III
Si fuera una hormiga me aterraría cruzar la calle Hace calor, demasiado calor, el asfalto parece una sartén rebosante de aceite. Apoyo la cara contra la mesa, está fría, pero no durará mucho.
Monté en el autobús.
Las voces se superponen y forman un murmullo agradable que envuelve toda el aula. Cierro los ojos. Los abro, pero no aquí, los abro en mi cabeza, o en alguna otra parte, lejos del murmullo agradable, del calor y la mesa fría. Y veo sus ojos, vuelvo a esos segundos dónde el tiempo pareció detenerse y siento como si nunca hubiese vuelto a fluir. En la parada de autobús, en la ciudad vacía. Habla, pero no le escucho, veo mover sus labios, pero no hay sonido. Pero sé qué está diciendo.
— Hola. — Sonríe.
He traído bufanda y los termómetros rondan los treinta grados centígrados. Ni si quiera sé en qué mes estamos, puede que sea Mayo, puede que sea Junio, puede que estemos ante un inusual y prolongado verano a comienzos de Octubre. No sé cuándo he perdido la noción del tiempo. Acaricio ligeramente la bufanda de lana. No sé cuándo he perdido la noción del tiempo. Me hago un ovillo al pie de las escaleras y entierro la cabeza en las rodillas. No sé cuándo he perdido la noción del tiempo.
Camino y la calle, quizás por el calor, parece no acabarse nunca, mi vista no alcanza el fondo de esta, tan solo una inmensidad de edificios y una calzada sin fin. Sudor. Labios secos. Hace demasiado condenado calor. Desisto y me refugio en un banco a la sombra. En el período de tiempo en el que me quedo completamente abstraída y penetro el alquitrán de la carretera con la mirada, se cruzan en mi nublado campo de visión dos coches, un autobús y una señora en bicicleta. El aire que respiro está caliente, lo noto y me produce nauseas. Me recuesto contra el banco y echo la cabeza hacia atrás con la esperanza de no perder la poca sangre que debe de quedarme en la cabeza. Mis ojos se encuentran con un enorme cielo azul absolutamente despejado, los gases del efecto invernadero deben de estar haciendo estupendamente su trabajo porque yo desde luego me estoy cociendo viva. Cierro los ojos, tanto azul empieza a molestarme.
De nuevo la parada de autobús. Despego los labios para hablar, por fin.
— Nos hemos visto antes. —
Cantan las cigarras, siempre me ha parecido un ruido muy agradable. Las cigarras sólo cantan en verano.
— ¿Sí? — Sonríe. — ¿Dónde? — Pregunta, pero no habla, solamente mueve los labios, y yo me imagino su voz, distorsionada.
No es una mala pregunta.
— En un sueño, quizás. — Respondo.
— ¿Quizás? — Se divierte.
Desvío la mirada.
— No lo tengo muy claro. — No lo tengo claro en absoluto.
Abro los ojos de nuevo, ya no hay azul que me moleste, solo un violeta indiferente.
Me levanto, veo pasar un autobús, no, veo pasar el autobús. Que se pierde en el horizonte, como acostumbra a hacer, y una vez más mis zapatos se llenan de arena. Suspirar, quitarme los zapatos, caminar, descalza. Escucho un maullido. Me giro. Una bola peluda me mira desde un rincón. Treinta centímetros y sin cola. Maúlla de nuevo. Nos miramos, y tengo un ligero dejavú. Me pierdo en los ojos del gato durante un rato largo, que me miran fijamente. Miau.
Se gira lentamente, me mira de nuevo, y se marcha por el callejón.
Sonrío. Me pregunto cómo se sintió Alicia, por qué siguió al conejo, y no regresó a por una taza de té con pastas. Me pregunto si sintió miedo cayéndose por la madriguera. Me pregunto si realmente quería volver. Me pregunto si sabía que estaba loca.
— Quizás el conejo sólo era una escusa. — Me digo.
Silencio.
— Yo no soy Alicia. — Me respondo.
Y ella se ríe de mí.
Parada de autobús. El autobús no ha llegado, o igual ya se ha marchado. Silencio. No hay nadie, estoy sola, en la ciudad vacía. Sola, salvo él. Sentados en el banco, esperando al autobús. Le miro. Miro la carretera, en la acera de enfrente Treinta centímetros parece tomar el sol espatarrado en un muro. Suspiro. Me recuesto hacia atrás, hace calor.
Viene el autobús. Vacío. Él sube. Yo subo. Puedo subir. No hay nadie más. Ni si quiera un conductor, el autobús parece moverse por gracia divina. Me siento, cuarto asiento a la izquierda. Se sienta, quinto asiento a la izquierda.
El autobús se pone en marcha, recorremos calles vacías.
— Oye. — Hablo. — ¿A dónde vamos? — Apoyo la cabeza contra la ventanilla.
Él se encoge de hombros, lo veo reflejado en el cristal.
Se para el autobús. Abre las puertas. Bajamos. Mirar a la izquierda, mirar a la derecha. Sigue sin haber ni un alma. Echo a andar, no conozco esta calle. Cientosetentaycincocentímetros me sigue.
Escaparate, ya conozco esta calle, es la tienda de electrónica que veo desde la parada de autobús. Me pregunto cómo de inútil habrá sido el trayecto en autobús para acabar en el mismo sitio. Suspiro irritada. Nunca me había fijado en el interior del escaparate, normalmente sólo veo mi reflejo.
— ¿Sabes? — Tomo aire. — Me gustan los programas de televisión dónde la gente gana dinero, si compiten varios siempre animo al que va ganando, quiero que consiga más. Me siento muy materialista. De todos modos me parecería humillante participar en alguno de esos programas, qué vergüenza. Sobre todo los presentadores graciosillos, esos me parecen todos unos idiotas. — Ambos miramos los televisores del escaparate. Me escucha. — Otra cosa que me gusta son los anuncios, debo de ser de las pocas personas del planeta a la que le gustan, pero no sé, me gustan, especialmente los que están bien hechos, los que son creativos, o los que tienen música envolvente. También me gustan los que muestran la vida en las ciudades. Me gustan las ciudades. —
— Te gustan muchas cosas. — Me interrumpe.
Ladeo la cabeza. Hago silencio durante un rato.
— En realidad suelo cansarme pronto. — Me canso, y echamos a andar de nuevo, dejando atrás la tienda de electrónica.
Treintacentímetros se estira y ronronea. Pienso en algo y me paro en seco. Él se para detrás de mí.
— Oye, ¿te gustan los anuncios? — Pregunto.
Silencio. Se lo piensa. Sonríe.
— No especialmente. —
Echa a andar y me pasa por delante.
— Tiene gracia. — Suelto una ligera risita. — De las pocas personas del planeta…
Le sigo. Treintacentímetros nos sigue por la acera de enfrente. Caminamos en silencio un largo rato. Las preguntas se acumulan en mi garganta, pero tras meses de desconcierto he aprendido a ser paciente y a dejar de hacer preguntas, sin embargo, este reciente sujeto ha abierto una pequeña grieta en la muralla de incertidumbre que me rodea, y no puedo evitar sentir la impaciencia y los nervios que crecen en mi interior.
— ¿Quién eres? — Pregunto, sintiendo que las cadenas que contenían mis preguntas han sido liberadas, llenas de satisfacción. Se detiene, mira al frente, Treintacentímetros viene hacia nosotros, atravesando el asfalto, cuando de pronto la vida vuelve a la ciudad y un autobús se lo lleva por delante. Ahogo un grito y retrocedo, pero cuando el autobús pasa, no hay rastro de gato, ya sea vivo o aplastado.
— Es hora de volver a casa. — Me dice, pero ya no está.
El cielo está oscuro y me dirijo a algún lugar.
FIN DEL TERCER ACTO.
