tonto. Makoto y Kazuma.
—Podrías habérmelo dado ayer. —Se apresuró a decir Makoto —Gracias.
—De nada. No es gran cosa… —Makoto se tragó las ganas de contradecirlo —Mako, lamento lo de la otra noche.
—Está bien, no te preocupes. ¿Nosotros peleamos siempre, no? Como todos los hermanos.
—Como todos los hermanos —repitió Kazuma. Los dos se giraron hacia Crabmon, quien, dormido, lanzó un resoplido. Se rieron. —Mejor me voy a dormir. Buenas noches, está vez, Mako. Que tengas dulces sueños.
Makoto sonrió, de buen ánimo. Kazuma solía saludarle así desde que se enteró de que tenía pesadillas. Eso, cuando estaba de buen humor. Amaba a su hermano, sí, pero eran tan diferentes.
Tan diferentes…
—Buenas noches, Kazuma.
Apagó el velador, y se acostó. Con la vista fija en el techo, el cual apenas era visible gracias a la plateada y eterea luz de la luna que ingresaba a través de la ventana entre abierta. Y con el murmullo del viento que mecía las cortinas, Makoto se dispuso a tener sus dulces sueños.
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Sexta entrada
Septiembre, 25
Se supone que no debo pensar en lo que escribo, pero no puedo evitarlo. Es espantoso.
Veo sangre, mucha sangre goteando desde un cuchillo, ojos rojos como rubíes, una risa espantosa que me acorrala.
Miles de mariposas negras que alzan el vuelo en mi dirección y un lejano sonido que me parece vagamente familiar, como el murmullo del agua cuando choca la costa. ¿Puede ser un mar? He ido varias veces a las playas, y ese sonido me recordó al mar. Pero, al mismo tiempo era diferente. ¿Me explico? Era más… escalofriante de lo que podría describir. Aun así, a pesar de que ese lugar me daba miedo, lo sentía extrañamente familiar…
¿Qué significa? ¿Debo decírselo a alguien?
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Dejando de lado el lápiz, Makoto volvió a releer las lineas que había escrito luego de despertarse sobre saltado a mitad de la noche. Estaba sudando, podía sentir las gotas de sudor, como perlas cristalinas, bañar su rostro.
Había olvidado su sueño en el pequeño instante en el que su mano dejó el lápiz, pero al leerlo, era inevitable que los flashes acudieran a su cabeza, sin previo aviso. Hizo un mohín, apartó el diario, y arrancó la hoja.
No quería escribir de esos sueños. Se sentó sobre su cama, guardando absoluto silencio y frunció el ceño recordando el sueño que hubiese asaltado su descanso momentos antes. Había una sombra… Sí, había una sombra. Clavó sus ojos en el suelo de madera, fulminante. La luz de la luna se filtraba, a través de las pesadas cortinas, y proyecta las sombras de los árboles, que circundaban a la casa, en el suelo de madera. Las ramas se mecían suavemente por la brisa. Caminó hacia la ventana, para cerrarla, puesto que la brisa comenzaba a enfriar la habitación. Aquel frío parecía arremolinarse a su alrededor, de modo que su piel estaba más fría de lo usual.
Makoto movió el rostro, al llegar al ventanal. Por un momento, durante un instante, las calles de la ciudad parecían haberse sumergido en… Agua. Negó con el rostro, ante su imaginación, y dio la espalda a la ciudad de Odaiba, para sumergirse en dulce sueños.
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Lejos, muy lejos, en otro lugar. Una risa estrepitosa acompañaba el sonido del mar de las tinieblas.
Pronto, muy pronto, ese niño iba a caer.
Esperaría, sí, pero sólo un poco más. Llevaba dos décadas esperando. No le molestaba esperar un poco más.
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