No tardé mucho en salir del hospital; mis ganas de permanecer eran nulas, y las de las enfermeras por aguantarme eran equiparables. Lo único que hizo mi estancia en cama llevadera fue la morfina: suerte que aquellos que me atendieron no sabían de mi adición a los opiáceos. Ni siquiera había tenido que pagar el seguro: por lo visto Holmes se había encargado de hacerlo. No le había visto desde su visita y mi despertar en la habitación blanca. La seguridad del lugar era nula: de no ser por el mono y el dolor que perforaba mi vientre cada vez que me estiraba, habría huido de allí mucho antes. No obstante, no fue hasta semanas más tarde que, al fin, me había marchado de allí, y era en el Regent´s Park donde me encontraba. Mi puente, mi río. El islote en el que se hallaba la casucha que algunos de los míos, Mary y yo habíamos ocupado yacía deslucida ante mis ojos. No sabía dónde estaba mi chica, dónde podría encontrar droga o si los que me habían tocado aún moraban en aquel parque.

Di una patada a la barandilla de metal y me coloqué la chaqueta. La morfina que me había llevado del hospital se movió bajo la ropa hasta que logré acomodarme, y luego comencé a andar. Sin embargo, no fui muy lejos: una pelota cortó mi camino. Cuando me agaché a recogerla, pude escuchar un grito.

―¡Eh, aquí! ¡Pasa!

Cuando me giré hacia el origen de la voz con el balón en mis manos, pude ver a un crío de unos seis años frenando la carrera que le había acercado hasta mí. Sus padres le cercaban… No pude evitar acordarme de los míos.

―Aquí tienes ―comenté, devolviéndole la pelota. El chico la atrapó al vuelo.

Al alejarme, muda, pude observar cómo el muchacho volvía al lado de su padre. Juntos, volvieron su atención al juego. Su madre, sentada en el césped, los observaba soltando de vez en cuando alguna carcajada. Tan… familiar…

Con un nudo en la garganta, desvié la mirada y eché a correr. Las lágrimas surcaron mi rostro, y el dolor de la puñalada volvió a rasgar mi alma. Me moví hasta que no pude más y, exhausta, no tardé en caer dormida a la sombra de un árbol lejano.

No sé cuánto tiempo pasó hasta que un tenue cosquilleo sacudió mi columna vertebral. La luz se abría paso entre las ramas de los árboles, y el sol se había movido en el cielo hasta cubrirme como una manta. Aferrada a mi chaqueta, y aún somnolienta, llevé una de mis manos a mis pestañas, enredadas por la sal de mis lágrimas, para restregar mis dedos contra mis ojos y así poder abrirlos. Cuando lo conseguí, me encontré tumbada en el césped. Las sombras de los árboles se recortaban en el mismo suelo en el que yo estaba acostada.

―¿Le ha dicho Morstan que respira demasiado fuerte cuando duerme? Quizá debería ir a consulta, padece un bloqueo en la nariz causado por su tabique nasal izquierdo. Doblado por un puñetazo, asestado por un boxeador de poca monta. Los pómulos o las sienes hubieran sido mejor elección para dejarla fuera de sí, ¿no cree?

―Lo que creo es que habla demasiado ―gruñí, disgustada, llevándome la mano a la cabeza. No porque su voz fuera desagradable, en absoluto, sino por ser incapaz de procesar, recién despierta, tanta información.

―Me ofende usted, Watson ―replicó Holmes, de pie a mi lado. Me desperecé al tiempo que me sentaba y alzaba el rostro hacia él. No parecía molesto, en absoluto, sino entretenido: aquel despliegue de sus conocimientos parecía hacerle feliz. Enarqué una ceja en su dirección, con una sonrisa despreocupada en los labios. Él se acercó y paseó a mi alrededor―. Los puntos débiles del ser humano ayudan a comprenderlo y doblegarlo. Y eso no hace más que recordarles su vulnerabilidad, su mortalidad. ¿Sabe por qué a mí me consideran algo más que un simple humano? ¿Por qué mi figura es reconocida y ensalzada hasta el punto de resultar molesto?

Pasé mis manos por mi rostro para despejarme y luego me apoyé en el suelo para levantarme. Incluso en pie, el hombre me sacaba unas cabezas. Elevé la mirada hasta la suya y ladeé la cabeza, impasible.

―Sorpréndame.

Él esbozó una sonrisa pretenciosa.

―A la gente le atrae lo desconocido: sé los puntos débiles de los demás, pero nadie, hasta el momento, ha sido capaz de averiguar los míos.

Bufé. Iba a escupir una réplica sarcástica, pero no me dio tiempo. Cuando quise darme cuenta, sentí un golpe en el abdomen. Mi almohada herbácea acudió a mi rescate cuando sucumbí a la gravedad. Sus palabras fueron lo último que escuché antes de desvanecerme.

«Conoce las flaquezas de tu organismo, y podrás defenderlo; conoce a tu enemigo, y podrás neutralizarlo».