Desde el diario de Makoto Kido
~ Pesadillas ~
...
—Papá, estoy bien. No tienes que preocuparte más —aseguró el niño.
Jou se frotó los ojos, cansado, y volvió la mirada hacia su hijo menor.
Makoto se veía incómodo y no levantó el rostro cuando su padre lo contempló con atención. Se sentía infinitamente inquieto por aquella situación que estaba presentándose como algo habitual.
Lo peor, podría decir, era que aquello resultaba increíblemente molesto.
—Mako, ¿no recuerdas como llegaste a la computadora, entonces?
Sintió un ligero escalofrío y lo único que pudo ver en su mente fueron oleadas de un mar negro.
Era atemorizante en algún modo, pero lo era aun más saber que se había sentido extrañamente atraído hacia él.
Tal vez, en definitiva, algo iba mal en su cabeza. Algo no estaba bien con él.
—No, estaba dormido.
Nuevamente. Era un escenario común. Pese a que sus sueños eran realmente aleatorios y siempre se tornaban en pesadillas, siempre terminaba en el mismo sitio de la casa. Como si las indicaciones de sus pesadillas condujesen sólo a un lugar.
Frente a la computadora, como dispuesto a marcharse del mundo humano.
El galeno frunció el ceño, con preocupación.
Eran las tres de la mañana y él se había quedado hasta tarde leyendo unos informes ligeramente inquietantes que le había enviado Shuu desde el día anterior. Su hermano, que trabajaba habitualmente con Koushiro en la organización que estudiaba el Universo Digital, se había especializado en investigaciones sobre el Digimundo.
Y él, que tenía una clínica que ayudaba a los Digimon, recibía, de tanto en tanto, algunos datos sobre ese sitio.
Shuu le enviaba cosas para que tuviese cuidado cuando viajaba hacia ese plano, en otras palabras.
Como la relación entre ambos mundo era estable, no había tenido que recibir tantos mensajes de su hermano mayor como en el pasado —en ese entonces, llegaba uno a cada semana y todos eran igual de preocupantes—. Y estaba leyendo el último que Shuu le había enviado, cuando vio la figura de su hijo menor deslizándose entre las sombras del corredor.
Supo de inmediato que Makoto no estaba despierto —padecía sonambulismo con una frecuencia que lo pasmaba— y tuvo que seguirlo.
No era conveniente que su hijo de diez años vagase por la casa sin ser conciente de sus actos. Era peligroso, bueno, preocupante. Jou temía, además, que lo despertase alguien ajeno —especialmente, con los Ishida estando en la casa— y eso sólo lo hacía más alarmante.
Afortunadamente, su hijo despertó por si solo, cuando él lo guío de regreso hacia su cama. Sus pequeños invitados, al parecer, no habían notado nada. Ni Kazuma. Ni los Digimon.
Tenía una práctica increíble en eso. En lograr que nadie más lo supiera.
Él y Mariko se turnaban para velar por el sueño del menor de los niños.
—Bien —le acarició el cabello desordenado, antes de arroparlo—. Vuelve a dormir, hijo.
Con cuidado, Jou esquivó las improvisadas camas donde descansaban los hijos de Yamato, que dormían pacíficamente, y suspiró al pensar en Sora, que estaba en ese momento en el hospital. Pronto sería dada de alta, pero no estaba seguro de que la diseñadora se encontrase bien.
No, de hecho, sabía que ella no estaría bien.
Se aferró a la perilla al llegar a la puerta, y, antes de marcharse, le lanzó una última mirada al menor de los gemelos. Le dio una punzada de tristeza el dejarlo allí, entre las sombras pero también se repitió que no era momento de ser paranoico.
Los dos debían descansar. Aunque él aun planeaba resolver algunos detalles.
Cuando se cerró la puerta y su padre desapareció del dormitorio, Makoto se encontró repentinamente solo. Un escalofrío lo recorrió y fue conciente de la oscuridad que inundaba la habitación como una plaga, llegando desde todos los rincones del lugar.
Como si pudiese sentir su peso en cada partícula de su ser.
Escuchó los pasos cansados de su padre, mientras se alejaba, y se sintió mal por hacer que se preocupase. Se sintió mal por ver la expresión de tristeza traslucirse en sus gafas de cristal. Se sitió mal por no hacer más que angustiar a su familia.
Últimamente, eso se le daba muy bien.
Sin pensar, se incorporó sobre el colchón.
No podía dormir y no tenía intenciones de hacerlo, porque no pensaba repetir ese horrible sueño.
Sus ojos buscaron, instintivamente, a su hermano. Bukamon y Crabmon estaban durmiendo y sus respiraciones parecían resaltar por encima de todas las demás. En otra época, él y Kazuma no podían dormir junto con ellos. Resultaba, ahora, impensable hacerlo sin su compañía.
No podía ver a su gemelo, por la oscuridad de la noche, pero sabía dónde se encontraba su cama.
En su sueño, el más recurrente, el sueño que había estado teniendo por semanas, Kazuma estaba siendo tragado por el mar.
Pero eso no era lo peor.
En su sueño, él quería que Kazuma fuese tragado por el mar.
Había sido una sensación igual de inesperada, que horrible. ¡Él no quería que nada le sucediese a su hermano! Y no había podido detenerla, hasta sintió que se ahogaba con aquella irritante sensación de dolor.
Las lágrimas punzaron en sus ojos y hundió el rostro entre sus manos.
Alguien había dicho su nombre en ese momento, cuando estaba de pie frente a una oscura masa de agua. Una voz inesperadamente arrulladora, que se combinaba con el sonido hipnótico de las olas.
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Doceava entrada
Noviembre, 1.
A veces me pregunto si hay algo mal conmigo.
Espero que papá no se dé cuenta de que he salido de mi habitación, porque se preocupará —de nuevo— y no quiero que eso ocurra. No podía quedarme en la cama si quería escribir y no podía encender la luz.
Mamá está dormida, igual que todos los demás, pero mi padre se ha quedado en su estudio, trabajando. Cuando hace eso, pienso que las cosas van mal y no quiere decírmelo. Lo hace tarde para no inquietar a mi madre, a Kazuma o a mí.
Pero me preocupa.
Me preocupa, porque coincide con estos sueños que me siguen. ¿Hay algo mal conmigo, verdad? ¡No quiero que nada le pase a Kazuma!
Me inquieta, no sé qué hacer.
Según mis padres, en las charlas que me han dado, los sonámbulos no recuerdan nada de lo que hacen. Yo no lo hago, pero sí me acuerdo de mis sueños. ¿Qué es ese mar que susurra mi nombre? Debe ser por los cuentos de miedo que Tsubasa se inventa. Tiene la imaginación de tío Takeru.
¿Es gracioso, no? A lo único que le he dicho de mis sueños es a un diario… Siento que no debo, o que no puedo, compartirlo con nadie más.
Son míos.
Pero necesito pensar en otra cosa.
Pronto tendremos un campamento con mi escuela. Iremos al Digimundo. A mí padre le divierte, y dice que hace años, era impensable que fuésemos de excursión a un mundo ajeno como era el de los Digimon. Pero gracias a la gestión conjunta de tío Taichi con algunos de los antiguos niños elegidos del mundo, se ha podido estabilizar la situación.
No sé mucho de eso, pero supongo que es algo bueno.
A Crabmon le agrada que estemos en el Digimundo. Es su hogar, después de todo. Me pregunto si los demás añoran tanto su mundo de origen.
Tal vez. En realidad, no todos quieran estar en nuestro mundo.
Sin ir demasiado lejos, al compañero de mi madre tampoco le gusta estar aquí. Por eso, es muy feliz cuando ella va al Digimundo y pasa tiempo con él.
El Cutemon de mi tía Mitsuko prefiere el mundo digital, lo sé. Siempre ayuda a mi padre porque le gusta ayudar a cuidar a los demás.
Mi Crabmon se queda aquí porque le agrada jugar con Bukamon y pelear con Kazuma. Son muy molestos cuando quieren, pero mi hermano es más propenso a expresar su enfado.
En cambio yo…
En cambio, yo no puedo ni decir que mis sueños me… llaman. Me asustan, también. Pero quiero soñarlos.
Estoy asustado.
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—¿Makoto? —dudó una voz.
El menor de los gemelos Kido, dio un respingo por la sorpresa y sus ojos se dirigieron hacia la figura de su madre.
Mariko llevaba el cabello corto, muy corto. Antes, cuando ellos no tenían más de ocho años, solía llevarlo a la altura de la línea de la barbilla pero pensó que debía cambiar de aspecto. Luego, se había resignado a esperar que creciese porque no le había gustado el resultado.
A Makoto le parecía que cualquier corte estaba bien para ella. Siempre se veía bien.
—Mamá… Yo, he… —vaciló, mientras intentaba guardar su diario detrás de su espalda.
No quería que nadie lo leyese. El contenido de ese diario era solo suyo. Y no quería que nadie tuviese acceso a ello, por el momento. Pudo decirse, en silencio, que era egoísta. Pese a todo, iba a continuar haciendo que otros se preocupasen.
—¿No puedes dormir, hijo?
Mariko dio un paso hacia él, y luego, contempló la puerta entrecerrada de la habitación.
—No —susurró él, encontrando repentinamente interesante el suelo.
La luz lejana, ubicada en uno de los extremos del corredor, era lo único que estaba encendido. Por eso se había instalado allí, para no preocupar a su padre y poder escribir con tranquilidad.
—No debes estar en el pasillo, Makoto. Hace frío —lo medio regañó su madre.
—Lo siento —susurró, apenado.
La mujer se quedó contemplando al menor de sus hijos y extendió la mano hacia él, en un gesto inconsciente, pero la acaricia jamás llegó. Mariko se detuvo, dudosa, a medio camino. Probablemente nunca se entenderían. A ella tampoco le agrado como había sonado su voz al dirigirse a él.
Suspiró, intentando quebrar ese cristalino muro de silencio que se había alzado entre ellos.
—¿Quieres dormir conmigo? —ofreció ella, suavemente.
Nunca había sido del tipo de personas que consienten a los niños de esa forma.
La habían criado así, sin que tuviese inclinaciones por permitir caprichos o algo por el estilo. Nunca había ganado nada con los viejos caprichos en casa de su abuela, que la cuidaba cuando la autora de sus días iba a trabajar. No tuvo hermanos y su madre la cuidó sola desde que su padre se marchó
A veces, olvidaba que se había prometido no repetir viejos errores.
Makoto abrió los ojos como platos, sin poder responder nada. Y Mariko suspiró, con tristeza.
—No puedo dormir si tú padre no está en la cama. A veces pienso que en realidad no sabe que me doy cuenta que se levanta por las noches para leer esos informes de tú tío.
El menor de los gemelos, quiso sonreír. Era divertido, después de todo.
Su padre de verdad creía eso. Creía que los engañaba.
—Papá no quiere que nos preocupemos por eso.
Mariko sonrió, apenas. —Tú padre se preocupa por todo, a veces y no quiere molestarnos con problemas de trabajo.
—Mamá…
—¿Qué ocurre?
—No quiero que Kazuma sepa que dormí contigo.
La mujer se rió un poco, debatiéndose en la duda sobre si su hijo hablaba en serio o no.
—Te despertaré antes que a él —le dijo.
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Treceava entrada
Noviembre, 2.
Anoche no fue una noche tan mala como esperaba. Me quedé con mi madre y dormí mejor de lo que creía. Obviamente, ella se levantó muy temprano para ir a trabajar. A mis padres les gusta mucho su trabajo, si debo decirlo.
Cumplió lo prometido y me despertó.
Ella trabaja con mi tío Iori, en su bufet de abogados. Tuvo que renunciar a su trabajo anterior hace un par de meses por algunos problemas con su jefe.
Kazuma siempre me habla mucho de la hija de tío Iori. Pienso que Hoshi le gusta…
Papá salió de su estudio cuando estábamos desayunando. Le dijo a mamá que se había quedado dormido en el sofá de su despacho y me pregunto porque no le dice a mi madre lo que le preocupa.
Tal vez no lo dijo porque yo estaba allí.
Tío Yamato vino por Saori—chan y Yoshi—chan un par de horas después. Yoshiro me pidió que le dé más golosinas y prometí que le llevaría la próxima vez. Mi tía Sora aun no había vuelto a su casa pero les dijeron a los niños, que su madre estaba con ella. La he visto unas pocas veces a esa señora, en cumpleaños de los pequeños Ishida, pero no sé mucho sobre ella. Sé que a la señora Toshiko le encantan las flores.
A decir verdad, tampoco fue un buen día. Desde que salí de casa y vi el cielo nublado, lo supe. No era el mejor día para estar. En clases me quedé dormido otra vez, pero Kazuma me despertó cuando la profesora llegó al salón.
Después, no volvió a hablarme.
Creo que está molesto por algo, pero no sé que es. ¿O soy yo quien lo evita?
Se supone que los gemelos tienen mejor comunicación entre ellos y a veces pienso que Kazu y yo no nos escuchamos. Mi hermano me confunde. ¿Será porque somos diferentes?
Crabmon se ha comportado raro hoy, también. Me preguntó muchas veces si me sentía bien.
Incluso me dijo que estaba muy pálido. Papá debe de haberle pedido que me vigilase pero debe de haber exagerado. No niego que me siento muy cansado pero es normal en esto. Si no duermo por las noches, no podré descansar así que es como un círculo.
Sueño, tengo pesadillas, me despierto, se preocupan, duermo, sueño, tengo pesadillas, me despierto…
A veces, creo que soy una carga.
A veces creo que debería ir…
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Soltó un suspiro y leyó las últimas frases que había escrito. Frunció el ceño y trazó una línea sobre las últimas siete palabras que habían marcado el papel blanco.
—¿Mako? —susurró Crabmon, desde su posición, detrás de la puerta— Bukamon, Gomamon y yo vamos al Digimundo ¿quieres venir?
Kazuma no estaba en casa porque había quedado en uno de los clubes de la escuela —el cual había cambiado el horario por unos problemas en el aula— y él tuvo que volver porque las computadoras de su salón habían sido extrañamente descompuestas.
El profesor sospechaba que se trataba de una broma pero el menor de los gemelos sabía que era casi imposible sabotear la sala de computación de su escuela. Si alguien había hecho eso, debió ser alguien que supiese mucho de computadoras.
Su madre aun no había regresado. probablemente estaría ocupada en algún caso importante de tío Iori. Seguramente no regresaría temprano, lo que indicaba que él debería pasar más tiempo solo en casa.
Su padre había tenido que ir a ver a tía Sora de manera improvista hacia unos pocos minutos. Ella se sentía bien sólo si él la atendía porque decía que desconfiaba de los médicos.
Gomamon, por eso mismo, se había quedado en la casa. Aunque el hijo de Jou sospechaba que era para vigilancia, para que todo estuviese controlado. Bukamon simplemente no podía estar con Kazuma en la escuela. Crabmon solía ir al digimundo cuando Makoto no estaba en la casa.
Todos tenían una vida bastante independiente.
—No tengo nada que hacer —dijo, sonriendo apenas—. Enseguida voy.
Además, no le gustaba la perspectiva de quedarse solo aunque su padre había prometido no tardar y su hermano debería estar por llegar a su hogar.
Abandonó la escritura y guardó su diario debajo de la almohada. Luego continuaría escribiendo. A veces, pensaba que no había mejor lugar que su diario.
Allí podía encerrar sus temores, conocerlos y sepultarlos. Nadie tenía que saber que soñaba o que le gustaba, sí afirmaba algo o si sus negaciones eran falsas. No temía que lo juzgase y aunque tampoco había nadie que lo entendiese, se sentía mejor al desahogarse.
Crabmon sonrió, emocionado.
Makoto se preguntó si su compañero y él estaban distanciados, porque no había visto esa expresión en mucho tiempo. Trató de recordar algo que pudiese provocar ese entusiasmo en su digimon.
No, no había mucho. No solía ser muy demostrativo.
Tampoco es que fuese fácil para él.
Dicen que los cangrejos ocultan más de lo que muestran, que su caparazón protege pero oculta. que se esconden cuando sienten una amenza. Que hay más de lo que ellos dejan ver. A veces, Makoto pensaba que Crabmon y él se parecían bastante, que ambos se parecían a los cangrejos.
Al menos, él no caminaba lateralmente.
Y notó que si había una distancia entre ellos. Una distancia que antes no estaba pero que, por momentos, se acentuaba. Una que no sabía cómo se había originado, una que no recordaba en qué momento había empezado y una que le causaba pesar.
Tenía que solucionar eso. No le gustaba la soledad.
—¿Por qué quieren ir al Mundo Digital?
—Bueno, no hemos visto a Syakomon en varios días. La echamos de menos.
Syakomon, la caprichosa compañera de Mariko. Solía ser la que regañaba a esos tres digimon marinos que se la pasaban todo el día riendo a costa de los demás. Su padre y Kazuma eran los más propensos a caer.
Sí, era cierto. Últimamente, ella había evitado dirigirse al mundo humano.
—¿Por qué no ha querido venir? —dudó, en voz alta— ¿Tú sabes, Crabmon?
—Creo que tiene miedo.
Se detuvo a mitad de camino, incrédulo —¿Miedo? —repitió, confuso— ¿Por qué?
Desconocía que podía causarle miedo a Syakomon. Era la más testaruda de todos los digimon que había visto. Aunque, tal vez, también la más vulnerable.
—Los digimon han estado comportándose raro. Algunos grupos se han rebelado contra los humanos y destruyeron uno de los…
Pero Crabmon hizo silencio abruptamente, como si hubiese dicho algo inapropiado.
Makoto se dio cuenta de que era lo que tenía a su padre tan preocupado la noche anterior.
También supo que Jou Kido había hablado de sus temores con alguien aunque ese alguien no fuese su esposa y madre de sus hijos. ¿De quién obtendría Crabmon la información sino era de Gomamon? Dudaba que su compañero pudiese leer la mente.
—Pero no te preocupes —replicó el digimon, ignorante de los pensamientos del muchacho— Ha sido en el Continente Server y no en la Isla File. Además, parece que fueron unos pocos… Y todo está bien.
Cuando llegó al salón y vio los rostros sonrientes de Gomamon y Bukamon, deseó creer que todo estaba bien. Algo le decía que era una absurda ilusión, que se romperería como una pompa de jabón y que las gotas de lluvia desatarían una tormenta.
Encendió la computadora, sonriendo y la ventana que indicaba la entrada al mundo digital lo esperaba ya abierta.
Makoto pensó que escuchaba las olas. Que escuchaba el mar.
Sin borrar su sonrisa, cruzó el portal.
