Un nuevo aprendíz

Capitulo 1: Mi nuevo empleo

Había empezado a anochecer cuando llegó el atronach. El día fue largo y agotador, me di una ducha y baje para cenar.

— ¿Ese es tu tercer hijo? —preguntó. Me miraba con atención moviendo la cabeza con gesto de duda. Mi madre asintió.

— ¿Ya veo, tú eras la niña de la otra vez?

Mamá volvió a asentir en silencio y se movía levemente su pierna desesperada. De su overol le chorreaba agua de lluvia. Había estado lloviendo casi toda la semana, y en los árboles habían brotado hojas nuevas, pero el clima primaveral tardaría aún mucho en llegar.

Mi madre era herrera, igual que su padre. La primera regla de la vida de los herreros es mantener unida la tradición del taller y no dividirla entre los hijos, pues a cada generación la propiedad iría disminuyendo hasta quedar en nada. Por ese motivo, el padre la lega al primogénito y luego busca una ocupación para los demás hijos.

Yo era el tercer hijo, y cuando me tocó a mí, mi madre ya había recurrido a todos los favores y estaba tan desesperada que quería que el atronach me diese trabajo de aprendiz. O al menos es lo que pensé en aquel momento. Tendría que haber supuesto que mi padre andaba detrás de todo eso.

El estaba detrás de muchas cosas, pues mucho antes de que yo naciera, nuestro taller se compró con su dinero. ¿De qué otro modo, si no, podría habérselo permitido un tercer hijo? Además, papá no era del condado sino que provenía de una región lejana, del otro lado del mar. La mayoría de la gente no lo notaba, pero algunas veces, si la escuchabas atentamente, percibías una ligera diferencia en su manera de pronunciar ciertas palabras.

Pero no crean que me estaban vendiendo como esclavo ni nada parecido. La vida de herrero es horrible y pesada, y lo que ellos llamaban "la ciudad" no era más que un lugar perdido en medio de la nada. Desde luego no era el lugar donde quería pasar el resto de mi vida. Así que, en cierto modo, no le hacía ascos a la idea de convertirme en atronach; era mucho más interesante que fundir herramientas por más de una hora y si no te tomas tu tiempo lo más probable es q se rompa.

No obstante, estaba nervioso, porque era un trabajo que daba miedo. Tendría que aprender a proteger granjas y pueblos de cosas que asustan, y vérmelas con demonios carroñeros, duendes y toda clase de bestias malvadas. A eso se dedicaba el atronach, y yo iba a convertirme en su aprendiz.

— ¿Cuántos años tiene? —preguntó el atronach.

—El próximo septiembre cumplirá los dieciséis.

—Un poco pequeño para su edad. ¿Sabe leer y escribir?

—Sí —respondió mamá—. Lee, escribe y también sabe italiano. Su padre le enseñó, y lo hablaba casi antes de aprender a caminar.

El Espectro asintió y se volvió para mirar el taller, más allá de la verja en la que terminaba el sendero embarrado de la granja de al lado, como si estuviese aguzando el oído para captar algo. Luego se encogió de hombros.

—Es una vida bastante dura para un hombre adulto, y no digamos para un crío —dijo—. ¿Crees que vale para el oficio?

—Es fuerte y, cuando termine de crecer, será tan alto como yo —contestó mi padre, que enderezó la espalda y se irguió al máximo. Al hacerlo, su cabeza le quedó exactamente a la altura del mentón del atronach.

De repente éste sonrió; era lo último que hubiera esperado de él. El rostro del atronach era ancho y alargado, y parecía incinerado en roca. Hasta ese instante lo había tomado por un ser un tanto temible; con su larga capa negra y la capucha puesta parecía un monje, pero cuando te miraba directamente, su adusto semblante más bien le daba el aspecto de un verdugo que estuviese calculando tu peso para matarte

Los cabellos que le asomaban por la parte delantera de la capucha eran del mismo color que su piel, que era rojiza, pero asimilando el fuego y tenía los ojos verdes, del mismo tono que los míos, aunque se rumoraba que al enojarse se volvían rojos.

Entonces me percaté de otro detalle: llevaba un bastón largo. Lo había visto en cuanto apareció a lo lejos, claro, pero de lo que no me había dado cuenta hasta ese instante era que lo sujetaba con la mano derecha.

¿Quería eso decir que era diestro, como yo?

Esa particularidad era algo que jamás había dejado de causarme dificultades en la escuela del pueblo. Una vez incluso hicieron venir al cura para que me observase, y el hombre no paró de mover negativamente la cabeza y de decirme que tendría que combatir esa tendencia antes de que fuese demasiado tarde. Yo no sabía a qué se refería. Ni mi padre ni ninguno de mis hermanos eran diestros. Mi padre sí lo era, pero nunca vi que le molestase mucho. Cuando el maestro amenazó con curarme a base de golpes y me ató la otra mano lejos para no usarla, papá me sacó de la escuela y, a partir de ese día, mi madre se ocupó de mi educación en casa.

— ¿Cuánto pides por tenerlo de aprendiz? —preguntó mi padre interrumpiendo mis pensamientos. Había llegado el momento de hablar de negocios.

—Tres estáteros por un mes de prueba. Si vale, regresaré en otoño, y me deberás nueve más. Si no, te lo devolveré, y solo tendrás que darme un estátero por las molestias.

Mi padre aceptó y cerraron el trato. Entonces entramos en el taller, y se hizo el pago de los estáteros, pero en ningún momento se estrecharon la mano. Nadie quiere tocar a un atronach. Bastante valor estaba demostrando mi padre al mantenerse a un metro de él.

—Tengo cosas que hacer por aquí cerca —dijo el Atronach —, pero volveré a por el muchacho con las primeras luces del alba. Cerciórate de que esté preparado. No me gusta que me hagan esperar.

Una vez que se marchó, papá me dio unas palmaditas en el hombro.

—Ahora empiezas una vida nueva, hijo —me dijo—. Anda, ve a arreglarte, la herrería ya se ha acabado para ti.