Desde el diario de Makoto Kido
~ ¿Sueños sin sentido? ~
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Lo verdaderamente complicado para Makoto, después de eso, fue decirle a su padre como se había herido en el brazo.
Al ver que Jou había tardado más en salir de lo que era costumbre, el menor de sus hijos tuvo la oportunidad de interceptarlo antes de que se marchase, al levantarse de la mesa y le explicó que había tenido un accidente.
Su padre lo miró fijamente, con esos ojos oscuros que parecían querer llegar más allá y Makoto supo que estaba tratando de averiguar si le decía la verdad o no. Como la verdadera explicación de su herida no tenía sentido, no sintió culpa al improvisar una media verdad para convencer al médico de que lo llevase a la clínica.
Por ello mismo, por su preocupación e inquietud, su padre lo llevó consigo al hospital.
Su madre había comenzado a mirarlo asustada, preguntandole que le había sucedido con angustia y examinando su brazo como si tuviese conocimientos médicos de los que carecía. Aunque iba a negarlo toda su vida —porque sentía que era un tonto—le gustó que ella se mostrase preocupada por él.
Su madre lo quería a su propia manera. Sí, a veces le costaba verlo, pero ella lo quería.
Makoto contempló los edificios, las calles, las pesonas, las tiendas mientras estaba en el lado del copiloto en el vehículo de su padre. Toda la multitud avanzaba sin sentido, siguiendo distintos rumbos, causando choques y protestas.
Se movían ágilmente en las calles, a gran velocidad, sorteando obstáculos y transeúntes.
La ciudad gris era un silencioso testigo de la vida acelerada.
—Mako, ¿Has estado durmiendo bien? No te hemos visto levantarte… —dijo Jou, suave, repentinamente recordando una de las más frecuentes preocupaciones que él y Mariko tenían con su hijo menor: el sonambulismo.
Era médico y, cuando de la noche a la mañana, el pequeño había comenzado a tener esos episodios, se había sentido inquieto. Sus colegas le avisaron que el sonambulismo —también conocido como noctambulismo—era más frecuente de lo que todos pensaban. Y más aun en los niños.
Sin embargo, a su esposa, a Mariko, le seguía inquietando —¡Y cuanto! —la frecuencia que tenían esas acciones.
Makoto no hacía mucho.
En general, más a menudo que no, solamente caminaba hacia la computadora.
A veces solamente se detenía frente a la pantalla del ordenador, como esperando algo pero, luego de que ellos le dijesen que nada ocurría —a veces le decían que era hora de volver a la cama y demás—él accedía.
El chico se tensó durante un momento, y luego levantó el brazo, que tenía una venda improvisada —Creo que me he lastimado siendo sonámbulo. No recuerdo que sucedió —mintió.
No era tan extraño, pensó Jou al rememorar toda la información que había recolectado de su investigación improvisada, los sonámbulos son muy sugestionables. Y nunca recuerdan lo que ocurre en esos episodios de actividad nocturna.
Se sintió mal cuando vio que su padre le daba un asentimiento, como confiando en su palabra.
Oh, sí que lo recordaba. Y muy claro.
Pero había sido raro y absurdo. Irreal.
Sin embargo, el galeno no parecía estar satisfecho ahora que había asimilado la información.
—No te oímos… —Vio que Jou apretaba el volante entre sus manos, sintiéndose frustrado por no haberlo notado.
Sonrió, casi sin poder contenerse.
Su padre también lo quería. Nunca lo volvería a dudar.
A veces, no entendía porque de repente se sentía tan desolado cuando ese cariño existía y podía sentirlo.
Podía sentirlo.
Lo querían.
Lo querían.
Era querido.
Su sonrisa se amplió. —No te preocupes, papá. No es nada…
Pero Jou lo miró de soslayo, cuidando de no apartar la mirada de la carretera por demasiado tiempo. Otra vez, lo examinaba ¿Qué quería encontrar? —¿Has estado utilizando el diario? Sé que no han pasado muchos días, pero…
—He escrito, sí, pero muy poco. Nada relevante.
Otra mentira más.
Su padre se mostró perspicaz —Te he visto escribir varias veces —Makoto lo miró sorprendido y el médico se rió de la expresión de su vástago —Puede que no hable mucho, pero eso no dice que sea ciego... Tu madre me ha dicho que te gusta escribir.
Wow. Le interesaba a su madre.
Sintió una ligera calidez en el pecho mientras pensaba en eso.
—Me gusta, sí. Pero no he podido escribir de mis sueños… Yo…
—No te angusties por eso —Lo cortó, para consolarlo. Tampoco quería hacer sentir incómodo a su niño. —¿No has tenido pesadillas, verdad? Eso era lo que buscábamos.
Makoto se mordió la lengua un minuto, cavilando al respecto. No… No podía hablar de su sueño, ¿o sí? Tal vez era mejor honrar a su nombre, de una buena vez, y decirle a su padre las cosas que ocurrían en su mente por las noches, cuando nadie podía ayudarlo… Cuando estaba encerrado en el mundo de los sueños.
—Oye, papá… —Susurró, para captar su atención —Hay algo que quiero-
Sin embargo, el sonido repentino del celular los sobresaltó a ambos. Aturdidos, se miraron por un segundo entre sí, y luego se rieron de la situación.
Jou buscó el celular a tientas y conectó el altavoz para no necesitar utilizar sus manos. Necesitaba conducir con tranquilidad, sin cometer ninguna infracción, pero a la vez, no podía dejar de contestar la llamada. ¿Qué tal si era importante?
—Habla Jou —dijo, en voz alta, mientras maniobraba para salir a la carretera principal.
—¡Jou! ¡Tienes que venir urgente a casa! —Era la voz de Yamato Ishida, su amigo. Makoto jamás había pensado ver —bueno, oír—al señor Ishida en ese estado. Contempló como cambiaba la expresión en el rostro de su padre, de una sonrisa a una mueca —¡Es Sora! ¡Sora y el bebé!
El galeno hizo un movimiento brusco con el volante del vehículo y Makoto se extraño de ese cambio de comportamiento. Parecía que esas simples palabras lo habían puesto en alarma. Una alarma repentina que sorprendió.
Su padre era, generalmente, un hombre tranquilo. Le recordaba a Kazuma…
—Voy para allá, Yamato. Llama a Momoe, la que atiende a Sora, ¿bien? —Procuró calmar al astronauta. Le lanzó una mirada a su reloj de pulsera. —En diez minutos estoy allí.
Makoto miró a su padre con los ojos abiertos como platos cuando escuchó el timbre que anunciaba la finalización del llamado.
—No sabía que mi padrino y tía Sora estaban esperando otro bebé, papá.
Jou miró a su hijo menor con una leve sonrisa —Aún no cumplen los tres meses, no querían decírselo a nadie, pero yo soy el médico de Sora, tu sabes —de hecho, todos sabemos—lo poco que le gustan los hospitales a esa mujer… —musitó, negando con la cabeza, aun manteniendo una sonrisa ligera —He sabido todo debido a que yo le sugerí que se hiciera los estudios. Quizás, de otra forma, Sora no se hubiese enterado de eso…
Sonriendo, Makoto contempló la expresión de su padre con mayor atención.
Su sonrisa se le borró cuando halló una huella de inquietud en su semblante
—¿Sucede algo malo?
Jou se contuvo de decirle a su hijo que Sora tenía problemas con ese embarazo desde que se gestó y que, además, estaba padeciendo dolores nada normales en su estado.
Su hijo no tenía porque conocer esos detalles.
Además estaba preocupado porque los primeros meses son los más críticos.
Esperaba que todo estuviese bien…
Makoto era un niño y nada tenía que preocuparse por esos temas adultos.
—¿Cómo está tu brazo?
El niño levantó las cejas, sorprendido.
Se había olvidado que…
No pensó que su padre…
Su padre se lo había curado casi inmediatamente, con manos firmes y ojos serios, pero había insistido en llevarlo al hospital por la marcar particular que tenía la herida en la piel de Makoto.
La marca que, todavía, persistía. Una huella, parecía.
—Bien. ¡Vamos a casa de tía Sora! Ella es más importante ahora.
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Décima entrada
Octubre, 5.
¿Qué tal? Soy yo, de nuevo. Bueno, en realidad no puedes responderme. En fin, quería hablarte de mi día.
La mañana fue muy complicada para mí. Me desperté con el brazo dolorido y mis padres se pusieron histéricos. Sí, así como suena. Papá me llevaba al hospital, cuando las cosas se complicaron para él…
¿Sabes? Tía Sora estaba embarazada.
Escuché a papá decirle a mamá que había perdido el bebé. Saori y Yoshiro se quedan en mi casa hoy, creo que tía Sora está en el hospital.
Es una pena, supongo que va a ser difícil para ella… Tío Yamato estaba triste cuando trajo a los pequeños, pero al menos, ellos estarán aquí. Mi madre se ha encargado de cuidar al pequeño Yoshi —tiene tres años y medio—que no se queda quieto y junto con Tsunomon, ha recorrido mi casa de arriba abajo.
Saori es más tranquila, creo. Al menos, mientras yo escribo, la puedo ver dibujar sobre un papel. Es menos animada que su hermano, más silenciosa. Tal vez por eso nos llevamos bien… No es que yo sea silencioso al cien por cien —Kazuma lo es más—pero me gusta el silencio cuando escribo. O una suave melodía…
El sonido del agua...
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—Makoto… —Lo llamó la pequeña niña de cabellos rubios y ojos azules. El hijo menor de Jou Kido apartó la mirada de su diario y lo centró en la primogenita de su padrino —¿Cuándo vendrán mis papás, sabes?
Negó, quedamente —No, Saori, lo siento.
La mayor de los Ishida lo contempló con atentos ojos azules —¿Qué escribes?
Makoto se ruborizó de manera inmediata y cerró el libro, por instinto —Mis papás me lo regalaron para mi cumpleaños —Comentó —Y escribo un poco…
—¿Cómo el diario de Yuko?
Yuko Izumi, hija de Koushiro, tenía siete años. Ella y Saori eran compañeras de curso en la primaria, además de conocerse de toda la vida.
—En realidad, es mi bitacora de sueños —Defendió el muchacho de diez años —Pero solo puedo leerlo yo, porque nadie más lo comprendería… Y… ¡Es privado!
Saori soltó una risita —Ya sé que no tengo que leer… Mamá me dice siempre que solo puedo hacer algo si me dan permiso —Habló, con esa mirada cálida y dulce que siempre le regalaba a todo el mundo.
—¡Makoto! ¡Saori! ¡A cenar! —Escuchó que era la voz de su madre la que lo llamaba y dio un salto en la silla, antes de guardar su diario en el escondite secreto.
—¿Puedo confiar en ti, Saori?
Ella lo miró ofendida —¡Claro!
—No le digas a nadie donde está mi bitácora de sueños, ¿de acuerdo?
Saori asintió, efusivamente —¡De acuerdo!
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Onceava entrada
(continuación)
No me duele el brazo en absoluto y ya es hora de dormir.
¡Nunca confiaré de nuevo en nadie que se apellide Ishida, porque el pequeño Yoshiro me quitó mis golosinas!
Se nota que el pequeño Yoshi está acostumbrado a estar contento y que todo la parecía extraño en mi casa, sin sus papás. Por suerte, Saori estaba con él… Sino mi padre iba a tener que tratar de consolar al pelirrojo, que parece ser muy sensible.
Siempre quise un hermano pequeño… Quiero decir, yo siempre soy el menor pero ni siquiera cuenta… Mi hermano y yo nacimos con pocos minutos de diferencia. Aun así, siempre quise tener un hermano pequeño…
Llamó Koichi. ¿Quién es Koichi? Creo que lo he mencionado, pero no dije quien es. Bueno, Koichi es el hijo de tía Hikari y un muy buen amigo. Siempre he tenido muy buenos momentos con él. Podría decir que es mi mejor amigo… después de Kazuma. Aunque él y yo somos hermanos, sé que Kazuma es mi mejor amigo…
Pese a todo.
Koichi también tiene un hermano, se llama Tsubasa… Aun no lo he presentado a ellos tampoco, ¿verdad? Debería hacerlo. Quizás cuando lea esto más grande, me ría de su contenido. Mi padre me confesó hoy que él también tenía un diario… Gracioso ¿no? Me comentó que allí escribió muchas cosas de las que vivió en el digimundo. Y luego mi tío Takeru, que es el papá de Koichi y Tsubasa, usó un poco de su diario —rearmándolo—para escribir algunas cosas de las que mi papá fue testigo y él no…
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Un suave arrullo llegó a sus oídos de manera lenta, como si una ligera melodía hubiese inundado el ambiente de forma repentina pero no desagradable.
Sintió que los ojos le pesaban y bostezó, sintiéndose —de pronto—muy cansado. Las letra que había escrito se confundieron en su campo de visión. Todas ellas se entremezclaron, ávidas, y luego, se dispersaron… hasta que unas pocas se acomodaron nuevamente.
Alcanzó a leer…
El mar, símbolo de inmensidad, se considera como principio y final de la vida. Bajo su superficie… oculta insospechadas profundidades. ¿Quieres saber cuáles, Makoto?
¿Acaso él había escrito esas cosas…?
Parpadeó, quitándose los lentes automáticamente, para limpiarlos —aunque en realidad, no era necesario—y volvió a colocarlos en su sitio antes de poder ver que las líneas se habían vuelto a su lugar.
No hablaba de nada extraño. Aquello no había sido más que una ilusión… ¿Qué era lo que estaba sucediendo?
Eso no podía ser más que otro de sus sueños sin sentido.
—¡Makoto! —llamó, entonces, una voz familiar. Movió la cabeza hacia Kazuma, encontrando que su hermano estaba somnoliento y no tenía los anteojos. Era extrañamente curioso velro así—. ¿No me escuchabas? Llevó hablándote más de diez minutos…
—Lo siento… Yo…
—Da igual… —Bostezó. Makoto no supo cuanto tiempo había estado pensando y divagando. A él le parecían muy pocos minutos pero Kazuma parecía estar ya en vías a llegar al mundo de los sueños —Dice mamá que es hora de dormir. Tengo que apagar la luz… ¿Bien?
Aceptó, con desgana. —Está bien.
Cerró el diario con brusquedad cuando vio que Kazuma se acercaba a hacia él y lo fulminó con la mirada, aunque el otro pareció no notarlo…
—Ve a dormir. Yoshi y Saori ya están descansando… —Volvió a hablar el mayor de los gemelos, ignorando completamente la mirada de su cosanguineo —Buenas noches, Makoto.
En penumbras, con la eterea claridad de la luna como única fuente de luz, Makoto vio a Kazuma regresar a su cama, después de apagar el interruptor.
Se quedó de pie más tiempo del que pretendía y sintió una especie de sabor amargo cuando vio a su hermano hundirse en el colchón para disfrutar del mundo de los sueños. Porque sabía, a ciencia cierta, que mientras Kazuma estaría descansando tranquilamente, él no sabía que le deparaban sus visiones nocturnas…
Y deseó, nuevamente, poder ser como su hermano. No tener tantas complicaciones, ser diferente, más similar a él… Que tenía las cosas más sencillas. Kazuma, siempre, Kazuma.
Negó con la cabeza al ver el rumbo que estaban tomando sus pensamientos. ¡Él no era así! Jamás era así…
Se volvió bruscamente, ignorando la rudeza de sus pisadas y se hundió en la cama, abandonandose a ese cansancio que lo embargó.
Esa noche Makoto soñó que Kazuma desaparecía en las aguas del mar.
Y oyó una risa escalofriante, que sonaba a invitación. Bajo su superficie… oculta insospechadas profundidades. ¿Quieres saber cuáles?
…El mar te está esperando.
