La señora Hudson siempre se había portado muy bien conmigo. Si hacía siete meses que me había echado a la calle, a las pocas semanas de hacerlo ya conocía a la bibliotecaria. Su sonrisa amable y el lugar en el que trabajaba, Marylebone Library, se habían convertido en mi segunda casa. Para la mujer sin algún otro pariente y casada con su trabajo, yo era como una hija: me cuidaba, incluso en ocasiones cediéndome su piso en Baker Street para darme una ducha o comer algo, y en la librería me permitía ayudarle a colocar y ordenar los libros para pasar el rato. Como no podía devolverle el favor que me hacía de otra forma, mi pago se traducía en visitarle siempre que podía para hacerle compañía y que no se sintiera sola.

―¡Nos vemos! ―me despedí, tras mi breve visita a la casa para darle algo de conversación a la anciana.

Atravesé la puerta de la casa, recorrí con rapidez el rellano y salí al exterior. Se había hecho de noche. Metí las manos en los bolsillos de mi chaqueta oscura antes de echar a andar, pero no había doblado la esquina cuando un mal presentimiento desbocó los latidos de mi corazón. Un par de ojos atravesaron mi nuca, calibrando mis pasos. Tratando de no alterarme a pesar de sentirme acorralada, recorrí con determinación las calles que me separaban del Regent´s Park y cuando me adentré en el lugar, dejé los caminos para pisar el césped y bordeé los árboles con agilidad.

No llegué muy lejos. Un repentino golpe en mi estómago me hizo doblarme bruscamente por la mitad y boquear para buscar aire, pero no se me dio un respiro. Lo siguiente de lo que fui consciente fue de un garrotazo en la cabeza que me hizo caer y morder el suelo. Paladeé el sabor metálico de la sangre en mi boca antes de escupirla a un lado.

―El dinero, la droga. Buscad… y encontrad.

No tardé en sentir varios pares de manos inmovilizarme y cachearme. Me revolví, tratando de aludir el agarre, y las manos que sujetaban las mías se llevaron un mordisco. Una bofetada rasgó mi mejilla.

―¡Suéltame!

―¿Qué…? ¡Agarradla bien, joder!

Otro par de manos se unió a las que ya me sujetaban, y el trabajo en equipo hizo que, finalmente, pudieran inmovilizarme. Mi chaqueta perdió la cremallera, pero ni bajo esta ni en ninguna parte de mi cuerpo encontraron nada. Una mano me cogió de la barbilla y me obligó a alzar el rostro. Miré a uno de mis captores, temblorosa, irradiando rabia e impotencia.

―Ellie, dónde están.

Paré de moverme en cuanto escuché mi nombre, y miré con más detenimiento el semblante de quien me aludía directamente. ¿Si le conocía? ¿Cómo no iba a conocer a mi camello? Apreté las mandíbulas.

―¿Qué coño te crees que estás haciendo? ―inquirí, tratando de ocultar mi sorpresa.

―Quieren droga y no tengo. Me la compraste toda, tía, estoy a dos velas. Me han robado la pasta que me diste por la mercancía y dicen que me pagarán con ella cuando la tenga. Y no hay, Ellie, no hay. Me… ―enmudeció y se acercó más a mí, confidente. Gruñí, exasperada―. Me matarán. Y no es algo que esté dispuesto a dejar que pase ―carraspeó, antes de volver a alzarse―. Dónde la escondes.

Hubo un quejido apremiante a la espalda del muchacho, quien me miró. El filo de un cuchillo destelló en su mano y el lazo de brazos que me inmovilizaban se apretó. Jadeé, en busca de aire. Un tirón de pelo expuso mi yugular, y el arma no tardó en acariciarla: descendió, arañando mi piel hasta alcanzar la clavícula.

―Vete a la mierda ―escupí.

Hubo un tintineo. Tragué saliva.

―Bonito colgante ―comentó, recogiendo el collar que adornaba mi cuello con el cuchillo que sostenía.

―Ni se te ocurra rozarlo siquiera.

Y no lo hizo. Se escuchó un chasquido, y el peso del colgante en mi cuello desapareció. Mi camello sonrió y me lo puso ante los ojos.

―Vaya, lo siento…

Obvio que no lo hacía. Incapaz de mantenerme quieta por más tiempo, me agité, colérica.

―¡Hijo de…!

No me dio tiempo a acabar la maldición. Hubo otro tirón de pelo y el cuchillo descendió.