El baño de sangre y gritos me hizo naufragar hasta la luz. No es que nunca hubiera creído en ella, pero ahí estaba: la nada. Cegadora, molesta e hiriente nada. Sin ser consciente de lo que era real y lo que no, me dejé mecer por ella, ignorando las voces que me llamaban del Más Allá para que volviera a reincorporarme junto a ellas. ¿Para qué acompañarlas? Era consciente de que allí a donde querían guiarme sufriría. Las drogas y el resto de la parafernalia nunca me habían llevado tan lejos, era entonces que me encontraba donde quería estar. ¿Por qué acudir a la agonía de la vida otra vez?
―¡Ellie, joder! ¡Despierta! ¡Por favor…!
―Señorita Watson... ¡Watson!
De haber controlado mis funciones motoras habría dado más de un manotazo a aquellas moscas insistentes que zumbaban a mi alrededor y trataban de despertarme. «Cinco minutos más…», quise decir. Pero no pude.
―No me dejes… Ellie... ¡Ellie!
«¿Mary? Hace frío. Te echo de menos». Dónde estaba el roce de su cuerpo, sus cálidos abrazos, su mirada acuosa. «Llévame contigo, Mary».
Y así hizo. Cuando quise darme cuenta, navegaba por sus ojos claros de vuelta a la superficie. El ruido se impuso a mi silencio: latidos desbocados, respiraciones forzosas, sollozos quebrantados y trémulos, voces susurrantes y rasgadas. Traté de unirme al jolgorio exterior, pero el dolor me inmovilizó contra la camilla. Parpadeé, desplegando las pestañas, tratando de agudizar el sentido vista. Pude distinguir dos batas blancas. Una de ellas me aconsejó tener cuidado, señalando las heridas de arma blanca que se apreciaban en mi pecho vendado; la otra me sonrió, comprensiva. No tuve tiempo siquiera en preguntarme qué habrían encontrado en mi cuerpo al sanarme y cómo diablos iba a pagar la operación. Un grito rasgó una garganta, y al instante estaba siendo abrazada. Las laceraciones ardieron ante el contacto, y un gemido lastimero brotó de mis labios como respuesta.
―¡Ay, lo siento! ―Mary se apartó con rapidez, pasando a sentarse a un lado de la cama. Sus manos sostuvieron la mía―. ¿Te encuentras bien? Dios, Ellie, ¡eran tantos! ¡Y, encima, armados! Y… Tú, toda esa sangre… ¡Estábamos tan preocupados!
Las exclamaciones me hicieron arrugar la nariz en un mohín cansado. Apenas me sentía capaz de retener la información en la nebulosa que abrumaba mi mente.
―E-Estoy… bien… ―farfullé. Sentía la boca más seca que la suela de un zapato. Traté de incorporarme y acomodarme en los almohadones, pero me quedé a medias de esbozar el gesto―. Espera… ¿Estabais? ¿Tú… y quién más?
Los labios de Mary dibujaron una sonrisa afable. Antes de que se levantara y me dejara ver tras de sí, yo ya sabía el nombre de aquel quien iba a encontrarme.
―Holmes ―gruñí, con voz queda.
Mary frunció el ceño, confusa. El hombre que aludí, desgarbado, simplemente cruzó las manos sobre el regazo y se recostó en su asiento, con una sonrisa aviesa desdibujada en los ojos.
