NUMB
Capítulo II
Sherlock no había podido seguir manteniendo aquella conversación. Las cosas se le habían escapado de las manos. No tenía palabras para responder. Por primera vez sintió que no tenía una forma correcta para comunicar algo tan vulgar como esa mirada que siempre le había perseguido. Se sentó en su cama y se quedó allí mirando hacia el oscuro cielo a través de la ventana el resto de la noche.
Su cerebro se movió por viejas escenas que había creído borrar de su cabeza desde ya hace mucho. Una a una siendo revisadas, desde sus primeros días en la escuela, los que le siguieron, las burlas, las peleas, las veces que se fue de casa para vivir a su manera, las veces que Mycroft le encontró antes de pasar 24 horas.
Lo había intentado. Se había esforzado buscando la respuesta; tratando de encontrar que era aquello que lo mantenía fuera del significado que todos los demás parecían entender. Quiso entender que era aquello que todos sabían, pero que el no podía ver por más que se esforzara. Pero la pared parecía hacerse más notoria. Más ancha. Más real. Y estaba allí en medio de las personas sin estar realmente allí, o quizás estándolo de forma más conciente que los demás.
Y había decidido aceptar la diferencia. Actuar en base a ésta. Y las miradas extrañas hacia su persona se habían vuelto más marcadas… más numerosas. Había sido el tipo extraño en cada lugar al que había ido lo suficiente como para que le hubieran visto interactuar. Había tenido escasos conocidos, ningún amigo. Se habían acercado por curiosidad, por atracción física, por lo que fuera… pero no se habían quedado a saber más. No les gustaba escuchar las cosas que tenía que decir. Así como a él no le gustaba escuchar las tonterías que decían los demás. Estaban empatados. Y la igualdad llevaba a tener que estar solo. Era el rey dentro de su cáscara de nuez. Y desde allí observaba, deducía, inducía y concluía la existencia de los demás. Veía ante sí los hilos de la conducta, los pasos que había que dar para convertirse en un criminal, las formas que tenían las manos antes de apretar un cuello, las distintas maneras en que los ojos de las personas cambiaban antes de exponerse a lo inevitable. Se había convertido en un testigo, un observador y un adivino. Todo se revelaba frente a sus ojos como patrones de un sistema que emergía cara vez que su cerebro juntaba piezas y piezas formando figuras interminables. Todo tenía sentido. Cada maldita mancha en una corbata o en la basta de un pantalón. El maquillaje recargado, las manos temblorosas, la sonrisa forzada. Todo tenía sentido. El papel arrugado, la chimenea a medio encender, el arma de fuego junto al cadáver, el olor a perfume barato. Era una estructura flotante frente a sus ojos. Las palabras no dichas, la forma en que caminan, los restos de ceniza de cigarrillo. Todo encajaba dentro y frente a él. Pero nadie podía verlo. Nadie veía lo que él veía. Y venía la incredulidad. Le habían llamado farsante, mentiroso, payaso.
Le habían visto con sorpresa, admiración y con fastidio. Con prepotencia, con odio y con dolor. Le habían sonreído, le habían golpeado, empujado y se habían reído mientras trataba de levantarse del suelo. Y había sobrevivido. Quien no. Todos sobrevivían. Todos podían sobrevivir. El que no lo hacía era porque no lo merecía. Era simple. Era real. Era lógico.
Podía soportar todo aquello. Sabía que tenía la última carta de todas formas. Pero siempre había tenido su punto débil cuando se trataba de la decepción. No toda, pero si aquella que parecía venir de aquellos que le conocían, de aquellos que sabían que tenía buenos resultados a costa de grandes esfuerzos mentales. No era un héroe. Ni siquiera se consideraba buena persona. No lo eran los demás, porque con él debería ser diferente. Quizás John era diferente. Había sido un sobreviviente y había dedicado su vida a cuidar de los demás. El merecía ser considerado un héroe moderno. No al estilo griego. No. Aquellos no tenían ideas de bien común que los mantuvieran en la luz. Del lado de los ángeles. No. Moriarty tenía razón. Ellos dos eran iguales. Sólo que en el mundo no había suficiente espacio para dos reyes y sus nueces compartiendo en mismo lado.
Él también había sentido decepción. La había sentido cuando comprendió que nadie estaba a su altura, en su sintonía. Que ni siquiera Mycroft con su intelecto entendía las tormentas que había dentro de su cabeza. La desesperación que podía llegar a sentir cuando la pared que lo alejaba de los demás se volvía de acero. No. Su hermano no podía si quiera imaginarlo. Estaba demasiado encerrado en sus propias ataduras que ni siquiera podría vislumbrar las cadenas de su propio hermano menor.
Las drogas habían sido una forma fácil de saltar por sobre sus murallas. Era una manera fácil de dejarse llevar por las olas de su propia existencia. Se había dejado ser el mismo en un mundo de ilusiones creado por su mente liberada de toda mortalidad. Pero el efecto siempre era más leve, más fugaz, y no alcanzaba a colgarse de la sensación lo suficiente, siempre quedaba con la idea de no estar completamente inmerso en aquello que se asemejaba a la felicidad. La vez que creyó alcanzarla de forma más duradera despertó en una clínica junto a su hermano. La sobredosis le había tenido inconsciente el tiempo suficiente como para que su hermano buscara las formas de atraparlo en su red de telarañas con el fin último de protegerlo. ¿Pero, protegerlo de qué?
Eran las 7 de la mañana cuando el ruido de Londres le hizo volver al presente. Había mantenido la postura toda la noche. Se dejó caer de espaldas sobre el colchón cerrando los ojos.
¿Hacía dónde se supone que iba? Había escuchando más de una vez que todos tenían un objetivo que alcanzar, un lugar a donde ir. ¿Y él? Hasta donde sabía sólo se ocupaba de vivir el presente. El futuro era algo demasiado incierto como para dedicarle demasiada atención. Había elegido ser detective, de la misma forma que habría elegido ser pirata si hubiese podido hacerlo. Y así como ellos, no tenía hogar al que volver ni destino a donde ir. Se dejaba llevar por las mareas y por el viento, y nunca sabía a donde terminaría. Pero los demás no eran así. ¿Cuánto tiempo más podría llevar con el a John y a Lestrade? ¿Cuándo sus barcos se alejarían unos de otros?
No sería infantil, más de lo que su hermano siempre le hacia ver. Cuando sucediera eso, quedaría solo y seguiría navegando; hasta que no tuviera transporte que le sostuviera. Hasta que no tuviera pensamientos que le mantuvieran. Hasta que las palabras se detuvieran dentro de su cabeza y fuera libre de forma permanente.
DC, Chile 23-11-2013 19:38:36
