Una aguda carcajada me sacó de mis ensoñaciones.
―¿Mary…? ―murmuré.
Me moví sobre el camastro, orientándome hacia su voz al tiempo que abría los ojos y trataba de enfocar la vista. Un par de sacos de dormir a mi izquierda, una muchacha rubia y desaliñada hablaba con un encapuchado de ropas sucias y rostro cubierto. Yo oía, que no escuchaba. No descifré ningún mensaje que intercambiaran.
Con un gruñido y la boca seca, busqué mi botella de agua a tientas y, tras sacarla de su malogrado escondite, me la llevé a los labios.
―Mary ―llamé, tras aclararme la garganta.
Mi voz interrumpió el discurso. Dos rostros se giraron al momento en mi dirección. Tras hacer patente mi desconcierto, me tensé, y mis dedos estrujaron la botella al distinguirlos.
―¡Mary! ―repetí, con más intensidad. La orden iba implícita en mis palabras: «ven», rogaba. Y ella obedeció.
Cuando se acercó, con la mirada perdida aunque preocupada, yo abrí los brazos. No tardó en refugiarse en ellos. Sin quitar la mirada del encapuchado, me recosté hasta dar con la espalda en la pared sin salir de la maltrecha cama. El rostro de ella se hundió en mi cuello.
―¿Le conoces? ―murmuré a su oído, estrechándola contra mí.
―Llegó aquí ayer por la noche. Se llama Shezza ―musitó ella.
Profundas ojeras bajo los ojos, barba descuidada, pelo enredado. Tras dedicarme un silencioso saludo de reconocimiento golpeando su pecho, el hombre nos dio la espalda y se echó sobre el frío y sucio suelo del lugar. Tragué saliva; su cartera se hallaba en un bolsillo interno de mi chaqueta, a la altura que él había señalado: en mi corazón.
―No quiero que vuelvas a acercarte a él.
Mary se revolvió en mis brazos, pero no la dejé levantar el rostro ni analizarme con sus ojos claros. Tras rendirse, dejó de forcejear y depositó un suave beso en mi hombro.
―Te quiero ―recordó, a media voz.
No contesté.
