Se dejó llevar por él siguiendo los movimientos del baile. Una de las manos de Eridan entrelazaba los dedos con los suyos, mientras que la otra se posaba suavemente sobre su cintura, guiándola.

-No me habías contado que sabías bailar el vvals, Vvris.

-Y-y no sé…

-Yo no diría eso.

Eridan miró a sus zapatos haciendo que ella que le estaba mirando a él bajase la mirada también. Los pies de ambos se movían al compás de la música de la orquesta, al mismo tiempo que los de todas las demás parejas que bailaban en el centro del salón del palacio girando y haciendo que las largas faldas se movieran al ritmo de los movimientos de los caballeros de gala que las guiaban.

-Ojalá pudiera escribir obras tan hermosas como esta… -dijo él en uno de los momentos bajos de la música- Podría bautizarla en tu honor…

-¿8autizarla en mi honor?

-¡Claro! –la música volvió a recobrar intensidad lo que emocionó al muchacho que la atrajo hacia él con una media sonrisa- La dama azul, o… no sé, algo azul.

Vriska se rió y apretó un poco su hombro, acariciando la suave tela de su capa violeta. Siguieron bailando durante un buen rato, pieza tras pieza. Vals tras vals. Sonreían y sus miradas se encontraban de cuando en cuando, pero siempre que uno cazaba al otro observándole, le rehuía. Vriska le pisó un par de veces, pero no pareció importarle. Se alegraba de haberle hecho caso a Spidermom y haber ido a la fiesta. Sabía que Eridan podía ser un caballero cuando se lo proponía. A fin de cuentas, era un seadweller.

Un Principe.

Pensó en todas las cosas que le gustaban de él mientras bailaban. Lo bien que lo pasaban juntos, lo mucho que reían. Siempre la arropaba cuando tenía frío y pasaban las noches en vela hablando contando estrellas en medio del océano. Era un magnífico pirata digno de ser descendiente de Dualscar. Era valiente, inteligente y cruel. Un gran historiador y estratega que tenía mil historias que contar. Se preguntó por qué no había querido que fuese su moirail, dado que a efectos prácticos, ya lo eran. Al parecer una nota de tristeza nubló su rostro porque él la apretó con fuerza acariciando el dorso de su mano con el pulgar.

Las miradas y las sonrisas tímidas no parecían típicas de dos personas que pasaban más de tres cuartas partes del tiempo juntas pero aquella noche todo era distinto. El entorno, la gente, la festividad… sin lugar a dudas era un momento especial para los dos.

El vals terminó, pero ellos continuaron agarrándose la mano el uno al otro. Vriska se instó a sí misma a hacer algo, a dar un paso adelante, pero se sentía al borde de un acantilado. A punto de caer. ¿Y si lo estropeaba? ¿Y si él no sentía lo mismo y se lo dejaba claro de una vez por todas? ¿Cómo le volvería a mirar a la cara? ¿Y qué se suponía que debía hacer? ¿Abrazarle? ¿Besarlo? Tragó saliva ruidosamente sintiendo la boca seca y la lengua aspera. Intentaba desesperadamente reunir el valor para hablarle pero no tenía ni idea de qué decir. Las ideas se agolpaban en su cabeza y no la dejaban pensar con claridad. Las manos comenzaron a sudarle y estaba segura de que si no se daba prisa Eridan se acabaría dando cuenta. Respiró profundamente y trató de encontrar las palabras correctas una vez más.

-Eridan...

Él la miró sonriendo.

-Eridan yo... tengo que decirte...

-¿Sí?

Las trompetas rompieron el murmullo de la gran sala y todo el mundo se giró en dirección a las enormes escaleras de peldaños dorados. Dos figuras miraban a los invitados desde la parte superior. Una de ellas era sin lugar a dudas la Condesce.

Her Imperious Condescencion.

Su larguísimo pelo flotaba a su alrededor y sujetaba el tridente con firmeza con una sonrisa maliciosa cruzando su rostro. Una mueca de maldad pura que heló la sangre de más de uno. A su lado una niña pequeña jugueteaba con un lazo del vestido fuschia.

Ella tenía el pelo recogido en una gruesa trenza que dejaba ver sus aletas a ambos lados de la cara y las redondas mejillas sonrosadas mostraban una expresión emocionada y feliz. Su símbolo resplandecía en pequeños diamantes blancos en su pecho y dos lowbloods sujetaban la cola del vestido. Una tiara con una gran joya fuschia brillaba sobre su frente. Con una entrada de la orquesta y de las dos filas de trompetas que apostadas en los dos extremos de la escalera, comenzaron el descenso. La muchedumbre contuvo la respiración con la intensidad del momento; ver a la Emperatriz y a su heredera juntas en un mismo lugar no era algo que ocurriera todos los días. Las dos únicas tyrian blood. La más alta casta en el hemospectrum. La realeza. Eridan le apretó la mano con fuerza, absorto mirando a las dos mujeres con la boca abierta.

Vriska sintió un pinchazo de dolor en el pecho. Un dolor mezclado con tristeza porque notaba como ahora eran las manos de él las que sudaban y como su pulso se había acelerado con sólo verla. En serio, ¿qué tenía Feferi que no tuviera ella?

Frunció el ceño levemente, luego no tan levemente, y para cuando la Heiress puso el pie envuelto en el delicado zapato fuschia sobre el suelo de la sala, explotó como un volcán.

Deseó salir corriendo de allí, escapar. Pero la mano de él aferraba la suya con fuerza y a pesar de todo apenas le prestaba atención. Tiró de su mano para liberarla sin éxito un par de veces, y al tercer tirón Eridan se giró a mirarla.

-¿Te quieres estar quieta? -le recriminó susurrando.

-No... me quiero ir - él no cedía el agarre así que se veía obligada a tirar más fuerte. Sin darse cuenta comenzaron a forcejear y a soltar siseos y murmullos malhumorados en medio de la multitud silenciosa. Los demás dejaron de mirar a la heredera para centrarse en la pelea y varios les mandaron callar murmurando sobre la poca educación y la falta de modales de la generación joven.

-¡Eridan suéltame de una vez!

-¿Pero qué te pasa?

-¿Qué me pasa? Que te quedas em8o8ado mirándola eso me pasa. ¿Qué es eso tan 8ueno que tiene ella que no tengo yo?

-¿De qué hablas, Vvris? ¡Nos estás poniendo en evvidencia!

La chica gruñó exasperada y terminó por soltarse del agarre a la fuerza.

-¡Déjame en paz!

-¡P-pero Vvriska!

-¡TE ODIO!

La chica salió corriendo de allí levantándose el vestido para no pisarlo. Eridan se quedó allí plantado, con toda la sala mirándole.

-L-lo siento, discúlpenla. Nunca ha tenido muy buen carácter.


Vriska corrió y corrió pensando en lo estúpida que se sentía y en cuanto se arrepentía de haber ido a esa tonta fiesta cuando se dio cuenta de que no sabía donde estaba. Había escapado por una de las grandes puertas acristaladas que daban al enorme jardín y ahora, en plena oscuridad había corrido tanto que apenas podía escuchar el murmullo de la fiesta que continuaba sin ella.

Las rodillas le temblaban, los pulmones le dolían y no podía ver apenas a dos metros de donde estaba. No sabía cómo volver, y tampoco es que quisiera. Se quitó las zapatillas y dejó que sus pies caminasen sobre la tupida hierba del jardín del palacio imperial. A algún sitio tenían que ir a parar sus impuestos y deseaba que fuera parte de esa alfombra tan cómoda. Se limpió las lágrimas con el vuelo del vestido caminando. Iba a volver a su colmena, suponía que si seguía andando en algún momento llegaría o al menos saldría del laberinto de setos. Los matorrales se alzaban a los dos lados y la superaban en altura por más de medio metro. En cada cruce que se encontraba siempre giraba hacia la izquierda por alguna razón. Después de ocho bifurcaciones giró por primera vez a la derecha y tras caminar descalza por el pasillo de setos el camino se abrió a un claro. Gracias a la luz de las lunas pudo ver una ornamentada fuente con peces y una excéntrica estatua de la propia Condesce en actitud de tirana, aunque en cierto modo esa era su actitud normal. Una H empedrada en el suelo trazaba caminos formando el símbolo de las Peixes y en cada punto cardinal, había un banco de piedra. Vriska se sentó en uno de ellos y dejó las zapatillas a un lado mirando como la luz de las lunas coloreaba el agua que fluía.

No sabía cuánto tiempo había pasado desde que salió corriendo, o desde que había dejado de correr.

Un crujido detrás de ella la alertó, sacándola del ligero sueño en el que estaba entrando. Miró a los lados asustada. No porque tuviera miedo, sino porque con aquel atuendo no tenía nada con lo que defenderse.

Otro crujido se oyó entre los setos.

Pasos.

Podía distinguir claramente el sonido de pisadas que se acercaban. La hierba susurrando. Sintió como una sombra se cernía sobre ella y cerró los ojos con fuerza. Un grito de terror se escapó de sus pulmones.