Disclaimer: Nada de Harry Potter ni las imágenes que uso para inspirarme me pertenecen.
Sumario: Harry tuvo una genial idea en un momento de aburrimiento. Abrumado por la posibilidad de contactar con una persona desconocida envía a Hedwig con su carta a por alguien especial sin darse cuenta que una cosa tan insignificante como esa abrirá las puertas a un amor que arrasará con todo, incluso con Voldemort.
NOTA: En mi perfil tenéis el link para ver las imágenes en photobucket, en el álbum "Una Carta de Amor".
6
El contrato mágico
Gabrielle Delacour cogió aire de nuevo y se puso recta. Estaban a punto de aterrizar en Hogwarts y de repente su corazón parecía haber empezado la carrera de los 100 metros lisos. Nunca había estado tan nerviosa, ni siquiera empezando Beauxbatons. Al contrario que su hermana Gabrielle tenía una amiga en su curso que también pertenecía al club de gimnasia como ella. Ni siquiera enterarse de su parte criatura la había espantado. Quizá fuera porque, al contrario que su hermana, ella había tenido parte del verano para aprender a controlar sus nuevos poderes. De momento nadie se sentía amenazado por su presencia, como había pasado con Fleur al mostrarse sus poderes tan de repente a mitad de primer curso.
"Gaby, ya estamos aquí", le susurró Fleur con una pequeña sonrisa antes de ponerse seria y dejar en blanco su rostro.
Cuando se abrieron las puertas y caminaron hacia la entrada del castillo Gabrielle pudo ver a varios centenares de alumnos todos vestidos de negro con distinciones de color en sus uniformes. No sabía qué grupo eran los de Gryffindor y tampoco tenía tiempo de pararse a mirar así que siguió a su hermana y no miró a nadie. Su vestido azul de satín era demasiado ligero para el clima de Escocia así que se abrazó a sí misma y vigiló donde pisaba con sus odiosas bailarinas azules. Minutos más tarde, que pasaron volando, Gabrielle se había cambiado a su vestido de gimnasia y Beauxbatons hacía su presentación delante de todos.
"¡Hola! Mi nombre es Cho Chang", se presentó una chica de su mesa. Debía ser de quinto curso.
Gabrielle, que volvía a estar en su vestido azul de Beauxbatons, se giró a mirarla. "¿Es esto Gryffindor?"
La chica pestañeó un par de veces y luego sonrió. "No, no, somos Ravenclaw. Los Gryffindor son aquellos bajo la bandera roja y dorada".
Gabrielle miró las banderas que había pasado por alto en el extremo de cada mesa y luego dejó que sus ojos recorrieran toda la mesa de los leones. Vio a un pelirrojo sentado al lado de un chico alto con cabello negro revuelto, ambos dándole la espalda, y su corazón volvió a latir muy deprisa. Una mano tocó su hombro.
"Iré a ver si es él", dijo su hermana en francés y en voz baja. Se levantó y Gabrielle observó cómo se acercaba a los chicos que había estado mirando.
No podía escuchar qué decían pero vio que el pelirrojo tenía el rostro desencajado, y morado, mirando a su hermana, mientras que el otro chico le había pasado el plato de bouillabaise como si nada. Era obvio para ella, viendo el sorprendido rostro de su hermana, que el chico no había notado su influencia. Su hermana habló algo más con el chico y luego sonrió. Vio cómo se levantaba y observó a su hermana dar un abrazo y un par de besos al extraño. Entonces Gabrielle supo que era Harry. Vio a su amigo girarse y fue como a cámara lenta; sin darse cuenta sus labios estaban estirados en una encantadora sonrisa.
Gabrielle perdió el aliento al ver esos ojos esmeralda. Aunque Harry le había dicho de su color de ojos nada la había preparado para esa mirada tan penetrante y misteriosa. Se encontraron mirándose fijamente el uno al otro durante lo que pareció ser una eternidad. Gabrielle aprovechó, involuntariamente, para memorizar las facciones de su amigo. Esos pómulos altos, la nariz recta y la mandíbula fuerte, los labios carnosos de color rojo apagado y las pestañas negras enmarcando sus preciosos ojos. Sin duda Harry era muy atractivo, y guapo, para qué mentir.
Se levantó cuando Fleur le hizo una seña y caminó casi como si flotara. Estaba absorta. Cuando llegó allí, a pocos centímetros de su mejor amigo, se quedó muda. De repente se dio cuenta de que Harry era un chico, un chico atractivo y con personalidad. ¿Cómo había podido obviarlo hasta ahora? Algo dentro de sí se dio cuenta, dejándola estupefacta, que ella tenía 11 años mientras que su mejor amigo tenía ya 14. La diferencia de edad le dolió hasta que vio a Harry sonreír y tenderle la mano, haciendo un hueco entre Fleur y él.
Ni siquiera vio a Fleur sonreír ampliamente al verlos abrazarse, ni a Hermione con sus ojos sabios puestos en Gabrielle, ni a Ron recuperarse de la influencia de Fleur y alejarse un par de centímetros, ni a Neville agachar la cabeza sonrojado por la mirada tan intensa entre Harry y Gabrielle. Sin comerlo ni beberlo, Gabrielle empezó a llorar. Abrazada al cuello de Harry, con su rostro enterrado en su cuello, y prácticamente sentada en su regazo. Harry no habló, lo habría notado, pero sí que la abrazó y luego le dio un pañuelo para sus lágrimas.
Cuando empezó a comer, algo horrorizada por el espectáculo que había montado, evitó por los pelos sonrojarse al pensar en lo masculino que olía Harry.
"¡Por fin te conocemos, Gabrielle!", le dijo Hermione cuando vio que su amigo no quería volver a provocarle un llanto.
"Oui. Estaba muy emocionada por veros", contestó y, sin pensarlo, su mano cogió la de Harry.
Harry sonrió y apretó la pequeña y delicada mano de Gabrielle. No sabía qué había pasado pero notaba que algo entre ellos había cambiado. Haberla visto ahí, parado frente a él sin saber qué hacer, con esos ojos zafiro que nunca antes había visto… Le había dejado sin aliento. Cuando la tuvo entre brazos, a pesar de ser 3 años menor que él, no quiso dejarla ir. Nunca le había pasado. Ni siquiera cuando sus amigos, Hermione mayoritariamente, le abrazaban. Había querido enterrar su rostro en ese cabello rubio reluciente y cerrar los ojos, sentarse allí durante horas.
La hora de la comida pasó volando y todos salieron a tropel del Gran Salón. Fleur y Gabrielle les acompañaron a la Sala de los Menesteres, no teniendo a nadie más con quién estar ni nada por hacer, y allí se pusieron a hablar como si fueran viejos amigos. Todos, incluso ellos mismos, se dieron cuenta que Gabrielle y Harry parecían estar evitando entablar una conversación seria así que poco a poco les fueron dejando a solas. Cuando ya no podían ignorarse, se encontraron mirándose en el sofá que les había proporcionado la sala hasta que Gabrielle volvió a abrazarle y a llorar.
"No sé qué me pasa, es como si no pudiera parar de llorar", rio Gabrielle y Harry tuvo que soltar una carcajada. El hielo había sido partido, finalmente.
Los siguientes días se pasaron volando. Cuando llegó el día de la elección de los campeones Harry ni siquiera se había acordado del Torneo hasta ver la copa. Gabrielle, que desde aquella tarde no se había separado de él, estaba sentada a su lado izquierdo y sus costados estaban tocando. Todos habían notado, con confusión y celos, que Harry y Gabrielle tenían una conexión especial. Incluso sus amigos, que sabían de su correspondencia, podían ver que algo había cambiado al conocerse en persona.
"-Harry Potter! ¡Harry Potter venga aquí!", exclamó el Director y Harry dejó de hablar en susurros con Gabrielle para dar un bote.
¡Lo había olvidado completamente! Gabrielle le empujó suavemente con reticencia. "¡Ve, acuérdate del juramento!"
Cuando llegó al podio el silencio era todavía sepulcral. En lugar de seguir las órdenes de Dumbledore se giró y sacó su varita. "Yo, Harry James Potter, juro solemnemente en mi magia que no he puesto mi nombre en el cáliz ni le he pedido a nadie que lo ponga por mí. ¡Que así sea!"
Usó el encantamiento Lumos para probar que no mentía y de repente todos empezaron a hablar. Harry dio una mirada al Director antes de ir a la antesala. Fleur le esperaba de pie. Era la única que sabía de su situación y había acordado, con mucho gusto, fingir que no sabía nada. Como pensaba, Crouch había seguido las reglas del Torneo y el contrato era mágico. Le fastidió, aun cuando pensaba competir, que Dumbledore no le comentara que si competía sería emancipado. Aquí tenía la prueba definitiva de quién había intentado joderle. Aun así vio varias emociones pasar por el rostro de Dumbledore; era como si quisiera decir algo pero no pudiera.
Se encogió de hombros y volvió a Gryffindor. Como pensaba el juramento lo había cambiado todo; en lugar de celebrar su candidatura todos estaban nerviosos porque suponían, una vez más, que Harry y la escuela estaban en peligro. Cuánta razón tenían…
…..
Fleur caminó por los pasillos del castillo pensativa. Habían pasado casi 3 semanas desde que llegaron a Hogwarts y la siguiente semana era la primera prueba del Torneo: dragones. Para su sorpresa, Harry parecía estar enterado de ello gracias al hermano mayor de Ron Weasley. Fleur estaba estupefacta porque, nada más saberlo sus amigos, todos se habían empleado a fondo para crear una estrategia. Realmente a veces olvidaba que esos 4 chicos, y chica, eran solo de cuarto curso. Hermione era el cerebro, Ron era la estrategia, Neville el sentido común y Harry el líder.
Harry era otro asunto a parte en el que había pasado largo y tendido pensado. Para empezar, Harry era inmune a su influencia. Eso significaba varias cosas: uno, Harry tenía una gran fuerza de voluntad; dos, también tenía poder para ser un gran occlumens; y tres, era un perfecto candidato a compañero Veela. Muchos creían que las Veelas tenían compañeros desde el nacimiento pero solo ellas sabían que no era así. No obstante, era cierto que existían hombres con una resistencia fuera de lo común a su influencia. Eran hombres que, incluso sin protección mental avanzada, como Harry, eran capaces de resistir sus encantos mágicos. Eran tan pocos que las Veelas habían creado un término para ellos solos: compañeros Veela.
Gabrielle, que todavía estaba entrenando su nuevos dones, no sabía lo que era Harry. Inconscientemente, su criatura interior lo sabía y no había dejado que su posible compañero saliera de su campo de visión. Aun así, Fleur notaba que había algo más entre su hermana y Harry. Era como si nunca se cansaran de la presencia del otro, capaces de ofrecer confort y lo que el otro necesitaba con la mera presencia. Algo así no lo había visto ni en sus padres. Sin esperar ni un segundo, había mandado una carta a su madre pero ella tampoco sabía qué estaba pasando con exactitud. Fleur todavía estaba esperando respuesta de su abuela.
Mientras tanto, les había observado cada vez más sorprendida. Era obvio que a Gabrielle le gustaba Harry, pero de verdad, y que Harry compartía sus sentimientos. Lo más raro de todo era que sus sentimientos parecían ser muy profundos, no un simple enamoramiento, sino sentimientos de verdad de esos que era imposible que una niña de 11 años y un adolescente de 14 pudieran sentir y sin embargo… No tenía la menor duda de que, si siguieran en el futuro en contacto Harry y su hermana acabarían teniendo una relación y Fleur sabía que una vez estuvieran juntos ya nadie los podría separar. Y eso implicaba matrimonio, hijos y juntos hasta la muerte.
"¿Has hecho ya tus deberes?", preguntó Fleur aunque sabía la respuesta.
Gabrielle la miró indignada. "¡Claro que sí!"
Fleur sacudió la cabeza y acompañó a su hermana hacia las Sala de los Menesteres; no pensaba dejarla sola en un castillo lleno de adolescentes hormonales. Cuando llegaron allí, Harry y los demás estaban hablando muy entusiasmados sujetando un espejo de mano simple. Rápidamente Harry les explicó que Sirius, su padrino, le había mandado el espejo con su elfo doméstico Kreacher para poder hablar más a menudo. Al parecer Sirius Black había dejado su lugar de rehabilitación, fuera el que fuera, y había vuelto al saber que Harry había sido metido en el Torneo ilegalmente.
El Diario Profético se había encargado de hacerlo saber a todos pero gracias al juramento de Harry no podía hacer más que imprimir la verdad. Fleur todavía siseaba del disgusto al ver el artículo de Skeeter contra Hagrid, el guardabosque. Más de una vez había suspirado aliviada al ver que Harry parecía tener el apoyo de Gryffindor, parte de Ravenclaw y la simpatía de los Hufflepuff. Los Slytherin, sobre todo Malfoy, habían intentado humillarle con unas chapas pero resultó un fracaso al ver que todos sabían que Harry no se había metido en el Torneo por voluntad propia.
"-y eso es lo que haremos", dijo Hermione con una expresión satisfecha. Fleur, que ya tenía su estrategia pensada, sentía curiosidad por saber qué pensaba hacer Harry.
Días después, una vez recuperó el huevo de oro y observó a los otros contrincantes batirse con sus respectivos dragones, cogió la mano de Gabrielle, que parecía a punto de romper a llorar, y miró. Harry, con su uniforme rojo y negro, salió a la arena y se escondió lo más lejos posible del Horntail. Sin tan siquiera hacer una pausa, levantó su varita e hizo la cosa más simple y más ingeniosa que Fleur no había llegado a pensar.
"¡Accio huevo dorado!", las bocas del público se abrieron del asombro cuando el huevo salió volando. El dragón rugió pero al ver y oler el huevo pasar por delante de sí se acurrucó contra su nido al darse cuenta que no era de los suyos.
Fleur, que tenía la boca desencajada, escuchó a Harry desternillarse de la risa nada más entrar en la tienda de campaña. Los jueces, que parecían estar discutiendo acaloradamente, no le habían dado nota todavía. La gente del público parecía estar sorprendida, decepcionada y divertida a la vez. Los que más llamaban la atención eran los gemelos Weasley, que estaban apoyándose el uno con el otro mientras se partían de risa. Parecían encontrar muy divertida la situación a pesar de haber un dragón bajo sus cabezas que pesaba más de una tonelada.
"¡Harry!", gritó Gabrielle y saltó en sus brazos, enrollando las piernas en su cintura.
"¡Gabrielle!", siguió el juego Harry, abrazando a su hermana, y Fleur salió de su ensimismamiento.
Ni siquiera se esperaron a ver su puntuación. Hermione con una sonrisa en la cara, Ron riendo todavía y Neville sacudiendo la cabeza de la estupidez de los jueces. ¿Cómo no habían puesto un simple encantamiento contra las invocaciones?
"¡No me lo puedo creer!", exclamó Fleur cuando estuvieron a solas en la Sala de los Menesteres, sentados en sofás y sillas. Gabrielle, como no, estaba sentada muy cerca de Harry, quien tenía su brazo rodeando sus hombros. "¿Cómo se os ocurrió algo tan sencillo?"
"Fue Harry, en realidad. Esta misma semana en clase de Encantamientos dimos el hechizo y se le ocurrió que, como no podía llevar nada más que su varita podría usarlo para invocar algo desde el dormitorio", explicó con una pequeña risa Hermione.
"Claro que, cuando supe que tenía que robar algo del dragón se me ocurrió probar invocar el huevo por si acaso. ¡No pensé que daría resultado!", rio Harry, acompañado de Ron y Neville.
Gabrielle parecía algo traumatizada pero feliz de estar cerca de Harry. Fleur sacudió la cabeza. Desde que supo de la prueba no había pensado en nada más que en hechizos de séptimo curso; suponía que los jueces también. Si hubiera pensado con un poco más de perspicacia… Bueno, la suerte era que Harry no había sufrido daño alguno, y ella tampoco.
….
"Querido Harry,
Te envío esta carta porque he dejado el trabajo para encontrarme con Padfoot. Siento no haber podido contactar contigo antes con todo esto del Torneo pero me alegra que estés bien. He escuchado de Padfoot cómo batiste al dragón, ¡eres un verdadero merodeador!
En tu última carta leí que tenías varias cosas que decirnos, te esperamos el próximo fin de semana de Hogsmeade. Puedes traer a tus amigos.
Con cariño,
Remus".
Harry sonrió y dejó de lado la carta, todavía tenía otra que leer y esa era de Gringotts. Rompió el sello y, cerciorándose que todos estaban dormidos, leyó en la penumbra del dormitorio de Gryffindor.
"Estimado señor Potter,
Los duendes de Gringotts le informamos que ha habido un cambio en su estatus de 'menor de edad' a 'emancipado mágicamente'. Cuando quiera puede venir a nuestro establecimiento a por su herencia.
Snarkgut,
Gerente de Gringotts y del Departamento de Habilitación Mágica".
Era una carta corta y muy clara. Así que en Gringotts ya habían notado que su estatus de menor había cambiado… Si Harry no hubiera estado enterado, y si sus cartas siguieran yendo a Dumbledore, no podría haber accedido a su herencia. Eso le hacía pensar que hubiera tenido que ir el siguiente verano a Privet Drive número 4, y el otro, y el otro… No habría conocido a Gabrielle, no tendría la oportunidad de limpiar el nombre de su padrino, el que seguiría siendo un convicto fugado. ¡Cómo habían cambiado las cosas con una simple carta! Aunque, ahora que lo pensaba, todo se lo debía a Ron; si él no hubiera hecho aquella catastrófica llamada a principios de verano su tío Vernon no le habría castigado, no habría leído los libros de Dudley, no habría enviado aquella carta…
Se tumbó dispuesto a dormir pensando en el anuncio de esa misma mañana. Tendría que llevar una cita para el baile de Yule. Él ya tenía una firme candidata en su mente: Gabrielle. Cómo podría ser otra persona. Le debía tanto a Gabrielle. Se lo debía todo, ahora que reflexionaba sobre ello. Además, se había convertido en una persona clave en su vida, su roca. Ella había estado ahí cuando ni siquiera Ron o Hermione habían estado. Le conocía bien, sabía de su infancia, de sus aventuras en Hogwarts, de sus gustos y aquello que no le gustaba, sus taras, sus habilidades y… Realmente todo.
Y aunque Ron, Neville y Hermione eran sus amigos se sentía mucho mejor si todos esos pequeños detalles solo los sabía Gabrielle. Quizá era su parte animal hablando pero él siempre había sido solitario y reservado, hasta que apareció Gabrielle. Sabía que los jaguares, a menos que encontraran un compañero, existían en soledad; eso le había hecho pensar mucho en su relación con su pequeña amiga francesa. No lo dudaba ni pretendía, ni quería, engañarse. Él se estaba, sino es que lo estaba ya, enamorándose de Gabrielle. Y ahora que era menos inocente podía ver que Gabrielle, obviamente, sentía algo por él. Aunque no sabía lo profundo de sus sentimientos esperaba que sintiera lo mismo que sentía él por ella.
Sabía, también, que Gabrielle tenía solamente 11 años por muy mayor que pareciera gracias a su herencia Veela. Sus sentimientos quizá pudieran cambiar con el tiempo, si él no hacía nada por impedirlo… Eso le hacía pensar en sus charlas con Sirius a través del espejo; de cómo su padre había perseguido a su madre durante años hasta que Lily Evans, finalmente, le dio una oportunidad. Unos 3 años estuvieron juntos sus padres antes de casarse, unos 2 años después le tuvieron. Enterarse de esa información le había hecho comparar, irremediablemente, su situación con la de sus padres.
Gabrielle tenía 11 años, como los tuvo su madre desde el momento que su padre la conoció (e intentó conquistarla); no sería descabellado que él hiciera lo mismo. Por otro lado, Harry sabía que su padre había intentado llamar la atención de su madre de una forma equivocada. Quizá fuera porque tenía 11 años en aquel momento, y progresivamente, pero él tenía 3 años de ventaja. Con 14 años sabía mucho mejor qué esperaba una mujer, o una adolescente, de un pretendiente. Esos libros de Dudley, y los de Petunia que tenía escondidos, habían sido una fuente invaluable de conocimiento. Había sido como entrar directamente a la mente, y al corazón, de una mujer. ¿Cómo es que no había más hombres que los leyeran? Eran como una guía para el hombre perfecto. Claro que Harry tenía ideas propias; los libros le habían dado un par de consejos importantes.
Así pues, se durmió con una sonrisa y un plan en mente.
"¡Allí están!", señaló discretamente Hermione, y los otros la siguieron.
"¡Harry! ¿Cómo estás? ¡Hola chicos! ¿Qué tal?", sonrió y el perro negro ladró un par de veces moviendo la cola y saltando encima de su ahijado.
"Bien, bien. Remus, Snuffles, estás son Fleur y Gabrielle Delacour", presentó él cuando consiguió que el perro volviera al suelo.
"Encantados", dijo Remus por Sirius, con una sonrisa en su rasgado rostro. "Vamos, no hay tiempo que perder".
Harry siguió en la cabeza al grim negro con Gabrielle cogida de su mano. Costaba creer que parecían más una joven pareja que otra cosa, a juzgar por la apariencia de Gabrielle. Sirius, que aun en su forma perruna estaba casi saltando de contento, movió inconscientemente el rabo todo el camino hasta transformarse.
"¡Harry!"
Los demás rieron al ver a Harry, que medía ya 1.78, ser cogido en brazos por su padrino, una cabeza más alto que él. Sirius en solo un par de meses parecía una persona nueva. Su cabello era más lustroso y más negro, su cara afeitada y estaba acicalado de pies a cabeza, sus ropas eran nuevas y, aunque ligeramente holgadas, eran de su medida. Estaba delgado, muy delgado, pero no parecía que una delicada brisa pudiera partirle. También había cogido algo de color y ya no parecía un fantasma.
"Menudo cambio, casi ni te reconozco", bromeó su ahijado y le miró de arriba abajo. Vestía unos pantalones negros y una camisa de color azul, de seda, con unas botas negras de piel y una túnica del mismo color. Realmente parecía otra persona. "Mira, traemos comida".
Después de que Fleur y Remus crearan una mesa y unos cojines para sentarse en el suelo de la cueva se pusieron a tomar el té y a comer pastas. Winky era un cielo; se alegraba de no haber dejado pasar la oportunidad.
"Así que usted es el padrino de Harry", comentó Gabrielle mirando fijamente a Sirius, quien sonrió con su nueva dentadura blanca. Darla habría predicho que Sirius necesitaría unos 3 meses más de pociones y aun así…
"¡Así es! Llámame Sirius".
Pasaron la tarde entera hablando. Tanto Remus como Sirius fueron puestos al día. Harry les comentó el contrato mágico del Torneo y cómo podía emanciparse, cómo Dumbledore no le había dicho nada sobre ello y todos los delitos que su abogado estaba recopilando contra él. Decir que Sirius estaba furioso hubiera sido un eufemismo, Remus, mientras tanto, se sentía culpable de haberle dicho de su sueño a Dumbledore. ¿Cómo había cambiado tanto el hombre que le dio una oportunidad para estudiar? ¿Cómo había podido Dumbledore borrarle las memorias a una chiquilla repetidamente? No entendía nada…
"¡Oh, Remus! ¡Deja ya de pensar en Dumbledore como si fuera tu héroe!", le ladró Sirius mientras andaba iracundo de arriba abajo y vio su conflicto interior reflejado en su cara.
"¡Para mí sí que lo fue!"
"¡Lo fue! Dumbledore ya no es el mismo. Esta… persona ha dejado a tu sobrino con una familia abusiva de muggles, no me dio un juicio a pesar de tener el poder y la influencia para hacerlo, te contrató para usarte contra mí aun cuando Harry había estado en Hogwarts desde hacía 2 años". Sirius gesticuló salvajemente y todos los adolescentes miraron la conversación entre los hombres en silencio. Los ojos de Sirius tenían un brillo malicioso. "¿Quieres que siga? ¿Por qué no hablamos de cómo dejó que el Ministerio pusiera dementores en una escuela llena de niños? ¿Y de la ignorancia en la que dejó a Harry? ¿Qué pasa de Snape, un mortífago conocido, dando clases de pociones? ¿Y de los Profesores ignorando a Harry y a sus amigos? ¿Y de las aventuras que han sucedido, curiosamente, desde que Harry empezó Hogwarts? ¡Despierta Remus!"
Remus no dijo nada, tenía la cabeza gacha. Harry supo en ese momento que la dura verdad con la que Sirius le había abofeteado, figurativamente, en la cara le había abierto los ojos. Y eso le dolía. Entendía que Dumbledore, en algún momento, hubiera sido otra persona pero ahora no era como antaño y Harry necesitaba la ayuda de su última familia, por mucho que eso le doliera a Remus.
Dejaron a Remus y a Sirius y volvieron a Hogsmeade. Para olvidar la discusión hicieron las compras de Navidad y luego fueron a las Tres Escobas. Harry estaba esperando el momento con ansias pero el tiempo pasaba muy despacio, o eso le parecía. Cuando finalmente lo compraron todo y volvieron al castillo, Harry acompañó a Gabrielle a la carroza de Beauxbatons. Con una sonrisa pícara Fleur le dijo adiós y se adentró dejándoles solos. Harry cogió aliento y vio como Gabrielle le miraba confundida.
"Gabrielle, te quería preguntar algo".
"Claro 'Arry". Gabrielle sonrió con una encantadora sonrisa que, aunque ambos no lo sabían, solo aparecía cuando se trataba de Harry.
"¿Me harías el honor de ir al baile conmigo?", preguntó finalmente él, intentando parecer calmado.
Los ojos de Gabrielle se abrieron y brillaron bajo la luz del crepúsculo. Harry se quedó sin aliento al verla pero escuchó su diminuto sí. "Sí… Sí quiero".
Sin contenerse, una sonrisa radiante apareció en su rostro y Gabrielle sonrió con más confianza. Antes de meterse en la carroza se puso de puntillas y besó la mejilla de Harry. "Bonne nuit, 'Arry".
Harry llegó a los dormitorios de Gryffindor casi dando saltos. Ni siquiera se dio cuenta de que Draco Malfoy le había insultado o que Moody, en realidad Crouch Jr. había estado escondido tras una armadura, vigilándole. Nada más llegar al dormitorio obvió a todos los que estaban allí sentados charlando y contestó vagamente. Tenía un plan en mente, uno que se le había ocurrido hacía días mientras pensaba cómo preguntarle a Gabrielle que fuera su cita. Una cosa tenía que dejar bien clara: no quería que Gabrielle pensara que iban solo como amigos.
Por otro lado, sabía que él no estaba hecho para expresar verbalmente sus sentimientos. Seguramente se habría puesto nervioso, se habría sonrojado, habría sudado, habría tartamudeado… Un horror, lo imaginara como lo imaginara. Todavía no tenía esa confianza respecto a su nueva relación como para declarar sus intenciones cara a cara pero sí que podía hacer otras cosas. Sacó las cartas de Gabrielle de su caja, la cual había hechizado y guardado con runas, y empezó a leer. Con el diario de infinitas páginas que Hermione le había regalado en mano, empezó a apuntar todas las cosas que le fueran interesantes. Sobre todo los gustos de Gabrielle.
Cerrando las cortinas para que nadie le viera, sacó el libro que había mandado a comprar a Dobby. Rezaba Flores mágicas y muggles y el arte de su lenguaje. A veces era mejor actuar que hablar.
…..
Gabrielle se miró sin aliento en el espejo de cuerpo entero. No era porque estuviera encantada con su vestido y cómo le quedaba, que lo estaba, sino porque estaba a punto de encontrarse con Harry en la puerta del carruaje de Beauxbatons.
"¡Oh, Gabrielle!", exclamó su hermana Fleur, que llevaba el cabello recogido en una coleta alta de aspecto elegante y un vestido de color azul hielo palabra de honor que resaltaba su cabello dorado, su piel pálida y sus ojos azules. "¡Estás magnifica!"
Y realmente lo estaba. Había pasado mucho tiempo cuidando su apariencia para el baile. Llevaba cerca de 4 horas en su habitación. Primero se había cerciorado de que no tuviera un pelo de más, luego se había bañado en aceites de jazmín y flor de cerezo que le habían dejado la piel suave y tersa. Su cabello había sido lavado con un champú especial de rosas que le había dejado su melena brillante, como si tuviera luz propia. Se había pasado cerca de una hora en el baño, exfoliando y masajeando su piel. Quizá estaba siendo demasiado concienzuda (hubo un momento que se sintió algo idiota) pero persistió.
Se había secado el cabello y se lo había cepillado, quitando enredos inexistentes y poniendo orden a su larga melena, mucho más espesa y larga que la de Fleur. Se había puesto cremas corporales, también de jazmín y flor de cerezo (fue un set regalado para las Navidades de Harry) y se había cepillado los dientes a consciencia. Durante casi hora y media usó todos los trucos de belleza que su abuela, su madre y Fleur habían recopilado con la experiencia. Todo ese tiempo se le pasó volando, lo único que en su mente era Harry.
Cuando llegó el momento de maquillarse decidió ir al natural; aplicó rímel a sus pestañas, algo de colorete y un pintalabios de color rosado que no parecía muy fuera de lugar. El vestido era bastante simple y fácil de vestir; era de color zafiro, como sus ojos, y tenía un escote en V, los tirantes eran gruesos y no tenía una raja que pudiera mostrar sus piernas. El detalle del vestido estaba en uno de sus tirantes, bordado con diamantes pequeños y el contorno blanco que iba desde el escote hasta su espalda, que estaba al descubierto, hasta su baja espalda donde se unían el bordado con diamantes con un medio lazo doble, del cual caía la pequeña cola del vestido.
"Mama ha hecho una buena compra", comentó Fleur, viendo que su hermana de 11 años no enseñaba piernas ni los pechos. Lo único osado era su espalda, y el pequeño escote, claro. "Ten, tus zapatos".
Le pasó unos tacones azules con tacón bajo y punta redonda. Todavía le quedaba media hora para encontrarse con Harry y no sabía qué hacerse con el cabello. Fleur, viendo su dilema, decidió hacerle un moño trenzado y poner su peineta de diamantes que Harry le había regalado de ornamento. Los siguientes 10 minutos esperando fueron pasados en silencio.
Gabrielle miró la jarra de cristal y sonrió. Harry había resultado ser un romántico, tal y como le confesó en una de sus cartas. La mañana siguiente al momento en que le pidió que le acompañase al baile fue intensa, y la primera de otras muchas mañanas maravillosas. No sabía cómo pero en su mesita de noche apareció un ramo de dedaleras rojas; Gabrielle, que había estudiado con su abuela el lenguaje de las flores, sabía que significaba "mi amor ya no puede ser escondido". Con la cara sonrojada, por la felicidad y porque ese gesto había resultado ser curiosamente pasional, Gabrielle había entrado al Gran Salón como cada día y había hecho algo nuevo: había besado la comisura de su boca. Se había sentado, ignorando las miradas atónitas de los más cercanos, y había continuado como si nada.
El día siguiente fueron geranios rojos ("no dejo de pensar en ti"), al día siguiente geranios de color carne ("me alegro de estar cerca de ti"), el otro unos jazmines ("quiero ser todo para ti"), la siguiente mañana unas prímulas ("solo te he amado a ti"), luego unos tulipanes ("mi amor es sincero"), al otro día unas camelias rojas ("mi amor será eterno y ardiente"), el siguiente claveles rojos ("estoy loco por ti"), el otro unos claveles rosas ("te quiero con pasión"), a la mañana posterior unos crisantemos rojos ("te quiero"), al otro día unas fucsias ("mi amor es inquebrantable"), luego unos jacintos blancos ("estoy feliz de amarte") y esa misma mañana, el día del baile, espinos blancos ("¿me correspondes?").
Todas las chicas de Beauxbatons habían seguido con expectación su colección de flores, que cada día ocupaba más espacio de su cuarto. Salía del carruaje oliendo a flores y con una sonrisa radiante en su rostro; ni se daba cuenta de que casi bailaba de la felicidad. Y cada día besaba la comisura de Harry, él le sonreía como si no pasara nada, y ambos empezaban a desayunar. Cada día que pasaba las chicas de Beauxbatons estaban más celosas, de una forma algo positiva, y captivadas por el empeño de Harry. No había nadie en su carruaje que no hablara de ello; de su voluntad por conquistarla sin palabras, de sus gestos y detalles bien pensados, de sus regalos… (una vez descubrieron que la peineta fue regalo suyo).
Y Gabrielle, no podía, ni quería, negar que estaba total y locamente enamorada de Harry. Por las noches se acostaba y por las mañanas se despertaba siempre pensando en él. Admiraba su dedicación, la hacía sentir apreciada y querida; sentía que Harry era suyo y solamente suyo, y Gabrielle sabía que ella le pertenecía a él cuerpo, alma y corazón. De repente algo en sí cambió, sus poderes Veela resultaron más fáciles que nunca de controlar y solo surgían, de forma preocupantemente inesperada, cuando Harry y ella estaban a solas.
Su abuela y su madre, a quienes les explicó lo que le pasaba, no podían creerlo. Al parecer su otra mitad criatura había reconocido a Harry como su compañero y Gabrielle, al estar completamente de acuerdo, había creado un vínculo con Harry que era irrompible, por su parte, solo él podría cortar su nueva relación pero Gabrielle no volvería a ser la misma, nunca. Esa misma mañana, cuando recibió el espino blanco, supo que tenía que hacer algo para darle a entender, a parte de un beso, que su amor era correspondido. Y tenía la flor perfecta para ello: ambrosia. La flor que tenía un único significado y ese era el de amor correspondido.
"Ya es hora", llamó Fleur y le ayudó a ponerse una pulsera de oro blanco con pequeños zafiros que sus padres le habían regalado hacía años.
Cuando vio a Harry fue como si el tiempo se hubiera detenido. Se quedaron allí, parados y en silencio, mirándose como lo habían hecho la primera vez al conocerse en persona. Ella le miró con desesperación, como queriendo cerciorarse que realmente estaba allí delante, esperándola a ella y no a otra. Miró sus ropas negras, que hacían resaltar su piel pálida y su rostro aristocrático, y esos ojos verdes que la enloquecían y le hacían sentir cosas que nunca antes había sentido. Vio la camisa negra y esmeralda, bajo su túnica ceñida, y los pantalones de piel negra con las botas de piel de basilisco, de un venenoso verde oscuro a juego con su camisa y su cinturón también de piel. Observó su cabello, peinado con cuidado pero rebelde, como a ella le gustaba, y ese pequeño pendiente zafiro que su padrino le había regalado días antes como broma.
Sin decir nada, le tendió el ramillete de flores que iban en su muñeca izquierda: jacintos blancos, claveles rosas y un ambrosia de color melocotón. Dejó que se lo pusiera, sus cuerpos acercándose peligrosamente. Gabrielle hizo aquel entonces algo que pasaba siempre a finales de los bailes. Se puso de puntillas y presionó sus labios con los de Harry, sus manos posadas delicadamente en su pecho fuerte y masculino. Si hubiera muerto en ese momento hubiera muerto feliz.
...
Neville observó a su amigo Harry bailar con Gabrielle. De vez en cuando podía ver que reían pero, otras veces, les veía mirarse a los ojos con una intensidad que le dejaba sin aliento y le hacía apartar la mirada sonrojado. Aunque Harry no les había comentado qué pensaba hacer con su relación con Gabrielle, que todos sabían era amorosa, al parecer cada adolescente en varios kilómetros a la redonda sabía que la pequeña Veela estaba siendo conquistada por su amigo de la forma más romántica y apasionada nunca vista en el castillo.
No podía contar cuántas veces había visto a chicas llorar, o suspirar, de envidia. Ninguna había pensado que Harry, la persona y no el personaje público, pudiera ser tan… tan considerado y atento, por decir algo. Y ahora, viendo a la pareja más enamorada, sin duda, del baile, con sus ropas elegantes y su bello aspecto complementándose, nadie podía decir que no estaban hechos el uno para el otro. No parecían darse cuenta de los murmullos, o de las miradas, simplemente estaban sumergidos en su propio mundo. Uno en el que solo ellos tenían cabida.
Vio a Ron, que no había tenido el coraje de pedirle a Hermione que fuera su cita, y observó cómo Ginny miraba de vez en cuando a Harry con ojos tristes. Hermione, mientras tanto, parecía estar divirtiéndose con Viktor Krum, para la sorpresa de todos, exceptuando Harry, que parecía importarle poco quién iba con Hermione, sabedor que podía cuidarse sola y que, de no haber querido acompañar a Krum no le habría dicho que sí, mientras Gabrielle estuviera entre sus brazos.
"¿Es increíble, verdad?", le dijo Fleur, cuando se deshizo de Roger Davis, que babeaba como un idiota en su silla mirándole el trasero. "Debería estar más preocupada pero… Sé que Harry la ama y, por suerte para ambos, Gabrielle le ama a él".
"Y con la misma intensidad", murmuró Neville con una pequeña sonrisa, viendo como Gabrielle no quería separarse de Harry ni para ir a buscar las bebidas.
Neville acabó bailando con Ginny toda la noche, cuando recuperó su habitual humor, y vio como Hermione apuraba las últimas horas con Krum. Ron ya se había ido a la cama, igual que Fleur, y Harry y Gabrielle habían desaparecido hacía bastante rato. No los volvería a ver hasta el mediodía del día siguiente, cuando Harry y Gabrielle aparecieron por la puerta con las manos cogidas. Neville alcanzó a ver su mano derecha y observó, con algo de sorpresa, que Harry había hecho una pequeña visita a Gringotts. Las cosas no les podían ir mejor.
A partir del día 20 voy a estar bastante ocupada así que las actualizaciones podéis esperarlas cada sábado desde ese entonces. ¡Espero que os haya gustado el capítulo!
R&R.
Blackcirce.
