-¡Maldita sea, Eren! ¿Cuán imprudente puedes ser? – Fue el regaño que recibió de parte del rubio apenas ingresó a la casa y el otro le examinó de cabeza a los pies, notando los moretones y raspones que tenía en el brazo, posiblemente a causa de alguna caída o pelea. Sin embargo, el enojó pasó en menos de lo que dura un suspiro; suspiro que el más bajo de ambos dejó salir de sus labios mientras negaba con la cabeza, y la preocupación se abría paso a través de su voz.
– Venga, tratemos esas heridas mientras me cuentas qué rayos pasó. – Y jaló suave pero firme la mano del otro, guiándole al comedor, la estancia más grande de la casa donde ambos vivían.
- Lo siento… Simplemente no podía quedarme quieto, ¿sabes? Esos tipos comenzaron a decir cosas sin sentido y no iba a dejarlos irse de rositas… - Fue lo que el moreno masculló como respuesta, mientras se desplomaba pesadamente sobre una de las sillas de madera que formaban parte del comedor y echaba la cabeza hacia atrás, para mirar fijamente el techo en lo que su mejor amigo recogía el botiquín de primeros auxilios que se encontraba guardado cerca, debido a la gran cantidad de veces que era usado desde… desde siempre.
-Un día de estos lo notarán en la escuela, y si son benevolentes, cosa que dudo mucho, serás suspendido durante un tiempo, pero… dada la reputación que tiene la universidad, es más probable que te den de baja… - Utilizando los movimientos de quien ya está acostumbrado a tratar heridas, Armin quitó con maestría la playera a su amigo de la infancia y comenzó a aplicar desinfectante de heridas, ungüento y vendas en las zonas afectadas, sacando uno que otro quejido a su paciente, quien no soportaba el escozor del alcohol sobre su piel lastimada.
-¡Pero simplemente no podía dejar que escupieran toda esa mierda sobre…!-
-Sobre mí, ¿cierto?
-…-
Suspirando, el más pequeño no pudo evitar sentir cierta felicidad al saber que su mejor amigo siempre daba la cara por él. Sin embargo, verlo ahí, sentado y lleno de laceraciones no le hacía ninguna gracia. Apretó con fuerza la venda que sujetaba en sus manos, y examinó rápidamente su cuerpo: Delgado, débil. Inútil. Con esas características, ni siquiera sería capaz de proteger a su ser más preciado.
-…in… ¡Armin!
- ¿Qué? ¡Ah, lo siento! Me distraje durante un segundo…
-Hey, no te preocupes tanto. Lo hago porque quiero y eres importante para mí, así que estate tranquilo, ¿de acuerdo?
-¡Me preocupo precisamente por esa razón! Mira nada más como quedas por siempre defenderme… Quizá eres fuerte y todo lo que quieras, pero tampoco eres invencible o inmortal. Un día de estos, si no te cuidas pasará a mayo-… - antes de poder continuar con el tratamiento, notó una herida en el torso de su amigo que había escapado a su visión antes. Sintió que la sangre se le helaba en las venas cuando, al examinarla, notó que no había sido causada por un simple puñetazo o patada, lo típico de una pelea entre estudiantes; por el contrario, era bastante notorio que había sido ocasionada por un objeto punzo-cortante… bastante afilado.
Ahí estaba la materialización de sus peores temores.
Notando que había sido descubierto, Eren bajó un brazo con la intención de cubrir, aunque fuera parcialmente, la amplia herida llena de sangre seca que parecía refulgir bajo la luz cálida de los focos que había en aquella habitación.
-¿Qué… es… eso…? – Fue lo que el rubio alcanzó a musitar antes de que el otro tomase su playera y comenzara a vestirse de nuevo, tardándose más al intentarlo hacerlo deprisa. - ¡Eren! ¡Respóndeme! ¿¡Qué carajos pasó realmente!? ¡Eso no parece propio de las peleas en las que te involucras típicamente! – Jaló la manga del otro en cuanto este se terminó de vestir, para impedirle lo que parecía una inminente huida. - ¡Eren!
- ¡No eres mi madre! – Gritó el otro en respuesta y zafándose del débil agarre, salió corriendo en dirección a las escaleras que subió precipitadamente, dejando a un Armin confundido y con la cabeza pensando a toda velocidad.
"No eres mi madre"… Tenía años sin oír esa frase, que nunca (hasta ese día) había estado dirigida a él. Siempre era Mikasa quien recibía tal reclamo mientras él se limitaba a observar el rostro descorazonado de aquella mujer usualmente tan aguerrida. Y por primera vez pudo comprender cuanto dolor había sentido ella cuando la persona que más amaba le trataba de esa manera.
-Yo también habría huido de saber que nos mantendríamos de esta forma para siempre, Mikasa… ¿Cómo le hiciste para vivir de esta forma tanto tiempo? – Susurró Armin a su amiga, pese a que sabía muy bien que esta no le escuchaba debido a la gran distancia que ahora les separaba. Si la tuviese ahí con él, estaba seguro que sólo ella sería capaz de comprender los sentimientos que ahora le embargaban cuando veía la espalda de su preciado amigo alejarse de él. Dejó que los recuerdos de su infancia llenasen su mente, deteniéndose en los gestos que la hermosa muchacha hacía en respuesta a algo que Eren había hecho. Mikasa sonriendo, Mikasa frustrada. Mikasa llorando.
Que parecidos eran sus propios gestos ahora.
Apretó con fuerza la venda que aún sujetaba entre sus manos, y comenzó a caminar lentamente hacia las escaleras con la intención de llegar a la habitación del otro. Sin embargo, sentía a sus piernas temblar al pensar en la ira que había recibido pocos segundos atrás. No quería volver a ver aquella mirada tan dura que desfiguraba de forma tan cruel las bellas facciones que poseía el rostro de su amigo. No le gustaba escuchar aquel tono de voz que le indicaba la poca importancia que Armin tenía en su vida, pese al tiempo que habían estado juntos. El corazón le latía con fuerza y sentía el ruido que este provocaba como si se encontrase en todas las paredes de la casa, cual corazón delator de Poe. Poco a poco, subió las escaleras y logró llegar a la puerta de madera que aún le separaba del otro, y la tocó débilmente. - ¿Eren? – Susurró débilmente, con la voz trémula, sin recibir respuesta. Reuniendo un poco de coraje, tocó nuevamente la puerta, esta vez con más fuerza, y controló el tono de su voz también. – Eren… - Recibiendo un hosco "¿Qué?" por respuesta, soltó un suspiro de alivio. Al menos, Eren estaba dispuesto a dirigirle aún la palabra. – No tienes que explicarme lo que ocurrió si no quieres, pero al menos déjame tratar esa herida… - Con la confianza renovada, esperó pacientemente la respuesta del otro, que se manifestó en forma de un gruñido acompañando a una puerta que se abría. – Gracias – Dijo el rubio suavemente, y entró a la habitación dispuesto a terminar la labor que había comenzado.
¡Ah, nada cómo el olor de exámenes sorpresa recién impresos a primera hora de la mañana! – Soltó entre carcajadas Hanji mientras agitaba frente a su rostro un enorme fajo de hojas recién impresas, las cuales parecían oscuras en comparación a la piel tan pálida que ahora poseían todos los alumnos que se encontraban sacando, apenas, los cuadernos y carpetas con los que habían esperado trabajar ese día. El silencio de estupefacción duró sólo un segundo antes de que los miembros más volubles de aquella manada conocida como "grupo" comenzaran a quejarse sobre la gran "injusticia que eso representaba", con argumentos del tipo "no se vale, los exámenes comienzan la próxima semana, no invente", "tenemos que estudiar para otras materias también", y el clásico (pero nada funcional) "¡No nos avisó!" que sólo causaron más carcajadas a la ya de por sí risueña profesora, así como miradas en blanco que ponían en público el manifiesto de "por algo es sorpresa" que los más estudiosos y serios (Armin, Annie, Historia) intercambiaban. Al contrario que la mayoría (resto) de sus compañeros, ellos sí habían hecho caso de la advertencia que la misma profesora había hecho al final de la clase de dos días atrás y habían estado estudiando arduamente, siendo posiblemente (segura e inequívocamente) los únicos en todo el lugar que podían afirmar que se encontraban preparados para cualquier reto; en este caso, el examen sorpresa que casi causaba llanto al resto del salón.
Emocionalidad colectiva y sus manifestaciones tan hilarantes para los pocos racionales.
-Oh, vamos. ¡Tampoco es tan malo! Es realmente sencillo… si me hicieron caso y estudiaron, claro está. – Y cual villana televisiva, sonrió malvadamente al escuchar los "¡mierda!" que no pocos soltaron con frustración mientras ella comenzaba a colocar las hojas de copiadora sobre las mesas, frente a las miradas atónitas de sus estudiantes. – Ah, y sólo tienen 20 minutos para contestarlo, que aún nos quedan temas que cubrir antes del examen parcial. Yo que ustedes, guardaba silencio y me concentraba, porque… - sacando un cronómetro de su bolsillo que puso en acción al instante, sonrió triunfalmente - ¡El tiempo está contado, y no habrá ningún tipo de tolerancia! – Al decir esto, Armin, Annie e Historia comenzaron a responder velozmente, con la intención de aprovechar al máximo el escaso tiempo del que disponían, mientras los demás seguían refunfuñando infantilmente – Vamos, ¡no me odien! Si quieren culpar a alguien, culpen a nuestro adorado director Erwin, él fue quien me solicitó (ordenó) hacer esto. – Recibiendo un "¿¡Por qué!?" asustado por parte de su audiencia en general, hizo un amago exagerado de taparse los oídos ante el inmenso griterío. – Al parecer se le ocurrió esta idea después de echar un vistazo a la clase pasada, y pues… ¡Al parecer me falta disciplinarlos un poco, ja! ¿Quizá debería seguir las enseñanzas y predicaciones del enano…? – A lo que todos los que aún no comenzaban el examen gritaron un "¡NO!" cargado de pavor, acompañado de súplicas y lamentos desesperados. – Bueno, bueno, ¡ya! Quizá el enano sea de temer, pero les aseguro que Erwin no se queda atrás, por lo que… ¿Qué les parece si lo saludan? – Estas últimas palabras habían estado llenas de nerviosismo que se dejaba ver en una sonrisa forzada. Al finalizar la pregunta volteó hacia la puerta, por donde a través del pequeño vidrio colocado en el centro de esta se podía ver el rostro del aludido, sonriendo ampliamente (sin mostrar alegría verdadera en lo absoluto), provocando un silencio y concentración inmediatos por parte de todos los presentes.
Abriendo la puerta el causante de tal cambio de actitud, entró con un paso firme que resonó en las paredes del aula, helando así la sangre en las venas de la mayoría de los (ya de por sí) atemorizados estudiantes. Cambiando su semblante por uno más serio y acorde a su personalidad, Erwin Smith comenzó a caminar entre las hileras de mesas viendo fijamente a los de menor edad que él, sin decir una sola palabra.
-¡Vamos, vamos, Erwin! ¿No deberías al menos explicar a los muchachos la razón de tu inesperada visita (que ni yo me esperaba)? – Intervino Hanji con una risa nerviosa que no logró dispersar el ambiente tan pesado que se había instalado en aquella aula nada más entrar el director de la carrera.
-Oh, por favor, no reparen en mi presencia. Hagan como si no estuviera aquí, y dedíquense a lo suyo como habitualmente lo hacen. – Fue la respuesta que el imponente rubio soltó, sin dejar de moverse lentamente por entre las hileras de escritorios, en un tono extremadamente caballeroso… y frío. Sumamente frío, que congeló la sonrisa en el rostro de Hanji y provocó que esta también se abstuviera de hacer más preguntas.
-En ese caso… ¡Suerte con los exámenes, chicos! ¡Tienen el resto de la clase para ello, y sin derecho a prórroga! – Y sacando un celular donde podía cronometrar el tiempo, la alta mujer se deslizó a su asiento con la intención de permanecer lejos del hombre con duro semblante lo más posible; mientras la gran parte de los estudiantes se bloqueaban al intentar responder dada la incomodidad y tensión que llenaba el ambiente.
-Sentí que iba a morir. Realmente lo hice… - Fue el quejido que Jean dejó escapar entre dientes al finalizar la clase, después de haber entregado (apenas) la hoja medio contestada.
-Eso te pasa por estúpido, cara de caballo. – Respondió entre jadeos Eren, quien estaba con igual o menor alma que el aludido.
-¡No tienes derecho a hablar, que respondiste todavía menos que yo!
-¡Eso fue sólo porque me puse nervioso, idiota!
-¿¡Nervioso!? ¡Estabas cagado de miedo!
-¡No más que tú, cabrón!
-¿¡Quieren dejar de llorar sobre la leche derramada, par de nenas!?
-¡Con un carajo, Ymir, esto no te incumbe! – Respondieron al unísono los dos jóvenes castaños, a lo que recibieron un fuerte y sorpresivo golpe en la cabeza por parte de un enojado Armin, quien había estado escuchando todas las quejas en silencio hasta que finalmente habían llevado su paciencia al límite.
-¡Compórtense de una maldita vez! – Fue la reprimenda que finalmente logró que ambos callaran y bajaran la cabeza, avergonzados por el hecho de que fuese el más débil de los tres quien lograra ponerles un alto. Intercambiaron entre ellos miradas de frustración combinada con resignación, mientras soltaban un largo suspiro.
-Lo sentimos… - Musitaron al unísono, entre dientes.
-¡A mí no, a Ymir!
-Tché.- Fue el chasquido que ambos regañados dejaron escapar de manera inconsciente, y que les ganó otra tanda de golpes por parte del rubio. - ¡Carajo, Armin!
Estando a punto de darles una tercera ronda de castigo, la voz de Ymir lo detuvo. – Déjalo ya, Armin. No es como si necesitara las disculpas de un par de cachorros mimados. – Si bien al principio su voz era neutra, para el final ya había adquirido un matiz de burla que también se translucía en la mirada altiva que dirigía a los chicos, provocando que estos sintieran (brevemente, pero aun así fuertemente) un impulso homicida. Y notando esto, la morena sólo ensanchó más la sonrisa que se había formado en sus labios, antes de salir campante del aula en compañía (como siempre) de Historia, quien ahora le daba reprimendas a ella también a las que sólo respondía con risas.
Al ver alejarse a las chicas, Armin volvió a soltar un suspiro, esta vez intentando serenar sus propios nervios. Miró a los castaños que lanzaban miradas asesinas a la puerta por donde había desaparecido la morena, y evidentemente le parecieron un par de cachorros. Enojados, pero con la cola entre las patas debido al temor que su dueño les inspiraba.
-Supongo que en este caso, el dueño soy yo… - Fue el pensamiento que cruzó por la mente del pequeño rubio, mientras soltaba una pequeña risa, la cual inmediatamente distrajo la atención de sus dos amigos (mascotas), quienes voltearon a mirarlo con el signo de interrogación prácticamente pintado en toda la cara (y si se pudiera, seguro en todo el cuerpo y el aire que les rodeaba), ya sin rastros de molestia por lo acontecido un rato antes. – No es nada, olvídenlo. – Pero la sonrisa no se le quitaba, y menos cuando en su mente estalló la imagen de ambos amigos/enemigos vestidos de cachorros y siendo paseados por él en un día soleado.
Ahora sí, no pudo contener la risa que salió en forma de sonoras carcajadas, provocando más miradas de extrañeza por parte de sus amigos.
-¡Dios, Armin! ¿Qué diablos ocurre contigo? – Reclamó sorprendido Eren, sin saber qué rayos hacer con su amigo, a quien parecía poco le faltaba para tirarse en el suelo y llorar debido a la risa. Eso, o morir por asfixia.
-No… es… na-na…da… - Respondió (a duras penas) el rubio, haciendo esfuerzos sobrehumanos para detener la risa que hacia estremecer a todo su delgado cuerpo, evidentemente sin éxito.
-Oye, Armin… quizá sea sano que cortes eso de una vez… - Replicó Jean, mientras le miraba como si la cara del rubio se hubiera vuelto una pista de aterrizaje para platillos voladores y justamente uno estuviera llegando.
-De verdad, que estoy bien… -soltó finalmente el aludido, calmando la risa y sólo quedando con una amplia curvatura en los labios que iluminaba su rostro. Inhaló y exhaló profundamente para tranquilizar el ritmo acelerado que su corazón había adquirido debido al esfuerzo, y retomando la compostura soltó un último jadeo. – Ya. – Juntó sus cosas y se encaminó a la puerta, notando gracias a su vista periférica como los dos regañados imitaban sus movimientos y se apresuraban a seguirle. Contuvo la última risilla y se apresuró a llegar a la siguiente clase, si bien esta última era impartida por el temible profesor Levi.
-¡Espera, Armin! – Escuchó un grito detrás suyo, aunque ya no tuvo en claro quién de los dos castaños había sido.
-No sé cómo te las ingenias para ser siempre castigado por el profesor Levi, Eren… ¿Es que no tienes nada mejor que meterte en problemas? ¿O… te gusta más bien el tener que recibir la sanción? – Dijo socarronamente Jean a su amigo-enemigo, Eren.
-¡No fue mi culpa, y no me hagas ver como un jodido enfermo masoquista! – Recibió como respuesta por parte del aludido, quien ahora tenía un rostro que denotaba sus ganas de (al menos) patear a alguien (cuyo nombre empezara con "J" y terminara con "ean", de preferencia). Muy duro, y en la descendencia de ser posible.
Notando las ansias cuasi asesinas del joven con ojos de esmeralda (y a falta del rubio que siempre los detenía debido a que este se encontraba en clases extracurriculares) Berhtoldt y Reiner se interpusieron cuan impotentes eran sus cuerpos para evitar (otra vez) un conflicto.
-Vamos, ustedes dos. Se la pasan peleando como una pareja, así que bájenle un poco al escándalo. – Fue la amable reprimenda que Reiner dio a ambos castaños mientras les daba palmadas en la cabeza, inconscientemente como tratando de calmar a un par de cachorritos.
-¿¡Cuál pareja!? – Gritaron al unísono los implicados en la discusión, haciendo que tanto Reiner como Bertholtd soltaran un largo suspiro que se fundió con la suave brisa de la tarde que soplaba por las áreas libres de la universidad, refrescando los cuerpos de los estudiantes que ya se encontraban hastiados del calor que se encerraba dentro de las aulas. No era para menos, el sol después del mediodía golpeaba con fuerza todo lo que su haz de luz tuviera en el paso.
-Oigan, mocosos. Dejen de bloquear el paso a los demás, que siguen dentro de una institución. Si van a tener peleas de pareja que sea en su nido de amor. –Protestó una voz que casi todos reconocieron al instante, provocando que se quedaran helados antes de decir más…
Casi todos. Eren seguía nublado por la molestia que se había intensificado al escuchar el último comentario emitido dentro de aquel espacio. Giró hacia donde creía estaba el recién llegado, y sin contener su tono afilado e iracundo, gritó. - ¡QUE NO SOMOS UNA MALDITA PAREJA! – Una vez desahogado, pudo despejar su mente… permitiéndole arrepentirse al instante de lo que había hecho, cuando identificó al recién llegado. Sus manos comenzaron a sudar delatando su nerviosismo, que solo fue en aumento cuando notó que el resto de sus compañeros comenzaban a retroceder, con expresiones en los rostros que parecían decir "fue un placer, conocerte, Eren…"
-Sí que tienes agallas, mocoso. ¿Tanto te gusta ser sancionado?
-¡Lo siento, Señor! ¡No sabía que era usted! – Respondió con el tono más formal y respetuoso posible, casi simulando a un cadete frente a su superior. Poco le falto para ponerse en posición de firmes y llevarse una mano al corazón en forma de puño.
Esto ocasionó gracia al mayor, pero conteniendo una risilla (que no era propia de él, y sin duda no iba a mostrar a nadie. Seguramente, si la dejaba salir seguro un cataclismo que acabara con el mundo ocurriría. El Armagedón, quizás) decidió seguirle un poco la corriente. -Respire, soldado. Que le necesito vivo para su castigo.
-¡Si, Señor! ¿En qué le puedo ayudar el día de hoy? – Para entonces, el resto ya había huido con el rabo entre las patas, temerosos de ser arrastrados junto a Eren en el castigo del profesor Levi. Era bien conocido en el campus por ser estricto y muy duro… Nadie quería provocar su ira.
Contaban las malas lenguas que aquellos que se atrevían a desafiarlo no sobrevivían para contarlo.
Leyendas urbanas y su manía de no poder ser comprobadas. Aunque si se trataban de historias sobre el profesor Levi y el Director Erwin, Eren se sentía capaz de creer a cualquiera que le dijera que en otra época ambos habían pertenecido a la mafia o alguna organización por el estilo. Incluso que Hanji llevase un laboratorio secreto donde realizaba experimentos prohibidos por el gobierno le parecía perfectamente verosímil (Después de todo, ellos tenían toda la pinta de exrufianes sofisticados, y ella poseía el aura que un científico loco debía poseer).
-Tendrás que acompañarme a la ciudad. Necesitamos comprar material de oficina, y a Erwin se le ocurrió la brillante idea de enviarme como su mandadero. Así que a ti te tocará cargar lo que yo no pueda.
-¿¡Eh!? – Más que no querer acompañarlo, aquella exclamación era de incredulidad. Él, el profesor Levi, ¿necesitando que alguien cargara cosas por él? ¡Ni de broma!
-Así que andando, mocoso. No tenemos tiempo que pueda ser gastado libremente. –Dándose la vuelta, comenzó a caminar hacia el estacionamiento dedicado a los profesores mientras de uno de sus bolsillos sacaba las llaves de un Audi R8 negro (lo cual sólo reforzó la idea que Eren tenía sobre una doble vida oculta de Levi. Después de todo, ¿qué profesor ganaba lo suficiente para permitirse un auto DE ESOS, que quitaban el aliento nada más verlos?)
-¡Si, Señor! – Respondió alegremente (cosa que no debería suceder cuando estas recibiendo un castigo) mientras corría detrás de su profesor, alcanzándolo prontamente.
Si Armin hubiese visto la escena, habría notado que la cola imaginaria del menor se meneaba mientras iba corriendo aprisa detrás de otra persona que no era él.
Y eso le hubiera roto el corazón.
