―Morstan ―llamó el hombre que se hallaba en mi habitación. Cuando Mary lo encaró al escuchar su apellido, él hizo un gesto decidido hacia la puerta. La muchacha se mordió el labio, indecisa, sin querer dejarme. Era evidente, sin embargo, que confiaba en quien conocía como Shezza, así que se inclinó a darme un beso de despedida antes de salir por la puerta indicada y cerrar tras de sí. No hice ademán alguno que delatara mis ganas de moverme.

―Watson ―saludó.

―Holmes ―repliqué, a media voz. Tampoco es que pudiera alzarla más.

―¿Cómo se encuentra?

Fueron dos las cosas que me llamaron la atención de la pregunta: la formalidad –contrastante principalmente con su apariencia callejera y su ropa salpicada de sangre–, y la profesionalidad con la que enmascaró su inquietud. Fruncí el ceño. ¿Qué razones tendría aquel hombre para preocuparse mínimamente por mí?

―Trinchada ―ironicé, enarcando una ceja en su dirección. La sonrisa no duró demasiado, el dolor no tardó en abrirse paso. Me llevé la mano al vientre con un gemido ahogado.

Holmes no tardó en situarse a mi lado. Se inclinó sobre las lucecitas y las máquinas que tenía a mi izquierda y tocó un mismo botón repetidas veces. El efecto fue inmediato, y la calma me asedió como un manto.

―¿Qué…?

―Morfina ―explicó Holmes, situándose de pie junto a la cama―. Es un alcaloide fenantreno del opio. La morfina fue nombrada así por el farmacéutico alemán Friedrich Wilhelm Adam Sertürner en honor a Morfeo, el dios griego de los sueños, debido a sus efectos. Estos pueden traducirse en sopor, insensibilidad, pesadez en los miembros, disminución de la capacidad de concentración…

―Me doy cuenta, sí ―murmuré, notando con total perfección como su voz se hacía lejana. Holmes calló. Yo traté de mantener los ojos abiertos.

―Me alegra que se encuentre estable.

Adecuado adjetivo, sin duda. Ladeé el rostro en su dirección. Me costaba pensar.

―No es quien dice ser ―suspiré, finalmente.

―¿Quién lo es? ―inquirió él.

Volví a callar. Sus perspicaces ojos me observaban, y yo no podía más que sentirme desnuda ante su mirada.

―Su cartera…

―Me ofendería de creerme tan estúpido como para dejar que me la robara.

Parpadeé, confusa. Quizá sus palabras solo hubieran sido producto de mi imaginación. Los párpados se me cerraban...

―¿Perdón? ―mascullé, con un hilillo de voz apenas audible.

La máquina pitó, y los botones volvieron a quejarse. Lo último que percibí antes de caer dormida fueron una promesa y una sonrisa pretenciosa.

―Volveremos a vernos. Descanse, Watson.