Disclaimer: Nada de Harry Potter ni las imágenes que uso para inspirarme me pertenecen.

Sumario: Harry tuvo una genial idea en un momento de aburrimiento. Abrumado por la posibilidad de contactar con una persona desconocida envía a Hedwig con su carta a por alguien especial sin darse cuenta que una cosa tan insignificante como esa abrirá las puertas a un amor que arrasará con todo, incluso con Voldemort.

NOTA: En mi perfil tenéis el link para ver las imágenes en photobucket, en el álbum "Una Carta de Amor".


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La profecía

Gabrielle suspiró, con un sonrojo en su rostro, y se apoyó contra el fuerte pecho de su novio. Las vistas en la Torre Eiffel eran impresionantes. Harry como no, había sido lo más romántico posible, sacándola del castillo montado en su preciosa escoba Firebolt bajo la luz de las estrellas. En lo más alto de un campanario abandonado, a varios pueblos de distancia, habían tomado unas copas de champan y habían comido fresas con chocolate, como a ella le gustaban. Lo mejor de todo solo había empezado pero Gabrielle se había sorprendido cuando Harrison le tendió la mano, y luego se desaparecieron a París.

Aunque había estado en la Torre con su familia varias veces las vistas por la noche no podían ser comparadas desde los brazos de su novio. Ella se había puesto el bonito vestido blanco y negro junto con el collar zafiro que le había regalado Harrison, sintiéndose espectacular. Cuando su mirada esmeralda se había posado en sus curvas sintió el bello de su cuerpo erizarse de placer y se dijo que quizás tendría que arreglarse cada día solo para ver esa mirada.

"No podré estar contigo mañana pero espero que recuerdes este domingo como nuestro segundo San Valentín", le comentó, besándole el cuello, justo debajo de su oreja.

"Oh, Harry, ¿cómo podría olvidarlo?", preguntó de forma retórica Gabrielle, girándose a mirarle, su barbilla puesta todavía en su pecho.

Harry sonrió y besó la nariz de su novia. Aun así mañana Gabrielle podía esperar en su cama su regalo y su carta. Sin decir nada más, contento por estar juntos aunque fuera unas horas, posó con un suspiro feliz su barbilla encima del cabello rubio de Gabrielle. Casi media hora después, cuando Harry sabía que tenía que devolver a Gabrielle a su dormitorio, Harry volvió a suspirar pero esta vez de forma reticente. Gabrielle le apretó más contra ella, sin querer separarse pero sabía que la noche tenía que terminar y sus ojos se llenaron de lágrimas. ¿Por qué cada vez que pensaba en separarse de Harrison le dolía tanto el pecho?

"Tenemos que irnos", le dijo Harry, observando el rostro triste de su novia. Cuando vio las lágrimas sintió algo dentro de sí retorcerse. "Hey, no llores cariño, ya sabes que nos volveremos a ver muy pronto, ¿verdad?"

Gabrielle asintió y dejó que Harry le secara las lágrimas tiernamente con sus dedos, acariciando su rostro.

"Te quiero", le dijo y besó sus labios con desesperación, aferrándose a su cuello.

Harry apretó las caderas de Gabrielle, queriendo estrecharla más y, a la vez, alejarla ya que de lo contrario podía perder el control. Mordió suavemente los labios de Gabrielle y ella abrió su boca, rozándole los labios con la lengua de forma traviesa. No supo cuánto tiempo estuvieron allí, en lo más alto, besándose como si tuvieran que decirse adiós para siempre.

"Tenemos que irnos", susurró de nuevo él, sus frentes juntas y mirando intensamente los ojos de su novia.

Besó el rostro de Gabrielle varias veces, acabando de nuevo en sus labios, y ella suspiró entrecortadamente, apartándose. Unos segundos más y volvería a besarle otra vez. Cogió la mano de su novio y volvieron a desaparecerse al campanario, donde habían dejado guardadas sus cosas bajo un hechizo. El camino de vuelta, cogida fuertemente a Harrison en la parte de atrás de su escoba, lo pasó con los ojos cerrados y escuchando el sonido de su corazón. Cuando llegaron a la ventana de su dormitorio tenía la mandíbula tan prieta de la desesperación que no pudo abrir la boca para decirle adiós.

"Te quiero", le dijo Harrison, una vez sus pies pisaron el suelo, aun cogido de su mano.

Sintió sus ojos arder y asintió, sin poder decir nada por miedo a romper a llorar. Harrison, a juzgar por su mirada, sabía bien por lo que estaba pasando así que solo alargó el otro brazo y, de repente, apareció un clavel rojo. Observó, parada con su precioso vestido, cogiendo fuertemente con una mano el collar y con la otra mano el clavel cerca de su rostro, cómo su novio se daba la vuelta y desaparecía en la lejanía. Se quitó todo deprisa, evitando pararse a pensar en la despedida, y se metió en la cama.

Justamente cuando iba a quedarse dormida vio algo por el rabillo del ojo: ¡era un regalo y una carta! Debían haber aparecido cuando estaba en el baño. Se quitó las sábanas de encima como si le quemaran y saltó, cogiendo la carta y el regalo. Rompió el sello, sonriendo de forma diminuta, y con su varita iluminó el contenido en plena noche.

"Querida Gabrielle,

Ha pasado ya un año, el tiempo ha volado. Es como si estuviera en un sueño en el que estamos juntos pero en el que siempre hay algo que finalmente nos separa. Te echo tanto de menos cuando te dejo, es como si una parte de mí se quedara contigo incapaz de separarnos del todo. Ha falta de sonar cursi creo que aquello que tú retienes es mi corazón.

Cuántas veces no deseo que llegue el verano para poder estar contigo esos 3 meses, sin separaciones ni responsabilidades que puedan alejarte de mí. A veces estoy ansioso por que lleguen tus cartas y leer tu letra, como cerciorándome que eres tú quien me escribe. ¿No sería genial que en el mundo mágico hubiera teléfonos móviles? Quizá un teléfono le quitaría algo de romanticismo a nuestra relación ya que ambos sabemos la importancia que han tenido las cartas entre nosotros pero… ¿acaso le dirías tú que no a un teléfono si pudieras hablar con la persona que amas cada día, escuchar su voz?

Gabrielle… Mi querido ángel, estoy seguro que me ha costado una enormidad dejarte esta noche después de nuestra velada por París. ¿Te ha gustado? A penas me lo imagino y siento que no puede llegar la noche para ir a buscarte. ¿Podré soportar tenerte tan cerca y tener que dejarte ir, después de estar juntos? ¿Imaginas el futuro? ¿Imaginas, tú y yo, solos sin que nadie nos molestase todo el tiempo que quisiéramos porque ya nada se podría interponer entre nosotros? Sería como un sueño hecho realidad.

No sé si podré recuperarme alguna vez de tu ausencia. Es como si, cuando estuviera solo, solo pudiera pensar en tu risa, en tus ojos brillantes cuando me miras o me ves aparecer, en tus lágrimas de amargura porque tú tampoco quieres que me vaya… en cómo nos besamos o nos abrazamos, como si quisiéramos ser uno. En lo mucho que adoro cómo me dices que me amas, cómo dices mi nombre en un murmullo, siento que no me cabe en el pecho tanta felicidad y eso a veces me da miedo. Miedo a no estar contigo, a perderte, a que puedan arrebatarte de mi lado ya sea la enfermedad o… de solo pensarlo me hierve la sangre de la ira.

¿Qué haría yo sin ti, Gabrielle? Ya no existe Harrison sin Gabrielle.

Con todo el amor del mundo,

Harrison".

Gabrielle enterró el rostro sonrojado en el cojín, de nuevo su rostro surcado por lágrimas aunque esas eran mucho más dulces y menos dolorosas. Vio el ramo que había descuidado hasta el momento y se secó la cara contemplando con un fuerte anhelo las camelias rojas. Se durmió un rato después, emocionalmente feliz pero drenada y no vería su gran regalo hasta el día siguiente, cuando despertase a todo el pasillo con sus chillidos de excitación.

Albus Dumbledore sintió el sudor perlar su frente. Era agotador luchar contra la maldición que le tenía preso desde hacía años. Maldito fuera el día que había caído frente al embrujo, débil y terriblemente agotado después de casi 100 años de penitencia. Todo había empezado semanas antes de la muerte de los Potter, cuando ellos todavía estaban escondidos de Voldemort en Godric's Hollow, una de sus villas y la única casa en Reino Unido entera y totalmente habitable.

Desde que había escuchado la profecía y se le había escapado Severus Snape a Voldemort había movido mar y cielo, en silencio y con la mayor discreción, para saber cómo era posible que Voldemort fuera inmortal. La profecía claramente hablaba de un niño, un niño marcado, que derrotaría a uno de los peores señores oscuros de su historia y sin embargo no encontraba pista alguna de cómo era posible. Recordaba aquellos tiempos, lo cansados que estaban todos y la poca esperanza que tenían. Él mismo cuidaba a los niños en Hogwarts, lideraba la Orden del Fénix y llevaba a cabo un sinfín de tareas para el Wizenmagot y la ICW.

Fue demasiado tarde cuando comprendió qué métodos había usado Tom Riddle para asegurar su victoria. No fue sino hasta que pasó el 31 de Octubre que lo comprendió todo, cuando cogió en sus brazos al infante de los Potter, el último de un legado ancestral, que supo la aberración que Riddle había creado. Horrocruxes. La mera cicatriz del bebé Potter era suficiente pero eso le dejaba, de nuevo, con las manos vacías. ¿Cuántos horrocruxes habría creado Riddle? Sin respuestas, y sabedor que muchos querrían matar al niño mientras que otros lo querrían para beneficiarse de su influencia, hizo lo único que se le ocurrió. Dejó al Heredero Potter con su familia materna, los Dursley.

Claro que sabía qué clase de muggles eran, después de todo Lily le había explicado, en momentos de aburrimiento, con pelos y señales a qué instancias podía llegar su hermana con su odio anormal. Aun así, se dijo, Harry solo estaría con los Dursley unas semanas como mucho, mientras supiera cómo sacarle ese horrocrux de la cicatriz sin tener que decírselo a nadie que, consecuentemente, pudiera haber filtrado que Voldemort seguía vivo. Pero por más que buscaba e investigaba no encontraba respuesta, aun con sus más de 100 años de vida, llanamente nunca había existido un horrocrux en un ser vivo.

Una vez reconoció, muy a su pesar, que no podría encontrar evidencias ni documentos de un caso similar tuvo la genial idea de buscar otro horrocrux del mismo individuo con tal de probar una nueva teoría. ¿Qué pasaría si usaba un objeto, también un horrocrux de Voldemort, para extraer como si de imanes se trataran, la parte residual de la cicatriz de Harry? ¿Podría traspasar, y no eliminar, el trozo de alma de una persona a un objeto con la misma firma mágica?

Tan ensimismado estaba que se le pasó el juicio de Sirius y también el ataque a los Longbottom, después de todo Crouch era un hombre justo y para nada sobornable. Lo que no contaron, ni Crouch ni él, fuera que su propio hijo fuera un mortífago capaz de hechizarle desde dentro de su casa sin que nadie se diera cuenta. Cuando Albus se enteró de lo de Sirius ya era demasiado tarde. Había estado días, sin descanso, investigando dónde Riddle podría haber guardado sus horrocruxes y cuántos podría haber creado. Como cualquier buen detective indagó las raíces de Voldemort, intentando poner orden y sentido a todo lo que sabía de él.

Le fue fácil ya que él mismo le había visitado, en aquel entonces, en el orfanato Wool donde Riddle residía de chiquillo. Hacerse con el historial de Riddle y con la información de su parentesco también fue fácil, después de todo la matrona era una muggle; nunca se dio cuenta del hechizo confundus. Descubrir que Riddle pertenecía a la familia Gaunt por parte materna fue una tremenda sorpresa pero eso explicaría cómo Voldemort podía hablar con serpientes. Aun así investigó primero la muerte de los Riddle, sumamente sospechosa, y visitó a Morfin y a Marvolo, todavía vivos, en Azkaban.

No fue difícil extraerles las memorias, sin que se dieran cuenta, al ser ambos casi analfabetos. Entonces supo que había acertado. La chabola Gaunt, residencia que solo 4 personas vivas ahora conocían y la mitad estaban en la cárcel. Cuando llegó allí supo que Voldemort debía haber dejado un horrocrux y, con un sentimiento de renovada esperanza, entró sobrepasando las guardas que eran de lo más trabajadas. Una cosa tenía que reconocer y era que Tom Riddle sin duda fue un alumno brillante. Aun así él, con muchas más décadas de experiencia, acabó consiguiendo entrar y sacar la tablilla bajo el sofá, rota, que guardaba el particular premio.

Sin embargo… Albus no había contado con que el anillo en sí, y no el horrocrux, fuera su perdición. La afamada Piedra de la Resurrección sentada en un simple anillo de oro en manos de un Señor Oscuro que no sabía si quiera qué poseía su maltrecha familia en Azkaban. ¡Una de las Reliquias de la Muerte! De repente perdió el norte y sintió una emoción casi desconocida, se sentía tan vivo, tan joven… Hacía tiempo que no había sentido sus emociones tan intensamente. En sus manos tenía el poder de hablar con su familia ya muerta, pedirle perdón, después de más de 50 años, a su hermana que él mismo había matado sin querer pero con la peor de las violencias.

Se encontró sujetando el anillo, con las manos temblando violentamente, y se dijo, apretando los dientes, que no podía usar la piedra ya que aquello era un horrocrux. No obstante ni por asomo pensó en desistir; primero traspasaría el horrocrux de Harry, luego eliminaría el horrocrux del anillo y luego… luego usaría la piedra. Conjuró una cadena y se colocó el anillo bajo las ropas, totalmente tapado de vistas ajenas y protegido contra su pecho. Con un miedo atroz a que pudiera perder la oportunidad de salvar a Harry, de eliminar una de las anclas de Voldemort y de no poder contactar con su familia, dejó que el anillo rozara su piel para cerciorarse las 24 horas del día que estaba allí, con él.

…Ese fue su primer error. Las próximas semanas fueron horribles. Aunque teóricamente era bien simple quitarle el horrocrux a Harry en la práctica las cosas cambiaban radicalmente. Sacó todo tipo de libros de la biblioteca de Hogwarts y también de su librería personal pero las semanas pasaban y cada vez veía que sus cálculos tenían errores que podrían causar la muerte de Harry, algo que no podía permitirse. Frustrado, no se dio cuenta que, a la vez que el horrocrux potenciaba sus emociones, él también se alimentaba de las vibraciones negativas del anillo.

Cuando quiso darse cuenta dejó de sentir deseos de usar la piedra, deseos de rescatar a Harry, deseos de todo. Se encontraba despertándose, en la nueva paz invisible que se había asentado en el país, como si nada pasara, rodeado de personas increíblemente aliviadas y felices. Y pasaron meses y meses y luego un año, luego otro, y otro, y otro… Albus Dumbledore, el gran Albus Dumbledore, no se había dado cuenta como poco a poquito el anillo maldito que pendía de su cuello le iba consumiendo. Tenía ideas que incluso creía que eran suyas, se encontraba pensando en ellas, justificando porqué haría semejante cosa u otra.

"Debo dejar a Harry con los Dursley para que crezca lejos de la magia a pesar de que los Dursley, posiblemente, le maltratarán. Así no podrán matarle o usarle",

"Debo dejar que Harry crezca sin preocupaciones, haré que las lechuzas me traigan a mí las cartas. Así los Dursley no tendrán un motivo para castigarle y podrá crecer sin presiones",

"Debo, debo, debo, debo…",

Sin embargo, todo cambió. Desde que volvió a ver al chiquillo que dejó temporalmente con su tía no pudo evitar sentir algo dentro de sí removerse, primero lentamente. Se miró en el espejo del Deseo, sin querer, y vio algo irreconocible. Era su familia, junta y feliz. Después fueron las palabras de Harry, las memorias que vio en su desprotegida mente, y algo dentro de sí tembló al escuchar el canto del fénix combatir con el niño que pregonaba que Albus Dumbledore era mejor mago que Voldemort. Los dementores y sus recuerdos dolorosos, los gritos de su hermano y el llanto de su madre al escuchar la respiración ahogada de Ariana.

Y otra vez ese sentimiento, ese dolor dentro de sí, despertando. ¿No había querido escuchar su voz, años antes? ¿A qué estaba esperando? ¿Cómo había podido olvidarse de sus metas? Primero la cicatriz de Harry, luego el horrocrux y luego la piedra. Eso era. Despertó, finalmente, a finales de cuarto curso, cuando la muerte de uno de los alumnos que había jurado proteger le abofeteó tan duramente como la mano normalmente delicada de Julinda Amos. Se encontró viendo el cadáver, tan tieso como el de su difunta hermana, y recordó en silencio aquella noche. Lloró de forma amarga al ver los desastres que había cometido, con Harry, con Sirius, con sus alumnos, con la sociedad a la que había jurado servir.

En un instante de desesperación, con la barba mojada del torrente doloroso de lágrimas angustiadas, se quitó la cadena e hizo lo impensable: se puso el anillo. Supo que, a pesar de haber salido parcialmente victorioso, puesto que el embrujo del anillo al que había caído sin darse cuenta una década atrás había cedido, no sobreviviría la maldición de Voldemort. Días más tarde observó con una calma y una aceptación total la marca pequeña e insignificante de color negro que había surgido en su palma. Sabía que pronto se extendería.

Así pues, sabedor que no viviría al nuevo año, dejó que Sirius pidiera asilo en Francia para él y para su ahijado a pesar de que podría haberles complicado los trámites durante meses. Suficiente daño había hecho ya a Harry. Dejó que Harry usara a Greengrass para que le encarcelaran y despidieran a la mayoría de Profesores de Hogwarts. Dejó que Molly Weasley siguiera creyendo que su palabra era ley a pesar de haber despertado, días después de darse cuenta que la casa de los Weasley era ahora la sede de una orden que no se acordaba haber despertado de sus cenizas. Dejó que Draco Malfoy intentara matarle, usando a una de sus antiguas alumnas para que le enviara un presente a Azkaban sin mucho acierto. Minerva era de lo más leal e informativa, a pesar de no saber deducir lo que su propia información contenía.

Aun así, si Draco no podía matarle seguro que lo haría Voldemort. O Harry. Sabía que Lord Potter era alguien de temer. Miró sus manos y se dijo que, pasara lo que pasara, no podía confiar a que Harry le visitara y casualmente acabara con él. La Varita de Sauco no podía caer en manos de Voldemort y para que eso no pasara solo había algo que pudiera hacer. Se acercó a gatas a una de las paredes de piedra dura y helada de Azkaban y posó las manos ennegrecidas contra la oscura roca. Con los ojos cerrados, cerrando su mente a cal y canto tras sus barreras, inspiró fuertemente y se golpeó la cabeza. Una vez, otra, y otra, y otra.

Los guardas no le encontrarían muerto hasta días después, cuando el hedor fuera demasiado para los prisioneros que, a chillidos e insultos, llamarían la atención de los aurores que irían a investigar y encontrarían, con el rostro deformado y cubierto de sangre de pies a cabeza, el cuerpo de Albus Dumbledore.

…..

Harry suspiró con molestia. Maldito Dumbledore, incluso muerto era capaz de fastidiarle todos los planes. Tenía suerte que Sirius y sus aliados habían sido capaces de retrasar las noticias de su muerte. Lo suficiente como para que los elfos domésticos de los Potter y los Malfoy pudieran hacer las maletas de todo lo importante y valioso de Narcisa. Había sido en medio de la noche, mientras Voldemort estaba fuera, haciendo planes con Fenrir Greyback, que Narcisa había escapado con la ayuda, irónicamente, de su antiguo elfo doméstico Dobby.

Draco había tenido que improvisar, dándole una botella envenenada a Slughorn que acabó siendo bebida por Ron, quien no sabía nada de los planes conjuntos de su mejor amigo con su ex rival. Malditas adolescentes, maldita Romilda y sus chocolates de amor, maldito Ron y su estómago sin fondo. Respiró hondo y observó cómo Hermione cogía la mano de su amigo con algo de divertimento. Algo bueno podía salir de todo eso.

"Ahora ya lo sé", le susurró Neville, viendo como Hermione miraba fijamente el rostro durmiente del pelirrojo. "Cuando quiera que una chica me preste atención solo tendré que envenenarme".

Harry y Ginny miraron fijamente a Neville pero Luna, quien curiosamente estaba allí con ellos, solo sonrió.

"Yo te presto atención Neville, ¿por qué no damos un paseo esta tarde? Podríamos ir en busca de los crumpled snorkak", dijo Luna con su habitual voz airosa y dulce.

Harry y Ginny volvieron a mirarse, esta vez con más exasperación e incredulidad. "Eh… Está bien, Luna".

Harry le dio un codazo a la hermana de Ron cuando vio su mandíbula desencajada y supo, o intuyó, que iba a tener uno de esos momentos tan típicos en su hermano mayor respecto a su legendario poco tacto. Horas más tarde era visitado por un funcionario del Ministerio; llevaba el testamento de Dumbledore.

"Querida Gabrielle,

Hoy ha sido un día de lo más cansado. Ron ha sido envenenado y le han dado un filtro amoroso aunque claro… iba para mí. No sé si tengo que sentirme culpable o aliviado.

¿Te has enterado ya de la muerte de Dumbledore? Al parecer se suicidó dándose contra la pared de Azkaban hasta quedar desfigurado; una muerte lenta y dolorosa. Otra vez, no sé si sentirme bien o mal al respecto. Esta tarde recibí algo que me dejó en su testamento; era una carta y una snitch dorada. No he podido abrirla aunque en la carta me dice que era mi primera captura. No sé si lo sabrás pero la cogí con la boca; me pareció mejor esperar a que Scrimgeour se fuera. Parecía de lo más interesado, también me recordó que la espada de Gryffindor no era propiedad mía, sino del Ministerio. ¡Qué más da! No es como si yo la tuviéramos.

Aunque creo que Dumbledore me estaba dando una pista. La espada estaba bañada con veneno de basilisco y en su carta hace vagas alusiones sobre 'parte de él'. Creo, a pesar de la incredulidad que siento ahora mismo, que Dumbledore me estaba intentando decir sobre los horrocruxes por carta. Sin duda el pergamino ha sido leído y revisado por el Ministerio, panda de cretinos que son todos, así que no podía decirlo directamente pero él sabía que yo, seguramente, tendría una idea de cómo lo hizo Voldemort. Viendo que ahora mi cicatriz casi está desaparecida.

N.M ya ha dejado la Mansión, como comprenderás, así que los planes han quedado en el aire de momento. No esperábamos la muerte de Dumbledore hasta finales de curso y ahora están en la Mansión sin supervisión. Aunque sin duda eso habrá hecho reaccionar a Voldemort, creo que podemos esperar que ataquen Azkaban en cualquier momento. D. tendrá que esperar ahora durante meses para eliminar a esa maldita serpiente, esperemos que para ese entonces Voldemort no haya sospechado de sus… juguetes en manos de otros.

Tengo la sensación que algo gordo va a pasar dentro de poco. No sé si para bien o para mal… Ten cuidado Gaby. Espero que te llegue lo más rápido posible.

Con amor,

Harry".

Hedwig ululó, como siempre estando allí para llevar su correspondencia, y Harry hechizó sus plumas para que pasara desapercibida, y sus talones, para que Hedwig pudiera dar un escarmiento a cualquier que intentase quitarle sus cartas. Lo que no había osado decirle a Gabrielle por escrito era que Dumbledore, en su carta, le dejaba un mensaje en clave que solo la contraseña de los merodeadores, que todavía no sabía cómo Dumbledore la sabía, podía descifrar.

"Espera a media noche del 16 de Febrero, en un lugar seguro y a solas. Recibirás una carta".

¿Qué era tan importante que Dumbledore había temido que los idiotas del Ministerio pudieran descifrar, aun cuando su primera carta era bastante segura en cuanto a contenido oculto? Sin duda Dumbledore era de lo más inteligente, suponía que así era cómo había dado órdenes desde Azkaban a la Orden del Fénix. ¿Cómo mejor que con un fénix capaz de transportarse? Así fue como, a media noche, tras las cortinas encantadas de su cama, recibió al fénix. Estaba en lo cierto entonces…

Sirius alargó el cuello, mirando por encima de las cabezas intentando encontrar a su hijo. Remus suspiró a su lado.

"Sirius, Harry le saca más de 3 cabezas a estos niños, ya le verás cuando salga del tren", le comentó Remus y Sirius suspiró.

Estaba ansioso por saber qué cosas tenía que contarle Harry que no se atrevía a decirlas por carta o por el espejo. Sintió un codazo sacarle de sus ensoñaciones y miró el dedo de su amigo y camarada, como apuntaba en una dirección. Habían pasado casi 3 meses desde que se acabaron las vacaciones de Yule para Harry pero Sirius notaba que parecía un poco más adulto que hacía semanas. Ya mismo Harrison cumpliría los 16 años, qué rápido pasaba el tiempo.

Observó divertido como algunas chicas se quedaban mirando embobadas o sonrojadas a su hijo, sin que este les prestara la más mínima atención. Todavía estaba impactado al ver que Harry solo tenía ojos para Gabrielle; le recordaba tanto a James pero sin sus mayores defectos que a veces hacía que se le humedecieran los ojos con la nostalgia. Aun así no podía sentirse más orgulloso de Harry.

"¡Siri!", llamó Harry, que solo en el interior de su casa guardada y protegida se permitía llamar a Sirius papa.

"¡Harry!", sonrió ampliamente Lord Black, cogiendo a su hijo en un abrazo como si no se hubieran visto en años.

Remus rio y escuchó calmadamente como Harry se despedía de forma temporal de sus amigos, que todos salvo los Weasley, habían dejado Hogwarts para visitar en Semana Santa o vacaciones de Ostara en casa. Unos 15 días de vacaciones desde el 10 al 25 de Marzo.

"¿Tienes ya tus cosas?", preguntó Sirius y él asintió, tocándose el bolsillo y comprobando que seguía teniendo sus pertinencias empequeñecidas.

Se desaparecieron hasta Godric's Hollow, donde les esperaban excitados Dobby y Winky. Rápidamente Winky se ofreció a preparar la comida mientras que Dobby ponía sus cosas en su sitio en su cuarto.

"Dobby, ¿puedes traernos la pensadera, por favor? Gracias", pidió él, después de comer en un silencio pensativo, solo roto por la cháchara de Sirius.

"¿Vamos a ver una de tus memorias?", preguntó Remus, dejando los cubiertos en el plato y tomando su taza de café.

"No, no mía sino de Dumbledore". Sirius y Remus intercambiaron miradas cargadas de significado antes de girarse a mirarle. "Me la entregó su fénix, Fawkes, hace semanas. Todavía no he logrado verla, en realidad no quería verla en Hogwarts. ¿Quién sabe qué puede haber en estas memorias?"

Dobby recogió la mesa con un chasquido de sus dedos y, con otro, limpio la superficie hasta que quedó prístina. La pensadera apareció allí, tan preciosa e inocua como siempre pero Harry tuvo un presentimiento que, fuera lo que fuera que viera, no le iba a gustar.

"¡Un momento! ¿Dónde está Narcisa?", preguntó él, dándose cuenta que no había visto rastro de la mujer ni se había acordado de ella.

Sirius suspiró. "No se encontraba bien. No creo que Narcisa quiera celebrar Ostara cuando su hijo está solo en la Mansión Malfoy, haciendo vete tú a saber qué".

Harry asintió. Draco sería castigado, todos lo sabían, pero de no haber regresado a su casa Voldemort habría tomado como una traición sus acciones y, más tarde, le habría matado. Más vale un hueso roto que estar muerto. Se acordó de las manos temblorosas de Draco antes de bajarse del tren y se sintió aliviado de haberle dado un traslador a una de sus propiedades bien protegidas por si acaso.

"Veamos las memorias, luego ya hablaremos de Draco", dijo Remus, quien todavía no estaba muy enterado de la situación con el Heredero Malfoy.

Harry vertió la memoria y vieron cómo se creaba un remolino negro en el agua perlada y mágica de la pensadera. Sin pensarlo más, todos tocaron con un dedo el líquido y fueron arrastrados adentro.

Primero vio a Dumbledore, revisando unos papeles, con un aspecto de nuevo saludable y un brillo que nunca había visto en sus ojos. Le observaron caminando, después de que un Patronus apareciera y le dijera que tenía una visita en Hogshead, hacia la taberna. Se sorprendieron al ver a Sybill Trelawney. Observaron cómo se daban la mano, como comían y bebían juntos y, cuando parecía que Dumbledore iba a rechazarla en lo que parecía ser una entrevista de trabajo, Trelawney se quedó quieta y recta como una estaca en su asiento. Todos, incluso la memoria de Dumbledore, se quedaron de piedra al escuchar las palabras del oráculo.

"El único con poder para derrotar al Señor Tenebroso se acerca…, Nacido de los que lo han desafiado tres veces, vendrá al mundo al concluir el séptimo mes… Y el Señor Tenebroso lo señalará como su igual, pero él tendrá un poder que el Señor Tenebroso no conoce… Y uno de los dos deberá morir a manos del otro, pues ninguno de los dos podrá vivir mientras siga el otro con vida… El único con poder para derrotar al Señor Tenebroso nacerá al concluir el séptimo mes…"

Escucharon, sin hacer mucho caso de la estupefacción, como una voz se alzaba y gritaba. Vieron a Dumbledore levantarse y correr hacia la ventana; observaron la espalda de un joven vestido de negro con el cabello azabache.

"¡NO!", gritó Dumbledore pero fue demasiado tarde, el chico se desapareció.

La escena cambió. En ella aparecía Dumbledore en lo más alto de una colina, con aspecto cansado y demacrado, y a sus pies el mismo chico. Todo él parecía culpabilidad y angustia.

"Por favor, haré lo que me pida pero sálvela".

"¿Harías eso por Lily Potter después de haberle entregado tú mismo la profecía al Señor Tenebroso?",

La cabeza del mortífago se levantó y Harry sintió su corazón contraerse, primero de la sorpresa, y luego del odio al ver que era Severus Snape. Sirius jadeaba de la ira, con el rostro rojo, mientras que Remus parecía una estatua con ojos ambarinos relucientes. Harry ahogó un sollozo de odio al darse cuenta que, durante un par de años, había estado aguantando las humillaciones de aquel que vendió a sus padres. Severus Snape se colocó en su lista de los más odiados junto con Voldemort y Pettigrew. Supo que le mataría; no importaba si Snape estaba roto por la pérdida de su madre a quien parecía amar. No sabía con quién se había metido.

La escena cambió y poco a poco Harry fue entendiendo el comportamiento de Dumbledore al ver cómo había caído al embrujo del horrocrux de Voldemort. Le dolía, tremendamente, las acciones del antiguo Director pero ahora sabía por qué. Porqué a veces parecía estar luchando contra sí mismo para decir o hacer algo, como si estuviera en conflicto consigo mismo y ahora entendía por qué. Dumbledore era otra víctima, después de todo, y tenía que dejar ir su resentimiento si no quería cargar con ello toda su vida; ya estaba muerto.

Aun así… ahora que había podido perdonar a Dumbledore se encontraba odiando a Severus Snape y se preguntó qué habría pasado con él después de ser despedido de Hogwarts. Según las imágenes Snape conocía a su madre desde la infancia así que había alguien que, seguramente, sabría dónde estaba la casa de Snape. Por mucho que le asqueara pensarlo Petunia tendría la dirección. Quizá si le decía que era para matar a un mago se la daría de buen gusto. De cualquier forma, Harry se retiró a su habitación, en un silencio iracundo. La venganza era mejor servida en frío. Y ahora estaba ardiendo del odio.


Bueno, ahí tenéis todo lo que pasó con Dumbledore. He intentado no ponerlo del todo como el malo, para variar. Lo mismo he hecho con Snape, esta vez sí que es de los malos, entre comillas. También he puesto nuevas imágenes en photobucket, por si os interesa.

R&R.

Blackcirce.