II

Siento que me caigo, y esa sensación me despierta. No es nada extraño, le pasa a mucha gente, lo extraño sería que a ti no te hubiese pasado nunca. Me hago una bola en la cama y permanezco en posición fetal un rato largo. No consigo volver a dormirme y tampoco sé si puedo. Mirar la fecha en el despertador. No, no puedo. Es martes. Levantarse y pasar frío, quejarse y querer volver a la cama, pero no puedo porque es martes. Ropa, comida, libros. Salir de casa. Realizar automáticamente el camino de todos los días, sentarme en la parada del autobús. Hace frío. Llega el autobús. Pero antes de que me suba cierra la puerta, se marcha dirección al mar y se pierde en el horizonte. Me quito los zapatos, que se me han llenado de arena, suspiro y gruño.

Siento que me caigo y esa sensación me despierta. Me hago una bola en la cama y permanezco en posición fetal un rato largo. No consigo volver a dormirme y tampoco sé si puedo. Mirar la fecha en el despertador. Es sábado, sí que puedo.

Cuando tenía siete años me decían que me estiraba como un gato, a mí me gustaba porque me parecía a mi mascota, Alcachofa. Alcachofa era un gato gordo e interesado que te hacía mimos cuando quería comer. Daba la casualidad de que por las mañanas siempre estaba hambriento y venía a despertarme con sus ronroneos. Yo le acariciaba un rato y luego le daba su lata de comida para gatos, con la que se ponía las botas. Pero entonces tuve ocho años, me desperté y me di cuenta de que no teníamos ningún gato, y lloré porque quería un Alcachofa que acariciar...

Siento que me caigo y esa sensación me despierta. Me hago una bola en la cama y permanezco en posición fetal un rato largo. No consigo volver a dormirme y tampoco sé si puedo. Mirar la fecha en el despertador. Sigue siendo sábado, pero son las tres y ya no tengo sueño.

— Cebollas, café, papel higiénico, doscientos cincuenta gramos de pechuga de pavo. —

Me abrocho el chubasquero, saco el paraguas del paragüero, todavía no ha secado del todo y salpico el suelo de pequeñas gotitas. Salir, cerrar la puerta, ascensor, marcar cero.

— Cebollas, café, papel higiénico, doscientos cincuenta gramos de pechuga de pavo. —

Camino recto. La lluvia golpea el paraguas, es un sonido agradable. Apenas me cruzo a nadie hasta la siguiente calle, la lluvia y el silencio crean un paisaje de lo más melancólico

— Cebollas, café, papel higiénico, doscientos cincuenta gramos de pechuga de pavo.—

Camino entre la ajetreada multitud. Evito sacarle a nadie un ojo con las esquinas del paraguas, pero a nadie parece importarle lo que le pase a mis córneas. El agua golpea el bordillo de la acera, salpica. Se han formado pequeñas piscinitas para insectos a lo largo de toda la estrada. No es que yo dude de la capacidad de los comoquieraquesellamen que se encargan de asfaltar las carreteras, pero no sé hasta qué punto tanta agua puede ser segura para el tráfico.

— Cebollas, café, papel higiénico, doscientos cincuenta gramos de pechuga de pavo. —

Entrar al supermercado, cebollas, café, papel higiénico, doscientos cincuenta gramos de pechuga de pavo. Pagar, la bolsa pesa, salir. La gente va de un lado para otro. Abrir paraguas. Silencio. La calle está desierta. Suspiro.

— Cebollas, café, papel higiénico, doscientos cincuenta gramos de… —

No hay nadie, allá a dónde mire, nadie, ni una sola persona. Ni un coche, ni un autobús, ni una bicicleta. Las persianas de absolutamente todos los edificios están bajadas. Lamentablemente no me sorprende.

— Hace tiempo que no me sorprende.—

Sigo caminando, recto, hasta el final de la calle, bajo una pendiente y giro a la derecha. Ni un gato en un callejón. Vuelvo hacia atrás y me voy por la izquierda. Ni pájaros, ni si quiera esos molestos estorninos que no hacen más que ensuciar. Pero no me sorprende. Seguir recto, seguir recto, seguir recto, quizás a la derecha en el cruce, hasta la parada de autobús. Entonces lo veo.

Me paro en seco. Una persona. Pienso que mis ojos me engañan, pero a medida que me aproximo me aseguro de que ya no soy el único ser vivo de esta ciudad.

— Esto sí que es una sorpresa. —

Sentado, esperando el autobús. Ciento setenta y cinco centímetros. Me acerco. Me mira. Sigue mirándome, simplemente me mira y simplemente le miro, sin ninguna expresión. Debería decir algo, pero la emoción me ha paralizado por completo. Contengo la respiración, el tiempo parece haberse congelado y temo a la más mínima inspiración. Sigue mirándome. Sigo mirándole. La ciudad se ha sumido en el más absoluto silencio y puedo escuchar, como si fuera en voz alta, mis propios pensamientos. Me pregunto si podría escuchar los suyos. Trago saliva y despego los labios. Entonces se rompe el contacto visual, sigue mirándome, pero ya no mira mis ojos, mira mi… ¿Paraguas? No llueve, y el sol brilla con fuerza. Cierro el paraguas, está seco. La sorpresa del momento hace que hasta de esto me sorprenda. Pego los labios de nuevo.

— Pero sé que nada de esto…—

— Hola. — Habla. Me habla e interrumpe mis propios sentamientos.

— Hola. — Respondo. Me siento en el banco. Miro el suelo, completamente seco, como si no hubiese llovido en absoluto estos días.

— Hace un calor espantoso, ¿no crees? — Quizás realmente esté pensando en voz alta.

— Sin duda. — Sonríe, tranquilo.

Quizás no se haya percatado del hecho de que no haya una mísera persona a nuestro alrededor, ni el pronóstico de que vaya a haberla. Llega el autobús, como de costumbre. Él se levanta. Nervios. Siempre llega el autobús, y siempre se marcha. Las puertas se abren, dentro de este tampoco hay nadie. Se acerca, va a entrar, casi tiene un pie en el escalón. Se gira.

— ¿No subes? — Se me acelera el pulso. ¿Subir? Lo miro, miro al autobús, y de nuevo a él. Me levanto. Sé lo que va a pasar. Ahora mismo el autobús se marchará y se perderá en el horizonte. Las puertas siguen abiertas y él ya ha subido. Se marchará, en cuanto intente poner un pie en el escalón se marchará.

— Porque nada de esto es… —

Siento que me caigo y… Me caigo, literalmente. Tropiezo con el escalón y mi cara da de bruces contra el suelo. De pronto, como si hubiese tenido los oídos taponados, estos vuelven a funcionar, sonidos, murmullos, alguna risa. Gente, la gente ha vuelto y está por todas partes. Estoy en el autobús, en el suelo, y la gente me mira.

— Vaya, ¿estás bien? —Ciento setenta y cinco centímetros me mira entre divertido y preocupado. Y el conductor tose apresurado. Me levanto. Respiro hondo. La gente sigue mirándome y el conductor carraspea otra vez.

— Perdón. —

Me adentro en el autobús y las miradas desaparecen. Me siento, temblando y sin salir de mi asombro. El autobús se pone en marcha, conmigo dentro.

— ¿Esto es real?—

FIN DEL SEGUNDO ACTO