Disclaimer: Nada de Harry Potter ni las imágenes que uso para inspirarme me pertenecen.

Sumario: Harry tuvo una genial idea en un momento de aburrimiento. Abrumado por la posibilidad de contactar con una persona desconocida envía a Hedwig con su carta a por alguien especial sin darse cuenta que una cosa tan insignificante como esa abrirá las puertas a un amor que arrasará con todo, incluso con Voldemort.

NOTA: En mi perfil tenéis el link para ver las imágenes en photobucket, en el álbum "Una Carta de Amor".


14

Una muerte definitiva

Gabrielle despertó con la cabeza embotada, como si le hubieran dado un gran y fuerte golpe en la nuca. Poco a poco fue recuperando la consciencia. Primero notó un gran frío y se dio cuenta que estaba aún en su pijama. En segundo lugar, notó un dolor en su costado y en su hombro izquierdo y supo que alguien la había arrastrado por el suelo sin molestarse a levitarla, a juzgar por su piel irritada y sangrante. Después abrió los ojos y vio que no estaba en su dormitorio. Las paredes eran oscuras, de color verde tan apagado que parecía azabache, el suelo era de mármol negro con virutas incrustadas blancas y no había una sola ventana. Solo una puerta doble de madera oscura, lacada, con unas manetas alargadas de color plateado que parecían serpientes ondeantes.

La habitación era pequeña y solo contenía una cama de matrimonio con sábanas aterciopeladas de color verde esmeralda que le recordaron irremediablemente a los ojos de su novio. Con un dolor en su corazón, y un miedo cada vez más penetrante, se puso de pie y contempló, intentando que sus piernas no cedieran, el lugar donde estaba presa. Se miró, con una sensación nauseabunda, las piernas desnudas y arañadas que habían sangrado seguramente horas atrás y se dio cuenta que estaba indefensa. Lo único que tenía en su persona era el camisón blanco manchado, su ropa interior y su preciado y precioso collar de zafiro y oro blanco.

Por pura deducción se dio cuenta que, fuera quien fuera quien la hubiera secuestrado, había tenido órdenes de no magullarla, o demasiado al menos. Caminó por el espacio reducido y se acercó a la puerta pero no quiso tocar las manetas, ¿qué pasaba si había alguien guardándola y se daba cuenta de que estaba despierta? No tuvo coraje de tocar nada, pensando que quizás alguna cosa estuviera encantada o maldita, así que se sentó, doblándose sobre sí misma, en la esquina más alejada de la puerta y única salida y se relajó.

No supo cuánto tiempo estuvo allí sentada, pasando frío y aguantándose las ganas de ir al baño, entrando y saliendo de la inconsciencia debido al cansancio, cuando de repente escuchó unos pasos. De golpe, como si le hubieran apretado un botón de encendido, recuperó sus fuerzas y se arrastró hasta quedar resguardada por la cama, mirando entre las sábanas que caían y el gran dosel, cómo se abría la puerta al mismo tiempo que sus piernas se escondían bajo la cama. Unas botas de color negro quedaron paradas frente las puertas abiertas y Gabrielle supo, por el ruido que había hecho al abrirlas, que fuera quien fuera quería que se enterara de que alguien iba a visitarla esa noche.

Se preguntó qué estaba haciendo, la persona parada frente a la puerta, claramente hombre a juzgar por su enorme tamaño de pie, y escuchó una respiración laboriosa. Totalmente confundida, observó como un segundo par de botas aparecía en la habitación, esta vez de color marrón y tamaño más pequeño pero igualmente masculino. De pronto, mientras vigilaba al primer par de botas perdió de vista al nuevo visitante. Lo siguiente que sintió fueron unas manos ásperas cernirse entorno a sus finos tobillos y estiran con fuerza sus piernas hasta que, gritando y agarrándose a una pata de la cama, Gabrielle fue arrastrada hasta la superficie.

"Vaya, vaya, ¿qué tenemos aquí?", dijo una voz y Gabrielle fue cogida del pelo y puesta de pie.

Miró al hombre frente la puerta de salida y supo, dándole el corazón un vuelco, que era Fenrir Greyback. ¡La había olido antes! Aun así no es que hubiera muchos sitios en los que esconderse en esa diminuta y desnuda habitación. Las manos que aguantaban sus brazos contra su cuerpo, frustrándola, la apretaron contra un cuerpo masculino y Gabrielle sintió que estaba a punto de vomitar. ¡Todo menos aquello! Merlín, ni siquiera estaba preparada para dar el siguiente paso con su novio. No quería pensar en… en…

"Tranquila", musitó con una sonrisa perversa Greyback cuando vio sus ojos imposiblemente azules, sus pupilas contraídas del terror. "Estamos aquí para guardarte, para que no te escapes. Queremos que alguien venga a por ti, ¿no sé si me entiendes?"

"Potter seguro que sabe dónde estás", le habló la voz estridente tras de sí, le miró de reojo y vio, con el rostro pálido, que era Peter Pettigrew.

"¡TÚ!"

"Sí, yo, ¿no creerías que el Señor Tenebroso iba a dejar que una prisión francesa retuviera a uno de sus más fieles siervos?", preguntó con retintín y un claro ego Peter Pettigrew, y su solo aspecto mareó más si cabe a Gabrielle.

"¡Já!", se mofó ella, sin poder evitarlo, cuando pensó en la traición de Pettigrew y el dolor que le habían causado sus acciones a su novio. "¡Tú no eres más que un repugnante gusano lameculos! ¡Eres un inútil y un imbécil! ¡Lo tenías todo! ¿¡Cómo pudiste traicionar a los Potter!? ¡A tus amigos! ¡Maldita rata del diablo, eres-"

Gabrielle chilló al notar una mano grasienta impactar contra su mejilla. Escuchó la risa malvada y divertida del hombre lobo, que los miraba cruzados de brazos y apoyado en el marco de la puerta, y vio el rostro morado de la ira y la vergüenza de Pettigrew. Desde el suelo, a pocos metros de distancia, vio a Pettigrew avanzar en su dirección.

"¡Los traicioné, sí! ¡Y volvería a hacerlo! ¡Patéticos Potter y ese bastardo que es su hijo!", escupió con su cara contorsionándose y Gabrielle pensó irremediablemente en su parecido con una rata. "¡Pero ahora vendrá, Potter, a por ti! ¡Y nuestro amo te torturará frente a él, para ver cómo se retuerce del dolor, hasta que te mate! ¡Y luego le matará a él! ¡Y matará a tu familia y sus amigos hasta que no quede nadie! ¡Pero primero tendremos nuestra recompensa!"

Gabrielle, al contrario de lo que hubiera pensado, no sintió terror al ver cómo Pettigrew se llevaba las manos a su cinturón. En realidad, con cada palabra, un fuego iracundo había crecido en su interior. Jadeó de la ira y se incorporó poco a poco. No sabía que le pasaba hasta que, sin poder evitarlo, soltó un graznido furioso que le erizó el bello a ella y a los ocupantes de la habitación, que se dieron cuenta antes que ella misma de lo que estaba pasando. Notó su piel endurecerse y sus manos convertirse en garras y, cuando vio sus uñas alargarse, supo que se estaba transformando.

Se sintió extrañamente ajena en su propio cuerpo, como si una criatura salvaje la estuviera poseyendo, y se dio cuenta que era su parte Veela la que estaba ahora al mando de su nuevo y bestial cuerpo. Al contrario de las veces anteriores, en las cuales se había transformado parcialmente debido a la ira, ahora Gabrielle, la mujer, no estaba al mando y eso la habría asustado de no ser porque ahora ella corría peligro y no sus seres queridos. Así pues, estando de acuerdo su parte Veela y ella en algo por primera vez en su vida, su cambio fue el más rápido y fácil que jamás hubiera imaginado. Ambas querían matar a todos aquellos que se interpusieran en su camino.

Querían sangre y gritos, y fuego. Su rostro cambió y sintió como se hacía más fuerte. En menos de 5 segundos Gabrielle Delacour había dejado atrás su apariencia humana y había cambiado a su forma Veela, acompañada de un par de enormes y abrasadoras bolas de fuego rojo y blanco intenso que hicieron retroceder a Pettigrew y a Greyback. Sin embargo era demasiado tarde, Gabrielle había dado de buen gusto las riendas de su cuerpo a su Veela.

"¡MUERE!", chilló con una voz que nunca había escuchado, saliendo de su propio pico como un graznido, y una bola de fuego impactó con Peter Pettigrew matándole al instante.

La otra pasó de largo y chocó en el pasillo al apartarse Greyback de su trayectoria. Se produjo una explosión y una oleada de fuego entró en el dormitorio. Las llamas empezaron a consumirlo todo con su clásico crepitar del fuego pero Gabrielle salió como si nada, pasando el marco encendido, pisando el suelo ardiente y siguiendo la pista del hombre lobo. Lanzó todo tipo de llamas y llamaradas, prendiendo fuego a todo aquello que se le vino en gana. Después aparecieron hombres, algunos vestidos con sus pijamas, otros con túnicas negras y luego escuchó el ruido de apariciones.

No sabía dónde estaba pero poco le importaba. Había matado ya a todos aquellos que suponían una amenaza para su persona y había prendido fuego a todo el mobiliario. En el pie de las escaleras vio a un hombre de aspecto reptiliano, con una túnica negra y cabellera sin cabello, mirar el escenario con horror creciente hasta que sus ojos rojos se posaron en ella con espanto.

"Tú…", siseó en un rugido Gabrielle y entonces pasó algo sin precedentes. Su cuerpo estalló en llamas.

….

"¡NO!", gritó Narcisa, y Harry, al ver cómo la Mansión Malfoy era devorada por las llamas y un humo negro oscurecía aún más el cielo de la noche de verano.

Harry había recibido una carta manchada de sangre hacía horas. Cuando vio las gotas de sangre derramarse sobre el pergamino pensó lo peor. ¡Gabrielle había sido secuestrada! Sus amigos habían notado que algo iba mal al instante; Hermione tuvo que rehacer la carta destrozada y Neville y Ron tuvieron que placarle para que no se marchara a la Mansión Malfoy en un ataque de ira. Ginny había cogido la carta, una vez vio que Hermione no podía hablar en voz alta del miedo, y la leyó por segunda vez.

"Querido Potter,

Como podrás suponer tengo a tu novia. Primero jugaré con ella hasta que me canse y luego la mataré mientras me suplique merced, tal y como hizo tu madre. A no ser, claro, que vengas a por ella…

Te estaré esperando,

Lord Voldemort".

Harry notó el rostro arder de la ira mientras que, por dentro, un frío intenso se apoderaba de él. Tenía miedo. Estaba muerto de miedo por Gabrielle pero a la vez cabreado consigo mismo, ¿cómo no habría previsto que Gabrielle pudiera ser objeto de la venganza de Voldemort? Habían salido varias veces en el Diario Profético y no es que él hubiera escondido su relación demasiado. ¡Por supuesto que Voldemort se había enterado! Ahora que lo pensaba, se preguntaba por qué no había intentado nada con Gabrielle antes.

No sabía cómo pero se había desmayado de una bajada de tensión. Cuando abrió sus ojos de nuevo habían pasado horas y estaba rodeado de gente, en lo que reconoció era el salón del baúl mágico de Hermione. Las paredes eran de color blanco y los muebles de color chocolate. El suelo era de madera clara y estaba cubierto por una alfombra; Hermione se había salido, como siempre.

"¡Harry!", dijo Hermione, justamente cuando estaba pensando en ella.

Se levantó como pudo del sofá y una mano le ayudó. Se giró a mirar y vio que era Sirius, con el rostro preocupado, acompañado de Remus y, extrañamente, Narcisa. Ésta última tenía fuertemente cogido un trozo de pergamino arrugado y enseguida le vino a la mente las noticias de horas antes.

"¡Gabrielle!", gritó y Remus, Ron y Sirius le placaron para que no alcanzara la puerta.

"¡Espera Harry! ¡Es una trampa!", le dijo Neville, poniéndose frente a la puerta.

"¡Ya lo sé!", le gruñó él, malhumorado y con el rostro rojo, pero Neville le conocía desde hacía bastante tiempo y ni se inmutó. Empezó a retorcerse, con una fuerza tal que no supo de dónde había sacado, y Neville tuvo que cogerle las piernas.

Escuchó unos rápidos pasos y de repente sintió un dolor agudo en su mejilla. Ginny le había dado una bofetada, y a juzgar por la mano levantada de Hermione se le había adelantado.

"¡QUIERES PARAR DE UNA SANTA VEZ!", gritó con toda la infame ira de un pelirrojo y él asintió, estupefacto y, de no haber sido por la gravedad del asunto, se habría reído al ver que Ron, Neville y Sirius asentían como él.

"Felicidades señorita Weasley", comentó con aire serio y deprimido Narcisa y Harry se fijó en que la carta que tenía en manos no era la misma que él había recibido. "¿Y bien, señor Potter? ¿Va a escucharnos?"

Él asintió, sabedor que no podría escaparse rodeado de tanta gente, y se sentó en el sofá. Sirius se mantuvo de pie y Remus preparó unas tazas de té; si no fuera porque sabía que heriría sus sentimientos Harry habría hecho un comentario mordaz informándole que no era el momento de ponerse a tomar té y comer pastelitos. Sin embargo, como sabía que Remus se preocupaba sinceramente por él y que no iba a arreglar nada descargando su ira sobre él se mantuvo callado.

"Me temo que no eres el único que ha recibido una carta, Harry", le dijo Narcisa, con los hombros hundidos, y le pasó la carta a Hermione, sentada en su lado derecho, para que la leyera.

"Madre,

Él está organizando sus tropas para atacar Hogwarts esta misma noche. Acabo de enterarme del secuestro de la novia de Potter, creo que está esperando que Potter se presente en la Mansión para desviar su atención de Hogwarts. Padre está haciendo todo lo posible para mantener el fuerte pero creo que se le está agotando la paciencia.

D."

"Así que es eso…", siseó él, cuando escuchó las palabras de Draco en boca de su amiga.

"Con razón ha esperado tanto para atacar la escuela", dijo Ron, tocándose la barbilla de forma pensativa. "Sin Harry allí y sabedor que su atención está totalmente centrada en buscar a Gabrielle le resultará mucho más fácil hacerse con Hogwarts".

"¡Pero no podemos permitirlo!", exclamó Ginny y los otros asintieron. "Si se hace con Hogwarts tendrá a todos los hijos e hijas de todas las familias del Reino Unido bajo su poder".

"Y eso sería suficiente como para que la resistencia se rindiera definitivamente", afirmó en voz alta Sirius con un suspiro. "Dumbledore lo sabía bien; de hecho creo que esa era una de las razones por la cual no se jubiló antes e hizo todo lo posible por permanecer en Hogwarts".

"¿Y qué vamos a hacer?", preguntó él, furioso, cuando vio que nadie estaba hablando sobre rescatar a su novia.

Horas más tarde habían convenido que Remus y Sirius irían a Hogwarts con el resto de la Orden del Fénix, liderada ahora por Alastor Moody, para intentar evacuar en silencio a los alumnos. Mientras tanto, Ginny, Hermione, Neville, Ron, Harry y Narcisa se dirigirían a la Mansión Malfoy.

"Dobby", llamó Harry cuando vieron la Mansión a lo lejos.

"¡Lord Potter, señor!", gritó saltando de alegría el elfo doméstico y Harry se alegró de haberlo llamado a kilómetros de distancia.

"¿Me podrías hacer un favor, Dobby?", una vez calmó al elfo y le explicó que debían ser silenciosos para no alertar de su presencia. Dobby asintió sin hacer ruido. "Necesito que vayas a escondidas a la Mansión Malfoy y me hables de todos los prisioneros que hay allí".

"Entendido, Lord Potter".

Minutos más tarde Dobby regresaba con noticias y una larga lista de nombres. "…Griphook el duende, Luna Lovegood, Ted Tonks, Dean Thomas, Gabrielle Delacour, Pius Thicknesse, Percy Weasley, Garret Olivander, Aberforth Dumbledore, Rubeus Hagrid, Charity Burbage…"

Harry casi se había arrepentido de preguntar, sobre todo al darse cuenta que Luna no estaba en Hogwarts tal y como pensaban sino secuestrada. Había casi 20 personas captivas en la Mansión y lo peor de todo es que no tenían ni idea de cómo empezar el rescate. Si había llamado a Dobby y no a uno de los elfos de Draco era porque Draco les había advertido que Voldemort le ordenaba, de vez en cuando, que ordenase a sus elfos a servirle a él. Lo que les hacía poco útiles.

"La Mansión Malfoy tiene varias entradas secretas", dijo finalmente Narcisa cuando se les acabaron las ideas, "pero con seguridad Draco habrá sido forzado a revelar su escondrijo bajo tortura".

"…"

"¡Yo podría llevar a Harry Potter y a sus amigos, señor!", exclamó Dobby, mordiéndose las uñas de ambas manos a la vez y todos se giraron a mirarle.

La cara de Hermione era un poema. "¿Puedes transportarnos a todos a través de las guardas con tu magia élfica?"

Dobby asintió, botando, entusiasmado. Harry y los demás se miraron y decidieron que sería mejor que fuera el menor número de personas posibles con Dobby, descartando a Narcisa debido a que nadie sabía que estaba con ellos, y también a Ginny y a Hermione, las únicas que tenían nociones de magia médica. Finalmente entraron Neville y él acompañados de Dobby. Para cuando dieron con el sótano y sobre pasaron todas las guardas, y espiaron conversaciones, y evitaron ser descubiertos por un par de mortifagos, ya había oscurecido.

El sótano, curiosamente, no estaba siendo guardado por nadie aunque Harry sabía que Voldemort nunca hubiera permitido cosa igual. Alguien debía estar saltándose su turno. Se encogió de hombros, a él qué más le daba.

"¡Harry! ¡Neville!", susurraron en un grito Dean y Luna, acercándose a la luz de las escaleras.

"Atrás chicos, vamos a sacaros de ahí", les dijo él y Dobby los transportó adentro del sótano.

"No tenemos tiempo", dijo Neville, cogiendo los brazos de varias personas que se habían acercado, malheridos, a abrazarlos con un claro alivio en el rostro.

"¡Yo solo quiero irme de aquí!", dijo una mujer y Harry la reconoció como Charity Burbage.

Tenía unas heridas profundas en las piernas y moratones de aspecto horrendo rodeando las heridas ponzoñosas. Harry indicó a Dobby que se llevara a todos aquellos que pudiera y finalmente 6 personas captivas dejaron la Mansión Malfoy. En menos de 5 minutos, y después de 3 viajes, en el sótano solo quedaban Dean, Luna, Neville y él esperando a Dobby.

"Necesitamos dejarlos con los demás, Harry", le informó Neville cuando le vio mirando por las rejas, preguntándose dónde estaría Gabrielle.

Él asintió y dejó que Dobby los llevara con los demás. No obstante, fue al pisar tierra firme que vio unas columnas de humo salir por las ventanas de la planta superior.

"Vamos Draco", le dijo una voz y él despertó de un sobre salto. Era su padre, con aspecto desesperado y el rostro demacrado. Nunca había visto algo igual en él.

Draco había vivo sin preocupaciones la mayor parte de su vida y, sin embargo, al acabar cuarto curso en Hogwarts todo había dado un giro abismal. De golpe su casa estaba infestada de mortífagos, mujeres y hombres que él creyó que eran fantásticos en su juventud, héroes que luchaban por cumplir los ideales en los que su padre y él creían pero luego… La realidad no pudo ser más distinta. Mataban, torturaban, violaban, robaban… Eran criminales, ni más ni menos, y Draco no estaba dispuesto a mancharse las manos de sangre. Y con el paso del tiempo se encontró pensando en que tampoco quería arrodillarse ni besar las ropas de nadie.

Incluso la propia imagen de su padre, al que había idolatrado toda su vida, había sufrido las consecuencias. Amigos de su padre y él mismo habían acudido a la llamada de un monstruo que había mandado matar a Harry Potter como si estuvieran discutiendo sobre el tiempo. Él comprendía la importancia, el papel de Harry Potter en la guerra, y cada día estaba más aliviado de no ser él a pesar de que algún día había envidiado la fama de Harry. Aun así, si alguien tan importante como Lord Potter era prescindible para el Señor Tenebroso, ¿qué no le haría a él?

Sus padres están vivos, al contrario que los de Potter, así que podían tener otro Heredero, cosa que le hacía prescindible. Él no tenía un potencial como el de Potter, ni tanta magia, cosa que era un inconveniente para su supervivencia. Ni era rico por sí mismo, ni había acabado los estudios… si seguía con vida era porque él, al contrario que su padre, no era un preso fugitivo y tenía acceso directo a Potter. Era una lástima que Gabrielle estuviera desprotegida en Beauxbatons, nada más empezar el curso, mientras Potter rondaba destrozando en pequeños añicos el ejército del Señor Oscuro y enfureciéndolo a la vez.

"¡Tenemos que darnos prisa!", dijo su padre, cogiéndolo en brazos y echando a correr pasillo abajo hasta uno de los pasillos del servicio que daba al jardín trasero.

"¿¡Pero qué sucede!?", y entonces lo escuchó.

Una fuerte explosión y luego unas llamas que estuvieron a punto de devorarlos. Allí estaba, la novia de Potter, en todo su salvaje esplendor. Convertida en una especie de pájaro siniestro de color negro con pico dorado y ojos zafiro, garras largas y afiladas y cuerpo completamente cubierto por pequeñas plumas de aspecto aterciopelado. Sin embargo, a pesar de su extraña belleza, la expresión de odio de su rostro ensombrecía sus facciones y el brillo de las llamas que tenía cogida en cada zarpa, los ojos fijos y animales clavados, por un segundo, en los suyos fueron suficientes para dejarle sin aliento del terror y hacer que se le erizara el bello como escarpias.

Sin embargo, la Veela no parecía interesada en él. Es más, en cuanto les vio huir envió un par de bolas de fuego a unos mortifagos que les cerraban el paso. Segundos después la perdió de vista y su padre se desaparecía con él en brazos. Caminaron poco a poco por el bosque que rodeaba la Mansión Malfoy hasta que escucharon unos pasos y luego una voz. ¡Era su madre!

"¡Draco!", gritó Narcisa cuando le vio, aguantando su peso en Lucius.

"¡Madre!", gritó él, y casi se lanzó, con su pierna vendada y todavía algo dolida, en brazos de su madre. "¿Qué está pasando? ¿Dónde está Potter?"

"Harry está ahora buscando a Gabrielle", sacudió la cabeza Narcisa Malfoy. "Todos los prisioneros han sido rescatados pero-".

La familia Malfoy al completo se giró de golpe, al escuchar un grito inhumano, y observaron como el fuego consumía la casa en su totalidad. Era un espectáculo macabro, ver como las llamas lamían la fachada saliendo de cada ventana y puerta. Vieron, también, boquiabiertos como un espectro, un ente envuelto en llamas, salía por la puerta principal. Entonces se dieron cuenta que perseguía a una sombra negra, un punto casi invisible en la noche que corría lejos, acercándose a las guardas de la casa lo más rápido posible.

"¡TÚ!", escucharon un graznido helador.

"¡GABRIELLE!", gritó otra voz y se dieron cuenta, estupefactos, que el cuerpo en llamas no era ni más ni menos que la veela presa en su casa horas atrás.

Gabrielle recuperó el control de sí misma minutos más tarde, cuando observó su alrededor y se dio cuenta de los daños que había causado. Las llamas todavía seguían vivas en la Mansión Malfoy pero ahora ella estaba rodeada de amigos y aliados, y otros prisioneros que su novio había conseguido rescatar. Entonces lo recordó, recordó las ganas que tenía de matar a la criatura que asesinó tan libremente a la familia querida de su novio. Voldemort… se le había escapado por los pelos. Ni sus escudos mágicos habían resistido las bolas de fuego pasión que le había lanzado y, viéndose acorralado, había salido corriendo. Como un simple energúmeno. ¡Oh, qué divertido había sido dar rienda suelta y matarlos a todos!

"¡Harry!", dijo, casi llorando de alivio al verle. Se abrazaron fuertemente, tan fuerte que parecían a punto de arrancarse la ropa.

Harry no dijo nada, simplemente enterró su rostro en el cabello dorado de su novia. Tenía un nudo enorme, invisible, en la garganta que le impedía abrir la boca. Había estado tan cerca de perderla… ¡Merlín, cuán aliviado estaba de que Gabrielle fuera parte veela! ¿Qué habría sido de ella sino…?

"Harry, debemos ir a Hogwarts. Voldemort debe estar allí en estos momentos", le informó Ron, que había estado vigilando los pasos de aquellos que salían de la Mansión y lo que estaba pasando en el castillo gracias a Sirius.

Entonces sintió un calor tremendo y reconoció en seguida que se estaba enfadando; estaba furioso otra vez. ¿Cómo se atrevía ese engendro? ¿Cómo había podido pensar que iba a dejar que se marchara, sin más, después de secuestrar a su novia? Gabrielle no era un simple enamoramiento, era la mujer de su vida, su futura amante, su mejor amiga, su roca, ¿y Voldemort creía que no iba a matarle? Si alguna vez hubiera pensado en dejar que lo juzgaran y lo encarcelaran, ahora ya no. El nudo de su garganta desapareció y de pronto tuvo una certeza inconfundible.

"Voldemort morirá hoy", susurró para sí mismo, odio lazado en su voz, y Gabrielle, que era una de las personas que le había escuchado estando en sus brazos, asintió con total seguridad.

Se desaparecieron a las afueras de Hogsmeade, Gabrielle todavía en sus brazos, y caminaron bajo fuertes encantamientos de invisibilidad hasta Honeyducks. Harry sabía que, aunque Voldemort iba a caer por su propia mano, primero debía salvar a los niños y niñas que estaban encerrados en Hogwarts. Así fue como entraron en el castillo gracias a uno de los pasadizos secretos que Sirius y Remus habían asegurado.

"Hemos reunido a todos los alumnos en el Gran Salón, Potter", le gruñó Alastor Moody, una vez se encontraron por los pasillos. "Necesitamos evacuar a todos aquellos que no vayan a luchar".

Él asintió y le echó una mirada a Ron. Él era el mejor estratega de todos. Se quedó mirando el suelo de forma contemplativa durante unos tensos minutos, en los que podían escuchar una multitud reunirse en el Bosque Prohibido, y luego asintió.

"Necesitaríamos primeramente sacar a todos aquellos que no vayan a luchar, como ha dicho Moody, sería una pérdida de tiempo concentrarse en ellos", dijo Ron casi sin arrepentimiento y él asintió. "Mientras podamos arreglarnos necesitamos tiempo".

Ron miró a Harry, a quién normalmente se le ocurrían las ideas más absurdas y afortunadas de todos y vio cómo se giraba a mirar a Seamus y a Neville.

"Explotad el puente".

Ron, Hermione, Harry, Ginny, los gemelos, Fleur, Bill, Gabrielle, Sirius, Remus, Tonks, Shacklebolt, Moody y los restantes profesores de Hogwarts observaron, los únicos reunidos en el pasillo, como Neville se llevaba a sus compañeros de Hogwarts de sexto y quinto curso a quemar el puente.

"¿Es posible que Hogwarts tenga alguna contingencia de guerra?", les preguntó Ron sin perder tiempo y McGonagall y Flitwick intercambiaron miradas. Nada más verlo Ron asintió. "Ahora sería el momento de usarlas".

"Hermione, Ginny, Gabrielle, la enfermería os necesita. Reunid provisiones", les pidió Harry, viendo que eran las únicas con conocimientos médicos importantes del grupo.

"Nosotros podemos proteger el castillo", le dijo Remus, dando un paso al frente, sorprendido y orgulloso del hijo de su mejor amigo. "No durara mucho pero sería suficiente para dar más tiempo".

"¿Cuánto tiempo?", preguntó Harry, y Ron y él intercambiaron miradas de nuevo.

"Quizás media hora".

"Nos servirá", afirmó Harry y vio como los otros profesores junto con Remus, Sirius, Tonks, Bill y Fleur marchaban.

No supo cuánto tiempo pasó pero en menos de una hora ambos lados se habían preparado para luchar. El castillo había sido encantado, las armaduras de piedra revividas, los heridos y los más inocentes habían sido evacuados gracias a los elfos domésticos a varias zonas seguras; una de ellas Grimmauld Place número 12 que Sirius había renovado. Los que se quedaron para luchar fueron distribuidos por varias zonas de entrada al castillo, se enviaron patronus a los centauros y al hermano de Hagrid, Gamp, escondido en el bosque, para que colaboraran si les era posible.

Sin darse cuenta, se encontró lanzando bombardas de un lado a otro. No tenía tiempo de pelear de forma justa; estas personas no dudaban en matar si podían. Vio a Greyback, uno de los que había sobrevivido la ira de Gabrielle, cernirse junto con un par de sus hombres, sobre varias víctimas y, sin dudarlo, hizo estallar sus espaldas como si de un cojín de plumas se trataran.

"¡Harry Pooootteeeer!", siseó una voz con un deje divertido y malicioso.

Era Bellatrix Lestrange, con su varita en mano y con una expresión triunfal en su rostro. Harry, con el corazón encogido, echó un vistazo al suelo y sus ojos se posaron en el cuerpo tendido, de espaldas, de su padre adoptivo.

"¡NO!"

Su grito llamó la atención de los que les rodeaban y muchos de los aurores y mortifagos aprovecharon a los que se despistaban para atacar. Sin embargo, todos miraron de reojo como Potter, en un ataque de ira al ver a Sirius Black en el suelo, cubierto de sangre, apuntaba con su varita a Lestrange. En un alarde de encantamientos cada vez más oscuros e hirientes, finalmente, Harry rasgó la mejilla de Bellatrix y, mientras ésta se tocaba la cara y gritaba con los ojos saliéndose de las órbitas al ver la sangre en su mano, sacó la daga que Sirius Black le había regalado hacía años a su ahijado y se la clavó en el estómago.

"Esto es por Sirius, bruja del demonio", le susurró, con satisfacción, y luego usó toda la fuerza bruta que su cuerpo joven y masculino poseía para rasgarle los intestinos hasta que Bellatrix no se tuvo en pie y cayó desangrada después de varios segundos.

Su victoria contra Bellatrix pareció haber dado ánimos puesto que, con un grito de triunfo, hicieron que retrocedieran los mortífagos, vampiros, hombre lobo y dementores poco a poco hacia el bosque. Allí, la acromántula, Aragog, vieja amiga de Hagrid, esperaba con todos sus múltiples y numerosos descendientes para darle su merecido a las tropas que secuestraron a su único amigo humano. Sin embargo, Harry no estaba dispuesto a celebrar esa pequeña victoria tan deprisa. Voldemort seguía vivo y, a pesar de que sus tropas habían sido bastamente diezmadas, él no pararía de intentar hacerse con el mundo mágico hasta morir.

Se escabulló, sin pararse a ver cómo el cuerpo tendido de Tonks y Sirius eran transportado gracias a los elfos domésticos a la enfermería, y se infiltró en el bosque. Pasando por alto a los centauros, los unicornios y diversos animales que luchaban por la victoria de Hogwarts, Harry caminó con un plan en mente. Escuchó, bajo su capa de invisibilidad, como Voldemort perdía los papeles y usaba la magia para torturar a aquel que le viniera en gana. Hasta que finalmente…

"Veo que no te has rendido todavía, Tom", le dijo, guardándose la capa en el bolsillo de su sudadera negra.

"¡TÚ!", gritó Tom Riddle, con los ojos ardientes de la ira y el odio, y se giró con la varita en mano.

Al verla, Harry sonrió. Voldemort se extrañó, al ver la sonrisa triunfal en labios de su enemigo, pero no le dio tiempo a retroceder. Tal y como había pasado hacía años, lanzó su hechizo.

Avada Kedavra!"

Harry cayó al suelo, sin sentirlo. El tiempo pasó más despacio para él, en su mente, o quizás en el limbo, mientras recordaba memorias que no sabía que existían.

"Mi querido Harry, hola, querido", le arrulló una voz femenina y levantó la cabeza para ver una cabellera pelirroja como la sangre y unos ojos verdes. "La mama ya está aquí, ¿por qué lloras cariño? ¿Quier-".

"¡BOOM!"

El fuerte sonido cortó a su madre, que le dejó en la mullida alfombra de su cuarto, rodeado de peluches y otros juguetes fuera de su alcance, y fue a ver qué pasaba con aspecto claramente preocupado en su joven y bello rostro.

"¡Lily, coge a Harry y huye!"

Harry, que no había sido consciente del peligro, había gateado, lejos de la cuna. De repente apareció su madre, que cerró la puerta fuertemente se giró a buscarle, sin embargo, justo cuando iba a cogerle, la puerta estalló en añicos y Lily chocó, sin querer, su cabeza contra el filo de una cómoda. Sangrando, se giró a ver a su atacante, poniéndose frente a su bebé sentado en la alfombra.

"¡Apártate!", le siseó una voz con malicia pero ella no se movió.

"¡No, no Harry, no mí Harry!", gritó ella y lloró, suplicante. "¡Por favor! ¡Por favor-!"

"¡Apártate sangre sucia!"

Pero Lily, que había comprendido que Harry no iba a ser salvado por compasión, se abalanzó sobre su atacante y le cogió la mano, la que llevaba la varita, sin pensarlo. Hubo un forcejeo pero Voldemort, que tenía bien sujeta su varita, lanzó el hechizo final que acabó con la vida de Lily Potter. Sin darse cuenta, su anillo, así como el cuerpo de Lily Potter, salió volando hasta parar en la alfombra. Vio como el niño de los Potter lo cogía con una curiosidad infantil en su adorable, y repulsivo, rostro. Ni se inmutó al ver cómo el bebé agarraba el cabello rojo de su madre, manchándose de sangre inocente, solo alzó su varita y lanzó el hechizo. Harry, desde el suelo, observó con los oídos pitando, como Peter Pettigrew recogía la varita y el anillo de su amo, que tendría que volver a esconder, que ahora era un espectro de humo negro y se desaparecía luego de darle un vistazo horrorizado.

…..

Albus Dumbledore cogió al bebé en su regazo, y rio con él cuando hizo volar al gato negro de su madre por los aires con una palmada. Albus Dumbledore estaba francamente sorprendido al ver el inmenso poder del hijo de los Potter; sin duda era el niño que Tom estaba planeando atacar, sin importar Neville Longbottom.

"Oh, director, no debería dejar que haga eso", le reprochó Lily Potter, cogiendo al gato en brazos y dejándole, con un maullido y un bufido a la vez, en el suelo. Salió disparado, lejos de su hijo.

"Deja, Lily, yo le entretendré", le comentó, viendo como Harry ponía un puchero en su angelical rostro al ver que ya no había nada interesante que ver.

Albus Dumbledore sacó la varita de saúco e hizo volar un dragón rojo de humo. El chillido encantado de Harry les hizo sonreír a todos, a James, a Lily y a él mismo. Albus dejó al bebé en el suelo acolchado con magia únicamente para él del salón, y los orgullosos padres observaron cómo Harry perseguía al dragón, que dio una vuelta y regresó a su varita, desapareciendo. De repente, Harry, a quién no le había gustado nada la desaparición de la criatura de rojo, rompió a llorar y alzó su mano hacia donde había visto que desaparecía.

La varita de Albus Dumbledore, la varita de la muerte, salió disparada de sus manos y cayó en el regazo del bebé. Se hizo el silencio. James y Lily callaron de golpe porque no podían creer que su hijo acabara de quitarle la varita al hombre más poderoso del Reino Unido y Albus calló porque ese niño de apenas un año le había ganado la varita de las Reliquias de la Muerte. Ya no era de su propiedad, sino de Harry Potter. El niño que también poseía, en sus ratos de aburrimiento, la capa de invisibilidad de su padre. Solo uno más y…

"¡Harry!", regañó suavemente Lily, con mejillas sonrosadas, mientras su marido se partía de risa al ver la cara de su antiguo director.

El bebé le arrojó la varita, al ver que el dragón no aparecía, y agarró el mantel de la mesa. James Potter, una vez recuperó el aliento, cogió a su hijo en brazos y le dio un beso fuerte en la mejilla.

"¡Así se hace hijo!", luego miró a su mujer. "Lily, Harry será un auténtico merodeador".

Tan enfrascados con su cómica discusión estaba la familia Potter que no les extrañó la pronta despedida de Dumbledore.

"Harry", llamó una voz.

Abrió los ojos y vio a sus padres. Rodeados de un sinfín de personas que parecían darle aliento con solo sonreír. Era su familia. Dorea Potter, antes Black, Charlus Potter, Lily y James Potter, sus abuelos maternos, sus primos por parte de padre y sus tíos que no había conocido… Parte de la familia Black, asesinados.

"Harry", llamó otra voz. Le reconoció en las fotografías de Sirius. "Llevamos mucho tiempo esperándote".

"¡Oh, Harry!", lloró alguien y su madre le abrazó.

De pronto se encontró derramando las lágrimas que nunca se dio cuenta había contenido. Años de soledad, encerrados en lo más profundo de su ser. Y lloró. No supo durante cuánto tiempo pero fue suficiente para conocerlos a todos; incluso a la verdadera Walburga Black, la mujer fiel a Voldemort que se había convertido en su muerte al encontrarse con uno de sus hijos asesinados.

"Estoy tan orgullosa de ti, cariño", le dijo su madre, con ojos bañados de lágrimas y James Potter asintió, aun con su brazo rodeándole los hombros. "Solo queda una cosa y todo habrá acabado".

"Recuerda Harry, aquellos que te quieren no te dejan nunca".

Y despertó. No abrió los ojos pero sintió la presencia repulsiva de Voldemort sobre sí, observando su cuerpo. Sintió el calor del metal en su mano derecha y, abriendo los ojos de un golpe, tan rápido que no le dio tiempo a reaccionar, le clavó la daga de Sirius en el corazón.

"Eso es por mi familia", le susurró, retorciendo la empuñadura de la daga.

Voldemort perdió la vida, sangrando sobre su cuerpo tumbado en el bosque, delante de todos sus mortifagos supervivientes. Justo cuando uno de ellos gritaba iracundo, las arañas y centauros, acompañados de más aurores y unos cuantos alumnos de Hogwarts aparecieron en el claro. Se quitó el cuerpo de encima al ver que nadie, incluso viendo que Voldemort estaba muerto, iba a ayudarle y se incorporó. No supo cómo pero caminó entre la multitud vitoreante hasta la enfermería, donde encontró con sorpresa el cuerpo pálido de Sirius en una de las camas.

"¡HARRY!", gritó una voz.

Gabrielle no le dio tiempo alguno de hablar puesto que sus labios ya estaban fundidos en un beso. Si notó las lágrimas que surcaban su rostro de alivio no dijo nada.

"H-Har-Harry", susurró una voz y ambos se giraron a mirar a Sirius, que despertaba.

"Ya ha acabado, Sirius, está muerto", le informó él, acercándose a la cama y cogiendo la mano de Lord Black. Entonces se acercó a su oído, aun sabiendo que Gabrielle podía escucharle, para contarle las palabras de su padre. "Sabes papa, alguien me dijo que aquellos que nos quieren no nos dejan nunca".

El rostro de Sirius era un poema. Esas eran las palabras que James le había dicho una vez, hacía lo que parecían ser siglos, cuando escapó de casa de sus padres. De repente, algo estalló dentro de sí y se abrazó a su ahijado e hijo, llorando de alivio y dolor. Todo había acabado realmente.


¡Siento ser tan abrupta pero ha acabado Una Carta de Amor! Ni me he dado cuenta pero sí. Todavía queda, no obstante, un capítulo extra que no será ni desde el punto de vista de Harry ni de Gabrielle y el epílogo. Eso resolverá unas dudas que me comentásteis en los reviews (de hecho nunca pensé en dejar a Cedric vivo).

En cuanto a la muerte de Dumbledore. Dumbledore muere antes del 16 de Febrero pero eso lo sabe Harry porque recibe la carta que él le escribe, y Gabrielle, Sirius y Remus porque se lo cuenta Harry. De hecho, nadie sabe, ni siquiera los Weasleys ni Shacklebolt, que Dumbledore está muerto. Solamente el Ministerio (que está controlado por Voldemort) y Harry y sus aliados.

R&R.

Blackcirce.