Era su cuarto día fuera de la base. Procuró llevar lo necesario para sobrevivir una semana, pero sus pokémon se encargaron de comerse todo, dejándolo con la opción de comer los frutos de los árboles, opción que le desagradó porque prefería, desde siempre, comer golosinas y no frutas. Tenía que volver a la fragata antes de morir de hambre.
Estaba decidido a volver; no sólo por la comida: también tenía que hablar con Leaf. Aquella noche, en la cual sus sentimientos por ella se vieron descubiertos, había causado en él, de pronto un cierto temor. Esperaba que el momento fuera sellado con un beso, o al menos con un abrazo. Pero no pasó nada de eso. La reacción de Leaf fue bastante extraña: primero algo de felicidad, y luego algo de tristeza.
Y ahora estaba ahí, algo lejos de la fragata. Lejos de saber cómo quedarían las cosas entre ellos porque prefirió huir por la vergüenza que le daría volver a verla. ¿Y si ella estaba preocupada porque no lo encontraba?, ¿Y qué tal si estaba feliz por no verlo ahí?, ¿Y si no se había dado cuenta que él no estaba? No iba a poder saberlo hasta que volviera.
Su paso era algo lento, aunque algunas veces aceleraba su caminar. Quería llegar para comer algo porque el sabor de las Bayas Pecha era tan natural que le desagradaba. Pero a la vez no quería llegar, y verla a ella, junto con Alvah.
-Alvah… -fue lo único que dijo después de horas de caminata sin hablar
Ese muchacho se había convertido en una amenaza para él. Después de conocerlo, y en cada oportunidad que tenía, observó las interacciones entre Alvah y Leaf. Y esa mirada con la que el recluta la miraba. Era lo que más le desagradaba.
Apresuró su paso mientras recordaba eso. Eran imágenes que quería olvidar porque no le gustaban y que, a la vez, quería recordar para alimentar su odio irracional hacia el joven. Sentía que le quitaban lo único que de verdad quería. Lo único que quería más que la ciencia.
La ciencia. Ella lo había metido en este embrollo. Si no hubiera ido a Castelia esa mañana a investigar y por consiguiente, si esa noche no hubiera caminado por la Plaza Central para olvidar que su excursión fue un desastre, no la hubiera conocido, no se hubiera interesado en investigar a sus pokémon.
Y no se hubiera enamorado de ella.
No se hubiera preocupado cuando esa noche la llevó a la fragata, porque Ghetsis le amenazó: si la chica causaba problemas, ambos tendrían que irse. No se hubiera preocupado el segundo día, cuando las compañeras de Leaf tiraron las pertenencias de la entrenadora porque a ella le habían permitido tener sus cosas. No se hubiera preocupado una semana después, cuando ella, en un accidente sin sentido, se cortó la mano con unos vasos que tenía que lavar. No se hubiera preocupado después de hablar sobre tomar ventaja de otros, porque supo en ese momento que ella era un ser humano inocente. No se hubiera preocupado cuando la vio llorar por su Lucario fallecido, aunque para ese punto preocuparse por ella no representaba más un evento insólito. No se hubiera preocupado cuando se fue a Driftveil, e incluso se lamentó durante el torneo el no haberla llevado con él porque quería recorrer un poco la ciudad con ella. No se hubiera preocupado de muerte cuando estaban capturando a Kyurem, porque pensó que si ella moría en ese lugar, él también, aunque en un modo simbólico.
Esa preocupación constante le hizo caminar más lento. Estaba preocupado. No porque estuviera en peligro, si no porque Alvah estaba con ella.
-¿Son celos? –se preguntó a sí mismo. No se dio cuenta de que había dicho algo en voz alta
Recordó que sintió un extraño vacío en el pecho la primera vez que los vio juntos. Y la segunda vez, en el comedor, cuando los vio sentados a la misma mesa, riendo de alguna anécdota o broma. La tercera vez, cuando los vio corriendo por los pasillos en un juego infantil en el cual Alvah podría hacerle cosquillas una vez que la alcanzara; y Colress se preguntó por qué él no podía hacer eso. Y las semanas que pasaron sin verse, cuando estaba decidido a conversar con ella y la buscaba en el dormitorio. Nick, Rena o Jun, o algunas veces los tres, siempre le contestaban lo mismo: "Está entrenando con Alvah"; y Colress se preguntó por qué no entrenaba con él.
-Sí… son celos… -se respondió después de meditarlo. Y sonrió, satisfecho por haber encontrado la respuesta.
Su paso fue uno normal, aunque aún tenía muchas cosas en qué pensar, porque todas esas cosas que sentía no las entendía, y pensó que, tal vez, nunca las iba a entender.
Como la furia. El enojo que sintió cuando aquella tonta recluta habló mal de Leaf. O como aquella vez que decidió encargarse de aquellas que encerraron a Leaf, guiado por la rabia. Y el enojo que sentía hacia Ghetsis sólo se acrecentó aquél día que le hizo daño.
Sus manos temblaron, y sintió calor. Y esa furia. Aquél enojo que Leaf lograba calmar, como si fuera una especie de cura mágica que la ciencia no podría igualar nunca.
Esas veces que Leaf permanecía junto a él noches enteras ayudándole ordenando información, eran sus preferidas, porque podían hablar de cualquier cosa mientras trabajaban. Esas veces que Leaf jugaba con Magneton, Beheeyem, Metang y Klinklang le hacían sentirse bien, porque sus compañeros aceptaban que ella estuviera ahí. Esas veces que ella caminaba junto a él le hacían sentirse interesante, porque no importaba si hablaba de ciencia o de cómo odiaba comer frutas, ella siempre escuchaba. Esas veces que Leaf llegaba y lo abrazaba "sólo porque sí" le hacían sentirse querido. Esas veces que ella jugaba con su cabello, sobre todo con el mechón azul, jalándolo con suavidad, le hacían sentirse nervioso porque se acercaban bastante. Esas veces que Leaf se quedaba dormida junto a él, cansada por tanto limpiar el dormitorio, cocinando, lavando trastes y demás, le hacían sentir que sólo él podía protegerla.
Pensó que prefería miles de veces aquella etapa en la que Leaf era la sirvienta. Esta parte de la historia no le gustó porque casi no se veían, porque Alvah estaba cerca. Porque Alvah ahora la protegía.
Cuando se dio cuenta estaba a la orilla del mar, con la fragata frente a él. No supo cómo había llegado, porque sólo caminó y miró hacia enfrente, con la mente pensando toda clase de cosas menos en el peligro que suponía ir solo. Entró al barco, quiso ir al laboratorio y descansar de tanto caminar. Después de pensarlo bien supo que no podría hablar normalmente con ella.
No le importó que los pasillos se sintieran más fríos de lo normal, y mucho menos Kyurem, que rugió cuando lo vio entrar. Ahora estaba frente a la puerta de su laboratorio, pero ya no quería entrar, pero escuchó una voz dentro de su refugio, y entró.
Leaf miró hacia la puerta cuando escuchó que estaba abriéndose, y cuando vio a Colress, su sorpresa le hizo permanecer de pie, mirándolo. Colress la miró, y le dio miedo. Pero su miedo dio paso al nerviosismo cuando Leaf corrió hacia él y lo abrazó. Lentamente él le correspondió.
Ella pudo sentir los rápidos latidos del corazón de Colress, y sonrió al pensar que lo que le causaba sentirse así era porque al fin se habían visto.
-¿No quieres saber dónde estaba? –preguntó, aún abrazándola
-No. Yo sólo quiero que estés aquí –lo apretó un poco más, como si le pidiera que no volviera a irse sin avisar
-Bésame –le dijo; Leaf se sorprendió por su petición y levantó la mirada –Me lo debes. Llegué a esa conclusión hace unas horas
Leaf rió. Esa forma de pedirle algo tan simple e importante le causó gracia. Colress la tomó por sorpresa, besándola con una pasión que él mismo no sabía que podía existir. Supo que nada malo podría suceder en ese momento, estando ellos dos juntos adentro del laboratorio. Adentro del único lugar en el que podían estar seguros y donde, irónicamente, podían ser libres.
